Tanto el nombre como la obra de Miguel Hernández y de Gabriel Miró están relacionadas con la ciudad de Orihuela. Uno, nace en esa ciudad histórica, el otro, es hijo adoptivo de la antigua Oriol, en cuyo ambiente sitúa alguna de sus célebres novelas.
Ambos son grandes artífices de la palabra, creadores de una obra literaria llena de belleza poética, cultivadores y promotores de una lengua universal, hablada por millones de personas.
Tanto Miguel Hernández como Gabriel Miró son dos eximios poetas, saben captar la belleza y expresarla con palabras y formas bellas. Uno, la expresa en verso, que es la vestidura regia de la poesía; cultiva la lírica. El otro adopta la prosa para comunicar las impresiones, las emociones que se producen en su espíritu ante la contemplación de la belleza objetiva de la naturaleza y sus paisajes, y se inclina por la narrativa.
Aquel nos deja una antología de bellísimos poemas rebosantes de profundos sentimientos, rezumando vivencias y experiencias tan sinceras, tan humanas, tan alegres y gozosas, las menos tristes, dolorosas, punzantes, angustiosas, las más envueltas en un celofán de tan deslumbrante belleza, metáforas, símiles, comparaciones, ritmo, musicalidad, que nos deja sorprendidos, y a él le colocan en una de las más altas cimas de la lírica española, como uno de los epígonos de la inolvidable y áurea Generación del 27.
Miguel Hernández es además un modelo, y un ejemplo para los jóvenes aficionados a la poesía, a escribir poesía, y a deleitarse, claro, con su lectura, cuya expresión más cercana, más accesible, pueden seguir encontrándola en el poeta de Orihuela.
Verónica G. Ortiz.



