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Hoyo, Arturo del, ‘Escritos sobre Miguel Hernández’, edición de Aitor L. Larrabide y César Moreno, Orihuela, Fundación Cultural Miguel Hernández, 2003, 173 pp., Documentos, 2.

El pasado 28 de noviembre tuvo lugar en la Sala La Cacharrería del Ateneo de Madrid la presentación de este libro, enmarcada dentro de las actividades que rodeaban el II Congreso Internacional sobre Miguel Hernández y dentro de una jornada dedicada al homenaje a los coetáneos y, también, todo hay que decirlo, a cumplimentar a Arturo del Hoyo, que festejaba su cumpleaños.

El libro, responde en parte a una petición formulada no hace mucho, en la cual rogábamos que se produjese paralelamente a la tradicional epidemia de fiebre gripal, una ‘fiebre’ editorial al estilo de lo que sucedía en la Fundación Max Aub. La petición fue atendida durante el transcurso del II Congreso y, así, pudimos disfrutar de la edición -más modesta, eso sí-, de dos catálogos sobre las exposiciones de obras de Miguel Abad Miró y Francisco de Díe con textos de Aitor L. Larrabide y César Moreno, y a los cuales volvemos a encontrar en esta edición que continúa la línea editorial de la Fundación Cultural Miguel Hernández recordando y desvelando aspectos inéditos de Miguel Hernández a través de los textos y las vivencias de aquellos que le conocieron, como Ramón Pérez Álvarez en ‘Hacia Miguel Hernández’, número uno de la colección Documentos.

Arturo del Hoyo, que nació en Madrid en 1917, fue colaborador de ‘El Sol’ (1935-37), participando en la Defensa de Madrid (1936-39). Más tarde, forma parte de la primera redacción de ‘Ínsula’ y en 1950 se incorpora a la editorial Aguilar, recopilando para ésta ‘Obra escogida’ (1952) de Miguel Hernández, ‘Obras completas’ (1954-86) de Federico García Lorca, y ‘Obras completas’ (1961) de Baltasar Gracián, entre otras. Pero Arturo no destaca sólo como editor, crítico o ensayista. A su obra ‘Diccionario de palabras y frases extranjeras’ (3ª ed., Punto de Lectura, 2002) le cabe el honor de ser el primero y más extenso en su género, siendo también conocido como narrador. De hecho, junto con Medardo Fraile y Manuel Lueiro Rey, son los principales precursores del cuento contemporáneo español. Bajo esta faceta, tiene publicados seis libros: ‘Primera caza’ (1956), ‘El pequeñuelo’ (1967), ‘En la glorieta’ (1972), ‘El lobo’ (1981), ‘Historias de Bigotillo, ratón de campo’ (1987) y ‘El amigo de mi hermano’ (2000). Traducido al francés, al alemán y al checo, recibió en 1977 por su cuento ‘Las señas’ el Premio Hucha de Oro de Cuentos.

El currículum de Arturo, es largo, de categoría pero no ha sido sólo por eso por lo que se le ha escogido. Arturo, conoció a Miguel Hernández y a Ramón Sijé, e incluso mantuvo correspondencia con Ramón Pérez Álvarez. Arturo, afronta como veremos más adelante cada texto de los aquí recogidos, como vivencias personales, vivencias que quedan plasmadas en los pequeños textos explicativos que preceden a los verdaderos textos que constituyen el libro y que permiten comprobar la dureza de la lucha por mantener vivo el fuego del hernandismo en aquellos años.

El libro, consta de dos grandes partes, ‘Escritos’ y ‘Varia’, junto con un prólogo que en cierta forma, desgrana los contenidos que nos vamos a encontrar, un prólogo que los autores basan en ‘siete palabras’. La primera, es ‘para una defensa del hernandismo’, algo por lo que ya merece este homenaje. La segunda, corresponde a ‘prólogo a una obra escogida’, le siguen ‘El caso Morla’, ‘El proceso a un poeta’, ‘Viento del pueblo’, ‘Historial de un libro’ y ‘Varia documental’. De estas ‘palabras’, cinco corresponden a aspectos desarrollados en la primera parte, como la edición de la ‘Obra escogida’ de Miguel Hernández (1952), importantísima y que le acarreó varias dificultades desde el momento en que sustituye a Sainz de Robles en la redacción de su prólogo, verdadera lección de tenacidad, de denuncia y de amor hernandiano; los nuevos datos que nos aporta sobre la verdad de lo ocurrido con el Encargado de Negocios de la Embajada de Chile en España en aquellos años, Carlos Morla Lynch, y las posibilidades de asilo en las distintas representaciones diplomáticas, incluida la chilena. Pablo Neruda había dado una versión distinta, distorsionada, de lo ocurrido desmontada por lo explicado en la ‘Memoria presentada al Gobierno de Chile correspondiente a mi labor al frente de nuestra Embajada en Madrid durante la guerra civil 1937-1938-1939. Abril 1939’, publicada en Berlín en 1939, cuyo autor es el propio Morla. Las otras ‘palabras’, se refieren a las presentaciones que hizo de los libros de Juan Guerrero Zamora sobre el sumario 21.001 (1991) y a la presentación de la edición facsímil de ‘Viento del pueblo’ (1992).

