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Hoyo, Arturo del, ‘Escritos sobre
Miguel Hernández’, edición de Aitor L. Larrabide
y César Moreno, Orihuela, Fundación Cultural Miguel Hernández,
2003, 173 pp., Documentos, 2.
El
pasado 28 de noviembre tuvo lugar en la Sala La Cacharrería del
Ateneo de Madrid la presentación de este libro, enmarcada dentro
de las actividades que rodeaban el II Congreso Internacional sobre Miguel
Hernández y dentro de una jornada dedicada al homenaje a los coetáneos
y, también, todo hay que decirlo, a cumplimentar a Arturo del Hoyo,
que festejaba su cumpleaños.
El
libro, responde en parte a una petición formulada no hace mucho,
en la cual rogábamos que se produjese paralelamente a la tradicional
epidemia de fiebre gripal, una ‘fiebre’ editorial al estilo
de lo que sucedía en la Fundación Max Aub. La petición
fue atendida durante el transcurso del II Congreso y, así, pudimos
disfrutar de la edición -más modesta, eso sí-, de
dos catálogos sobre las exposiciones de obras de Miguel Abad Miró
y Francisco de Díe con textos de Aitor L. Larrabide y César
Moreno, y a los cuales volvemos a encontrar en esta edición que
continúa la línea editorial de la Fundación Cultural
Miguel Hernández recordando y desvelando aspectos inéditos
de Miguel Hernández a través de los textos y las vivencias
de aquellos que le conocieron, como Ramón Pérez Álvarez
en ‘Hacia Miguel Hernández’, número uno de la
colección Documentos.
Arturo
del Hoyo, que nació en Madrid en 1917, fue colaborador de ‘El
Sol’ (1935-37), participando en la Defensa de Madrid (1936-39).
Más tarde, forma parte de la primera redacción de ‘Ínsula’
y en 1950 se incorpora a la editorial Aguilar, recopilando para ésta
‘Obra escogida’ (1952) de Miguel Hernández, ‘Obras
completas’ (1954-86) de Federico García Lorca, y ‘Obras
completas’ (1961) de Baltasar Gracián, entre otras. Pero
Arturo no destaca sólo como editor, crítico o ensayista.
A su obra ‘Diccionario de palabras y frases extranjeras’ (3ª
ed., Punto de Lectura, 2002) le cabe el honor de ser el primero y más
extenso en su género, siendo también conocido como narrador.
De hecho, junto con Medardo Fraile y Manuel Lueiro Rey, son los principales
precursores del cuento contemporáneo español. Bajo esta
faceta, tiene publicados seis libros: ‘Primera caza’ (1956),
‘El pequeñuelo’ (1967), ‘En la glorieta’
(1972), ‘El lobo’ (1981), ‘Historias de Bigotillo, ratón
de campo’ (1987) y ‘El amigo de mi hermano’ (2000).
Traducido al francés, al alemán y al checo, recibió
en 1977 por su cuento ‘Las señas’ el Premio Hucha de
Oro de Cuentos.
El
currículum de Arturo, es largo, de categoría pero no ha
sido sólo por eso por lo que se le ha escogido. Arturo, conoció
a Miguel Hernández y a Ramón Sijé, e incluso mantuvo
correspondencia con Ramón Pérez Álvarez. Arturo,
afronta como veremos más adelante cada texto de los aquí
recogidos, como vivencias personales, vivencias que quedan plasmadas en
los pequeños textos explicativos que preceden a los verdaderos
textos que constituyen el libro y que permiten comprobar la dureza de
la lucha por mantener vivo el fuego del hernandismo en aquellos años.
El
libro, consta de dos grandes partes, ‘Escritos’ y ‘Varia’,
junto con un prólogo que en cierta forma, desgrana los contenidos
que nos vamos a encontrar, un prólogo que los autores basan en
‘siete palabras’. La primera, es ‘para una defensa del
hernandismo’, algo por lo que ya merece este homenaje. La segunda,
corresponde a ‘prólogo a una obra escogida’, le siguen
‘El caso Morla’, ‘El proceso a un poeta’, ‘Viento
del pueblo’, ‘Historial de un libro’ y ‘Varia
documental’. De estas ‘palabras’, cinco corresponden
a aspectos desarrollados en la primera parte, como la edición de
la ‘Obra escogida’ de Miguel Hernández (1952), importantísima
y que le acarreó varias dificultades desde el momento en que sustituye
a Sainz de Robles en la redacción de su prólogo, verdadera
lección de tenacidad, de denuncia y de amor hernandiano; los nuevos
datos que nos aporta sobre la verdad de lo ocurrido con el Encargado de
Negocios de la Embajada de Chile en España en aquellos años,
Carlos Morla Lynch, y las posibilidades de asilo en las distintas representaciones
diplomáticas, incluida la chilena. Pablo Neruda había dado
una versión distinta, distorsionada, de lo ocurrido desmontada
por lo explicado en la ‘Memoria presentada al Gobierno de Chile
correspondiente a mi labor al frente de nuestra Embajada en Madrid durante
la guerra civil 1937-1938-1939. Abril 1939’, publicada en Berlín
en 1939, cuyo autor es el propio Morla. Las otras ‘palabras’,
se refieren a las presentaciones que hizo de los libros de Juan Guerrero
Zamora sobre el sumario 21.001 (1991) y a la presentación de la
edición facsímil de ‘Viento del pueblo’ (1992).
