ENTREVISTA A JESUCRISTO RIQUELME

¿Cómo surge su interés por Miguel Hernández?

Cuando yo alcancé la edad para iniciar lecturas “serias”, Miguel Hernández era aún un escritor prohibido o proscrito. Recuerdo que, en los libros de textos del bachillerato de entonces (estábamos en los años ’60 y primerísimos ’70), la figura del oriolano bien brillaba por su ausencia (“Ausencia en todo veo...”, que decía él), bien era tratada escuetísimamente y muy de pasada. Mi profesor de literatura -¡en Orihuela!- se mofaba del escritor porque era poca cosa, decía (y se lo ‘saltaba’). Pocos oriolanos conocían algo de la obra (o del significado) de nuestro más insigne vate. (Mucho me alegro de que no me preguntéis si ha cambiado algo en estos tiempos que corren ya del siglo XXI). Al comenzar mis estudios universitarios de literatura, en Valencia, en el primer lustro de los ’70, me sentí inclinado por una cierta curiosidad intelectual y estética: y el paisanaje me venció; yo apenas había leído algo del poeta de Orihuela: y rondaba los 18 años. Como un deus ex machina, en Valencia, un amigo librero –antes teníamos amigos libreros- me hizo pasar a la trastienda y allí me enseñó un ejemplar de las Obras completas de Losada, prohibidas en España aún; no había llegado la fecha de la muerte del dictador todavía. Era un libro de hermosas tapas rojas: un hermoso libro rojo... Lo compré, por supuesto, en cuanto conseguí vender algunas fotocopias de mis apuntes y de selecciones de hemeroteca a mis compañeros de clase en la Facultad. (Entonces tampoco había fotocopiadoras por doquier ni estudiantes ávidos de buscar en bibliotecas y hemerotecas ampliaciones a las exiguas explicaciones de clase; de clase cuando había clase...). Lo leí y me ‘enganchó’: corría el año 75 cuando ya me había sumergido en las diversas cosmovisiones hernandianas: en su etapa provinciana y en su etapa, la definitiva, de toma de conciencia social y estética. Me dediqué a leer los ensayos que iban publicándose (J. Cano Ballesta, Mª de Gracia Ifach, Vicente Ramos ...) sobre la obra y vida de Miguel, y decidí empezar una aproximación a la parte de su obra menos estudiada; por ello mis primeros trabajos académicos se dirigieron hacia el teatro de Hernández. (Entonces aún no eran conocidas ni siquiera las seis obras que ahora existen editadas). Eran los años siguientes a lo que pretende retratar la serie televisiva “Cuéntame cómo pasó”, aunque los guionistas lo hagan en forma de cuento amilbarado.

¿Se siente identificado con este ilustre poeta?

Me absorbió la creación de Hernández desde que lo leí con atención. Pero, sobre todo, me gustó en cuanto lo pude ir entendiendo en cada una de sus fases vitales y artísticas. Tengo conciencia de que yo empecé a madurar como persona y ciudadano durante un –excesivamente- largo proceso de mi estancia en la Universidad –acabé la carrera universitaria a los 21 años-: en un proceso (que no ve la luz de su final... ¿Hay final?) en el que iba comprendiendo que la realidad era más dura, manipuladora, embaucadora y represora de lo que yo había vivido –comprendido- en mi Orihuela natal; cuando uno quería libertad (aunque sólo fuera para aprender y comprender la vida circundante, y para poder opinar -para poder opinar algo distinto a lo establecido-, por muy ingenuo que se fuera), nos íbamos dando cuenta de que no era posible y que no se permitía (o que eras mal visto). Íbamos abriendo los ojos a otras realidades bien diferenciadas a la vida pueblerina, fuera modesta o relativamente acomodada. Íbamos tomando conciencia de la sociedad y de sus estratos; nos introducíamos en los debates de la añoranza de la vida religiosa y de las inquietudes políticas incipientes. A través del arte, especialmente de la poesía y, de modo inquebrantable para los jóvenes, de la música sobre textos poéticos, se podía reivindicar lo que la opresión y la censura no toleraba ni mencionar. Comprendí el debate dialéctico –en el arte dramático, por ejemplo- entre el posibilismo de Buero Vallejo (compañero de cárcel de Miguel Hernández, recordemos) y la postura más combatiente y revolucionaria de Alfonso Sastre: ambos contra la dictadura franquista. No me perdía estreno de Buero, y lo leía todo

Entre todos los poetas leídos, Miguel ocupaba un lugar preferente: en primer lugar, porque era como un autor nuevo para nosotros (y para mí), y, en segundo lugar, porque la poesía de Hernández se comprende y llega, y te hace sentir lo que lees, y te emocionas hasta tal punto que te sientes protagonista de lo que dice y te parece que lo podrías haber escrito tú mismo... (¡Eso quisiéramos!).

