EL POEMA COMPARTIDO


“Rafael Alberti: El poema compartido”, edición a cargo de Luis García Montero, Granada, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía-Centro Andaluz de las Letras, 2003, 337 pp.

La Cultura española vuelve a estar de enhorabuena. Por suerte, y para que luego digan que la cultura española se encuentra sumida en una crisis, llegamos a otro año de conmemoraciones, y van... Se trata del centenario del nacimiento de Rafael Alberti. Afortunadamente, contando con la tutela de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, se está conmemorando éste, rodeado de un gran despliegue mediático, como no podía ser menos, despliegue que nos ha dejado entre otras perlas el copioso volumen que presentamos ahora.

En la edición de éste catálogo, Luis García Montero, ha desarrollado dos tareas: coordinar de manera excelente y redactar una exacta y precisa biografía de la intensa peripecia vital del magistral portuense.

Pero vayamos por partes. El libro que les presentamos se estructura en torno a cuatro puntos básicos: un prólogo o presentación que ha preparado Carmen Calvo Poyato, la Consejera de Cultura; una segunda parte, la parte central y enjundiosa del libro y que está integrada por los artículos ‘Alberti esencial’, de Ricardo Senabre, de la U. de Salamanca (pp. 11-29); ‘Los usos de lo popular’, de Andrés Soria Olmedo, de la U. de Granada (pp. 35-48); ‘Rafael Alberti y su roce con los ismos’, de C. Brian Morris, de la U. de California, Los Ángeles, USA (pp. 51-64) y ‘Rafael Alberti y Andalucía’, de Miguel Ángel Vázquez Medel de la U. de Sevilla (pp. 67-92), tratando todos de diferentes y jugosos aspectos de la biografía de Alberti, para, a continuación, insertar una biografía (pp. 99-322) casi abrumadora por la cantidad de datos ofrecidos, y que ha realizado Luis García Montero, coordinador de la obra, cerrándose el volumen con una bibliografía, creemos que actualizada y completa, estando todo el libro exquisitamente editado, destacando el excelente despliegue gráfico recogido en estas páginas, muy bien aprovechado para reforzar lo dicho y acercar además a Alberti, un Alberti que también era una persona, además de artista.

La complicada personalidad de Alberti y su azarosa vida, han actuado como se recoge en el prólogo, siempre como un handicap al dispersar los materiales que la han acompañado.

Su vida, siempre ha tenido como nota característica el anclaje de su espíritu a su tierra natal, ‘la tierra en la que no estoy’, algo que se proyecta sobre cualquier situación, sobre cualquier lugar nuevo. Hay siempre, sobre todo, una identificación con el mar y lo que representa: libertad, recuerdo de la infancia feliz, horizontes ilimitados... Ese afán por el mar, le lleva a convertir en mar cuanto toca, y, así, llegará a crear en su imaginación al fundir tierra y mar ‘huertos submarinos’, que poseen incluso sirenas (p. 18). Esta vuelta siempre a los orígenes en el mar, ya queda patente en ‘Marinero en tierra’ (1924). Lo que queda claro siempre es que no se puede hacer una diferenciación entre su poesía política o intimista, al evocar la pérdida de ese paraíso personal (el mar en Cádiz, la infancia...) o colectivo (la libertad y/o las ilusiones de la España de la República...). Podríamos hablar incluso, en algún momento, de una existencia del ‘beatus ille’ por esa remembranza y reviviscencia de un tiempo lejano y feliz, de ese mar, que inspirará también a su pintura dotándola de una irreprimible nostalgia.

Pero la nostalgia no es sólo lo que caracteriza a la poesía de Alberti. La poesía de Alberti, al igual que la de la Generación del 27, registra un acercamiento a la poesía popular. Será sobre todo en los años 30 cuando percibamos esa voz que va recogiendo tradiciones orales y el anonimato de lo popular. Parte de la culpa de esto, la tiene su relación con García Lorca, con Machado y el padre de éste, folklorista famoso, entre otros, que filtrarán su popularismo con la estética simbolista (p. 41), aunque sin hacer ascos al ultraísmo y creacionismo y a la recogida de más influencias por la compra de obras de folkloristas como Barbieri y Gil Vicente entre otros. Su popularismo, se extenderá a sus tres primeros libros: ‘Marinero en tierra’ (1925), ‘La amante’ (1926) y ‘El alba del alhelí’ (1928), un popularismo que Alberti se sentirá orgulloso de que le reconozca Juan Ramón Jiménez: “Poesía popular, pero sin acarreo fácil: personalísima; de tradición española, pero sin retorno innecesario: nueva: fresca y acabada a la vez; rendida, ájil, graciosa, parpadeante, andalucísima”(p. 42).
Algo que no debemos olvidar es que este popularismo se orienta también a la acción política: “el poeta en la calle, es el poeta con el pueblo, al servicio de la causa popular, y que recupera la tradición oral en la sala del mitin, la calle de la ciudad o la plaza del pueblo” (p. 45), retomando a causa de esa militancia siempre que ha creído conveniente ese popularismo, como ocurre con las ‘Coplas de Juan Panadero’ (1949-53), que remiten al Juan Sin Miedo del folklore popular y al ‘Juan de Mairena’ de Machado, sin olvidar a las ‘Coplas de la Panadera’, del s XV.