La segunda parte del libro ‘Varia documental’, como habíamos
dicho. Es, posiblemente, la más innovadora por lo novedoso de sus
aportaciones documentales. Recoge primero la reseña que publicó
Juan Ramón Jiménez en ‘El Sol’ en 1936; a ella
le sigue el tributo a Ramón Sijé, enviado por Hernández
a sus amigos de ‘Silbo’ y que no pudo reproducirse pues su
tercer número no vio la luz debido al inicio de la Guerra Civil.
Esto generó dos cartas inéditas hasta ahora, y que también
se reproducen aquí. Le sigue la reproducción de una carta
de Vicente Aleixandre a Arturo del Hoyo, del 26-XII-1948 sobre la preparación
de la ‘Obra escogida’ y la relación con Antonio Buero
Vallejo, que aprendió de memoria poemas de Miguel durante su estancia
juntos en la cárcel y que era primo hermano de la esposa de Arturo.
A esta, siguen otras cartas que permiten centrar el silencio primero y
las polémicas después suscitadas en España tras la
publicación de la ‘Obra escogida’ el año 1952.
Las cartas, son de Melchor Fernández Almagro y Germán Bleiberg,
que iban a realizar su reseña en ‘ABC’ y ‘Revista
de Occidente’, de Jorge Guillén que hasta 1954, en Wellesley
y de prestado, no conocerá el libro. Para cerrar, el autor ha escogido
tres documentos importantes, primero las cuartillas que Miguel leyó
en el homenaje a Sijé en la primavera del 36 cuando se le da su
nombre a la antigua Plaza de la Pía, después las cartas
de Manuel García y Arturo del Hoyo con motivo de la solicitud del
primero al segundo de su adhesión al Homenaje Nacional Universitario
a Miguel Hernández de abril de 1967 y la adhesión del segundo,
y, finalmente, como colofón y a modo de guinda, se reproduce la
ficha de hospitalización de Miguel Hernández. Inédita
hasta ahora, reproduce su hospitalización del 10 al 12 de octubre
de 1936 en el Hospital de Infecciosos o del Rey por una afección
estomacal.
El
libro, primorosamente diseñado por Fabricio Mancebo, cuenta con
una gran cantidad de facsímiles, prácticamente todos los
documentos que hemos comentado del apartado ‘Varia’ y una
gran cantidad de notas, nada más –y nada menos- que 118,
que denotan la gran riqueza documental del volumen y un gran cariño,
no sólo por Miguel Hernández, sino también por la
obra y las experiencias de este madrileño de 86 años.
Esperemos
que la colección ‘Documentos’ tenga una pronta continuación
y que se mantenga tan alto el nivel como en estos dos primeros números.
Seguro que la Fundación Cultural Miguel Hernández y los
editores de este volumen, que también coincidieron en la edición
del primer número de la colección tienen ya algún
cartucho en su recámara y están prestos a sorprendernos,
algo que a buen seguro también harán nuestros amigos de
la Asociación PolisLab, continuadores de los homenajes a la figura
y la obra de Miguel Hernández y que conocedores de los valiosos
materiales que encierran hacen muy buen uso de ellos en sus ediciones,
tal y como muestra la bibliografía de ‘Miguel Hernández:
tre amici, tre ferite. Elegie’.
Manuel
Ramón Vera Abadía
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Martínez Sainz, Ángeles
et al., ‘In memoriam Miguel Hernández’, Málaga,
Ediciones _ Myrtos, 2003, 56 pp. PoéticaHispanoAmericana: Myrtos.
Tras
distintos avatares ha caído por fin en nuestras manos un soplo
de aire fresco, literariamente hablando. Pocas veces se puede tener acceso
a novedades literarias, máxime cuando éstas se dan en el
mundo de la poesía, uno de los géneros literarios comúnmente
más denostados y olvidados.
Hace
pocas fechas tuvimos la oportunidad de conocer esta nueva iniciativa literaria,
muy novedosa en todos sus aspectos, como ahora veremos. La colección
y la editorial, son fruto del trabajo y la persistencia de Antonio Ramírez
Fernández, que ha iniciado esta original aventura. Gracias a ésta,
son muchas las nuevas voces que han podido exteriorizar su corazón
y sus sentimientos, y todo ello sin preocuparse –algo maravilloso-
por la nacionalidad, pues como bien indica el título de la colección
son muchas las representadas aquí. Pero este esfuerzo no nace sólo,
nació al amparo de la Asociación Cultural Myrtos, cuyos
fines según sus estatutos son:
“5.1 La promoción de valores literarios.
5.2 la edición sin ánimos de lucro, de libros, principalmente
de poesía, prosa poética y poesía visual.
5.3 La distribución de sus publicaciones entre instituciones hispanoamericanas
y españolas”, algo que dados los tiempos que corren, la verdad,
es que no es muy frecuente.
El
libro que ha llegado a nuestras manos pertenece a una edición numerada
de 500 ejemplares en rústica y cuenta con la contribución
de 8 voces, siendo la de Ángeles Martínez Sainz, que encabeza
la edición, la más novel en estas lides poéticas,
contando casi todos ellos con el añadido interés de tener
obra inédita. Además, destacan, aparte de por su formación
intelectual, por su interdisciplinariedad, pues hay pintores, músicos,
ensayistas y autores de cuentos.
