
Adriano del Valle y Rossi nació el 19 de enero de 1895 en Sevilla, en el número 36 de la calle de las Sierpes.
Su padre, Adriano del Valle Rozas, era de origen asturiano, aunque afincado en Sevilla, donde trabajaba en objetos de escritorio; su madre, Amalia Rossi Ruiz, era sevillana, hija del decorador Julio Rossi, oriundo de Italia.
La adolescencia del autor está marcada por la muerte de varios de sus hermanos y de su madre, ocurrida en 1907, cuando el poeta contaba con doce años de edad; a partir de entonces, pasará a vivir con su tía Blanca, hermana mayor de la madre.
Sin embargo, la familia no se enraizará en Asturias, y poco tiempo después vuelve a Sevilla, donde se instala definitivamente, aunque durante la adolescencia del poeta irán a veranear con los abuelos paternos. Es probable que la afición pictórica del poeta pudiera tener su origen en el taller de su abuelo, y florecerá más tarde no sólo en collages, sino en óleos y acuarelas, que pintará a lo largo de su vida y fue su entretenimiento en su lecho de muerte.
A los dieciséis años, en 1911, es agente de ventas de los juguetes que inventaba el padre. Un año más tarde escribe y publica su primer poema, “La Romería de San Andrés”, que aparecerá en una sección de “Los Lunes del Imperial”, periódico dirigido por José Ortega y Munilla.
El padre del poeta se traslada a vivir a Sanlúcar la Mayor (provincia de Sevilla), lugar en el que se despertará su afición taurina, ya que le acompañaba en repetidas ocasiones a los festejos taurinos.
Tanto en su prosa como en su poesía deja patente su interés por el mundo de los toros, por ejemplo, “Toros en Sevilla”, publicado por primera vez en “Papel de Aleluyas”; es amigo de Villalón, ganadero de reses bravas; también de José María de Cossío, autor del mejor tratado sobre toros; escribe poemas a toreros como Domingo Ortega, entre otros.
En 1918, simultanea su trabajo en la oficina militar sevillana y su actividad literaria en revistas y periódicos andaluces. En los meses de febrero y marzo publicará poesía y prosa en “El Eco del Aula”, revista quincenal granadina, y en “Letras”, también de Granada.
Con Isaac del Vando Villar y Luis Mosquera fundará la revista Grecia, de la que Adriano será redactor-jefe; es en dicha revista donde comienza una relación de amistad con Eugenio d’Ors.
En 1919 conoce a Josefa Hernández López, Pepita, fuente de inspiración del poeta hasta la década de los cincuenta, en la que se percibe, a través de su obra, la aparición de otro amor. Se casan el 27 de junio de 1923 en Huelva.

Aunque esta ciudad se convierte en la residencia familiar del poeta, éste sigue viajando por toda España como agente de ventas en una empresa dedicada a la venta de maquinaria agrícola. Es un trabajo que realizará desde febrero de 1920 hasta 1940, que deja este empleo y se traslada a Madrid con toda la familia.
Recibió el Premio Nacional de Poesía en 1933 por “Ruido de Tranvías”.
En 1936, el año de la guerra, se incorpora a las filas de la Falange, un hecho que no le impide mantener amistades con poetas como García Lorca, Guillén, Salinas o Miguel Hernández. Su afiliación política le valió para cambiar de trabajo (dejó la venta de maquinaria para dedicarse exclusivamente a colaborar con Falange) y prosperar como poeta; su progresiva influencia en el Régimen le sirvió también para obtener premios y distinciones.
Probablemente la poesía de Adriano, vitalista y colorista en una primera etapa, deja paso a una perfección formal y de compromiso político que acaba por menguar la calidad de la mayoría de sus obras.
En estos primeros años de posguerra, Adriano va a escribir los artículos en prosa más fervientes hacia Franco y José Antonio; sus artículos más políticos están publicados en “Falange Española” de Sevilla, “Mástil”, de Madrid, y “Vértice”, de Madrid.
Su tercer libro, “Los gozos del río” (1940), recoge varios versos de su periodo ultraísta, fechados entre 1920 y 1923.