Por todo ello, desde luego, me siento muy identificado con Miguel Hernández y el espíritu de su obra. Y es más: me identifiqué en una etapa en que la visión del mundo que uno tiene está muy arraigada a las creencias religiosas y la percepción de una realidad a través del prisma de lo pueblerino, de una sociedad bastante inmovilista que no deja traslucir conflictos. Pero me sentí muy respaldado con lecturas como las de Unamuno, Sartre, Camus, Beckett o Ionesco, por ejemplo; y Machado (don Antonio) y Federico (García Lorca) y, poco después, León Felipe, Blas de Otero y G. Celaya, ... Me sentí en proceso de cambio... y de confusión. Envuelto en un enigma existencialista, la voz de Miguel siempre tenía un hálito de esperanza y de esfuerzo en la lucha para conseguir una vida en la tierra mejor para todos... Lo religioso quedaba amortiguado e iba dando paso a planteamientos más terrenales: ¡Pero también la Teología de la Liberación combina ambos enfoques en uno solo y no coloca en lugar poco prevalente la solidaridad y la fraternidad en la tierra y no deja de esmerarse por y para los pobres...! Finalmente, el compromiso de Hernández se nos empieza a aparecer como algo tan lícito que se habla de él como un poeta necesario. Sus deseos y sus frustraciones (aquel “sino sangriento”, aquella “pena” hernandiana) nos presentan a un poeta que encarna los avatares de tantas y tantas personas que anhelan mejorar con la cultura y que no terminan de situarse social e íntimamente porque hay rayos humanos (o tempestades históricas) que se lo impiden...

¿Cree que la figura del escritor oriolano merece tanto “eco”?

Sin duda. Decía que Hernández es un poeta necesario...y añadiría que también debe ser entendido como un poeta necesitado, necesitado de sensibilidad e interpretaciones.

La perspectiva pueblerina aún no ha terminado de comprender el sentido y el valor del espíritu hernandiano.

Miguel, desde la humildad de sus orígenes, se erige en un símbolo; Hernández representa, en una época muy delimitada, el ascenso de la persona socialmente (pero también íntimamente) por medio de los logros que permiten las adquisiciones culturales: una buena educación, en un momento en que la gran masa popular era analfabeta. Con su palabra poética se alza para encumbrarse, pero no como el poeta -típico en aquellos tiempos- que se encierra en su torre de marfil o se exhibe vanidoso por su éxito formal y externo; Hernández -paso a paso- parte del pueblo llano e inculto y, tras salir de lo que llamamos pueblo, sin abandonarlo jamás, siempre dirige su mirada (observadora y analítica) y su voz hacia los sentimientos del propio pueblo; de manera que sale para aprender y perfeccionar su poesía y ofrece sus versos en forma de “vientos del pueblo”. Es el gran poeta de la rehumanización de su temática: no se pierde en vanguardismos alienantes, sino que trata asuntos humanos: desde el amor (real, directo, personalizado) hasta la arenga social o el dolor elegíaco (siempre extraídos de su experiencia: a favor de su madre, de sus hermanas; en alabanza de sus hermanitas difuntas cuando él era niño todavía, por ejemplo). Por otro lado, su poesía se vincula inseparablemente a su vida: y su vida será la que forje la materia poética de cada una de sus creaciones: en verso o en prosa, poema o drama teatral, en su epistolario o en sus artículos periodísticos. Miguel es todo y uno. Un ejemplo en tiempos de guerra, finalmente, luchando con la fuerza de su palabra por el restablecimiento de la legalidad, combatiendo al desleal, y siempre con motivo nobles humanos y solidarios. Hernández es gran poeta del amor (a la mujer, a sus hijos): y ve en el amor el sentido de la vida, el sentido de la prosperidad: “Sólo por amor”. La dictadura y la rebelión militar, y la represión capitalista, son ya para Hernández la cara del desamor y de la insolidaridad.