El
libro, se encuentra dividido en ocho secciones que se corresponden con
cada uno de los autores que componen la edición. Asímismo,
cada sección aparece introducida por una pequeña ficha biográfica,
seguida de los poemas editados.
La
primera voz que surge es la de Ángeles Martínez. Sus poemas,
presentan una temática amorosa, desprendiendo una gran sensibilidad
y denotando una interacción entre lo sentido y vivido y lo escrito.
El verso es libre, buscando la musicalidad, el equilibrio y la coherencia
en las ideas. En cuanto a la estructura, la autora ha pretendido que sea
libre, utilizando un vocabulario sencillo, dirigido a cualquier público,
siendo versos más bien cortos. De todas maneras, esa sencillez
no obsta para que nos encontremos con algún ejemplo de mayor complejidad,
profundidad y sentimiento, siendo esto último algo que, como antes
decíamos, es siempre constatable.
Continuando
con nuestro recorrido, la portorriqueña Arminda Arroyo deleita
nuestros sentidos con tres poemas muy descriptivos sobre la pasión.
El verso libre vuelve a ser utilizado en los tres, donde sus sentimientos
se transmiten con la ayuda del empleo de la primera persona. Es por ello
que podríamos ver incluso una estructura redonda en el modo de
escoger y disponer los poemas. Habla de ella en el primer y tercer poema,
centrando el segundo poema en las palabras, en lo que éstas destilan
cuando son escuchadas.
Ofelia Martín Hudson ha escogido un poema largo, seguido de un
trío de poemas más cortos. El primero es novedoso por el
juego de metáforas que lo componen. Los tres últimos poemas,
con unas mínimas pinceladas, recogen tres ideas cargadas de color,
de fuerza, de significado, utilizando de forma ondulante sólo una
o dos palabras en cada verso.
Con
un vocabulario más complicado, más técnico, para
buscar la parte física de lo que quiere expresarnos, la peruana
Rosamarina García, se apoya en las esdrújulas para marcar
la fuerza de las palabras e incidir así en la sonoridad de todo
el verso. Consigue así describir los sentimientos femeninos, tanto
sensuales como sexuales bastantes veces por la rudeza de algunos términos,
personalizándolo todo al reflejarse en el espejo como si mirase
hacia su interior y hablase de su cuerpo.
El
miedo al silencio y a la soledad nos embarga al leer los tres poemas de
la portorriqueña Trinidad Fontánez. La estructura de sus
poemas es heterogénea, dejando clara en la primera estrofa la característica
que desarrolla luego. Son versos cortos, muy similares y homogéneos,
donde el conjunto de los mismos que forma la estrofa, dibuja un contorno
descendente. El segundo es más uniforme y el tercero es como un
bloque sin pausas o fisuras, donde se refuerzan a veces las palabras,
con la ayuda de guiones.
Con
Flor Fontánez, la sexta autora, también portorriqueña,
la nostalgia y el recuerdo son elementos muy importantes e incluso repetitivos
en sus composiciones. Utiliza la naturaleza, con algunos elementos de
ésta que se repiten, como las mariposas, para describir su estado
de ánimo y sus sentimientos, con una métrica similar, verso
libre en las cuatro composiciones y sin cortes, formando un bloque.
Ricardo
D. Mastrizzo, es el primer representante masculino en el libro. Este argentino
aporta cuatro poemas, en verso libre. En el primero, describe unas manos
que nos llevan hacia la boca, la voz y el alma de dos seres que se sienten
libres como las aves. Éstas, aparecen en el siguiente poema abundando
en ese ideal de libertad, llevado al límite al situarles en el
espacio, en la luna. Como cierre, un último poema que menciona
el alejamiento de la paz y la tranquilidad anejas a la libertad.
Alexis
R. finaliza este paseo poético con la introducción de tres
versos escogidos de Luis de Góngora y Miguel Hernández.
Sus poemas perfilan ideas largas, concatenándose los versos. Estas
ideas a veces necesitan para expresarse de varios versos, dibujando ondas
mentalmente. Existe también una interrogación retórica
constante para reafirmarse en lo tratado. El verso utilizado es el endecasílabo
con rima consonante, conformando unas estrofas que de no ser por el orden
en el cual riman, podríamos decir que estamos ante sonetos. En
cuanto a su temática, la añoranza, el miedo al paso del
tiempo, la ausencia y la soledad son los ejes que vertebran su poesía.
Esperemos
que iniciativas como esta, enfocada por un lado a iniciar a escritores
con menos experiencia en las lides editoriales y a estrechar lazos, sigan
proliferando. El poder compartir experiencias, sensaciones y sentimientos
con autores de otros lugares, por no contar con el enriquecimiento que
supone conocer léxico nuevo, como ha sucedido con algunos de los
poemas que conforman este volumen, ha sido muy valioso. No nos queda ya
más que decir, salvo animar a ambas partes, autores y editorial
a seguir en esta línea ‘artesanal’, sinónimo
siempre de calidad.
Manuel
Ramón Vera Abadía
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‘Miguel Hernández, tre amici,
tre ferite. Elegie’, edición a cargo de Enzo Calcaterra,
Tolentino (Macerata, Italia), Edizioni PolisLab, 2003, 57 pp.
