
Santonja, Gonzalo,"Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México", Madrid, Castalia, 2003, 228 pp., Col. Literatura y Sociedad; 76.
Gonzalo Santonja, reputado y prolífico estudioso del mundo literario y editorial español, sobre todo del siglo XX, construye aquí y ahora un gran friso lleno de colorido, en el cual delimita con gran precisión todas las iniciativas de carácter editorial que tienen lugar en el bando republicano durante la guerra civil y los primeros momentos del exilio, siguiendo así también las últimas corrientes historiográficas.
El libro podríamos sustentarlo en dos acertadas frases que el autor recoge. Una, de Manuel Azaña, que dice que ‘en España, la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro’, y que hasta la fecha creemos que por desgracia sigue en vigor, aunque esperamos que no ocurra así con este estudio, del cual hemos de decir que Santonja aborda los aspectos quizá menos conocidos de la contienda y del exilio, y no por ello menos interesantes. La otra cita, es obra de Manuel Bartolomé Cossío, presidente del Patronato de Misiones Pedagógicas, y recuerda el intento de gran parte de la intelectualidad del momento, y luego veremos por qué, de hacer una nueva España así: ‘despertar el afán de leer en los que no lo sienten, pues sólo cuando todo español, no sólo sepa leer –que no es bastante-, sino tenga ansias de leer, de gozar y divertirse, sí, divertirse leyendo, habrá una nueva España’.
En la redacción de este estudio, Santonja ha hecho acopio de grandes dosis de erudición, constituyendo muchas de sus páginas verdaderas fichas bibliográficas. Si a ello le sumamos un gran conocimiento historiográfico, una depurada técnica y el conocimiento de gran cantidad de hechos y anécdotas, tendremos ante nosotros un gran libro, muy en la onda de las últimas novedades editoriales.
En cuanto a la organización del libro, Santonja lo estructura en cinco secciones. La primera sería la nota previa a modo de introducción que él mismo confecciona; la segunda sería lo que constituye el contenido principal del libro, en el que, a través de nueve capítulos, pasa revista al panorama editorial, estando cada capítulo introducido por una cita y a su vez subdividido en epígrafes, que van desmenuzando los contenidos que el título de cada capítulo deja entrever. Después, se incluye un apéndice documental, en el cual se recogen curiosidades de tipo documental, como un salvoconducto de Rafael Jiménez Siles, portadas de primeras ediciones, etc... Finalmente, podemos acceder a una bibliografía bastante completa y actualizada y, cerrando el volumen, nos encontramos con un índice de los lugares, personas, editoriales y publicaciones citadas.
Santonja traza un muy detallado recorrido por todas las vicisitudes del panorama editorial durante la contienda y primeros años del exilio. Santonja explica los inicios sombríos para la edición de la contienda con la creación de algunas –pocas- editoriales y redes de lectura y la manipulación y los afanes de censura e incautaciones del momento. Muy interesantes resultan las distintas menciones que aquí se hacen de la figura del poeta Miguel Hernández, uno de los autores comprometidos con el PCE, verdadero elemento aglutinador y/o iniciador de la producción editorial de aquel entonces. Así lo presenta en las páginas 20-23 al recuperar el manifiesto fundacional de Estrella o al referirse a él como uno de los elementos proletizadores de la literatura (p. 31) y un elemento del teatro de agitación. Recuerda asimismo a la Alianza de Intelectuales Antifascistas y su ‘Comité de Incautación de Editoriales y Librerías’ y los ‘daños colaterales’ al afectar a publicaciones como ‘Hora de España’ y a autores como Aub o Domenchina.
Continúa después recordando el importantísimo papel desempeñado por Rafael Jiménez Siles, un hábil elemento del PCE, muy buen organizador y que sería el responsable de una hipotética Editorial del Estado, que ya venía pidiéndose desde 1936 (p. 51) por parte del peruano César Falcón en ‘Altavoz del Frente’. No obstante, se relatan otros ejemplos de pluralismo en la vida intelectual, recordando a anarquistas como Juanonus, Agraz o García Pradas y periódicos como ‘La Voz’, y recordando el progresivo abandono del Romancero por parte de los autores cultos y consagrados como Alberti o Sánchez Barbudo. También es recordada la importancia que tuvo la ‘Ponencia Colectiva’, leída por Serrano Plaja y en la que intervinieron entre otros Miguel Hernández y Ramón Gaya, destacando que la propaganda es un medio, nunca un fin.