Pero, cuidado: a principios de siglo XXI, preguntar si tal o cual escritor merece tanto ‘eco’ puede presuponer que no se valore la importancia de lo que –en sentido pragmático, profundamente personal y social- significa la cultura de las artes. Si no se valora el espíritu del artista y la relevancia axiológica en su época (y la trascendencia de una vigencia que sólo logran los clásicos), estamos en un tris de claudicar ante posturas que institucionalizan o comercializan las figuras de los creadores, convertidas en reclamo promocional para la zona y nada más. Esa vanidad no sería del gusto de nuestro poeta: sería poesía estéril e impotente, poesía concebida como un lujo..., poesía incapaz de cambiar la sociedad (y la persona). El espíritu hernandiano podría ser fagotizado si el “eco” se constriñe exclusivamente a colocar la voz del poeta en la maraña cibernética de la red... Ahora bien, si el eco se entiende como lo que se repite y repite en la libertad de los grandes espacios posibles, se rinde homenaje a lo que merece el poeta y se hace favor a lo que merece la sociedad y la ciudadanía consciente. No lo olvidemos: la palabra del poeta no deja insensibles a los que la escuchan.

Neruda (un futuro premio Nobel de Literatura, amiguísimo de Miguel) quiso romper las separaciones entre sus fases ideológicas y cosmovisionarias y afirmó que M. Hernández había sido el mejor poeta católico español al igual que el mejor poeta político de nuestro tiempo...

¿Merece Orihuela todos los honores de este Congreso?

Miguel Hernández es un poeta de dimensiones universales. Para la historia de la literatura reciente se ha convertido, sin paliativos, en un clásico (del siglo XX).
La relación de Hernández con su pueblo natal y con sus autoridades ha sido muy desigual: apoyos y silencios, vítores y ninguneo; de todo ha habido y hay. Quizás los responsables del fomento y promoción de la ciudad han tomado este Congreso como una llamada de atención más, aprovechando el rebufo de la exposición “La luz de las imágenes” y las mejoras urbanas acometidas. Miguel Hernández significa algo más. En la duda del significado y sentido de su arte poética y de su vida estriba parte del fracaso con que hasta ahora se ha tratado la figura del escritor oriolano en su propia tierra. Parte del denuedo en la labor de la Fundación Cultural Miguel Hernández y del trabajo bien hecho, orientado hacia un objetivo nítidamente definido, va dirigido a colocar o restablecer el nombre de Miguel Hernández y el de la ciudad donde corresponden. En este sentido, ha sido un acierto desarrollar mayoritariamente el II Congreso en Madrid, habiéndose inaugurado en Orihuela: las posibilidades de resonancias siempre son mayores en la capital del Estado que en Orihuela, y las facilidades de acoger a tantas personalidades y autoridades en la materia como se dieron cita en el evento. El reto sigue abierto: la descentralización exige a Orihuela la infraestructuira precisa para albergar acontecimientos de este calado.

¿Le parece un programa completo, o por el contrario hubiera incluido otros temas o la ponencia de algún conferenciante más interesante?

En el II Congreso se trataba de centrar la figura de Miguel Hernández en Madrid y destacar los aspectos novedosos una vez concluido, hacía 11 años, el I Congreso, en Alicante. Desde 1992, había habido determinadas e importantes novedades: aparición de la biografía de José Luis Vicente Ferris, que merecía muchos matices y algunas correcciones en detalles y en enfoque: Eutimio Martín y Manuel Muñoz Hidalgo, entre otros, podían esclarecer en parte la situación y aportar perspectivas inéditas; otra relevante novedad era la de analizar las influencias (directas o indirectas) y el contacto de Hernández con los movimientos plásticos del momento en Madrid: lo planteado por Agustín Sánchez Vidal en cuanto a la relación ambiental de Hernández con la Escuela de Vallecas (la primera Escuela de Vallecas), la formada por Benjamín Palencia, Alberto Sánchez y Maruja Mallo, con resonancias incluso de Dalí y debates periodísticos en torno al arte y al compromiso con Ernesto Giménez Caballero (“EGC”) a la cabeza, ha sido de lo más brillante en el Congreso. Cierto es que a un Congreso Internacional hay que acudir con aportaciones novedosas de relieve: replanteamientos en la interpretación o aspectos hasta entonces inéditos. Ésta ha pretendido ser mi aportación: un ejercicio de reflexión desde el momento de creación del autor hasta las variadas y distintas representaciones teatrales en España y fuera de España, con una conclusión final, la de que este repaso a los 70 años desde la escritura de su primera obra hasta hoy supone un repaso a la propia historia de los españoles (desde la II República y sus pugnas religioso-políticas hasta la apropiación del sentido hernandiano en el exilio o en la españa franquista y la última interpretación de la España democrática de hoy, con un giro desapasionado de la caracterización política del escritor, en búsqueda de sus valores estéticos). Así y todo, esto -ponencias originales y novedades- no es lo que más ha abundado en Madrid el pasado octubre. Otro de los aciertos, sin embargo, en el Congreso ha supuesto el hecho de reunir, por un lado, a los coetáneos del poeta, cuyo testimonio de primera mano sirve para revisar algunas posiciones biográficos y estéticas, y, por otro, la numerosa participación de hispanistas extranjeros y en el extranjero, que han fijado el pulso de un Miguel Hernández en el mundo aún con mucho por promocionar académica y editorialmente.