A
una semana vista del inicio del II Congreso Internacional sobre Miguel
Hernández, se celebraba, tal y como desde aquí habíamos
adelantado, el tercer homenaje al poeta Miguel Hernández en la
ciudad de Tolentino. Estos actos, plenos de amor y devoción por
la figura del oriolano universal, tuvieron como colofón la edición
de un libro en formato artesanal que hoy traemos ante ustedes.
En
formato pequeño y encuadernado de manera artesanal, forma parte
de una edición numerada que ha llegado a nuestras manos hace sólo
unos días.
El
libro se inicia con unas palabras de Sergio Scoppolini, Presidente de
PolisLab. Explica el por qué del título. En principio, la
amistad y las heridas, son claramente dispares, pero como él dice,
si uno ama, éste puede derivar hacia las lágrimas, hasta
la indiferencia e incluso a la muerte. Desde aquí al odio, no habría
sino un paso. Es la amistad, la única que puede producir una bella
y sangrante herida. Jugando con las palabras, como él dice sería
así (p. 5):
“sin
sangre no hay vida
sin vida no hay sentidos
sin sentido no hay sentimiento
sin sentimiento no hay poesía”.
Esta
preparación espiritual es necesaria para comprender el desarrollo
de esta edición, que recoge tres de las mejores elegías
posiblemente nunca escritas, relacionadas todas ellas con personajes íntimamente
ligados al poeta, como Ramón Sijé, Federico García
Lorca o Pablo de la Torriente.
Franco
Casadidio continúa en el siguiente prólogo defendiendo la
idea de la relación entre la amistad y las heridas, provocadas
muchas veces por la primera y que, a nuestro pesar, casi siempre renuevan
la vida (p.7).
Enzo
Calcaterra, el autor de la edición, interviene entonces explicando
en el prefacio el motivo del título. Él, lo centra en un
proverbio citado por el escritor egipcio Tahar Ben Jelloun hace poco:
“Con la muerte, se extingue la amistad” (p. 9), con el que
no está de acuerdo. La amistad, con ésta, la sublima y llama
al disfrute de la vida por parte de quienes sobreviven al difunto. La
muerte, es una herida, pero una herida de la cual mana la vida. Estas
‘heridas de amistad’, las sufrió el poeta en tres momentos
de su vida, marcando esta de manera indeleble: en su adolescencia, durante
la búsqueda de su identidad y en su madurez. Miguel, nos da aquí
una gran lección: vida, amor y muerte, son inseparables y su fruto,
lo destila su pluma, siendo su sangre, la tinta que utiliza su alma para
cantar al hombre, al amigo.
Tras
estos textos preparatorios, nos encontramos con una breve nota biográfica
(pp. 11-12) sobre Miguel Hernández y sobre el autor de la edición,
Enzo Calcaterra (p. 12) y una pequeña bibliografía, quizá
algo justa, pero bastante actualizada y en la cual se encuentran presentes
los hispanistas más destacados en el país transalpino, y
las últimas novedades publicadas en España, y que incluyen
a José Luis Ferris y a la Fundación Cultural Miguel Hernández.
Tras
este primer bloque, se insertan los tres restantes, dedicados como explicaba
antes a glosar las tres heridas referidas, una por cada amigo perdido.
La
primera herida, es la causada por el fallecimiento de su joven amigo Ramón
Sijé: ‘Ramón compagno dell’anima’ (pp.17-28).
Ambos, se habían jurado que a la muerte de uno, el otro debería
de haber excavado la fosa del otro, pero no pudo ser. Miguel se entera
tarde y a su vuelta Ramón ya ha sido sepultado, abriendo más
si cabe una herida que se había abierto tiempo atrás con
su marcha a Madrid y sus primeras diferencias por cuestiones literarias.
El óbito sucede en la madrugada del día de Navidad de 1935,
y Miguel se entera por una carta de Aleixandre. Compondrá entonces
un texto que sólo tiene dos textos parangonables: las ‘Coplas
por la muerte de su padre D. Rodrigo’ de Jorge Manrique y el ‘Lamento
por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías’, de García
Lorca. Juan Ramón Jiménez, reseña el texto de Miguel
en El Sol de 23 de febrero de 1936, hablando de “poesía pura’”y
de “la belleza tremenda de sus versos” (p. 20), versos que
lloran la conclusa amistad con el amigo con el cual compartió tanto
sueño literario y disfrutó de tantas cosas, entre otras,
el amor por la vida.
La
segunda herida, es la causa la muerte de Federico García Lorca:
‘Federico, amico distante’ (pp. 29-46). La amistad entre ambos
poetas fue como muy bien destaca Calcaterra, tormentosa y salpicada por
el constante rechazo de Lorca y las desilusiones de Miguel. De hecho,
su correspondencia da abundantes muestras de ello e incluso hay testimonios
de coetáneos que demuestran tales aseveraciones. La noticia del
trágico y confuso asesinato del poeta granadino el 19 de agosto
de 1936, le llena de dolor. Olvida el “silencioso calvario”
de esta amistad inaccesible, pero latente de manera soterrada todavía
en su pecho y le dedica su ‘Elegía primera’. Su amistad,
se inicia, como bien apunta Calcaterra en el año 1933, con ocasión
de una representación de La Barraca, el teatro itinerante de Lorca.