La segunda parte del libro ‘Varia documental’, como habíamos dicho. Es, posiblemente, la más innovadora por lo novedoso de sus aportaciones documentales. Recoge primero la reseña que publicó Juan Ramón Jiménez en ‘El Sol’ en 1936; a ella le sigue el tributo a Ramón Sijé, enviado por Hernández a sus amigos de ‘Silbo’ y que no pudo reproducirse pues su tercer número no vio la luz debido al inicio de la Guerra Civil. Esto generó dos cartas inéditas hasta ahora, y que también se reproducen aquí. Le sigue la reproducción de una carta de Vicente Aleixandre a Arturo del Hoyo, del 26-XII-1948 sobre la preparación de la ‘Obra escogida’ y la relación con Antonio Buero Vallejo, que aprendió de memoria poemas de Miguel durante su estancia juntos en la cárcel y que era primo hermano de la esposa de Arturo. A esta, siguen otras cartas que permiten centrar el silencio primero y las polémicas después suscitadas en España tras la publicación de la ‘Obra escogida’ el año 1952. Las cartas, son de Melchor Fernández Almagro y Germán Bleiberg, que iban a realizar su reseña en ‘ABC’ y ‘Revista de Occidente’, de Jorge Guillén que hasta 1954, en Wellesley y de prestado, no conocerá el libro. Para cerrar, el autor ha escogido tres documentos importantes, primero las cuartillas que Miguel leyó en el homenaje a Sijé en la primavera del 36 cuando se le da su nombre a la antigua Plaza de la Pía, después las cartas de Manuel García y Arturo del Hoyo con motivo de la solicitud del primero al segundo de su adhesión al Homenaje Nacional Universitario a Miguel Hernández de abril de 1967 y la adhesión del segundo, y, finalmente, como colofón y a modo de guinda, se reproduce la ficha de hospitalización de Miguel Hernández. Inédita hasta ahora, reproduce su hospitalización del 10 al 12 de octubre de 1936 en el Hospital de Infecciosos o del Rey por una afección estomacal.

El libro, primorosamente diseñado por Fabricio Mancebo, cuenta con una gran cantidad de facsímiles, prácticamente todos los documentos que hemos comentado del apartado ‘Varia’ y una gran cantidad de notas, nada más –y nada menos- que 118, que denotan la gran riqueza documental del volumen y un gran cariño, no sólo por Miguel Hernández, sino también por la obra y las experiencias de este madrileño de 86 años.

Esperemos que la colección ‘Documentos’ tenga una pronta continuación y que se mantenga tan alto el nivel como en estos dos primeros números. Seguro que la Fundación Cultural Miguel Hernández y los editores de este volumen, que también coincidieron en la edición del primer número de la colección tienen ya algún cartucho en su recámara y están prestos a sorprendernos, algo que a buen seguro también harán nuestros amigos de la Asociación PolisLab, continuadores de los homenajes a la figura y la obra de Miguel Hernández y que conocedores de los valiosos materiales que encierran hacen muy buen uso de ellos en sus ediciones, tal y como muestra la bibliografía de ‘Miguel Hernández: tre amici, tre ferite. Elegie’.

Manuel Ramón Vera Abadía

 

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Martínez Sainz, Ángeles et al., ‘In memoriam Miguel Hernández’, Málaga, Ediciones _ Myrtos, 2003, 56 pp. PoéticaHispanoAmericana: Myrtos.

Tras distintos avatares ha caído por fin en nuestras manos un soplo de aire fresco, literariamente hablando. Pocas veces se puede tener acceso a novedades literarias, máxime cuando éstas se dan en el mundo de la poesía, uno de los géneros literarios comúnmente más denostados y olvidados.

Hace pocas fechas tuvimos la oportunidad de conocer esta nueva iniciativa literaria, muy novedosa en todos sus aspectos, como ahora veremos. La colección y la editorial, son fruto del trabajo y la persistencia de Antonio Ramírez Fernández, que ha iniciado esta original aventura. Gracias a ésta, son muchas las nuevas voces que han podido exteriorizar su corazón y sus sentimientos, y todo ello sin preocuparse –algo maravilloso- por la nacionalidad, pues como bien indica el título de la colección son muchas las representadas aquí. Pero este esfuerzo no nace sólo, nació al amparo de la Asociación Cultural Myrtos, cuyos fines según sus estatutos son:
“5.1 La promoción de valores literarios.
5.2 la edición sin ánimos de lucro, de libros, principalmente de poesía, prosa poética y poesía visual.
5.3 La distribución de sus publicaciones entre instituciones hispanoamericanas y españolas”, algo que dados los tiempos que corren, la verdad, es que no es muy frecuente.

El libro que ha llegado a nuestras manos pertenece a una edición numerada de 500 ejemplares en rústica y cuenta con la contribución de 8 voces, siendo la de Ángeles Martínez Sainz, que encabeza la edición, la más novel en estas lides poéticas, contando casi todos ellos con el añadido interés de tener obra inédita. Además, destacan, aparte de por su formación intelectual, por su interdisciplinariedad, pues hay pintores, músicos, ensayistas y autores de cuentos.