¿Cree que a partir de estas iniciativas congresuales se abrirán nuevas líneas de investigación?

Estoy muy sorprendido por el interés que ha suscitado su producción teatral: no sólo algunas propuestas de representación y trabajos escolares de alguna de sus piezas de anteguerra, sino, sobre todo, por la elección de este asunto (el teatro) para realizar varias tesinas (es decir, memorias de licenciatura, o “tesi di láurea” en italiano) e incluso tesis doctorales; y tanto en universidades españolas como en algunas extranjeras; y tanto abordadas por jóvenes estudiosos españoles como extranjeros. Desde Alicante hasta varias universidades italianas han mostrado interés por el teatro hernandiano.

Ahora bien, quizás las dos líneas de investigación que se abren en relación con lo conocido hasta la fecha son las referentes a las relaciones con la plástica, un Miguel que apenas nos dejó algunos dibujos juveniles diminutos como juego ilustrativo en varios de sus escritos, pero que nunca tuvo esa inclinación o vocación por ser pintor; y la indagación de los enfoques vitales y detalles (cada vez mínimos) de su biografía: las aportaciones de Ramón Pérez Álvarez (aprovechadas y retocadas por otros estudiosos) han sido relevantes, a la espera de lo que nos entreguen, llegado el momento, E. Martín y M. Muñoz Hidalgo.

Tras once años del el I Congreso Internacional sobre Miguel Hernández ¿Para cuando un tercero?

y debatir “novedades” en los acercamientos a las figuras y a las obras de los creadores. La efemérides hernandiana más próxima y ‘definitiva es la del año 2010: centenario de su nacimiento. Tan sólo faltan siete años: es un lapso corto para sorprendernos a nosotros mismos con más “novedades”. Recordemos que los ‘derechos de autor’ concluyen en 2012, a los 70 años del fallecimiento del autor... Desde luego que cualquier pretexto es oportuno para seguir fomentando la lectura y el conocimiento del poeta oriolano. Orihuela y las instituciones próximas deben afrontar el reto, que podría ser el último empujón o aldabonazo sobre Miguel Hernández. A partir de ese año, 2012, se podrá editar sin necesitar ya –como ocurre con Garcilaso, Lope, Quevedo o Calderón- autorizaciones concretas..., pues se trata de versos patrimonio de la humanidad.

Personalmente, propondría un nuevo congreso, el III Congreso Internacional, con una promoción previa a partir de ahora mismo, centrado en los siguientes aspectos para conmemorar el centenario paulatinamente con aportaciones desde 2004 hasta 2010, y que fuera ese simbólico año el que expusiera y exhibiera todos los logros del último lustro hernandiano:

1. Preparar una edición de la obra completa, asequible y accesible para el gran público. Se separaría su obra poética y su obra no poética: teatro, epistolario y prosa. Actualmente no hay en venta ninguna de las obras completas editadas antaño.