A esto le seguiría un escaso intercambio de correspondencia: entre
el 30 de enero de 1933 y el 30 de mayo de ese mismo año. Dos escuetas
cartas le dirigió Lorca a Miguel. Una, con motivo de la publicación
de ‘Perito en lunas’, y en la cual le exhorta a escribir,
a leer y a estudiar, puesto que posee sangre de poeta y otra en la que
le reprende, por decirlo de alguna manera, su estilo impetuoso, pidiéndole
calma a la hora de escribir. Lo cierto, es que, desde ese momento, dejará
de contestar las cartas de Miguel, cuya rusticidad era como una insistente
‘alergia’ (p. 31) y al cual procuraba evitar durante los encuentros
en casas de amigos comunes (p.32). El texto que dedica Miguel a Lorca
destaca por considerar la muerte como una herida, con unos versos que
tratan de rebelarse viriles contra la muerte, la resignación y
la nada. Miguel, trata la muerte con vitalismo, pero también recordando
en cierta forma las atmósferas surrealistas de Lorca.
La
tercera y última herida, será la causa la muerte de su amigo
el cubano Pablo de la Torriente: ‘Pablo, il cubano guerriero’
(pp.47-53). Su amistad fue breve. Iniciada por pertenecer ambos a la Alianza
de Intelectuales Antifascistas, se consumó de manera intensa en
la guerra. En ella, Miguel se alistó sin los privilegios de un
intelectual –en su ficha ponía que era mecanógrafo-.
Mientras, Pablo, periodista y escritor cubano llevaba adelante sus emisiones
radiofónicas para desmoralizar a las tropas del General Franco
en ‘Altavoz del Frente’. Pronto coincidieron otra vez y de
la unión de sus ‘genios’, surgirían una biblioteca,
un periódico, varios murales y además intentaron instruir
a la tropa con ayuda de maestros, representaciones teatrales y lecturas
poéticas, así como con la proyección de películas
de cine, sobre todo soviéticas. Miguel se encargará de la
organización de las actividades culturales. Pablo, causó
una honda impresión en Miguel, apareciendo en su obra de teatro
“Pastor de la muerte” como ‘El Cubano’. Por ello,
no es extraño que cuando Pablo en 1936 muera en combate le dedique
su ‘Elegía segunda’, plena de dolor y de recuerdos,
y que además lee ante su fosa. La elegía, transmite energía
y valor, cambiando la muerte del combatiente que se enfrenta al peligro
todos los días por valor y calor para seguir hacia la victoria.
A
modo de sangrante barómetro, hemos podido descubrir, o mejor dicho
compartir, tres momentos muy destacados de la vida del poeta. Son tres
momentos que le marcaron, le trazaron un camino, quizá envenenado
y que tiene concomitancias con hechos ya descritos. ¿Qué
homenaje podía ser mejor que acercarnos al corazón del poeta?.
Éste, con sus distintas heridas, es muy querido por el pueblo de
Tolentino, lugar marcado también por la guerra y por la pérdida
de sus jóvenes, jóvenes como Miguel. Jóvenes como
los que el día 26 pidieron por boca de sus autoridades hermanarse
con Orihuela y la Fundación Cultural Miguel Hernández. Esperemos
que los políticos, o a quien corresponda, den vía libre
a los sentimientos populares, a esta globalización cultural plena
de sentimientos y que no puede sino producir buenos frutos, frutos que
empiezan a germinar en forma de acuerdos y hermanamientos con distintas
instituciones de este país y que no deben acabar aquí. La
universalidad del poeta es ya un hecho y el reciente II Congreso Internacional,
lo ha confirmado.
Manuel
Ramón Vera Abadía
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‘El Universo de Max Aub’,
Valencia, Subsecretaría de Cultura de la Generalitat Valenciana,
2003, 478 pp.
Resulta
motivo de gozo constatar la riqueza de la cultura española, siempre
repleta de conmemoraciones y celebraciones varias. Bromas aparte, tornamos
ahora a escribir sobre un motivo constitutivo, creemos, de alegría
para las letras hispánicas en general, y para las valencianas en
particular. Estamos hablando del centenario del nacimiento de Max Aub,
celebrado durante este año que pronto finalizará, y que
se ha conmemorado con la celebración de exposiciones y la edición
de varias obras y catálogos.
Aub destaca por la vigencia de su magisterio intelectual y ético.
Autor comprometido hasta el final con su pensamiento y que le llevó
al exilio, del cual también llegó con 11 años a España.
Sin embargo, lo más penoso de su exilio, podríamos decir
que fue ver cómo crecía su obra sin que nadie la conociese.
Hurgando en su fraseología particular, Aub subdividía a
los hombres así: “los que cuentan su historia, los que no
la cuentan, los que no la tienen”. Aub, es de los primeros.
El universo de Max Aub, se encuentra estructurado en cinco partes. La
primera, constituida por los prólogos del Presidente del Gobierno,
D. José María Aznar, que destaca el cosmopolitismo de la
figura aubiana y su valentía para defender que la cultura no tiene
fronteras, y de D. José Luis Olivas, anterior Presidente de la
Generalitat Valenciana, y de D. Manuel Tarancón, anterior Conseller
de Cultura, que glosan algunas de las actividades preparadas para festejar
el centenario, destacando siempre su personalidad combativa y su hiperactividad
desusada. Finalmente, Elena Aub Barjau, hija de Max y Presidenta de la
Fundación, destaca que “el conocimiento es libertad”
y recuerda lo difícil que fue sobreponerse a la guerra.