El libro, se encuentra dividido en ocho secciones que se corresponden con cada uno de los autores que componen la edición. Asímismo, cada sección aparece introducida por una pequeña ficha biográfica, seguida de los poemas editados.

La primera voz que surge es la de Ángeles Martínez. Sus poemas, presentan una temática amorosa, desprendiendo una gran sensibilidad y denotando una interacción entre lo sentido y vivido y lo escrito. El verso es libre, buscando la musicalidad, el equilibrio y la coherencia en las ideas. En cuanto a la estructura, la autora ha pretendido que sea libre, utilizando un vocabulario sencillo, dirigido a cualquier público, siendo versos más bien cortos. De todas maneras, esa sencillez no obsta para que nos encontremos con algún ejemplo de mayor complejidad, profundidad y sentimiento, siendo esto último algo que, como antes decíamos, es siempre constatable.

Continuando con nuestro recorrido, la portorriqueña Arminda Arroyo deleita nuestros sentidos con tres poemas muy descriptivos sobre la pasión. El verso libre vuelve a ser utilizado en los tres, donde sus sentimientos se transmiten con la ayuda del empleo de la primera persona. Es por ello que podríamos ver incluso una estructura redonda en el modo de escoger y disponer los poemas. Habla de ella en el primer y tercer poema, centrando el segundo poema en las palabras, en lo que éstas destilan cuando son escuchadas.

Ofelia Martín Hudson ha escogido un poema largo, seguido de un trío de poemas más cortos. El primero es novedoso por el juego de metáforas que lo componen. Los tres últimos poemas, con unas mínimas pinceladas, recogen tres ideas cargadas de color, de fuerza, de significado, utilizando de forma ondulante sólo una o dos palabras en cada verso.

Con un vocabulario más complicado, más técnico, para buscar la parte física de lo que quiere expresarnos, la peruana Rosamarina García, se apoya en las esdrújulas para marcar la fuerza de las palabras e incidir así en la sonoridad de todo el verso. Consigue así describir los sentimientos femeninos, tanto sensuales como sexuales bastantes veces por la rudeza de algunos términos, personalizándolo todo al reflejarse en el espejo como si mirase hacia su interior y hablase de su cuerpo.

El miedo al silencio y a la soledad nos embarga al leer los tres poemas de la portorriqueña Trinidad Fontánez. La estructura de sus poemas es heterogénea, dejando clara en la primera estrofa la característica que desarrolla luego. Son versos cortos, muy similares y homogéneos, donde el conjunto de los mismos que forma la estrofa, dibuja un contorno descendente. El segundo es más uniforme y el tercero es como un bloque sin pausas o fisuras, donde se refuerzan a veces las palabras, con la ayuda de guiones.

Con Flor Fontánez, la sexta autora, también portorriqueña, la nostalgia y el recuerdo son elementos muy importantes e incluso repetitivos en sus composiciones. Utiliza la naturaleza, con algunos elementos de ésta que se repiten, como las mariposas, para describir su estado de ánimo y sus sentimientos, con una métrica similar, verso libre en las cuatro composiciones y sin cortes, formando un bloque.

Ricardo D. Mastrizzo, es el primer representante masculino en el libro. Este argentino aporta cuatro poemas, en verso libre. En el primero, describe unas manos que nos llevan hacia la boca, la voz y el alma de dos seres que se sienten libres como las aves. Éstas, aparecen en el siguiente poema abundando en ese ideal de libertad, llevado al límite al situarles en el espacio, en la luna. Como cierre, un último poema que menciona el alejamiento de la paz y la tranquilidad anejas a la libertad.

Alexis R. finaliza este paseo poético con la introducción de tres versos escogidos de Luis de Góngora y Miguel Hernández. Sus poemas perfilan ideas largas, concatenándose los versos. Estas ideas a veces necesitan para expresarse de varios versos, dibujando ondas mentalmente. Existe también una interrogación retórica constante para reafirmarse en lo tratado. El verso utilizado es el endecasílabo con rima consonante, conformando unas estrofas que de no ser por el orden en el cual riman, podríamos decir que estamos ante sonetos. En cuanto a su temática, la añoranza, el miedo al paso del tiempo, la ausencia y la soledad son los ejes que vertebran su poesía.

Esperemos que iniciativas como esta, enfocada por un lado a iniciar a escritores con menos experiencia en las lides editoriales y a estrechar lazos, sigan proliferando. El poder compartir experiencias, sensaciones y sentimientos con autores de otros lugares, por no contar con el enriquecimiento que supone conocer léxico nuevo, como ha sucedido con algunos de los poemas que conforman este volumen, ha sido muy valioso. No nos queda ya más que decir, salvo animar a ambas partes, autores y editorial a seguir en esta línea ‘artesanal’, sinónimo siempre de calidad.

Manuel Ramón Vera Abadía

 

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‘Miguel Hernández, tre amici, tre ferite. Elegie’, edición a cargo de Enzo Calcaterra, Tolentino (Macerata, Italia), Edizioni PolisLab, 2003, 57 pp.

