TOCANDO
LAS HUELLAS DE MIGUEL
La
casa.....(años 48/50)
Cerca,
muy cerca de su casa, había una tahona donde trabajaba como panadero
mi tío Paco, el hermano más pequeño de mi madre.
Mi tío Paco, cuando llegaba del trabajo, por la mañana,
solía coger su guitarra y templaba las cuerdas arrancando melodías
que quedaban prendidas, como versos, en el aire. Aquellas rudas manos
y sus potentes brazos dotados de una musculatura exuberante, no conjugaban
con la finura y delicadeza de los sonidos que salían de la caja
de resonancia. Yo, que me deleitaba escuchando aquellos pequeños
conciertos, solía colocarme entre la guitarra y sus piernas,
apoyando el oído en la parte hueca del cuerpo del instrumento,
llenando así mi cabeza de cuantos sonidos y ecos me llegaban
sin interrupción alguna.
De vez en cuando, mi tío añadía a aquellas melodías
unas cuantas estrofas de unos versos que siempre decía haber
leído en las paredes del obrador del horno. Y cuando en más
de una ocasión le preguntaba que quien había escrito aquellos
hermosos versos, él me contestaba haciendo un largo silencio
con la guitarra: -¡pobre Miguelico!- y la mayoría de las
veces se levantaba y colgaba su guitarra de nuevo en el estante de arriba
de la cómoda, para marcharse a dormir. Era su descanso.
En
más de una ocasión tuve la oportunidad de visitar el obrador
de aquella tahona de la calle de Arriba, propiedad a la sazón
de Efrén Fenoll, hermano del también malogrado poeta Carlos
Fenoll y ambos, buenos amigos de mis padres. Todavía recuerdo
como imágenes veladas en la memoria, aquella casa en la que se
reunía mucha gente y escuchaban música, bebían
vino del Ramblero y hablaban de algo que, para mi, era ininteligible
entonces. Había un forzado silencio en torno a algo que yo no
comprendía y también recuerdo que, en una ocasión,
salimos paseando todo el grupo, mi familia, los Fenoll, los Cañizares
(Guillermo Cañizares y Carmita Bonafós) y los Pardines
(Luis Pardines y Lolita), por la misma calle de Arriba, para llegar
cerca de la ermita y bajo el arco que la sostiene. Allí se exaltaron
un poco los ánimos, no puedo recordar por qué, pero alguien
pidió silencio y nos volvimos de nuevo paseando hasta la tahona
y casa de los Fenoll.
Poco tiempo después, la familia Fenoll cerró la tahona,
la casa, y se marcharon de Orihuela. Jamás volví a verles.
Mi tío Paco, seguía tocando la guitarra y los sonidos
que arrancaba, a mi me parecían versos rotos, como interrumpidos
por alguna tragedia que no comprendía.
En esta lejana etapa de mi vida, estuve tocando, casi palpando las huellas
de Miguel, pero el silencio total que las envolvía, hicieron
que, para mí, fuera un total y absoluto desconocido. Hoy quiero
comprender todo aquello, y hasta podría justificarlo, pero me
duele tanto en el alma, por que.....le tuve tan cerca.....

La
sierra.....(años 50/55)
La
Orihuela de aquellos años, era una ciudad tranquila, segura y
llena de los atractivos naturales que, ante el desconocimiento de otras
cosas, se crecía y se vivía sin tantas necesidades como
hoy nos creamos.
Los chiquillos jugábamos en las calles hasta que se hacía
de noche, nos bañábamos en el río y con bastante
frecuencia subíamos a la sierra.
Yo solía ir mucho por la Torreta, hasta la parte trasera del
Santuario de Ntra. Sra. De Monserrate y allí, junto a la misma
ladera de la sierra, tenía su casa mi tío-abuelo materno.
Por la parte derecha de la casa, había un estrecho callejón
formado por la misma casa y un muro del Santuario, de forma que se podía
pasar, aunque con alguna dificultad, hasta la sierra. Allí te
encontrabas con una extensa parcela de paleras cuajada de higos chumbos
y enormes piteras de una belleza incomparable, y en medio de aquel vergel,
un escondido pasadizo lleno de tomillos y árboles de pan de zorra,
daban acceso a una pequeña y bien marcada “rejullaera”.
Aquella rejullaera constituía una delicia para cuantos la conocíamos
y recuerdo que, estando un día de verano jugando por aquellos
lugares, vi pasar a un muchacho cabrero, tras un grupo no muy grande
de cabras. El joven, casi un hombre ya, dejó pastar las cabras
por la sierra y buscó el alivio del sol bajo unos matorrales
de loberas que había junto a la misma rejullaera.