El segundo bloque, las Couple, está constituido por dos bloques,
`Los recuerdos de Valencia de Max Aub’, de Consuelo Císcar
Casabán (pp. 20-25) y ‘El universo de Max Aub’, de
Manuel García (pp. 26-51). La primera, destaca de Aub su cualidad
de escritor viajero, igual que Hemingway. Autor que reflejaba todo en
sus diarios, gracias a éstos, ha sido posible rescatar los recuerdos
de su niñez y de su juventud. Valencia, es el total de sus recuerdos,
aquí se nacionaliza y se casa, nacen sus tres hijas y publica sus
primeros libros. Pero el recuerdo le seguirá. Gil-Albert, Zapata
y otros, serán motivos para su pluma. Para Manuel García,
su vida, se parece más a un álbum de fotografías.
Buscando entre estas escenas, podemos destacar la importancia que el teatro
tiene para él, adquiriendo tintes de pasión literaria e
impregnándose de vanguardismo. Gracias a estos ‘coqueteos’
con las vanguardias, se relacionó entre otros con Alberto Sánchez,
José Gaos, o Josep Renau, especialmente importante por haber sido
junto a Aub, responsable del Pabellón Español de la Exposición
Internacional de las Artes y las Técnicas en el Mundo Moderno de
París de 1937, custodio del Guernica de Picasso. Los contactos
con las vanguardias continúan tras su llegada a México en
1942: muralistas, surrealistas, exiliados españoles, Kerouac, Mayakowsky,
Eisenstein, Gaya... Todo despierta el afán por descubrir nuevas
técnicas: fotografía, cine, en el cual participa como ayudante
del francés André Malraux en ‘Sierra de Teruel’
y como guionista en la ‘etapa de oro’ del cine mexicano, con
directores como Buñuel, la radio, siendo director de una emisora...
El tercer bloque, son textos sobre Max Aub, elaborados por distintos estudiosos.
Rafael Bellveser, en ‘Vanguardia y ciclo valenciano’ (pp.
52-63), destaca la importancia de su época valenciana. Aub es el
introductor de las vanguardias en Valencia, pero eso no le da filiación
vanguardista a su obra -más simbolista que otra cosa-, un vanguardismo
que se deshará cuando los implicados se dediquen a la política
y a la poesía militante. También es de destacar su afición
al teatro, un teatro escueto que le lleva a redactar un proyecto para
un Teatro Nacional y una Escuela nacional de Baile dirigido a Azaña.
André Camp, en ‘Las memorias de Max Aub’ (pp. 64-77),
recoge sus inicios tertulianos en el Café Regina de Madrid, junto
a Pedro Salinas, Azaña, García Lorca o Valle-Inclán.
Andrés Trapiello, en ‘Max Aub, Caballero de la Orden del
Cícero’ (pp. 78-86), destaca un pensamiento de Juan Ramón
Jiménez, perfectamente aplicable a Aub: ‘en edición
diferente los libros dicen cosas distintas’. No olvidemos el gusto
de Aub por las combinaciones de letras, cuerpos y blancos, -él
decía “en el fondo soy tipógrafo”- y que tuvo
que abandonar durante la guerra, pero que vuelve a ser una constante en
el exilio, con Altolaguirre o Prados y los mexicanos. “La tipografía
es una síntesis de pintura y literatura. No hay nada mejor que
el tacto de un buen papel entre las manos, es como poder abrazar a una
mujer a quien se ama. Una esbelta mujer nunca lo sería tanto como
una letra Bodoni”.
Gloria Picazo, en ‘El arte en la Guerra Civil Española’
(pp. 86-95), destaca cómo Valeriano Bozal en su ‘Historia
del Arte en España’ (1972) ya perfilaba la dimensión
de la cultura de este periodo, destacando Renau y Aub junto a la “Ponencia
colectiva” (1937).
Antonio Muñoz Molina, en “Max Aub: una mirada española
y judía sobre las ruinas de Europa” (pp. 96-111), lo compara
con Nabokov, inventando también nuevas fórmulas, como en
“Campo francés”, una forma más próxima
al cine que al teatro o a la novela, donde hay cambios constantes de puntos
de vista, múltiples personajes...
Jordi Soler, en ‘Don Max frente al mar’ (pp. 112-120), destaca
la personalidad crítica de Aub y su percepción aguda del
mundo. Algunos de sus textos puestos en boca de su personaje, Jusep Torres
Campalans, resultan hoy actuales.
Juan Goytisolo, en ‘El regreso a Ítaca’ (pp. 120-129),
rememora su ‘La gallina ciega’ y el viaje en 1969 de 74 días
por España, criticado por Emilio Romero o Francisco Umbral. Esas
sensaciones, le hicieron decir “no puedo ser pesimista porque de
esta general ignorancia petulante saldrá siempre una minoría
que se dé cuenta de lo que sucede en el mundo y escriba, aún
en español, poemas como los mejores nacidos en otros idiomas. La
negligencia no tiene remedio”.
José María Espinasa, en ‘Tener cien vidas para enterarme.
La escritura autobiográfica en Max Aub’ (pp. 130-139), incide
en la faceta notarial de Aub, una literatura que permite el juicio de
la historia y que él llamó “la práctica biológica
de la literatura” (Ver p. 138).
José Monleón, en ‘Regresar: ¿a dónde?.