A una semana vista del inicio del II Congreso Internacional sobre Miguel Hernández, se celebraba, tal y como desde aquí habíamos adelantado, el tercer homenaje al poeta Miguel Hernández en la ciudad de Tolentino. Estos actos, plenos de amor y devoción por la figura del oriolano universal, tuvieron como colofón la edición de un libro en formato artesanal que hoy traemos ante ustedes.

En formato pequeño y encuadernado de manera artesanal, forma parte de una edición numerada que ha llegado a nuestras manos hace sólo unos días.

El libro se inicia con unas palabras de Sergio Scoppolini, Presidente de PolisLab. Explica el por qué del título. En principio, la amistad y las heridas, son claramente dispares, pero como él dice, si uno ama, éste puede derivar hacia las lágrimas, hasta la indiferencia e incluso a la muerte. Desde aquí al odio, no habría sino un paso. Es la amistad, la única que puede producir una bella y sangrante herida. Jugando con las palabras, como él dice sería así (p. 5):

“sin sangre no hay vida
sin vida no hay sentidos
sin sentido no hay sentimiento
sin sentimiento no hay poesía”.

Esta preparación espiritual es necesaria para comprender el desarrollo de esta edición, que recoge tres de las mejores elegías posiblemente nunca escritas, relacionadas todas ellas con personajes íntimamente ligados al poeta, como Ramón Sijé, Federico García Lorca o Pablo de la Torriente.

Franco Casadidio continúa en el siguiente prólogo defendiendo la idea de la relación entre la amistad y las heridas, provocadas muchas veces por la primera y que, a nuestro pesar, casi siempre renuevan la vida (p.7).

Enzo Calcaterra, el autor de la edición, interviene entonces explicando en el prefacio el motivo del título. Él, lo centra en un proverbio citado por el escritor egipcio Tahar Ben Jelloun hace poco: “Con la muerte, se extingue la amistad” (p. 9), con el que no está de acuerdo. La amistad, con ésta, la sublima y llama al disfrute de la vida por parte de quienes sobreviven al difunto. La muerte, es una herida, pero una herida de la cual mana la vida. Estas ‘heridas de amistad’, las sufrió el poeta en tres momentos de su vida, marcando esta de manera indeleble: en su adolescencia, durante la búsqueda de su identidad y en su madurez. Miguel, nos da aquí una gran lección: vida, amor y muerte, son inseparables y su fruto, lo destila su pluma, siendo su sangre, la tinta que utiliza su alma para cantar al hombre, al amigo.

Tras estos textos preparatorios, nos encontramos con una breve nota biográfica (pp. 11-12) sobre Miguel Hernández y sobre el autor de la edición, Enzo Calcaterra (p. 12) y una pequeña bibliografía, quizá algo justa, pero bastante actualizada y en la cual se encuentran presentes los hispanistas más destacados en el país transalpino, y las últimas novedades publicadas en España, y que incluyen a José Luis Ferris y a la Fundación Cultural Miguel Hernández.

Tras este primer bloque, se insertan los tres restantes, dedicados como explicaba antes a glosar las tres heridas referidas, una por cada amigo perdido.

La primera herida, es la causada por el fallecimiento de su joven amigo Ramón Sijé: ‘Ramón compagno dell’anima’ (pp.17-28). Ambos, se habían jurado que a la muerte de uno, el otro debería de haber excavado la fosa del otro, pero no pudo ser. Miguel se entera tarde y a su vuelta Ramón ya ha sido sepultado, abriendo más si cabe una herida que se había abierto tiempo atrás con su marcha a Madrid y sus primeras diferencias por cuestiones literarias. El óbito sucede en la madrugada del día de Navidad de 1935, y Miguel se entera por una carta de Aleixandre. Compondrá entonces un texto que sólo tiene dos textos parangonables: las ‘Coplas por la muerte de su padre D. Rodrigo’ de Jorge Manrique y el ‘Lamento por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías’, de García Lorca. Juan Ramón Jiménez, reseña el texto de Miguel en El Sol de 23 de febrero de 1936, hablando de “poesía pura’”y de “la belleza tremenda de sus versos” (p. 20), versos que lloran la conclusa amistad con el amigo con el cual compartió tanto sueño literario y disfrutó de tantas cosas, entre otras, el amor por la vida.

La segunda herida, es la causa la muerte de Federico García Lorca: ‘Federico, amico distante’ (pp. 29-46). La amistad entre ambos poetas fue como muy bien destaca Calcaterra, tormentosa y salpicada por el constante rechazo de Lorca y las desilusiones de Miguel. De hecho, su correspondencia da abundantes muestras de ello e incluso hay testimonios de coetáneos que demuestran tales aseveraciones. La noticia del trágico y confuso asesinato del poeta granadino el 19 de agosto de 1936, le llena de dolor. Olvida el “silencioso calvario” de esta amistad inaccesible, pero latente de manera soterrada todavía en su pecho y le dedica su ‘Elegía primera’. Su amistad, se inicia, como bien apunta Calcaterra en el año 1933, con ocasión de una representación de La Barraca, el teatro itinerante de Lorca. A esto le seguiría un escaso intercambio de correspondencia: entre el 30 de enero de 1933 y el 30 de mayo de ese mismo año. Dos escuetas cartas le dirigió Lorca a Miguel. Una, con motivo de la publicación de ‘Perito en lunas’, y en la cual le exhorta a escribir, a leer y a estudiar, puesto que posee sangre de poeta y otra en la que le reprende, por decirlo de alguna manera, su estilo impetuoso, pidiéndole calma a la hora de escribir. Lo cierto, es que, desde ese momento, dejará de contestar las cartas de Miguel, cuya rusticidad era como una insistente ‘alergia’ (p. 31) y al cual procuraba evitar durante los encuentros en casas de amigos comunes (p.32). El texto que dedica Miguel a Lorca destaca por considerar la muerte como una herida, con unos versos que tratan de rebelarse viriles contra la muerte, la resignación y la nada. Miguel, trata la muerte con vitalismo, pero también recordando en cierta forma las atmósferas surrealistas de Lorca.