Algo que debemos también destacar es que Santonja no desdeña nunca lo anecdótico, de lo cual encontramos algunas muestras pintorescas que incluso llegan a la astracanada, como el montaje carcelario de Valle-Inclán o el caso del hombre sin cabeza de las Ramblas, o que sirven para destacar aspectos determinados como la urgencia de la guerra, que hace que algunos poetas se ‘desdoblen’ por el hecho de cambiar sus apellidos (p. 113, n. 273).
Lógicamente, y máxime cuando estamos hablando de lo ocurrido durante un conflicto armado, no se podían dejar de lado las polémicas entre las dos Españas, fruto de la política anticlerical y de incautaciones de la República, que dio lugar a dos batallas: una la del Romancero, y otra la del patrimonio, que hizo intervenir a diversos expertos ingleses.
Siguiendo con el relato de las experiencias editoriales, Santonja tampoco deja de lado las emprendidas en otros puntos de España, como Cataluña en la que fueron importantísimas las iniciativas de la Generalitat o de la familia Montseny, aunque termina refiriendo que lo mejor será Altolaguirre junto con ‘La rosa dels vents’ y, sobre todo tres libros: ‘Homenaje al poeta Federico García Lorca’ (1937), ‘Poetas de la España Leal’ (1937) y ‘Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales’ (1938).
Fuera de todo lo dicho, sobre el panorama editorial en la España de la República poco, pero muy importante, quedaría ya por relatar. Es el momento de Jiménez Siles y su tarea organizadora de la edición del exilio, algo que se empezó a preparar en México en fecha tan temprana como la de 1938 y que sería visible en EDIAPSA, una potente distribuidora, a la que seguirían la Librería Juárez y las Librerías de Cristal en 1940 y las fundaciones, sólo o en compañía de otros, de la Editorial Colón, la Colección Málaga, Empresas Editoriales, Editorial México, La Compañía General de Editores, Nueva España y Norgis, Editorial Diógenes, la gestión de la imprenta ‘La Carpeta’, el lanzamiento del ‘Diccionario Enciclopédico UTEHA’, y la puesta en pie de la Asociación de Libreros y Editores Mexicanos. Igualmente, podremos encontrarle plenamente integrado en el mundo editorial mexicano en los momentos iniciales del Instituto Mexicano del Libro y de la Feria del Libro de México D. F., pudiendo constatar incluso un fugaz paso por la poderosa Editorial Novaro como vicepresidente.
Finalizando este rápido repaso, Santonja no podía dejar de rendir homenaje a la edición, digamos ‘privada’, en el exilio, por parte de Altolaguirre en La Habana y de Bergamín en México por un lado, así como el papel de los diarios de a bordo tirados a ciclostil con un número bajo de copias, algunos de ellos hoy perdidos para siempre, y por otro lado podemos recordar, dentro del panorama editorial de la otra España, cómo fue el renacimiento de la Feria del Libro de Madrid en 1943, rodeada por el fuego y las cenizas de lo censurado e incautado y los inicios de la Agencia de noticias EFE.
Lo importante, y que destaca muy bien Santonja, es el desarrollo ‘in crescendo’, sin cortes, de la cultura del exilio gracias al uso de una lengua común, algo que Unamuno describe así: ‘la sangre del espíritu de los exiliados fue, fecundamente, nuestro idioma, a la vez plural y común, tan plural como pocos y tan común, quizás como ninguno’. Nuestro Pueblo, Estrella, Romance y EDIAPSA entre otros, reeditarán las obras de los exiliados, a los cuales reclamarán prólogos, dibujos, traducciones, originales, etc.
Esperemos que, aunque poco a poco, se siga profundizando en esta faceta tan desconocida y no por ello menos importante de la edición en el exilio, que no debe quedar sólo en el conocimiento de unos pocos iniciados y/o caprichosos coleccionistas ávidos de recobrar ese conocimiento y esas ideas casi perdidas. Ojalá la frase de Azaña se cumpla al revés y que la mejor manera de divulgar cultura, entretenimiento, secretos..., qué sé yo, sean por siempre nuestros viejos amigos, los libro
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