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MIGUEL EN EL RECUERDO
 

Miguel Prieto Anguita

 

Eduardo de Guzmán


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miguel Prieto Anguita

 


Miguel Prieto es uno de los artistas más interesantes de las vanguardias históricas en España. Trabajó entre el surrealismo y el realismo social, y participó del dinamismo cultural que se generó en la II República española.

Miguel Prieto Anguita nació en 1907 en Almodóvar del Campo, Ciudad Real. Hijo de Isidro Prieto Santos y de Sofía Anguita Romero, su infancia la pasó en Almodóvar. Como otros artistas del siglo XX, su formación inicial es autodidacta, se siente influenciado e imita manifestaciones artísticas de su época y recurre al arte religioso. Con quince años, en 1922, deja el colegio y empieza a trabajar en Puertollano con Manuel Santo (primo de su padre), quien le inicia en el mundo de la escultura y la pintura. Sería un paso decisivo hacia su vocación y que en los últimos años se manifestaba. Con diecisiete años se traslada a Madrid e ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde pasaría a los estudios de Victorio Macho, del escultor Julio Prat y Julio Moisés, para completar su formación.

La dificultad de conseguir medios económicos hace que Miguel Prieto piense en solicitar algún tipo de ayuda por parte de las instituciones político-administrativas. Y es en el año 1926 cuando consigue una pensión de la Diputación Provincial de Ciudad Real, gracias a una copia del cuadro de Juan Antonio Benlliure “Por la patria”.

Reside en Madrid, pero el apego a su ciudad natal hace que todos los veranos vuelva a su casa paterna. En el verano de 1928 colabora en “El Pueblo Manchego”, un medio de comunicación impreso, dando a conocer su obra en la sección “Nuestros pintores”, donde ilustra personalidades del mundo de la música.

Debido a la continua participación y el interés que origina Miguel Prieto, lo valoran como joven promesa.
En un número extraordinario que saca “El Pueblo Manchego” en la Semana Santa de 1930 salen ilustrados sus dibujos de “La Oración del Huerto” y “El Descendimiento”.

En 1931, con 24-25 años, tres acontecimientos van a destacar la nueva etapa artística y vital del artista: en primavera, la llegada de la II República le crea ideologías hacia oposiciones de izquierda y hacia el marxismo; en otoño contrae matrimonio con Ángela Ruiz Jiménez, favoreciendo su estabilidad emocional; y a finales de ese mismo año empieza a preparar una exposición, donde muestra su madurez pictórica, en el Ateneo de Madrid.

A principios de 1932, expone individualmente en el Ateneo de Madrid; el éxito de público y de la crítica fue un gran impulso en su trayectoria. A partir de ahí se convirtió en un pionero del arte nuevo.

Juan de la Encina, desde el diario “El Sol” en su célebre columna de crítica artística le dedica un largo artículo a modo de carta diciendo:

“Entre los jóvenes que están desfilando por el saloncillo del Ateneo quiero citar hoy a un muchacho –Prieto Anguita-, que poco habrá rebasado de la veintena. Sus obras, como es ley de tal edad, están muy en agraz; pero al mismo tiempo revelan firme viento de porvenir. Yo creo que estamos en presencia de un futuro pintor armado de todas las armas. Color, dibujo rítmico, arte de la composición, sentido del volumen, humor y patetismo, según los casos, es lo que dan, al que sepa ver, sus obras primerizas. (…) Me interesa, pues por encima de ese tejido natural de influencias, lo que Prieto Anguita trae de su propia personalidad, y yo creo que es mucho”.


Realiza exposiciones en Madrid y comienza, como miembro del Partido Comunista, una militancia dentro de los denominados artistas revolucionarios –el arte debe servir a las masas-, donde tiene por compañeros a Emilio Prados, Alberti, Luis Cernuda…, entre otros. En su actividad durante estos años participa en la revista “Octubre”, dirigida por Rafael Alberti, como el responsable del guiñol de ésta, para la que hace títeres y decorados.