La tercera y última herida, será la causa la muerte de su amigo el cubano Pablo de la Torriente: ‘Pablo, il cubano guerriero’ (pp.47-53). Su amistad fue breve. Iniciada por pertenecer ambos a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, se consumó de manera intensa en la guerra. En ella, Miguel se alistó sin los privilegios de un intelectual –en su ficha ponía que era mecanógrafo-. Mientras, Pablo, periodista y escritor cubano llevaba adelante sus emisiones radiofónicas para desmoralizar a las tropas del General Franco en ‘Altavoz del Frente’. Pronto coincidieron otra vez y de la unión de sus ‘genios’, surgirían una biblioteca, un periódico, varios murales y además intentaron instruir a la tropa con ayuda de maestros, representaciones teatrales y lecturas poéticas, así como con la proyección de películas de cine, sobre todo soviéticas. Miguel se encargará de la organización de las actividades culturales. Pablo, causó una honda impresión en Miguel, apareciendo en su obra de teatro “Pastor de la muerte” como ‘El Cubano’. Por ello, no es extraño que cuando Pablo en 1936 muera en combate le dedique su ‘Elegía segunda’, plena de dolor y de recuerdos, y que además lee ante su fosa. La elegía, transmite energía y valor, cambiando la muerte del combatiente que se enfrenta al peligro todos los días por valor y calor para seguir hacia la victoria.

A modo de sangrante barómetro, hemos podido descubrir, o mejor dicho compartir, tres momentos muy destacados de la vida del poeta. Son tres momentos que le marcaron, le trazaron un camino, quizá envenenado y que tiene concomitancias con hechos ya descritos. ¿Qué homenaje podía ser mejor que acercarnos al corazón del poeta?. Éste, con sus distintas heridas, es muy querido por el pueblo de Tolentino, lugar marcado también por la guerra y por la pérdida de sus jóvenes, jóvenes como Miguel. Jóvenes como los que el día 26 pidieron por boca de sus autoridades hermanarse con Orihuela y la Fundación Cultural Miguel Hernández. Esperemos que los políticos, o a quien corresponda, den vía libre a los sentimientos populares, a esta globalización cultural plena de sentimientos y que no puede sino producir buenos frutos, frutos que empiezan a germinar en forma de acuerdos y hermanamientos con distintas instituciones de este país y que no deben acabar aquí. La universalidad del poeta es ya un hecho y el reciente II Congreso Internacional, lo ha confirmado.

Manuel Ramón Vera Abadía

 

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‘El Universo de Max Aub’, Valencia, Subsecretaría de Cultura de la Generalitat Valenciana, 2003, 478 pp.

Resulta motivo de gozo constatar la riqueza de la cultura española, siempre repleta de conmemoraciones y celebraciones varias. Bromas aparte, tornamos ahora a escribir sobre un motivo constitutivo, creemos, de alegría para las letras hispánicas en general, y para las valencianas en particular. Estamos hablando del centenario del nacimiento de Max Aub, celebrado durante este año que pronto finalizará, y que se ha conmemorado con la celebración de exposiciones y la edición de varias obras y catálogos.

Aub destaca por la vigencia de su magisterio intelectual y ético. Autor comprometido hasta el final con su pensamiento y que le llevó al exilio, del cual también llegó con 11 años a España. Sin embargo, lo más penoso de su exilio, podríamos decir que fue ver cómo crecía su obra sin que nadie la conociese. Hurgando en su fraseología particular, Aub subdividía a los hombres así: “los que cuentan su historia, los que no la cuentan, los que no la tienen”. Aub, es de los primeros.

El universo de Max Aub, se encuentra estructurado en cinco partes. La primera, constituida por los prólogos del Presidente del Gobierno, D. José María Aznar, que destaca el cosmopolitismo de la figura aubiana y su valentía para defender que la cultura no tiene fronteras, y de D. José Luis Olivas, anterior Presidente de la Generalitat Valenciana, y de D. Manuel Tarancón, anterior Conseller de Cultura, que glosan algunas de las actividades preparadas para festejar el centenario, destacando siempre su personalidad combativa y su hiperactividad desusada. Finalmente, Elena Aub Barjau, hija de Max y Presidenta de la Fundación, destaca que “el conocimiento es libertad” y recuerda lo difícil que fue sobreponerse a la guerra.

