UNA VOZ DE ESPAÑA EN MÉXICO

El escritor del presente libro, Alberto Enríquez Perea, es autor de otras obras reconocidas como “Páginas sobre una poesía: correspondencia Alfonso Reyes y Luis Cernuda (1932-1959)”, “Charla en sonetos: correspondencia Alfonso Reyes y Juan Rejano (1947-1956)”,  “Inteligencia española en México: correspondencia Alfonso Reyes – Gustavo Baz (1939-1958)” y “España en el recuerdo y la esperanza: Alfonso Reyes- Antonio Rodríguez Luna: correspondencia (1940-1941)”.

La edición de la presente obra corre a cargo de  la Fundación Cultural Miguel Hernández, en colaboración con el Ministerio de Cultura, siendo ésta la quinta publicación correspondiente a la colección “Biblioteca Hernandiana”.

La cubierta sigue el esquema de las cuatro publicaciones anteriores de la colección: nombre y apellidos del autor, título del libro, pie de imprenta, encuadernación en rústica en tono marfil y solapas en la portada y contraportada.
 La viñeta que ilustra la portada fue concebida por Asensio Sáez (escritor, periodista y pintor de La Unión, Murcia) y  publicada por primera vez en la revista   Alcándara en 1951, con el título “Las aves para el vuelo” desde donde se ha extraído para embellecer esta portada.

Tiene un total de  194 páginas entre prólogo, breve introducción, advertencia y agradecimientos y cinco distintos apartados bien diferenciados:

  1. La poesía de Miguel Hernández.
          2. Ponencia colectiva.
          3. Miradas.
          4. Poemas para Miguel Hernández.
          5. Noticias sobre las publicaciones.  

Atención especial  merece el prólogo de Aitor Larrabide, director del Taller de Empleo de la “Fundación Cultural Miguel Hernández”, que ha mejorado, si cabe, con sus extensos conocimientos sobre Miguel Hernández, los datos, fechas y anotaciones de este libro.

Este trabajo es el resultado de la investigación de Alberto Enríquez Perea,   reconocido estudioso de otros escritores como Luis Cernuda o Alfonso Reyes.

En el primer apartado, “La poesía de Miguel Hernández” el autor ha escogido ocho poemas del universal poeta oriolano publicados en México desde 1938 hasta 1955, casi todos ellos de la época de la guerra civil: “El sudor”, “Canción del esposo soldado”, “Vecino de la muerte”, “Soneto”, “Vientos del pueblo”, “El hijo” (“Hijo de la luz”, “Hijo de la sombra”, “Hijo de la luz y de la sombra”), “Recoged esta voz” y “Las manos”.      

En el segundo apartado, Alberto Enríquez Perea reproduce la “Ponencia Colectiva”, suscrita por, entre otros,  Miguel Hernández, resultado del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas de Defensa de la Cultura, celebrado en el mes de julio en Madrid y Valencia. La “Ponencia” está integrada por trece páginas donde los autores que la suscriben, miembros algunos de la llamada tradicionalmente generación del 27 y otros a la del 36, comprometidos con la causa popular y que provenían de clases sociales diversas, reflexionan sobre la verdadera identidad del arte.  Se trata de que,  entre la relación  del contenido y del fondo de una obra de arte y  la coherencia interna de cada artista como persona,  no haya contradicciones.
Esta ponencia tiene un valor extraordinario en cuanto que un grupo de intelectuales de procedencia social diversa y estilos diferentes fueron capaces de abstraerse de las circunstancias y de la disciplina de partidos para postular un concepto de arte en general que dio sus buenos frutos en la pintura, escultura, literatura, etc.

 En el tercer apartado, “Miradas”, el lector podrá recorrer 25 años de estudios dedicados a Miguel Hernández en México, antologados por este autor entre el año 1940 y 1965.
El criterio que ha seguido Enríquez Perea  ha sido el de mostrar un interesante abanico de críticas, unas más favorables que otras, de la percepción de cada uno de los críticos de la lógica hernandiana.
Así pues, Eduardo de Ontañón recuerda, en 1940, al amigo en la Valencia de 1938. El mexicano Octavio Paz, en noviembre de 1942, también rememora sus vivencias con el oriolano. José Luis Martínez, en esa misma fecha, critica los escritos hernandianos publicados durante la guerra,  “ecos de las entonces más nuevas direcciones que él experimenta valientemente, aunque quizá sólo lo alejen de su verdadero lenguaje”. Más adelante, sobre “Viento del pueblo”, afirma que, en general, “no existen más que las intenciones circunstanciales deformadas con un lenguaje nerudiano de reciente y no segura adquisición”. Comentarios de un autor anónimo, a ocho meses escasos de la muerte del poeta español. Fedor Kelin, en 1946, destaca el compromiso de Miguel Hernández con su pueblo. Los exiliados Pascual Pla y Beltrán (que utilizó también el seudónimo de Luis Carmona), Juan Rejano, Max Aub y José Pascual Buxó, recuerdan al  amigo y critican, despectivamente, los libros de Juan Guerrero Zamora (de 1951 y “Miguel Hernández poeta”, de 1955), así como la edición de “Obra escogida” (1952). Destaca Aub con unas afirmaciones,  cuanto menos curiosas, en las que las “Nanas” o “Eterna sombra” “dan a la figura de Hernández una profundidad de la que carecía, y lo plantan en medio de España”. Buxó reivindica “Perito en lunas”, en general, poemario denostado por la crítica, y Siebenmann defiende que la obra es más importante que el biografismo practicado entonces por sus colegas. También unas afirmaciones sorprendentes y muy positivas, al contrario de lo que sucedía en España.