A pesar del esfuerzo de C. Alemany para la Obra Completa de Espasa Calpe –edición agotada y sin posibilidad de reedición-, 1992, hace falta revisar las variantes y fijar correctamente el texto, especialmente en la poesía. Ello nos abocaría a una edición crítica o fijadora de texto al menos, y otra más popular, sin anotaciones críticas, pero sí con un estudio preliminar que sirve de introducción y orientación al lector siempre. Las obras podrían editarse en volúmenes separados dedicados a poesía y al resto, pero también en ediciones cuidads con títulos de los poemarios separadamente también, y añadiendo, en su caso, los corpus de poemas sueltos, con el título postizo de “Poemas sueltos: hacia Perito en lunas” (I), “Pomas sueltos: entre Perito en lunas y El rayo que no cesa” (II), etc. (Habría que incorporar los últimos hallazgos, ya autenticados, de poemas, cartas, etc. del oriolano).

2. Rodaje y filmación de audiovisuales en torno a la figura y obra de M. Hernández. Es imprescindible rellenar el hueco existente, todavía hoy, en cuanto a documentales profesionales sobre Miguel Hernández. No importa que se realicen varios: hoy existen algunos proyectos en proceso para que 2004 (o 2005) salude a Miguel Hernández con películas documentales nuevas. Hasta lo que conocemos, dos proyectos se elaboran o ya han iniciado su rodaje: uno centrado tradicionalmente en lo biográfico (con escenas de ficción y actores incluidos), otro basado en una presentación biográfica con aportaciones novedosas al incorporar entrevistas a coetáneos del poeta y especialistas, al añadir composiciones musicales con letras de Hernández hasta ahora inauditas (como el Himno de la República, que iba a sustituir al famoso Himno de Riego) y, sobre todo, con filmación de escenas y paisajes que destaquen la belleza y la influencia de Orihuela o Cox en la vida y la obra hernandiana. Habría que procurar la filmación de un largometraje de ficción sobre la biografía o pasajes determinados de su vida para el cine y la televisión: películas del tipo Remando al viento o la protagonizada por Kirk Douglas sobre Van Gogh, es decir, sobre un momento clave de su trayectoria...

3. Fomentar la participación creativa de estudiantes universitarios y no universitarios, o de asociaciones o colectivos ciudadanos cualesquiera. Recitales, dramatizaciones de poemas, representaciones teatrales, puestas en escena de biografía, etc.

4. Apoyar las iniciativas de representaciones teatrales profesionales y semiprofesionales, con textos completos del poeta o versiones.

5. Fomentar la nueva creación y la recopilación de todas las musicalizaciones sobre poemas y textos hernandianos. Sería hermoso poder presentar algún nuevo trabajo discográfico sobre poemas de Hernández, y poder reunir a todos los cantantes e intérpretes de renombre (y noveles) que divulguen la poesía de M. Hernández en el formato más popular existente hoy: el lenguaje de la música... con letra. (Siendo la letra un poema, el camino del éxito se abre con mayor facilidad incluso en el mundo adolescente y juvenil).

El III Congreso Internacional –de convocarse- recogería las muestras palpables de todos estos proyectos, ofrecería una exposición y venta de todos los libros posibles y en el mercado de y sobre Miguel Hernández, esto es, todo el Congreso tendría un enfoque de un Miguel Hernández en vivo: “Vea y oiga a Miguel Hernández: lo leerá” o “Miguel Hernández: para ver y oír”, ...

Este planteamiento de búsqueda de lo perceptible (del espectáculo Miguel Hernández) no es óbice para incrementar los eventos sobre Miguel Hernández con un selecto ciclo de conferencias o breves ponencias sobre lo ciertamente novedoso en los últimos años sobre Miguel. Tal vez –es lo deseable- ya hayan sido publicadas las biografías anunciadas y sería un motivo de especial reflexión. Finalmente, habría que incorporar una creativa exposición sobre los avatares vitales de M. Hernández, una exposición más viva asimismo de lo habitual, tomando como modelo la exposición sobre la Ilustración (siglo XVIII) del MuVIM en Valencia, realmente sorprendente y original. (El MuVIM es el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad). En esa exposición (o en otra) habría que incluir los dibujos de Miguel Hernández (existe exposición patrocinada por Elche en la actualidad) y las relaciones con ilustraciones entre su poesía y la plástica del momento: bodegones, ferias, ... y Escuela de Vallecas, etc.

En base a su intervención, ¿hasta qué punto las nuevas tecnologías pueden facilitar la puesta en escena de una obra teatral de Miguel Hernández?