El segundo bloque, las Couple, está constituido por dos bloques, `Los recuerdos de Valencia de Max Aub’, de Consuelo Císcar Casabán (pp. 20-25) y ‘El universo de Max Aub’, de Manuel García (pp. 26-51). La primera, destaca de Aub su cualidad de escritor viajero, igual que Hemingway. Autor que reflejaba todo en sus diarios, gracias a éstos, ha sido posible rescatar los recuerdos de su niñez y de su juventud. Valencia, es el total de sus recuerdos, aquí se nacionaliza y se casa, nacen sus tres hijas y publica sus primeros libros. Pero el recuerdo le seguirá. Gil-Albert, Zapata y otros, serán motivos para su pluma. Para Manuel García, su vida, se parece más a un álbum de fotografías. Buscando entre estas escenas, podemos destacar la importancia que el teatro tiene para él, adquiriendo tintes de pasión literaria e impregnándose de vanguardismo. Gracias a estos ‘coqueteos’ con las vanguardias, se relacionó entre otros con Alberto Sánchez, José Gaos, o Josep Renau, especialmente importante por haber sido junto a Aub, responsable del Pabellón Español de la Exposición Internacional de las Artes y las Técnicas en el Mundo Moderno de París de 1937, custodio del Guernica de Picasso. Los contactos con las vanguardias continúan tras su llegada a México en 1942: muralistas, surrealistas, exiliados españoles, Kerouac, Mayakowsky, Eisenstein, Gaya... Todo despierta el afán por descubrir nuevas técnicas: fotografía, cine, en el cual participa como ayudante del francés André Malraux en ‘Sierra de Teruel’ y como guionista en la ‘etapa de oro’ del cine mexicano, con directores como Buñuel, la radio, siendo director de una emisora...

El tercer bloque, son textos sobre Max Aub, elaborados por distintos estudiosos. Rafael Bellveser, en ‘Vanguardia y ciclo valenciano’ (pp. 52-63), destaca la importancia de su época valenciana. Aub es el introductor de las vanguardias en Valencia, pero eso no le da filiación vanguardista a su obra -más simbolista que otra cosa-, un vanguardismo que se deshará cuando los implicados se dediquen a la política y a la poesía militante. También es de destacar su afición al teatro, un teatro escueto que le lleva a redactar un proyecto para un Teatro Nacional y una Escuela nacional de Baile dirigido a Azaña.

André Camp, en ‘Las memorias de Max Aub’ (pp. 64-77), recoge sus inicios tertulianos en el Café Regina de Madrid, junto a Pedro Salinas, Azaña, García Lorca o Valle-Inclán.

Andrés Trapiello, en ‘Max Aub, Caballero de la Orden del Cícero’ (pp. 78-86), destaca un pensamiento de Juan Ramón Jiménez, perfectamente aplicable a Aub: ‘en edición diferente los libros dicen cosas distintas’. No olvidemos el gusto de Aub por las combinaciones de letras, cuerpos y blancos, -él decía “en el fondo soy tipógrafo”- y que tuvo que abandonar durante la guerra, pero que vuelve a ser una constante en el exilio, con Altolaguirre o Prados y los mexicanos. “La tipografía es una síntesis de pintura y literatura. No hay nada mejor que el tacto de un buen papel entre las manos, es como poder abrazar a una mujer a quien se ama. Una esbelta mujer nunca lo sería tanto como una letra Bodoni”.

Gloria Picazo, en ‘El arte en la Guerra Civil Española’ (pp. 86-95), destaca cómo Valeriano Bozal en su ‘Historia del Arte en España’ (1972) ya perfilaba la dimensión de la cultura de este periodo, destacando Renau y Aub junto a la “Ponencia colectiva” (1937).

Antonio Muñoz Molina, en “Max Aub: una mirada española y judía sobre las ruinas de Europa” (pp. 96-111), lo compara con Nabokov, inventando también nuevas fórmulas, como en “Campo francés”, una forma más próxima al cine que al teatro o a la novela, donde hay cambios constantes de puntos de vista, múltiples personajes...

Jordi Soler, en ‘Don Max frente al mar’ (pp. 112-120), destaca la personalidad crítica de Aub y su percepción aguda del mundo. Algunos de sus textos puestos en boca de su personaje, Jusep Torres Campalans, resultan hoy actuales.

Juan Goytisolo, en ‘El regreso a Ítaca’ (pp. 120-129), rememora su ‘La gallina ciega’ y el viaje en 1969 de 74 días por España, criticado por Emilio Romero o Francisco Umbral. Esas sensaciones, le hicieron decir “no puedo ser pesimista porque de esta general ignorancia petulante saldrá siempre una minoría que se dé cuenta de lo que sucede en el mundo y escriba, aún en español, poemas como los mejores nacidos en otros idiomas. La negligencia no tiene remedio”.

José María Espinasa, en ‘Tener cien vidas para enterarme. La escritura autobiográfica en Max Aub’ (pp. 130-139), incide en la faceta notarial de Aub, una literatura que permite el juicio de la historia y que él llamó “la práctica biológica de la literatura” (Ver p. 138).

José Monleón, en ‘Regresar: ¿a dónde?. Evocación en 4 tiempos y una coda’ (pp. 140-163), vuelve al tema de la contemplación por Aub de los ‘fantasmas del exilio’ en su vuelta a España en 1969, algo penoso al contemplar el aumento de los autoritarismos y la sumisión al poder.

