TRINIDAD DE LA PALABRA
     
 
Beresaluze Galbis, Luis, ‘Trinidad de la palabra’, San Vicente del Raspeig (Alicante), Editorial Club Universitario, 2003, 167 pp., ECU Narrativa.
 

Alicante ha dado en el siglo que apenas acaba de finalizar una gran cantidad de talentos literarios que hacen creer que para poder escribir era ‘conditio sine qua non’ el haber nacido en este rincón de la costa levantina.

A una parte destacada de esta nómina se dedica el libro que hoy traemos ante ustedes, a la ‘Trinidad’ de la palabra, que integran José Ruiz ‘Azorín’, Gabriel Miró y Miguel Hernández. Beresaluze, se ha tomado la libertad de ‘resucitar’ a estas tres inmortales personalidades en el Cielo, lugar en el que, con carácter semanal, mantienen una tertulia, a la que en alguna ocasión se suma incluso San Juan Evangelista, y que no está exenta de angelicales asistencias como el rubio camarero que les escancia vino a Miguel, anís paloma a D. José y mistela o fondillón a Gabriel. Esta resurrección entronca con la formación del pensamiento del autor, que ha bebido en la tradición cristiana, reconoce que la muerte no es el límite de la vida, y que la obra y su pervivencia, son una proclamación técnica de la inmortalidad del alma (p. 12). Así ocurre con nuestros personajes, a los cuales ha pretendido darles un habla específica, implicando un arduo trabajo de documentación e investigación al ser triple la fuente. En realidad la fuente es cuádruple, como él explica: aunque son tres en uno, en realidad habría que hablar de cuatro en uno, ya que alguien, él, debe de hacer de narrador, de estrambote de todo y debe asumir el tiempo y la palabra de Azorín, la luz de Miró y la particular pasión de Miguel Hernández.

En cuanto a la estructura del libro, ésta se encuentra planteada en función de las tertulias que nuestros tres autores van manteniendo todas las semanas, más concretamente los miércoles, en el Cielo, alrededor de una mesa, e incluso en algún caso, paseando, al más puro estilo peripatético.