En 1934 colabora en el estreno del “Retablillo de Don Cristóbal”, de Federico García Lorca, y al año siguiente, con la ayuda de éste, crea el guiñol “La Tarumba”, representa la misma obra mencionada anteriormente y donde actuaba en el frente haciendo representaciones para los soldados.
Ilustra revistas de creación tan simbólicas como “Sur” y “El Tiempo Presente. Problemas de la nueva Cultura”.

Son años de formación y de búsqueda de estilo propio y desde los inicios en su estancia en Madrid entra en contacto con dos formas de entender el arte: por un lado, el arte burgués (impresionismo, positivismo, arte decorativo), y por otro, un ambiente renovador de las artes que se imponen cada vez más. En 1924, a través de la prensa, llegan las primeras noticias sobre el surrealismo francés; en 1925 Ortega y Gasset publica la “Deshumanización del Arte”, Guillermo de la Torre “Literaturas Europeas de Vanguardia” y en mayo uno de los mayores acontecimientos vanguardistas: la Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos en el Palacio del Retiro, y todo esto no pasó inadvertido para Miguel Prieto.

En sus primeras obras buscaba la precisión del dibujo, el volumen de la figura, los valores de la luz, la pericia de la pincelada de toque rápido y la composición equilibrada. En su maduración va asimilando nuevas influencias y enfoques y se va decantando por nuevas formas de expresión con cierto dominio del arte primitivo y de volúmenes simplificados. A través de Victorio Macho se ubica hacia posiciones neocubistas muy cercanas a Picasso.

En los años treinta Miguel Prieto abarca las formas surrealistas, unifica lo racional y lo irracional. Junto con Rodríguez Luna fue uno de los pintores surrealistas más atrayentes del momento.

Su esfuerzo como pintor fue arriesgado y duro, su ideal artístico iba más allá del concepto del arte aceptado por la mayoría (objeto de decoración y de compra-venta) y propone un arte para la renovación social, su defensa de lo nuevo frente a lo viejo.

Al comienzo de la guerra civil ingresa en la Alianza de Intelectuales Antifascistas con Alberto, Bergamín, León Felipe y otros tantos.

Desde el comienzo de la guerra civil defiende con energía la causa de la República, realiza visitas al frente, donde organiza secciones de propaganda y prensa, ilustra las revistas de la Asociación de Intelectuales como “El Mono Azul” y crea “El Buque Rojo”, “Ejército del Ebro”, etc.

Es nombrado miembro del Consejo Central de Teatros y en 1937 “La Tarumba” actúa en el frente representando obras de Lorca y de Alberti. Viaja a la URSS con Miguel Hernández y Cipriano Rivas Cherif. Durante la guerra publica libros de dibujos como “Los dibujantes” o “Llanto en la sangre”, de Emilio Prados, exponiendo algunos, dentro del Pabellón Español, en la Exposición Internacional de París de 1937. Es nombrado miembro del Consejo Central del Teatro, presidido por Antonio Machado. En 1938 se traslada a Barcelona con el Gobierno de la República, y en los últimos momentos de la contienda bélica se encargaba del diseño del Extraordinario de Operaciones de Ejército del Ebro.

Acabada la guerra civil sale de España por la frontera francesa y sufre la encarcelación en un campo de concentración francés. En 1939, como otros muchos intelectuales y personas del mundo de la cultura, se traslada a México, donde colabora con Siqueiros en el mural del Sindicato de Electricistas y trabaja desde 1940 y hasta su muerte en diseño gráfico, pintura, escenografía, ilustración y edición de libros.

En su estancia en México (1940) se encarga del diseño gráfico e ilustración de la revista popular hispanoamericana, dirigida por el poeta Juan Rejano, “Romance” también heredaba de “Letras de México” y “El Hijo Pródigo”. Trabajó con Fernando Benítez en el suplemento cultural del diario “Novedades” con el cargo de director técnico y artístico.

En 1944 ilustra “Litoral” y otras publicaciones como “La Esfinge mestiza”, de Juan Lejano o “La Celestina”, de la editorial Leyenda. Todo esto reunió los afanes y sentidos de una cultura universal que cuajaría sin duda en el único ejemplar de “Ultramar” (1947).