En el Rabaloche, aquel joven era bien conocido y se le veía bastante
comunicador y buena gente.

Cuando llevaba un buen rato a la sombra de las loberas, se dirigió
a mi para entablar una conversación, sin mucha trascendencia,
pero lo suficiente como para volver a recordarme lo que mi tío
Paco me decía con la música de su guitarra.
Estuvo hablándome de cuando él era niño que solía
ir con su padre y algunos pastores más por la sierra de Orihuela
y que sobre todo disfrutaban con las rejullaeras y precisamente aquella
era una de ellas. Allí solía ir siempre a refugiarse del
sol y muchas veces de la lluvia, pues aquellas loberas eran el cobertizo
perfecto para poder hacerlo sin peligro alguno.
Me habló de un tal Miguelico el “Visenterre” que
él había conocido, por aquello del pastoreo en la sierra,
y que no hacía muchos años que había muerto en
Alicante en la cárcel.
Mi ignorancia, la falta de información y el forzado silencio
que reinaba alrededor de Miguel, me hicieron no darle importancia a
muchas de las cosas que me diría aquel pastor y que hoy, apenas
si las recuerdo.
Miguel, para mi, era un perfecto desconocido, es más, nunca había
existido. Y si existió, pasó completamente desapercibido.
El pastor me preguntó que si yo estudiaba en el Colegio de Santo
Domingo y yo asentí diciéndole que aquel había
sido mi primer año, incluso creo recordar haber contado algunas
de las peripecias que hacíamos con las locuras del Padre Carreras,
un jesuita trastornado que nos llevaba a mal traer a todos los chiquillos
del colegio y no se por que razón le gustaba tanto que le hablase
del Colegio de Santo Domingo, era como si quisiera conocer los entresijos
de aquellas gentes que vivían entre sus antiguos muros, para
llenar no se que curiosidad morbosa que parecía envolverle.
Jamás pude entender sus continuas preguntas acerca del colegio
y la forma de hacer de sus gentes.
Cuando finalizó el verano, dejé de ver a aquel cabrero
y hoy no sabría decir ni quien es, ni donde está, supongo
que habrá formado su familia, como tantos otros o quizás,
haya dejado este mundo.
Fue entonces cuando conocí y tomé contacto con un profesor
que nos impartía Latín y Gramática en los primeros
cursos y más tarde, Literatura: Don José Guillén
García.
Don José Guillén, me introdujo en el conocimiento de la
poesía, de su métrica, del ritmo y la musicalidad imprescindible
para componer un poema y más tarde, me enseñó los
Clásicos, el teatro, la novela y todo cuanto encerraba la Literatura
y sobre todo, me enseñó a amar los libros.
Pero nunca, jamás me habló de Miguel.
La
radio, Jotolo y mi padre.....(años 55/61)
Siempre
me han gustado los medios de comunicación y en aquellos años,
lo que más se escuchaba en Orihuela era la radio.
En la calle Mayor, estaba ubicada “Radio Orihuela”, con
los Ezcurras, Lacárcel, y otros, entre los que cabía destacar
a Pepe Torres, alias “Jotolo”, casado en primeras nupcias
con la hermana de Pepito Marín (Ramón Sijé). Aquello
era “radio falange” y allí daba sus sermones pidiendo
siempre, el malogrado Don Antonio Roda, cura del Oratorio Festivo de
San Miguel.
Yo iba con frecuencia a la radio, me gustaba escuchar todos los programas
que se hacían cara al público y hasta llegué a
participar esporádicamente en algunos de ellos. Allí hice
mi amistad con Pepe Torres y me enteré que era empleado del Ayuntamiento,
y que tenía una cierta relación con los Sijé, pero
sin entrar en más detalles. En todo el tiempo que nos conocimos,
jamás me habló de Miguel, ni tan siquiera me indicó
nada que pudiera hacerme sospechar de su existencia.
El tiempo pasaba inexorablemente y yo ponía fin a mis estudios
de bachillerato, con la ilusión del que culmina una etapa importante
de su vida, pero con el alma llena de dudas, por algo que no lograba
entender y la sospecha de no haber llevado en mi equipaje algo imprescindible,
algo que después sería mi Biblia inseparable.
Recuerdo que en una ocasión, llevado de la mano de mi profesor
Don José Guillén García, junto a otros alumnos,
entre los que recuerdo a Pepito Muñoz Garrigós, nos presentamos
en radio Orihuela para recitar unos poemas que habíamos compuesto
en una especie de certamen que se había hecho en el colegio.