Jorge Semprún, en ‘El combatiente de la Guerra Civil Española’ (pp. 164-173), menciona la relación de Aub con el francés Malraux.

Finalmente, en el cuarto bloque se insertan una cronología, una bibliografía y el catálogo. La cronología, de Manuel García, muy completa, va acompañada de notas a pie de página y está basada en textos autobiográficos y documentación familiar, corrigiendo errores anteriores.

La bibliografía, por Ignacio Soldevila, está dividida en secciones por géneros, e integra en la sección ensayo las prosas que no responden a ningún género o con contenido vario, teniéndose en cuenta las primeras ediciones de los textos de Aub. En la quinta sección, se recogen las entrevistas y las conversaciones en las que participa, pero no se recogen los guiones de cine no publicados.

En cuanto a las fichas, aparece la información sobre el título, el lugar de edición, el editor, la fecha de edición, el número de páginas y las dimensiones del volumen, algo importante por la variada factura de sus ediciones.

Cierra apartado el catálogo de la exposición, extenso, en el que destacan por su rareza las fotografías y las carátulas de los documentos sonoros recuperados por su afán.

El libro, contiene también una traducción (pp. 418-477) al francés de los artículos mencionados.

Como se puede ver, el libro es denso, complejo, pero merece la pena leerlo o por lo menos repasar y descubrir la gran cantidad de fotografías –muchas inéditas- y documentos gráficos que lo conforman. Resulta abrumador poder disfrutar de obras como esta. Esperemos que el recientemente celebrado II Congreso Internacional sobre Miguel Hernández provoque una fiebre editora tal que deje en mantillas a este libro, que recuerda todo sobre el homenajeado, incluso en su colofón, en el cual rememoran su gusto por el tipo Bodoni. Esperemos que la publicación de actas del congreso, catálogos de exposiciones afines y la publicación de estudios y ediciones se inicie y no tenga fácil cura, ahora que estamos en los dominios de la tradicional gripe.

Manuel Ramón Vera Abadía

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‘Max Aub en el laberinto del siglo XX’, edición de Juan María Calles, Valencia, Biblioteca Valenciana-Consellería de Cultura de la Generalitat Valenciana, 2003, 411 pp.

 

Casi coincidiendo con su inauguración –el 3 de septiembre del presente año-, llegaba a nuestras manos este catálogo de la exposición que la Fundación Max Aub dedicaba en Segorbe (Castellón) a la conmemoración del centenario del genial autor, cerrando así una larga lista de actividades, entre las que se encuentran distintos volúmenes, como el ya analizado en estas páginas ‘El universo de Max Aub’.

Aub, notario de su tiempo, procurando elaborar documentos que sirviesen para el juicio de la historia, elaboró unos textos que aún hoy, varias décadas después de su muerte, sorprenden por su tremenda actualidad pero sirven también para eternizar y poner, a disposición de todos, distintos sucesos que deben de quedar marcados en el subconsciente de todos. ‘El Correo de Euclides’, la ‘prensa particular de Aub’, lo recogía así: “Somos lo que fuimos y seremos, distintos y eternos en cada momento”.

El catálogo y la exposición pretenden asumir la vida de este genial y completo autor, marcada por dos guerras, una guerra civil y dos exilios, y que hizo de la literatura una forma perfecta de solidaridad que, encima, es de rabiosa actualidad, como lo fue en su momento, cuando se le comparó –y se le compara- con literaturas exílicas como la de Alemania tras el exilio judío frente al nazismo, algo que también se ha intentado conseguir a la hora de organizar la exposición.

El libro cuenta a modo de presentación con tres textos. Dos son institucionales: los del Conseller de Cultura y el Director General del Libro y Bibliotecas y el tercero, es de Juan María Calles, comisario de la exposición. Tras éstos, y estructurado en tres partes denominadas ‘Biografía’, ‘Glosario de voces Aubianas’ y ‘Testimonios’, encontramos los contenidos, corriendo a cargo de estudiosos aubianos y conocidos de Max la redacción de los mismos.