En 1947 es nombrado responsable de las publicaciones del Instituto Nacional de Bellas Artes, en todos los impresos aparecían letras hechas a mano con mucha precisión. En 1948 expone en el Museo Nacional de Artes Plásticas de México; en 1952 participa en la Primera Exposición Conjunta de Artistas Plásticos Mexicanos y Españoles Residentes en México.

La impresión gráfica de Miguel Prieto, es indiscutible. Una de sus mayores obras es, sin duda, la edición de lujo de “Canto general” (1950), de Pablo Neruda, de la que se sentía especialmente orgulloso. En ella adecuó los medios puramente tipográficos a las necesidades del poema. Hoy esta obra se ha convertido en una joya bibliográfica.

Obra singular de Prieto es el mural pintado en uno de los pabellones del observatorio de Tonanzintla. El escritor Juan Rejano define esta obra como “la concepción poética del hombre” y hablaba de “la sustancia lírica capaz de transmutar en imágenes todo lo que toca”.

Muere de forma repentina en 1956 y se le tributó un homenaje en el Museo Nacional de Artes Plásticas. Sus restos descansan en el cementerio español de México D.F.

La obra de Miguel Prieto está considerada como una de las más importantes, por su calidad, de las vanguardias españolas de principios del siglo XX, aunque no ha tenido, al contrario de otros artistas, difusión en su tierra.

Miguel Prieto es un artista muy querido en México. Desde que murió son constantes los homenajes y estudios en los que podemos destacar un Exposición Homenaje del Ateneo Español de México (1957); otro homenaje en el Museo de Arte Contemporáneo Carrillo Gil de México (1996) y una edición titulada “Miguel Prieto”, diseño gráfico que recoge estudios de distintos autores y coetáneos.


RELACIÓN CON MIGUEL HERNÁNDEZ

Coincidió con el poeta Miguel Hernández en Rusia en el verano de 1937, ya que ambos formaban parte de la delegación española en el V Festival de Teatro Soviético.

Como testimonio de aquellos intensos días queda una foto que reproducimos.

María Antonieta M. Lidón

 

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Eduardo de Guzmán

Eduardo de Guzmán Espinosa nació en Villada (Palencia) en 1908. Cuando contaba con diez años de edad se trasladó con su familia al madrileño barrio de Atocha. Allí llevó a cabo estudios provechosos que compatibilizaba con colaboraciones en diversos periódicos como “El Diario del Pueblo”, y de “negro” para agencias y revistas. Fue redactor y director de algunos de los periódicos más significativos de la Segunda República, siempre dentro de la corriente anarquista libertaria. Desempeñó el cargo de redactor jefe de “La Tierra” (1930), para el que realizó dos famosos reportajes (sobre Casas Viejas y el asesinato de Hildegart), durante cinco años.

En 1935 pasó a la redacción de “La Libertad” hasta comienzos de la guerra en que marchó a la dirección del CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y a la de Frente Libertario.

En enero de 1937 asumió la dirección de “Castilla Libre”, portavoz de la CNT de Centro, que mantuvo hasta el fin de la contienda (último número de 28 de marzo).
Conoció campos de concentración y la cárcel (Yeserías).

El 1 de abril de 1939 fue capturado, junto con los últimos elementos republicanos, en el puerto de Alicante, de donde pasó al famoso Campo de los Almendros que describiera Max Aub, y de ahí al campo de concentración de Albatera. En enero de 1940 fue condenado a muerte, pero fue indultado en mayo del 41.

En 1948, después de ser conmutada la pena de muerte a la que había sido condenado, y pasar sus correspondientes años en la cárcel, Eduardo fue liberado y desde entonces se ganó la vida como traductor y escribiendo novelas del oeste y policíacas de bolsillo.

