
Eduardo de Guzmán Espinosa nació en Villada (Palencia) en 1908. Cuando contaba con diez años de edad se trasladó con su familia al madrileño barrio de Atocha. Allí llevó a cabo estudios provechosos que compatibilizaba con colaboraciones en diversos periódicos como “El Diario del Pueblo”, y de “negro” para agencias y revistas. Fue redactor y director de algunos de los periódicos más significativos de la Segunda República, siempre dentro de la corriente anarquista libertaria. Desempeñó el cargo de redactor jefe de “La Tierra” (1930), para el que realizó dos famosos reportajes (sobre Casas Viejas y el asesinato de Hildegart), durante cinco años.

En 1935 pasó a la redacción de “La Libertad” hasta comienzos de la guerra en que marchó a la dirección del CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y a la de Frente Libertario.
En enero de 1937 asumió la dirección de “Castilla Libre”, portavoz de la CNT de Centro, que mantuvo hasta el fin de la contienda (último número de 28 de marzo).
Conoció campos de concentración y la cárcel (Yeserías).
El 1 de abril de 1939 fue capturado, junto con los últimos elementos republicanos, en el puerto de Alicante, de donde pasó al famoso Campo de los Almendros que describiera Max Aub, y de ahí al campo de concentración de Albatera. En enero de 1940 fue condenado a muerte, pero fue indultado en mayo del 41.
En 1948, después de ser conmutada la pena de muerte a la que había sido condenado, y pasar sus correspondientes años en la cárcel, Eduardo fue liberado y desde entonces se ganó la vida como traductor y escribiendo novelas del oeste y policíacas de bolsillo.
Durante la década de los 40 surgió el bolsilibro, con un precio especial de 5 pesetas, que se convertiría en el referente cultural de un pueblo que escapaba del desastre de la guerra civil. Guzmán, junto a otros grandes, se refugió en el bolsilibro bajo los seudónimos de Edward Goodman y Hedí Thorny. Sus libros aparecieron en colecciones importantes de la época como “FBI” y “La Novela Negra”, indicador del éxito que estaba teniendo el género por entonces en España.
Eduardo de Guzmán apuntó en unas declaraciones dos cosas importantes: primera, que cuando aparece la colección FBI, de editorial Rollán, los autores trataron de trasladar al mundo urbano las peripecias, el dinamismo y la violencia de las novelas del Oeste; ya no se trataba, pues, de desentrañar un enigma. Y segunda, que esas novelas inauguraron en España el género negro.
En un periodo de carestía y censura, como fue la dictadura, Guzmán tuvo que completar sus escasos ingresos con su faceta como guionista de cine para otros, también crónicas de toros a partir de las noticias que escuchaba por la radio. Y fue una labor en la que demostró su ingenio y su capacidad de trabajo. Un ejemplo de dicha destreza era su manera de crear una novela del Oeste basándose en “El alcalde de Zalamea” o un relato sobre el FBI en una calle de Dallas, con multitud de detalles.
En 1951 tiene que pasar un año en la cárcel de Oviedo tras ser acusado de espionaje.
Tras una tímida apertura del Estado franquista, sobre todo cara a Europa, el ya exdirector de “Castilla Libre” pudo salir de su particular ostracismo. Desde finales de la década de los 60 consiguió colaborar en la agencia de noticias mexicana “Amex”, o en revistas como “Índice”, “Triunfo” y “Tiempo de Historia”, y, al mismo tiempo, dio salida a una serie de obras que, pacientemente, había elaborado durante su época de exclusión social.
“La muerte de la esperanza” cuenta los sucesos vividos en los primeros días de la guerra civil y de los cinco últimos. Los primeros transcurren en Madrid. Narran la situación de la ciudad durante las jornadas del 17 al 20 de julio de 1936. Nos informan de lo ocurrido en los centros oficiales, en los periódicos, en los sindicatos, y, sobre todo, lo que aconteció en las calles, donde miles de personas se disponían a defender sus ideales. Sobre los últimos días relata la entrada de las tropas fascistas en Madrid y su salida hacia Valencia, en primer lugar, y, posteriormente, al puerto de Alicante.
Tras su puesta en libertad se ganó la vida como autor de novelas de género y traductor. “El año de la victoria” es su testimonio del campo de concentración franquista de Albatera (Alicante). En 1975 le fue concedido el Premio Internacional de Prensa por esta obra.

Cuando murió el dictador, la tardo-censura frenó la distribución de “La Segunda República” porque la portada incluía la bandera republicana, hecho que obligó a la editorial a ocultarla con una improvisada faja censuradora.
Este destacado periodista republicano, que salvó la vida a duras penas, escribió un artículo extraordinario en 1978 en el que desmonta toda la serie de mentiras de los historiadores franquistas. Los estudios que se han realizado después le otorgan sin duda la razón, al comprobar la cifra de los republicanos que murieron a mano de los franquistas.
