‘El Universo de Max Aub’
‘El Universo de Max Aub’, Valencia, Subsecretaría de Cultura de la Generalitat Valenciana, 2003, 478 pp.

Resulta motivo de gozo constatar la riqueza de la cultura española, siempre repleta de conmemoraciones y celebraciones varias. Bromas aparte, tornamos ahora a escribir sobre un motivo constitutivo, creemos, de alegría para las letras hispánicas en general, y para las valencianas en particular. Estamos hablando del centenario del nacimiento de Max Aub, celebrado durante este año que pronto finalizará, y que se ha conmemorado con la celebración de exposiciones y la edición de varias obras y catálogos.

Aub destaca por la vigencia de su magisterio intelectual y ético. Autor comprometido hasta el final con su pensamiento y que le llevó al exilio, del cual también llegó con 11 años a España. Sin embargo, lo más penoso de su exilio, podríamos decir que fue ver cómo crecía su obra sin que nadie la conociese. Hurgando en su fraseología particular, Aub subdividía a los hombres así: “los que cuentan su historia, los que no la cuentan, los que no la tienen”. Aub, es de los primeros.

El universo de Max Aub, se encuentra estructurado en cinco partes. La primera, constituida por los prólogos del Presidente del Gobierno, D. José María Aznar, que destaca el cosmopolitismo de la figura aubiana y su valentía para defender que la cultura no tiene fronteras, y de D. José Luis Olivas, anterior Presidente de la Generalitat Valenciana, y de D. Manuel Tarancón, anterior Conseller de Cultura, que glosan algunas de las actividades preparadas para festejar el centenario, destacando siempre su personalidad combativa y su hiperactividad desusada. Finalmente, Elena Aub Barjau, hija de Max y Presidenta de la Fundación, destaca que “el conocimiento es libertad” y recuerda lo difícil que fue sobreponerse a la guerra.

El segundo bloque, las Couple, está constituido por dos bloques, `Los recuerdos de Valencia de Max Aub’, de Consuelo Císcar Casabán (pp. 20-25) y ‘El universo de Max Aub’, de Manuel García (pp. 26-51). La primera, destaca de Aub su cualidad de escritor viajero, igual que Hemingway. Autor que reflejaba todo en sus diarios, gracias a éstos, ha sido posible rescatar los recuerdos de su niñez y de su juventud. Valencia, es el total de sus recuerdos, aquí se nacionaliza y se casa, nacen sus tres hijas y publica sus primeros libros. Pero el recuerdo le seguirá. Gil-Albert, Zapata y otros, serán motivos para su pluma. Para Manuel García, su vida, se parece más a un álbum de fotografías. Buscando entre estas escenas, podemos destacar la importancia que el teatro tiene para él, adquiriendo tintes de pasión literaria e impregnándose de vanguardismo. Gracias a estos ‘coqueteos’ con las vanguardias, se relacionó entre otros con Alberto Sánchez, José Gaos, o Josep Renau, especialmente importante por haber sido junto a Aub, responsable del Pabellón Español de la Exposición Internacional de las Artes y las Técnicas en el Mundo Moderno de París de 1937, custodio del Guernica de Picasso. Los contactos con las vanguardias continúan tras su llegada a México en 1942: muralistas, surrealistas, exiliados españoles, Kerouac, Mayakowsky, Eisenstein, Gaya... Todo despierta el afán por descubrir nuevas técnicas: fotografía, cine, en el cual participa como ayudante del francés André Malraux en ‘Sierra de Teruel’ y como guionista en la ‘etapa de oro’ del cine mexicano, con directores como Buñuel, la radio, siendo director de una emisora...

El tercer bloque, son textos sobre Max Aub, elaborados por distintos estudiosos. Rafael Bellveser, en ‘Vanguardia y ciclo valenciano’ (pp. 52-63), destaca la importancia de su época valenciana. Aub es el introductor de las vanguardias en Valencia, pero eso no le da filiación vanguardista a su obra -más simbolista que otra cosa-, un vanguardismo que se deshará cuando los implicados se dediquen a la política y a la poesía militante. También es de destacar su afición al teatro, un teatro escueto que le lleva a redactar un proyecto para un Teatro Nacional y una Escuela nacional de Baile dirigido a Azaña.

André Camp, en ‘Las memorias de Max Aub’ (pp. 64-77), recoge sus inicios tertulianos en el Café Regina de Madrid, junto a Pedro Salinas, Azaña, García Lorca o Valle-Inclán.