Evocación en 4 tiempos y una coda’ (pp. 140-163), vuelve
al tema de la contemplación por Aub de los ‘fantasmas del
exilio’ en su vuelta a España en 1969, algo penoso al contemplar
el aumento de los autoritarismos y la sumisión al poder.
Jorge Semprún, en ‘El combatiente de la Guerra Civil Española’
(pp. 164-173), menciona la relación de Aub con el francés
Malraux.
Finalmente, en el cuarto bloque se insertan una cronología, una
bibliografía y el catálogo. La cronología, de Manuel
García, muy completa, va acompañada de notas a pie de página
y está basada en textos autobiográficos y documentación
familiar, corrigiendo errores anteriores.
La bibliografía, por Ignacio Soldevila, está dividida en
secciones por géneros, e integra en la sección ensayo las
prosas que no responden a ningún género o con contenido
vario, teniéndose en cuenta las primeras ediciones de los textos
de Aub. En la quinta sección, se recogen las entrevistas y las
conversaciones en las que participa, pero no se recogen los guiones de
cine no publicados.
En cuanto a las fichas, aparece la información sobre el título,
el lugar de edición, el editor, la fecha de edición, el
número de páginas y las dimensiones del volumen, algo importante
por la variada factura de sus ediciones.
Cierra apartado el catálogo de la exposición, extenso, en
el que destacan por su rareza las fotografías y las carátulas
de los documentos sonoros recuperados por su afán.
El libro, contiene también una traducción (pp. 418-477)
al francés de los artículos mencionados.
Como se puede ver, el libro es denso, complejo, pero merece la pena leerlo
o por lo menos repasar y descubrir la gran cantidad de fotografías
–muchas inéditas- y documentos gráficos que lo conforman.
Resulta abrumador poder disfrutar de obras como esta. Esperemos que el
recientemente celebrado II Congreso Internacional sobre Miguel Hernández
provoque una fiebre editora tal que deje en mantillas a este libro, que
recuerda todo sobre el homenajeado, incluso en su colofón, en el
cual rememoran su gusto por el tipo Bodoni. Esperemos que la publicación
de actas del congreso, catálogos de exposiciones afines y la publicación
de estudios y ediciones se inicie y no tenga fácil cura, ahora
que estamos en los dominios de la tradicional gripe.
Manuel
Ramón Vera Abadía
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‘Max
Aub en el laberinto del siglo XX’, edición de Juan María
Calles, Valencia, Biblioteca Valenciana-Consellería de Cultura
de la Generalitat Valenciana, 2003, 411 pp.
Casi
coincidiendo con su inauguración –el 3 de septiembre del
presente año-, llegaba a nuestras manos este catálogo de
la exposición que la Fundación Max Aub dedicaba en Segorbe
(Castellón) a la conmemoración del centenario del genial
autor, cerrando así una larga lista de actividades, entre las que
se encuentran distintos volúmenes, como el ya analizado en estas
páginas ‘El universo de Max Aub’.
Aub,
notario de su tiempo, procurando elaborar documentos que sirviesen para
el juicio de la historia, elaboró unos textos que aún hoy,
varias décadas después de su muerte, sorprenden por su tremenda
actualidad pero sirven también para eternizar y poner, a disposición
de todos, distintos sucesos que deben de quedar marcados en el subconsciente
de todos. ‘El Correo de Euclides’, la ‘prensa particular
de Aub’, lo recogía así: “Somos lo que fuimos
y seremos, distintos y eternos en cada momento”.
El
catálogo y la exposición pretenden asumir la vida de este
genial y completo autor, marcada por dos guerras, una guerra civil y dos
exilios, y que hizo de la literatura una forma perfecta de solidaridad
que, encima, es de rabiosa actualidad, como lo fue en su momento, cuando
se le comparó –y se le compara- con literaturas exílicas
como la de Alemania tras el exilio judío frente al nazismo, algo
que también se ha intentado conseguir a la hora de organizar la
exposición.
El
libro cuenta a modo de presentación con tres textos. Dos son institucionales:
los del Conseller de Cultura y el Director General del Libro y Bibliotecas
y el tercero, es de Juan María Calles, comisario de la exposición.
Tras éstos, y estructurado en tres partes denominadas ‘Biografía’,
‘Glosario de voces Aubianas’ y ‘Testimonios’,
encontramos los contenidos, corriendo a cargo de estudiosos aubianos y
conocidos de Max la redacción de los mismos.
Decía
Aub que “no hay que avergonzarse de lo que se es. Cada uno hace
lo que puede. Siempre hay que ir hasta el final”, y eso hizo siempre.
Su biografía es un ir hacia adelante continuo. Su biografía,
se ha estructurado en seis partes, al igual que la exposición.
La primera es ‘La infancia en París (1903-1914)’, de
Gérard Malgat y en ella se describe su destino, similar al del
rapto de Europa y que debe huir hacia el Oeste, su conocimiento de las
literaturas francesa y alemana –no olvidemos sus orígenes
por parte de padre y madre-. La segunda parte, ‘Los años
de formación (1914-1931)’, de Juan Rodríguez, narra
su llegada a España en 1914, sus años de formación
en Valencia sin olvidar sus orígenes franceses y su relación
con el grupo de intelectuales y amigos que le acompañarán
de ahora en adelante en sus aventuras. La tercera, es ‘Los años
de la Segunda República 1931-1939’, de Manuel Aznar Soler,
que narra por un lado su evolución estilística, que le hace
pasar de sus coqueteos vanguardistas al compromiso antifascista, siempre
ligado a la República y al PSOE, al cual se afilia en 1929. Esta
época es también un momento de viajes a París y Moscú
y de relaciones con la Generación del 27 y sus coetáneos.