En mucho. Habría que analizar qué intereses estéticos y de contenido queremos resaltar. El propio Hernández recoge (explícita o implícitamente) estas posibilidades: la gran tramoya y los escenarios múltiples de Quién te ha visto y quién te ve y sombras de lo eras recuerdan al teatro calderoniano y a los autos sacramentales del Corpus Christi, pero también a puestas en escena de un teatro total que acopla todas las artes (danza, música, escultura, pintura, arquitectura, ...) en su dramaturgia y en su escenotecnia. El espectáculo total que propugna Hernández, como acción de trabajo escénico supone una relevante renovación del teatro de su época y lo acerca en este sentido de la representación al teatro actual que se sustenta asimismo en la tecnología (especialmente en la visual y en la acústica). El espectáculo total combina teatro de la palabra (esencialmente el de Hernández lo es, sin ningún género de duda) y el teatro de lo perceptible no verbal. En su proceso creativo, M. Hernández tuvo muy en cuenta su gusto por el cine, su descubrimiento del teatro ruso en su viaje ala URSS, su deleite por la zarzuela y el género musical, etc. Todo ello haría de una versión creativa un teatro moderno muy del gusto contemporáneo hoy mismo: dramas musicales, dramas con manifestaciones expresionistas y contrastes musicales modernos y alegres para enfatizar el propio hecho teatral como detonante de la concienciación, etc. El uso de infografías, de proyecciones paralelas o simultáneas a la acción de los actores, etc. Todo ello destacaría un teatro que nació para ser entregado sólo en algunos casos a las ‘tres paredes’ del teatro a la italiana convencional. No siempre hay textos dramáticos (lo escrito) endebles sino que, con frecuencia, la fragilidad del espectáculo estriba en un texto teatral (la reprentación concreta del director de hoy) que no colabora con la creatividad implícita en el autor de antaño. De todos modos, el teatro de Hernández tiene interés como muestra de la historia del teatro en el sigo XX, pero posee visos de posibilidades escénicas que habrá que destacar. Expectantes estamos a la espera de versiones que pretenden poner en escena a Hernández próximamente; así podremos valorar la vigencia y el poder teatral de este aspecto hernandiano tan desconocido aún popularmente. En Granada se anuncia representación de una versión del auto sacramental (para el 12 de marzo de 2004 en Guadix, y del 26 al 28 de marzo en Granada), en adaptación de José Luis Navarro Montoro; existe proyecto, por ahora detenido, de una original versión de El torero más valiente, a cargo del polifacetico profesor polaco Jaroslaw Bielski; finalmente, conocemos la intención en Italia, en Tolentino, de iniciar los preparativos de una versión (o quizás texto completo de Hernández) de Los hijos de la piedra, a cargo del argentino Rodolfo Mettini. A todos deseamos los mejores éxitos en sus planteamientos estéticos.

¿Es posible que las artes escénicas subsistan sin el condicionamiento institucional?

Hoy vivimos en la cultura de la subvención pública, heredera del planteamiento de la etapa socialista; y, hasta tal punto ha calado, que mayoritariamente apenas vislumbramos otra posibilidad aun para el futuro. Habría que cambiar las fórmulas en esas ayudas. El teatro profesional –la mayoría de grupos profesionales- no subsiste sin apoyo institucional público. La diferencia con las industrias culturales que permiten la reproducción (y no la actuación en directo, personal), como la música (en DVD, ...) o el cine (género por antonomasia de la industria cultural), es evidente. El apoyo económico del público (es decir, subsistir sobre la base de la recaudación en taquilla) no es suficiente para grupos profesionales, en general. De todas formas, lo que hay que evitar es que ese apoyo institucional suponga un “condicionamiento” –tal como se plantea en la pregunta-. No debe determinar ni condicionar el tipo de creación, ni sus estéticas ni sus contenidos. Las subvenciones suelen ir dirigidas a espectáculos abocados al éxito o con éxito reconocido. (Así es de flagrante en el cine: se concede ayuda pública a la película más taquillera). Esto es una paradoja y subvierte el proceso creativo y el proceso receptivo. Todos los agentes culturales, en el mundo complejo del teatro, han de modificarse, han de ‘actualizarse’: tanto los creadores (escritores) como los directores pero también el público receptor, y, por enmde, los programadores. Las ayudas pueden incidir en las propuestas firmes novedosas, en los autores y directores noveles, etc. Pueden fomentar la iniciativa privada y costear el arranque de los proyectos, pero podrían plantear la devolución de parte de la ayuda pública obtenida siempre que la recaudación directa superara ciertos límites prestablecidos, por ejemplo. Desde luego, habría que evitar subvencionar siempre a los mismos. Hay que repartir y dar entrada a lo novedoso, aunque suponga riesgo. (Pero esto es teoría: la política de subvenciones termina siendo muy conservadora: se asegura el éxito, y el éxito se entiende hoy como la gran audiencia...). Finalmente, también hay que considerar en las ayudas a las asociaciones sin afán de lucro con intereses sociales y culturales: fundaciones, etc. Y difundir las ventajas fiscales que ofrece la novísima Ley de Mecenazgo, recientemente promulgada: esta ley regula la participación de la empresa privada para ayudar económicamente a proyectos socio-culturales, con ventajas fiscales poco despreciables.