El 16 de abril de 1941, le otorgan la Medalla de Campaña con distintivo de Retaguardia; en ese mismo año recibe el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera, y el premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua por la obra “Arpa Fiel” (1941), que se convirtió en un éxito de ventas.
A partir de diciembre de 1942 es nombrado director de la revista “Primer Plano: Revista Española Cinematográfica”. Su producción poética baja, y en los años posteriores se dedicará a repetir poemas ya escritos o publicados, a escribir conferencias y a recibir una serie de premios y homenajes por su prolífica carrera poética.
La década de los cincuenta aporta la incorporación del poeta a varias antologías poéticas, con trabajos ya publicados anteriormente en revistas. Y es también a partir de estos años cuando comienzan los problemas de salud del poeta, que desembocan definitivamente en el cáncer de pulmón que los médicos le diagnostican en 1957.
Adriano del Valle murió en Madrid el 1 de octubre de 1957, a los sesenta y dos años.

Relación Adriano del Valle- Miguel Hernández
Los pensamientos políticos de Adriano del Valle nunca fueron un obstáculo para mantener la admiración por las obras de otros poetas contemporáneos, aunque éstos no compartieran en absoluto la misma ideología. Éste es el caso de la relación que mantuvieron el poeta sevillano y el oriolano, que se inició con la publicación de Miguel de “El rayo que no cesa” y que despertó el interés de Adriano por la obra del poeta alicantino.
Adriano y Miguel, a pesar de que nunca se conocieron personalmente, mantuvieron una afinidad poética que se mantuvo hasta la prematura muerte del poeta oriolano.
En su “Elegía de Orihuela”, Adriano del Valle homenajea a Miguel, haciendo referencia a su condición de pastor poeta, a la religión y a la influencia de la naturaleza en la vida y obra del poeta oriolano:
Lo ví en su soledad, almendro humano,
desgajado el esqueje del enjambre
y el verbo hecho colmena desvalida
entre un cerco de abejas derramadas,
no lejos de aquel mar, del mar patricio,
huéspedes las sirenas y el falucho
del cristal habitable de las olas.
Su apagada alegría entre los muros
sólo en tres cuerdas tensas arrancaba
la claridad azul del mundo abierto
por los cuatro costados melodiosos,
por los cuatro horizontes de montañas.
Amontonado, lúbrico rebaño
que eclipsaba las fases de la luna,
los bíblicos moruecos vesperales,
las nubes que Miguel condujo a silbos,
si un candelabro agreste o casi higuera
relámpagos y yeguas agrupaba.
polvo de siglos, tolvanera, tromba
de arena restallada en los parrales,
en las agraces córneas de las uvas,
gajos enfermos por mirar al páramo
con órbita ocular. Santa Lucía
sanaba el lagrimal de los racimos
con el bálsamo astral de los milagros.
Pámpanos verdes y ópticos ex votos,
la granazón sacramental del fruto,
y allí Miguel, ya en paz con el viñedo,
pastor entre las cepas y los trigos,
la plateresca espiga en la Custodia,
en la harina de Dios, el canto enlaza
con el racimo agraz del Corpus Christi.
En el nativo campo casi apóstol,
perito en corzas tanto como en lunas,
erudito de lluvias malogradas,
furtivo cazador de meteoros
que atrapaba las nubes con reclamo,
mayoral que al rebaño, en el galope,
multiplicó, al oído, las pezuñas,
esto era él, entre pastores, cuando
la atropellada nata del ordeño
que rebosan las ubres manuales
nutriéndole de ubérrimas delicias,
unas bicornes églogas restaurada,
ya sin secreto el pez para Tobías.
Metáfora y costumbre, astronomía
a ojo de buen cubero adivinada
con la infalible brama y el desove
de algún parto de lirios y de estrellas,
ancho saber viejísimo, en sus manos,
como trozos de pan nos repartía.
La colmena del ser le rebosaba
la lenta miel del verso en los panales,
azucarada y densa y, tenazmente,
de abejas obstinadas rodeado,
edificaba en sal su mausoleo.
Salud Martínez