En el artículo titulado “Mi condena a muerte”, que se publicó en el número 17 de “Tiempo de Historia” en 1976, relata cómo en 90 minutos y en un juicio de urgencia, 29 republicanos fueron condenados, la mayoría, a muerte.
A Eduardo de Guzmán le guiaba su compromiso con los ideales libertarios de toda su vida. Avanzados los 70, el viejo libertario se sumó con mucho ánimo a la reconstrucción de la CNT, participando tras el franquismo en la fundación del primer sindicato de prensa y artes gráficas confederal. Fue un personaje clave de ese fecundo tiempo.
Según el periodista Rafael Cid, que conoció íntimamente a Guzmán, afirma que ni el sufrimiento de los muchos años que pasó en las cárceles franquistas, ni el olvido de los historiadores de cabecera de sistema, ni las penurias de aquellos años de exilio interior, convirtieron a este escritor en un persona vengativa, sino que vivió siempre sin odio ni rencor.
Falleció en Madrid el 24 de junio de 1991.
Fueron compañeros en la prisión de la Plaza del Conde de Toreno (Madrid). Eduardo de Guzmán, que acompañó a Hernández en aquellas circunstancias, describió de esta forma las condiciones en las que se encontraban: “Disponemos de treinta y cinco centímetros de ancho y metro y medio de largo para descansar y hemos de hacerlo materialmente incrustados unos en otros”.
El 18 de enero de 1940 tuvo lugar el Juicio sumarísimo de urgencia de la Plaza de Madrid, convocado por el Consejo de Guerra Permanente número 5 de las fuerzas franquistas, para juzgar la conducta del poeta y el periodista durante la guerra civil española. Sentados en banquillos diferentes, pero acusados de cargos semejantes. Ambas sentencias fueron aprobadas una semana después.
Miguel estaba acusado de ser comisario comunista, de intervenir en conferencias y mítines, escribir versos injuriosos para las fuerzas nacionales, y realizar una intensa propaganda contra los integrantes de la quinta columna, contribuyendo con hechos y palabras a los muchos crímenes perpetrados en la zona roja.
A Eduardo de Guzmán le culpaban de ser militante de la C.N.T., redactor jefe del periódico “La Tierra”, y director de “Castilla Libre”.
En su libro “Nosotros los asesinos”. (Madrid, G. Del Toro, 1976), epígrafe “Juicio y condena de Miguel Hernández”, Guzmán relata el juicio y la sentencia a muerte de Miguel Hernández y la suya propia. En abril de 1978 colabora en el número 15 de la revista “Nueva Historia”:
"Las sentencias dictadas por el Consejo de Guerra Permanente número 5 de Madrid son aprobadas por el ilustrísimo señor Auditor de Guerra con fecha 25 de enero de 1940. Una mayoría de los condenados son fusilados en el primer semestre del año. Una minoría somos indultados: Miguel, al final de la primavera de 1940; yo, el 21 de mayo de 1941.
Tras ser indultado, Miguel Hernández es conducido, en unión de varios centenares de condenados, a la prisión provincial de Palencia, transformada en un improvisado penal donde se amontonan cuatro veces más reclusos de los que caben materialmente. El invierno de 1940-41 es duro y penoso en toda España; en la cárcel de Palencia el hambre adquiere caracteres insoportables y cada día fallecen unos cuantos penados víctimas de la falta de alimentación y de las enfermedades carenciales determinadas por ella.
La juventud y fortaleza del poeta, que acaba de cumplir los treinta años, le permiten superar con vida esta terrible invernada. Queda, no obstante, harto quebrantado físicamente, con el lobo de la tuberculosis mordiendo sus pulmones. Cuando en gracia al "turismo penitenciario", impuesto por el director general de Prisiones para mayor castigo de rojos, es trasladado al presidio de Ocaña, todavía tiene ocasión de comer lo suficiente y recibir unos cuidados médicos que no le son prestados. Su estado empeora semana tras semana y el año que todavía alienta no es más que una prolongada agonía.
Una nueva conducción ordinaria le lleva al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde ingresa ya más muerto que vivo. En este presidio fallece el 28 de marzo de 1942. Su muerte es una grave pérdida para la poesía española y universal. Miguel Hernández es una víctima más entre los cientos de miles ocasionadas por la represión franquista que sigue al final de la guerra civil y se prolonga, cruel e inmisericorde, durante años interminables."
NOVELAS
* “La muerte de la esperanza”, 1973.
* “El año de la victoria”, 1975.
ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS
* “Mi condena a muerte” publicado en “Tiempo de Historia”, nº 17, abril de 1976.
* “Un millón de presos políticos y doscientos mil muertos en España” publicado en
“Tiempo de Historia”, nº 41, abril de 1978.
* ”Juicio y condena de Miguel Hernández” publicado en “Nueva Historia”, nº 15,
abril de 1978.
María Martínez
Marisa Meseguer
Monse Serna