Estos años ven también cómo aumenta su peso en la
política cultural de la República. También se citan
sus proyectos de organización de un Teatro Nacional, que no tuvieron
eco y sus colaboraciones cinematográficas con Malraux (1938). Director
del ‘Diario La Verdad’, junto con Renau, pasa a París
destinado como agregado cultural, como se narra en ‘París
(1937)’, de Gérard Malgat, y allí organiza el II Congreso
de Intelectuales Antifascistas y el pabellón español de
la Exposición Universal, en el cual se expondrá el ‘Guernica’
de Picasso. En ‘Holocausto (1939-1942)’, también de
Gérard Malgat, se recogen sus peripecias iniciales en el exilio,
su reinstalación en París en 1939-40, su encarcelamiento
bajo sospecha de comunismo y su periplo carcelario, que finaliza en el
campo de Djelba (Argelia) y que es la antesala de su exilio mexicano.
‘El exilio en México (1942-1972)’, de Manuel Aznar
Soler, relata las últimas peripecias vitales de Max. Relata su
esperanza –como todo el exilio español- en la provisionalidad
de esta situación y su evolución ética, que le lleva
a adoptar posiciones en contra de todo totalitarismo y enconarse en agrias
disputas con comunistas. Será en esta época cuando se inicie
su metáfora ‘Sala de espera’, la revista de Aub en
la que publicó “diversos libros que quizá vean la
luz algún día...” y que expresa ese desencanto posterior
a la Segunda Guerra Mundial y la espera y la confianza en que finalizasen
totalitarismos de uno y otro signo, en especial el de Franco. También
cita los importantes viajes que hizo a Israel, Francia y a España,
donde se le ignoró pero que dieron lugar –el primero- a su
genial ‘La gallina ciega’, un análisis de su España
y de las sensaciones que le provocó el viaje, algo que amargó
a más de uno, como a Cernuda, y recuerda su muerte.
Estos
seis periodos coinciden casi siempre, o se solapan, con los periodos en
los que se subdivide la exposición, para la cual el volumen que
tenemos entre manos sirve también de catálogo: ‘Europa
en la sangre (1903-1923)’, ‘La Calle Valverde (1923-1931)’,
‘El laberinto español (1931-1939)’, ‘Holocausto
(1939-1942)’, ‘En la sala de espera de la guerra fría
(1943-1955)’ y ‘La España prometida y la España
real (1956-1972)’.
Los
bloques dos y tres, ‘Glosario de voces aubianas’ y ‘Testimonios’,
se dedican a desglosar una serie de conceptos que no hacen sino demostrar
que la vida de Max Aub está íntimamente ligada a su obra
y que sus experiencias siguen siendo testimonio vivo de un convulso periodo
histórico. El glosario, permite también centrar cuáles
eran las filias y las fobias (p. 19) de Max, y constatar su evolución,
desde el humanismo ilustrado de sus inicios hasta una literatura entendida
como deber moral y responsable socialmente, cercana a como la entendía
Goethe y crítica con las teorías de Ortega y Gasset que
se estaban cumpliendo con los totalitarismos de la sociedad de masas.
Mann, Malraux o el propio Hemingway tienen aspectos similares. Su evolución
en parte fue consciente, pues como él decía: “Creo,
una vez más en el progreso, en el arte y en la amistad”,
pero no fue suficiente para alejar de él las decepciones sufridas
–tantas- que culminaron en una visión de una España
lejana y algo utópica. El glosario, se refiere a términos
de especial significación para él. Son 30 los testimonios
escogidos y que recogen desde un paseo por lo que fue la Valencia de su
época, pasando por los campos de concentración, el judaísmo
y el socialismo o las Alemanias, pasando por los géneros literarios
y sus proyectos teatrales, y finalizando con México, lugar de su
exilio y su muerte, y sus viajes a Israel y Europa y realizados por autores
tan reputados como Ignacio Soldevila, Sebastián Faber o Manuel
Aznar.
En
cuanto a los testimonios, son ocho y desvelan distintos aspectos de la
personalidad de Aub, detalles poco conocidos, facetas de su personalidad
como su generosidad o su relación con sus familiares o sus sensaciones
cuando viajó a Madrid, incluyéndose incluso una entrevista.
Son testimonios de su nieto, de Román Gubern o de Juan Goytisolo,
entre otros, conocedores de tan fascinante personaje.
El
libro se cierra con un exhaustivo apartado bibliográfico y la relación
de las piezas expuestas en la exposición, y todo ello con una gran
profusión de notas situadas en el encabezamiento del volumen, con
un diseño atractivo y funcional que hace más que uso ‘abuso’
del elemento gráfico, siempre de calidad e inédito en gran
parte.
Rigor,
claridad, cantidad y calidad son los cuatro puntos cardinales de este
precioso volumen. Esperemos que el empeño demostrado por instituciones
y particulares que colaboraron en esta magna obra, de la cual el Aub tipógrafo
se hubiera sentido orgulloso, se trasladen también a la edición
española en general y a la valenciana en particular, pudiendo hacer
gracias a ella alarde del rico patrimonio literario que poseemos.
Manuel
Ramón Vera Abadía
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