Durante la década de los 40 surgió el bolsilibro, con un precio especial de 5 pesetas, que se convertiría en el referente cultural de un pueblo que escapaba del desastre de la guerra civil. Guzmán, junto a otros grandes, se refugió en el bolsilibro bajo los seudónimos de Edward Goodman y Hedí Thorny. Sus libros aparecieron en colecciones importantes de la época como “FBI” y “La Novela Negra”, indicador del éxito que estaba teniendo el género por entonces en España.

Eduardo de Guzmán apuntó en unas declaraciones dos cosas importantes: primera, que cuando aparece la colección FBI, de editorial Rollán, los autores trataron de trasladar al mundo urbano las peripecias, el dinamismo y la violencia de las novelas del Oeste; ya no se trataba, pues, de desentrañar un enigma. Y segunda, que esas novelas inauguraron en España el género negro.

En un periodo de carestía y censura, como fue la dictadura, Guzmán tuvo que completar sus escasos ingresos con su faceta como guionista de cine para otros, también crónicas de toros a partir de las noticias que escuchaba por la radio. Y fue una labor en la que demostró su ingenio y su capacidad de trabajo. Un ejemplo de dicha destreza era su manera de crear una novela del Oeste basándose en “El alcalde de Zalamea” o un relato sobre el FBI en una calle de Dallas, con multitud de detalles.

En 1951 tiene que pasar un año en la cárcel de Oviedo tras ser acusado de espionaje.
Tras una tímida apertura del Estado franquista, sobre todo cara a Europa, el ya exdirector de “Castilla Libre” pudo salir de su particular ostracismo. Desde finales de la década de los 60 consiguió colaborar en la agencia de noticias mexicana “Amex”, o en revistas como “Índice”, “Triunfo” y “Tiempo de Historia”, y, al mismo tiempo, dio salida a una serie de obras que, pacientemente, había elaborado durante su época de exclusión social.

“La muerte de la esperanza” cuenta los sucesos vividos en los primeros días de la guerra civil y de los cinco últimos. Los primeros transcurren en Madrid. Narran la situación de la ciudad durante las jornadas del 17 al 20 de julio de 1936. Nos informan de lo ocurrido en los centros oficiales, en los periódicos, en los sindicatos, y, sobre todo, lo que aconteció en las calles, donde miles de personas se disponían a defender sus ideales. Sobre los últimos días relata la entrada de las tropas fascistas en Madrid y su salida hacia Valencia, en primer lugar, y, posteriormente, al puerto de Alicante.

Tras su puesta en libertad se ganó la vida como autor de novelas de género y traductor. “El año de la victoria” es su testimonio del campo de concentración franquista de Albatera (Alicante). En 1975 le fue concedido el Premio Internacional de Prensa por esta obra.

Cuando murió el dictador, la tardo-censura frenó la distribución de “La Segunda República” porque la portada incluía la bandera republicana, hecho que obligó a la editorial a ocultarla con una improvisada faja censuradora.

Este destacado periodista republicano, que salvó la vida a duras penas, escribió un artículo extraordinario en 1978 en el que desmonta toda la serie de mentiras de los historiadores franquistas. Los estudios que se han realizado después le otorgan sin duda la razón, al comprobar la cifra de los republicanos que murieron a mano de los franquistas.

En el artículo titulado “Mi condena a muerte”, que se publicó en el número 17 de “Tiempo de Historia” en 1976, relata cómo en 90 minutos y en un juicio de urgencia, 29 republicanos fueron condenados, la mayoría, a muerte.

A Eduardo de Guzmán le guiaba su compromiso con los ideales libertarios de toda su vida. Avanzados los 70, el viejo libertario se sumó con mucho ánimo a la reconstrucción de la CNT, participando tras el franquismo en la fundación del primer sindicato de prensa y artes gráficas confederal. Fue un personaje clave de ese fecundo tiempo.

Según el periodista Rafael Cid, que conoció íntimamente a Guzmán, afirma que ni el sufrimiento de los muchos años que pasó en las cárceles franquistas, ni el olvido de los historiadores de cabecera de sistema, ni las penurias de aquellos años de exilio interior, convirtieron a este escritor en un persona vengativa, sino que vivió siempre sin odio ni rencor.