Ya han quedado destacados dos aspectos de Alberti: su nostalgia y su acercamiento a lo popular, llevándonos éste a un tercero, muy importante, sus contactos con los ismos, con las vanguardias.

Insertar a Alberti en los movimientos de vanguardia, en los ‘ismos’, en principio es lícito. Él, incluso se jactaba de ser un pintor-poeta (p.53) al uso del momento. Lo que queda claro es que son cuatro los movimientos que actúan de referentes de su obra y que definen su personalidad: su sed de experiencias y su genio, aunque sin encasillarle: dadaísmo, ultraísmo, creacionismo y surrealismo. Alberti, en esa búsqueda de experiencias, se vuelve irrespetuoso con lo que no le merece respeto y rebelde para romper con todo lo que se le antoje, y de ello tenemos pruebas frecuentes en su producción literaria, atreviéndose a desmitificar figuras clásicas como Venus o Narciso y personajes del momento, como Alfonso XIII o J. Ortega y Gasset. El uso del verbo equilibrando el uso de las metáforas y una gran capacidad léxica y metafórica, hacen que incluso lo vulgar cobre especial relevancia, dándose sin embargo a veces un problema que él mismo reconoce: ‘llegué a escribir a tientas, sin encender la luz, con un automatismo no buscado, un empuje espontáneo... que hacía que los versos se taparan los unos a los otros, siéndome a veces imposible descifrarlos en el día’ (p. 59). Lo que queda claro es que Alberti reconoce su relación con las vanguardias, algo natural en alguien con tanta sed de experimentar y recibir sugerencias y que atravesó tantas dificultades en su vida, aunque fue un contacto que no perjudicó su independencia, su individualidad y su producción, destacando como gran autor de sonetos, romances y tercetos y de poemas simétricos, entre otros.

Ya hemos comentado tres de los cuatro aspectos que destacan de la personalidad de Alberti, pero no habíamos comentado nada sobre Andalucía y Alberti. De esa relación, podemos decir que en pocos autores el ámbito natal ha sido tan determinante como en él. La atmósfera de la Bahía de Cádiz, su niñez , el mar... están siempre presentes en su universo particular, eso por no hablar de la creación de una estética que lleva la impronta del Sur: la luz, los colores, su particular imaginería conceptual plagada de mitos y ritos...

El acercamiento de Alberti a la realidad de su tierra, de Andalucía, tiene su base en los primeros años del s. XX, momento en el cual es muy importante el avance en el campo andaluz de la toma de conciencia histórica, política y cultural sobre la realidad de un territorio y un pueblo postergado a pesar de su pasado glorioso y sus recursos. Algo a lo que el mundo de la Cultura no será ajeno. Juan Ramón Jiménez, y luego la Generación del 27, reivindican la geografía andaluza como ámbito de tradiciones y energías líricas, pero habrá que llegar a la obra de Alberti y a su idealismo andaluz para encontrar esto sublimado. Bergamín al reseñar el ‘Perfil del aire’ (1927), de Cernuda, pero Salinas, Guillén, García Lorca y Cernuda o Altolaguirre también lo harán, pero nunca como Alberti, que sufre una evolución siempre pareja con su compromiso con la transformación de Andalucía, denunciando sufrimientos e injusticias o recordando afrentas, como por ejemplo lo ocurrido con la Base estadounidense de Rota en ‘Signos del día’, fruto de su aspiración internacionalista de un orden más justo e igualitario frente al imperialismo norteamericano.

Como hemos podido constatar, Alberti no es sólo libelos de circunstancias, es mucho más. Detrás de él hay muchas experiencias vitales que se pueden disfrutar al poder leerlo ya sin podas y sin dirigismos. Ha hecho falta llegar al centenario de su nacimiento para comprobarlo. Esperemos que la tónica de los homenajes y las publicaciones conmemorativas no sólo no disminuya, sino que aumente en cantidad y calidad, si es que ello fuera posible, puesto que es la única manera muchas veces de poder profundizar en torno a alguna figura cumbre de nuestra Cultura o nuestra Historia. Es el caso de Salvador Dalí, cuyo aniversario se producirá en estas navidades, o el de Juan Gil-Albert, ese gran desconocido alicantino, que será en 2004, y que esperemos tenga también la oportunidad de ser homenajeado y estudiado como se merece.

Manuel Ramón Vera Abadía