Andrés Trapiello, en ‘Max Aub, Caballero de la Orden del Cícero’ (pp. 78-86), destaca un pensamiento de Juan Ramón Jiménez, perfectamente aplicable a Aub: ‘en edición diferente los libros dicen cosas distintas’. No olvidemos el gusto de Aub por las combinaciones de letras, cuerpos y blancos, -él decía “en el fondo soy tipógrafo”- y que tuvo que abandonar durante la guerra, pero que vuelve a ser una constante en el exilio, con Altolaguirre o Prados y los mexicanos. “La tipografía es una síntesis de pintura y literatura. No hay nada mejor que el tacto de un buen papel entre las manos, es como poder abrazar a una mujer a quien se ama. Una esbelta mujer nunca lo sería tanto como una letra Bodoni”.

Gloria Picazo, en ‘El arte en la Guerra Civil Española’ (pp. 86-95), destaca cómo Valeriano Bozal en su ‘Historia del Arte en España’ (1972) ya perfilaba la dimensión de la cultura de este periodo, destacando Renau y Aub junto a la “Ponencia colectiva” (1937).

Antonio Muñoz Molina, en “Max Aub: una mirada española y judía sobre las ruinas de Europa” (pp. 96-111), lo compara con Nabokov, inventando también nuevas fórmulas, como en “Campo francés”, una forma más próxima al cine que al teatro o a la novela, donde hay cambios constantes de puntos de vista, múltiples personajes...

Jordi Soler, en ‘Don Max frente al mar’ (pp. 112-120), destaca la personalidad crítica de Aub y su percepción aguda del mundo. Algunos de sus textos puestos en boca de su personaje, Jusep Torres Campalans, resultan hoy actuales.

Juan Goytisolo, en ‘El regreso a Ítaca’ (pp. 120-129), rememora su ‘La gallina ciega’ y el viaje en 1969 de 74 días por España, criticado por Emilio Romero o Francisco Umbral. Esas sensaciones, le hicieron decir “no puedo ser pesimista porque de esta general ignorancia petulante saldrá siempre una minoría que se dé cuenta de lo que sucede en el mundo y escriba, aún en español, poemas como los mejores nacidos en otros idiomas. La negligencia no tiene remedio”.

osé María Espinasa, en ‘Tener cien vidas para enterarme. La escritura autobiográfica en Max Aub’ (pp. 130-139), incide en la faceta notarial de Aub, una literatura que permite el juicio de la historia y que él llamó “la práctica biológica de la literatura” (Ver p. 138).

José Monleón, en ‘Regresar: ¿a dónde?. Evocación en 4 tiempos y una coda’ (pp. 140-163), vuelve al tema de la contemplación por Aub de los ‘fantasmas del exilio’ en su vuelta a España en 1969, algo penoso al contemplar el aumento de los autoritarismos y la sumisión al poder.

Jorge Semprún, en ‘El combatiente de la Guerra Civil Española’ (pp. 164-173), menciona la relación de Aub con el francés Malraux.


Finalmente, en el cuarto bloque se insertan una cronología, una bibliografía y el catálogo. La cronología, de Manuel García, muy completa, va acompañada de notas a pie de página y está basada en textos autobiográficos y documentación familiar, corrigiendo errores anteriores.

La bibliografía, por Ignacio Soldevila, está dividida en secciones por géneros, e integra en la sección ensayo las prosas que no responden a ningún género o con contenido vario, teniéndose en cuenta las primeras ediciones de los textos de Aub. En la quinta sección, se recogen las entrevistas y las conversaciones en las que participa, pero no se recogen los guiones de cine no publicados.

En cuanto a las fichas, aparece la información sobre el título, el lugar de edición, el editor, la fecha de edición, el número de páginas y las dimensiones del volumen, algo importante por la variada factura de sus ediciones.

Cierra apartado el catálogo de la exposición, extenso, en el que destacan por su rareza las fotografías y las carátulas de los documentos sonoros recuperados por su afán.

El libro, contiene también una traducción (pp. 418-477) al francés de los artículos mencionados.

Como se puede ver, el libro es denso, complejo, pero merece la pena leerlo o por lo menos repasar y descubrir la gran cantidad de fotografías –muchas inéditas- y documentos gráficos que lo conforman. Resulta abrumador poder disfrutar de obras como esta. Esperemos que el recientemente celebrado II Congreso Internacional sobre Miguel Hernández provoque una fiebre editora tal que deje en mantillas a este libro, que recuerda todo sobre el homenajeado, incluso en su colofón, en el cual rememoran su gusto por el tipo Bodoni. Esperemos que la publicación de actas del congreso, catálogos de exposiciones afines y la publicación de estudios y ediciones se inicie y no tenga fácil cura, ahora que estamos en los dominios de la tradicional gripe.

Manuel Ramón Vera Abadía
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