Falleció en Madrid el 24 de junio de 1991.

RELACIÓN CON MIGUEL HERNÁNDEZ

Fueron compañeros en la prisión de la Plaza del Conde de Toreno (Madrid). Eduardo de Guzmán, que acompañó a Hernández en aquellas circunstancias, describió de esta forma las condiciones en las que se encontraban: “Disponemos de treinta y cinco centímetros de ancho y metro y medio de largo para descansar y hemos de hacerlo materialmente incrustados unos en otros”.

El 18 de enero de 1940 tuvo lugar el Juicio sumarísimo de urgencia de la Plaza de Madrid, convocado por el Consejo de Guerra Permanente número 5 de las fuerzas franquistas, para juzgar la conducta del poeta y el periodista durante la guerra civil española. Sentados en banquillos diferentes, pero acusados de cargos semejantes. Ambas sentencias fueron aprobadas una semana después.

Miguel estaba acusado de ser comisario comunista, de intervenir en conferencias y mítines, escribir versos injuriosos para las fuerzas nacionales, y realizar una intensa propaganda contra los integrantes de la quinta columna, contribuyendo con hechos y palabras a los muchos crímenes perpetrados en la zona roja.

A Eduardo de Guzmán le culpaban de ser militante de la C.N.T., redactor jefe del periódico “La Tierra”, y director de “Castilla Libre”.

En su libro “Nosotros los asesinos”. (Madrid, G. Del Toro, 1976), epígrafe “Juicio y condena de Miguel Hernández”, Guzmán relata el juicio y la sentencia a muerte de Miguel Hernández y la suya propia. En abril de 1978 colabora en el número 15 de la revista “Nueva Historia”:

"Las sentencias dictadas por el Consejo de Guerra Permanente número 5 de Madrid son aprobadas por el ilustrísimo señor Auditor de Guerra con fecha 25 de enero de 1940. Una mayoría de los condenados son fusilados en el primer semestre del año. Una minoría somos indultados: Miguel, al final de la primavera de 1940; yo, el 21 de mayo de 1941.

Tras ser indultado, Miguel Hernández es conducido, en unión de varios centenares de condenados, a la prisión provincial de Palencia, transformada en un improvisado penal donde se amontonan cuatro veces más reclusos de los que caben materialmente. El invierno de 1940-41 es duro y penoso en toda España; en la cárcel de Palencia el hambre adquiere caracteres insoportables y cada día fallecen unos cuantos penados víctimas de la falta de alimentación y de las enfermedades carenciales determinadas por ella.

La juventud y fortaleza del poeta, que acaba de cumplir los treinta años, le permiten superar con vida esta terrible invernada. Queda, no obstante, harto quebrantado físicamente, con el lobo de la tuberculosis mordiendo sus pulmones. Cuando en gracia al "turismo penitenciario", impuesto por el director general de Prisiones para mayor castigo de rojos, es trasladado al presidio de Ocaña, todavía tiene ocasión de comer lo suficiente y recibir unos cuidados médicos que no le son prestados. Su estado empeora semana tras semana y el año que todavía alienta no es más que una prolongada agonía.

Una nueva conducción ordinaria le lleva al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde ingresa ya más muerto que vivo. En este presidio fallece el 28 de marzo de 1942. Su muerte es una grave pérdida para la poesía española y universal. Miguel Hernández es una víctima más entre los cientos de miles ocasionadas por la represión franquista que sigue al final de la guerra civil y se prolonga, cruel e inmisericorde, durante años interminables."

NOVELAS

* “La muerte de la esperanza”, 1973.
* “El año de la victoria”, 1975.

ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

* “Mi condena a muerte” publicado en “Tiempo de Historia”, nº 17, abril de 1976.
* “Un millón de presos políticos y doscientos mil muertos en España” publicado en
“Tiempo de Historia”, nº 41, abril de 1978.
* ”Juicio y condena de Miguel Hernández” publicado en “Nueva Historia”, nº 15,
abril de 1978.

María Martínez
Marisa Meseguer
Monse Serna

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