¿A qué nivel sitúa la crítica literaria de este país?

La crítica literaria (y no sólo la literaria) aparece, fundamentalmente, en los medios de comunicación social, y de modo especial en los impresos. Hoy echamos en falta algo de independencia y rigor en las crítcas; quizás lo más característico es la previsibilidad del crítico: conocemos su nombre y ya sabemos qué va a decir; y también echamos en falta que el crítico desee (o sea consciente) que lo que debe estar elaborando día a día, semana a semana, es una poética: que sus opiniones se sustentan en la base sólida de una teoría poética. En otras latitudes (“en los países de nuestro entorno”: Francia, Alemania, Gran Bretaña o Italia), los críticos suelen recopilar sus artículos y editarlos en forma de libro para que el público o el estudioso o el creador o los otros críticos tengan acceso a su poética con críticas concretas: esto es, son conscientes de que están haciendo obra a la vez que escriben periódicamente. En España hay demasiadas camarillas, demasiados amigos y demasiadas amigas, y demasiada falta de criterio, lo que conduce a cambios en las valoraciones: a quien se denostaba ayer, ahora se piropea (se adula); el caso palmario ha sido Arturo Pérez-Reverte: criticado antes ahora es alabado. (Algo parecido ocurrió con el cine de P. Almodóvar: ¿qué no conseguirán los premios –galardones u honores- si son, sobre todo, en el extranjero? ¿o el éxito de masas? ¿desde cuándo el éxito de público ha conllevado aparejado un reconocimiento estético o intelectual siempre o automáticamente?). En la historia pasada hubo excelentes críticos literarios en España: Guillermo de Torre (para las vanguardias), Antonio Marichalar (para los consagrados), incluso Ortega o Bergamín. Hoy no abundan tanto, con ese criterio de rigor, de independencia, de sabia erudición: quizás nombres como Ricardo Gullón (que viene de épocas anteriores), Ricardo Senabre o Jaime Siles son honrosos exponentes del valor (y valentía) de sus críticas. Cuando leemos una reseña en un suplemento literario de prestigio hay que calibrar muy bien quién escribe y sobre quién escribe: comprenderemos sus juicios y prejuicios críticos. (¡Hay que seguir aprendiendo a leer los periódicos!). Entendámoslo: vivamos en una sociedad de relaciones humanas...: si el crítico habla mal (estéticamente) de alguien o de algo, sólo se crea enemistades... y el camino es muy largo. Y, para cuestionar a alguien o a algo, hay que tener muy clara la posición... Exijamos rigor, independencia y consciencia del crítico en su labor. (¿Por qué la inmensa mayoría de las críticas son favorables? ¿No merece la pena al crítico entretenerse en lo publicado sea cual sea su calidad? ¿Dejará al albur del lector que caiga en la lectura o compra de lo que no merece la pena? ¿Entonces cuál es la misión del crítico?). Recordemos que, con Miguel Hernández, no todos los críticos coinciden en valorar su poesía: no gustaba en absoluto a Luis Cernuda; decía el granadino que era más pasional y espontáneo que meditado e intelectual; pero ya había afirmado Juan Ramón Jiménez que poesía es lo espontáneo sometido a lo consciente, y Pedro Salinas también incidió en que, en poesía, primero había que valorar lo auténtico y después, sólo después, la belleza. Hernández aunó lo que el maestro Azorín pedía a la obra de arte perfecta y bien hecha: alcance social y valor estético. Ése era Miguel Hernández, en contra del criterio de un crítico tan crítico con su persona como Luis Cernuda.

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