Decía Aub que “no hay que avergonzarse de lo que se es. Cada uno hace lo que puede. Siempre hay que ir hasta el final”, y eso hizo siempre. Su biografía es un ir hacia adelante continuo. Su biografía, se ha estructurado en seis partes, al igual que la exposición. La primera es ‘La infancia en París (1903-1914)’, de Gérard Malgat y en ella se describe su destino, similar al del rapto de Europa y que debe huir hacia el Oeste, su conocimiento de las literaturas francesa y alemana –no olvidemos sus orígenes por parte de padre y madre-. La segunda parte, ‘Los años de formación (1914-1931)’, de Juan Rodríguez, narra su llegada a España en 1914, sus años de formación en Valencia sin olvidar sus orígenes franceses y su relación con el grupo de intelectuales y amigos que le acompañarán de ahora en adelante en sus aventuras. La tercera, es ‘Los años de la Segunda República 1931-1939’, de Manuel Aznar Soler, que narra por un lado su evolución estilística, que le hace pasar de sus coqueteos vanguardistas al compromiso antifascista, siempre ligado a la República y al PSOE, al cual se afilia en 1929. Esta época es también un momento de viajes a París y Moscú y de relaciones con la Generación del 27 y sus coetáneos. Estos años ven también cómo aumenta su peso en la política cultural de la República. También se citan sus proyectos de organización de un Teatro Nacional, que no tuvieron eco y sus colaboraciones cinematográficas con Malraux (1938). Director del ‘Diario La Verdad’, junto con Renau, pasa a París destinado como agregado cultural, como se narra en ‘París (1937)’, de Gérard Malgat, y allí organiza el II Congreso de Intelectuales Antifascistas y el pabellón español de la Exposición Universal, en el cual se expondrá el ‘Guernica’ de Picasso. En ‘Holocausto (1939-1942)’, también de Gérard Malgat, se recogen sus peripecias iniciales en el exilio, su reinstalación en París en 1939-40, su encarcelamiento bajo sospecha de comunismo y su periplo carcelario, que finaliza en el campo de Djelba (Argelia) y que es la antesala de su exilio mexicano. ‘El exilio en México (1942-1972)’, de Manuel Aznar Soler, relata las últimas peripecias vitales de Max. Relata su esperanza –como todo el exilio español- en la provisionalidad de esta situación y su evolución ética, que le lleva a adoptar posiciones en contra de todo totalitarismo y enconarse en agrias disputas con comunistas. Será en esta época cuando se inicie su metáfora ‘Sala de espera’, la revista de Aub en la que publicó “diversos libros que quizá vean la luz algún día...” y que expresa ese desencanto posterior a la Segunda Guerra Mundial y la espera y la confianza en que finalizasen totalitarismos de uno y otro signo, en especial el de Franco. También cita los importantes viajes que hizo a Israel, Francia y a España, donde se le ignoró pero que dieron lugar –el primero- a su genial ‘La gallina ciega’, un análisis de su España y de las sensaciones que le provocó el viaje, algo que amargó a más de uno, como a Cernuda, y recuerda su muerte.

Estos seis periodos coinciden casi siempre, o se solapan, con los periodos en los que se subdivide la exposición, para la cual el volumen que tenemos entre manos sirve también de catálogo: ‘Europa en la sangre (1903-1923)’, ‘La Calle Valverde (1923-1931)’, ‘El laberinto español (1931-1939)’, ‘Holocausto (1939-1942)’, ‘En la sala de espera de la guerra fría (1943-1955)’ y ‘La España prometida y la España real (1956-1972)’.

Los bloques dos y tres, ‘Glosario de voces aubianas’ y ‘Testimonios’, se dedican a desglosar una serie de conceptos que no hacen sino demostrar que la vida de Max Aub está íntimamente ligada a su obra y que sus experiencias siguen siendo testimonio vivo de un convulso periodo histórico. El glosario, permite también centrar cuáles eran las filias y las fobias (p. 19) de Max, y constatar su evolución, desde el humanismo ilustrado de sus inicios hasta una literatura entendida como deber moral y responsable socialmente, cercana a como la entendía Goethe y crítica con las teorías de Ortega y Gasset que se estaban cumpliendo con los totalitarismos de la sociedad de masas. Mann, Malraux o el propio Hemingway tienen aspectos similares. Su evolución en parte fue consciente, pues como él decía: “Creo, una vez más en el progreso, en el arte y en la amistad”, pero no fue suficiente para alejar de él las decepciones sufridas –tantas- que culminaron en una visión de una España lejana y algo utópica. El glosario, se refiere a términos de especial significación para él. Son 30 los testimonios escogidos y que recogen desde un paseo por lo que fue la Valencia de su época, pasando por los campos de concentración, el judaísmo y el socialismo o las Alemanias, pasando por los géneros literarios y sus proyectos teatrales, y finalizando con México, lugar de su exilio y su muerte, y sus viajes a Israel y Europa y realizados por autores tan reputados como Ignacio Soldevila, Sebastián Faber o Manuel Aznar.

En cuanto a los testimonios, son ocho y desvelan distintos aspectos de la personalidad de Aub, detalles poco conocidos, facetas de su personalidad como su generosidad o su relación con sus familiares o sus sensaciones cuando viajó a Madrid, incluyéndose incluso una entrevista. Son testimonios de su nieto, de Román Gubern o de Juan Goytisolo, entre otros, conocedores de tan fascinante personaje.

El libro se cierra con un exhaustivo apartado bibliográfico y la relación de las piezas expuestas en la exposición, y todo ello con una gran profusión de notas situadas en el encabezamiento del volumen, con un diseño atractivo y funcional que hace más que uso ‘abuso’ del elemento gráfico, siempre de calidad e inédito en gran parte.

Rigor, claridad, cantidad y calidad son los cuatro puntos cardinales de este precioso volumen. Esperemos que el empeño demostrado por instituciones y particulares que colaboraron en esta magna obra, de la cual el Aub tipógrafo se hubiera sentido orgulloso, se trasladen también a la edición española en general y a la valenciana en particular, pudiendo hacer gracias a ella alarde del rico patrimonio literario que poseemos.

Manuel Ramón Vera Abadía

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