El libro lo componen dieciséis capítulos o tertulias que constan de un corto título que introduce el tema abordado esa semana, siendo además susceptible de agruparse por temas. Los dos primeros estarían dedicados a las generalidades, a explicar cómo y dónde se celebran las tertulias, la triste situación de Miguel al enterarse de las polémicas iniciadas por sus herederos y su ya difunta viuda. En el tercer capítulo, se trazaría una personificación en la vida de Miguel Hernández: España. En los capítulos cuarto y quinto, se habla de la producción literaria de Miguel Hernández, y más concretamente, se analizan algunos de sus versos, como ‘Me llamo barro...’, ‘Alba de hachas’, ‘Elegía a Ramón Sijé’ (Capítulo cuarto), o se plantea en boca del maestro Azorín el nulo uso que de la coma hace Miguel Hernández y cita algunos ejemplos prácticos: ‘Mis ojos sin tus ojos no son ojos’, ‘Oda entre arena y piedra a Vicente Aleixandre’, ‘Égloga’, ‘Sonreídme’... Más adelante, en el capítulo sexto, con el pretexto de iniciar un nuevo tipo de tertulia, a lo griego, paseando y disfrutando del paisaje alicantino, se polemiza sobre la muerte (p. 59), siendo objeto de descripción por parte de Miró (p. 61) y Azorín en ‘Años y leguas’ (p. 62). En el capítulo séptimo, se inicia la parte que quizá es la más sustanciosa de toda la obra, dedicada a las explicaciones, los juicios literarios, y el uso de las ‘herramientas’ literarias, como las palabras o las metáforas, e incluso los refranes, abarcando nueve tertulias. Aquí, se nos describe qué es ser escritor, el por qué se escribe y cuál ha sido la iniciación de cada uno, poniéndose en boca de cada uno sus concepciones literarias. En los capítulos octavo y noveno, se continúa lo iniciado con un intercambio de juicios, lo que piensan unos de otros. Aquí escucharemos cómo Azorín dice que la luz está en los ojos de Gabriel Miró, que también presenta un gran amor por la naturaleza, por lo cual no colecciona sino sensaciones, o al propio Miró, establecer al hablar de Miguel Hernández, un paralelismo con Ramón Gómez de la Serna y su literatura volcánica, sugeridora como su ‘Elegía’, embutida en el tiempo y afectada por el espacio, por no hablar de Azorín, que habla de una ‘espiritualidad terrosa’ en Miguel Hernández. En el capítulo décimo, se va a incorporar un San Juan Evangelista, en el cual no ha prescrito el ‘efecto Pentecostés’ a estos ‘encuentros’ o intercambios, dedicándose a desmenuzar obras de los presentes, tratando de encontrar influencias de unos en los otros. Para ello, se van a escoger ‘Una hora de España’, de Azorín, mironiano por la luz que de él se desprende, y la viveza de la expresión del “Libro de Sigüenza”, de Miró, que también tiene mucho de Azorín. El capítulo undécimo, sigue con esta tendencia comparativa, y aquí le toca el turno a un Miguel Hernández que tiene miedo de ‘desnudarse’ (p. 114) y que cede su turno a un San Juan al que los presentes preguntan por la diferencia de ‘peso’ existente entre su Evangelio y el de los otros tres Apóstoles, y que él achaca primordialmente a su perspectiva, la de un amigo desbordado de fe y con más experiencia y no la de un historiador aséptico (p. 116). En la siguiente tertulia, conformando el capítulo duodécimo, los tres van a definir uno de los elementos literarios que más les han caracterizado, la palabra y su inmortalidad. Para Miguel Hernández, la palabra es la escultura de nuestro aire interior. Para Miró, la palabra es lo que nos socializa y comunica, es como nuestra conciencia. La palabra es el último ser del hombre, es infinita (pp. 119-122). En el capítulo siguiente, va a suceder lo mismo, pero van a teorizar sobre las metáforas, a las que Miró define como espuma del texto, un continente nuevo creado para sentir y vibrar y de las que Azorín se muestra convencido de que ha sido sobrio con ellas aunque la selección afortunada de los términos por él, hacen también que sus textos sean metáforas de su verdad; por el contrario, Miguel Hernández habla de pintar con palabras, ser músico en sus versos y, a la vez, envolverlo todo en humanidad. En el siguiente capítulo, el decimotercero, titulado ‘De vario contenido’, nuestros tres amigos van a ir ‘por libre’, hablando de distintos temas que les van a ir surgiendo al hilo de sus comentarios. Así, Miguel Hernández trata la transitoriedad del ser (p. 141) y continúa recordando que la escritura consagra la inmortalidad del pensamiento humano (p. 145), mientras que Miró se dedica a recordar a Alicante (p. 142). Finalizando con éste apartado literario, tenemos la tertulia del capítulo decimoquinto, en la cual se hace mención de los refranes, una manifestación literaria sencilla, común y anónima del pueblo, sugerente, lleno de malicia a veces, y de sagacidad y buen humor casi siempre, y de los cuales relatan un gran número.

Cerrando el libro, el capítulo decimosexto, sirve de recapitulación sobre nuestros tres amigos. En el caso de Azorín, todo tiene un orden, una armonía, un equilibrio, pero también es melancolía. Sus ojos desencantados ven todo, el cielo y la tierra grises de Alicante, con una especie de daltonismo melancólico, que le hacen acercarse a la pintura de fondos oscuros de Zurbarán. Por el contrario, Miró es el paisaje, la naturaleza, el Mediterráneo, realizando con la palabra, con el léxico, un portentoso universo poético plagado de pinceladas, recordando al impresionismo francés. Finalmente, el caso de Miguel Hernández es el más duro. Miguel es naturaleza también, pero asimismo pobreza, campo. Los tonos dolientes van incluso a dar forma a su rostro, con esa carita redonda, chata, regular, que no hacen sino anticipar su pasión y muerte, y que no hace sino recordar también al Greco por su espiritualidad.

Lo cierto es que mucho de lo relatado aquí puede ser cierto... no tenemos constancia de lo contrario. Esperemos que éstas y otras iniciativas de homenaje a la figura y la obra de nuestros maestros de la literatura se sigan produciendo, y, sobre todo, a la figura de Miguel Hernández, máxime cuando se está en puertas del II Congreso Internacional a él dedicado.

Manuel Ramón Vera Abadía
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