En el apartado cuarto, “Poemas para Miguel Hernández”, el autor recoge dos muestras de los muchos poemas dedicados al poeta que se publicaron en América como homenaje a su figura.

Francisco Giner de los Rios y Juan Rejano son los dos autores elegidos,  con textos aparecidos en 1942 dotados de una gran carga emotiva a la que la muerte del amigo se sumaba el exilio de ambos.   
Así Francisco Giner escribe:

A estos cielos que escuchan hoy tu nombre
entre la angustia de mis labios lento,
a  estos campos que tú hubieras alzado
hasta el milagro de tu voz abierta
para matarlos, cantarlos y entregarlos,
a  esta tarde redonda de hermosura,
quiero, Miguel, venir con tu memoria.
Aquí te siento bien; tengo tu pulso
y  guardo con la luz tus ojos tristes.
Olvido, con tu nombre y tu presencia
clavados dulcemente en el recuerdo,
tu tremendo dolor y tu agonía
para encontrarte fresco sobre el agua,
limpio sobre el silencio de los campos
y en la luz y el poema compañero.

Te llevo por el campo, dolorido
mi pecho de tu ausencia y tu llamada,
y no puedo pensarte terminado,
tus limpios ojos quietos para siempre.
Tierno y duro pastor del otro día
soñando por las huertas de Orihuela
una luz incesante y manadora
que te anegaba el corazón insigne;
alegrando el color del Manzanares
con tu blanca camisa, tus abarcas
y un ardor contenido de Levante;
cantando entre los tiros del Jarama
la canción española de la guerra.

No has muerto, que te han muerto entre unos muros
asesinado el vuelo de tus pájaros,
 la voz de tu garganta amordazando.
Derribada la hermosura sin remedio,
irremediable muerte a la palabra
tan lejos de mi sangre y de mi aliento.
Aguárdame, Miguel, en nuestra tierra,
en la quietud forzosa de tus labios,
en la clara verdad de tu silencio
que hace temblar tu cielo con promesas
de una canción bajando hasta los hombres.
¡Que su turbia conciencia se deshaga
con tu sangre indeleble, con tu rayo!
Y de albas y de auroras nos incendie
la pasión de tu carne ya cumplida.

Como te alza hoy mi pecho a la ternura

y a la honda memoria que te guardo,
quiera la tierra nuestra, que sembraste
con la dulce semilla de tu nombre,
cumplir con la mañana su jornada
y subirte algún día hasta su gloria.
Miguel de hierba, fuego y alma sólo,
hermano muerto en esta viva muerte:
tú empujas con tu sangre y con tu ejemplo
el limpio amanecer de la esperanza.

La quinta y última parte del libro está dedicada a las “Noticias sobre las publicaciones”, con copias de las mismas desde su formato original (pp. 183-192). Es curiosísimo descubrir en este libro cómo eran las ilustraciones de la época.

En definitiva, este trabajo representa un recorrido apasionante por un cuarto de siglo de nuestra historia, vista a través de los ojos de personas que desde otro país, México,  han percibido la obra de nuestro poeta con emoción, crítica y  también devoción.

Aitor Larrabide, en su prólogo asevera que “la utilización partidista del poeta como arma arrojadiza contra el régimen de Franco tiene parte de la responsabilidad en la creación del mito del poeta. Neruda y otros comunistas exiliados (como Pla y Beltrán o Rejano) se preocuparon más por servirse políticamente del poeta, que acercarse a la obra y reflexionar sobre ella con serenidad”.

Y concluimos esta lectura crítica con otro comentario de Larrabide:
“La trayectoria de Miguel Hernández no puede despacharse con los tópicos de pastor-poeta, soldado y preso, es mucho más rica y completa”.


Poemas e ilustración publicados en Las Españas, año II, nº 6 (29 de septiembre 1947)

Mª del Carmen Martínez Diego

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