El programa de radio, que nos acogía, era uno de Jotolo, cuyo
nombre ya no recuerdo y la finalidad, recoger fondos para los pobres
en Navidad.
Yo recité mi poema y al término del mismo, vi como se
miraban el profesor Guillén y Pepe Torres, el locutor. Las palabras
que intercambiaron no pude captarlas, pero adiviné un aire de
asentimiento y el nombre de Miguel en los labios de ambos. Yo quise
protestar, gritar que aquellos versos eran míos, solamente míos
y que no los había copiado en ningún sitio, ni tan siquiera
me había inspirado en nada ni en nadie.....
El profesor Guillén, como adivinando mi exasperación y
mi disgusto, me cogió cariñosamente de una oreja y sacándome
del estudio, me dijo: “te pareces mucho a Miguel”....
Aquello fue el último veneno para la última copa desbordada
y varios días después, cuando hacía los preparativos
para marcharme a la ciudad Condal para iniciar mis estudios universitarios,
le pregunté a mi padre durante la cena: ¿Papá
quién es ese Miguel del que hablan?.....
No obtuve ninguna respuesta.
La víspera de mi marcha, encontré sobre la mesita de noche,
un libro envuelto con papel del periódico ABC y una nota sobre
el mismo: -“Léelo hijo y ten mucho cuidado. Que nadie
te lo descubra”. Está prohibido.-
Aquello eran las Obras Completas de Miguel Hernández en un libro
con tapas rojas y papel Biblia.
Aquí comenzó mi descubrimiento de Miguel y aquí
comencé a amar todavía más la poesía y todo
cuanto se movía alrededor de ella.
Mis años en Barcelona, dedicados por completo a mis estudios,
solo se veían interrumpidos cada noche, por la lectura de un
poema de ese libro rojo, prohibido, y camuflado por las hojas del periódico
ABC.
Mi padre, a partir de entonces, me contó muchas cosas de Miguel,
las de ordinario, las de andar por casa, aquellas anécdotas que
se cuentan de forma intrascendente y que van formando poco a poco, la
idea del hombre y su entorno. El me enseñó a reconocer
la situación que se vivía entonces, el sistema de vida
de una familia dedicada a llevar su negocio, su medio de vida, la subsistencia
de todos. El me enseñó a desterrar aquellas cosas que
se decían de un muchacho con cara de bueno, con ilusiones y con
ganas de triunfar en lo que mejor hacía: escribir.
Mi padre, Guillermo Cañizares, Luis Pardinez, Efrén Fenoll,
Carlos Fenoll y el mismo José Mª Soto de Leyva, amigos entonces
y conocedores absolutos de la vida de Miguel, quizás no de su
obra, pero sí de todas sus cosas, tergiversadas por unos y manipuladas
por otros, por aquellos que intentan trasladar, en su total desconocimiento,
las características de una época con sus modos y costumbres,
a la vida actual.

No, la vida de Miguel, en su primera etapa de adolescencia, no fue un
caso excepcional, fue como la de tantos y tantos muchachos que habían
nacido en el seno de una familia humilde dedicada a un negocio del que
todos comían y vivían y cuando se salía de la escuela
sabiendo “leer, escribir y las cuatro reglas” el padre comenzaba
a tener un alivio, incorporando un miembro más al negocio, que
el día de mañana habría de ser suyo también.
Ese era el carácter de la época y no el de torturas, palizas,
y sometimientos al pastoreo obligándole a dejar los estudios,
como algunos se han empecinado en mostrarnos la vida de Miguel.
Pero eso sería otra historia...
Aquí comencé a tomar más contacto con las huellas
de Miguel, a escuchar de viva voz y de primera mano sus cosas y hasta
incluso a recoger pequeñas anécdotas que me confirmaban
todavía más aquellas huellas que estaba coleccionando
para mi vida.
Mi tío Paco, panadero en la tahona, me contó en una ocasión
que Miguel venía todas las mañanas al horno a llevarse
un pan redondo caliente y lo abría por la mitad, para llenarlo
de manteca de cerdo. Después lo envolvía con mucho cuidado
en un gran pliego de papel de estraza y cuando le preguntaba quien le
despachaba que para qué quería tanto papel, él
respondía riendo siempre: de aquí salen hojas para escribir
en la sierra.....
Siempre
tuve muy cerca las huellas de Miguel y no supe o no pude verlas hasta
que llegó su momento.
Hoy recorro su camino por las mismas calles que él construyó
y cada día, descubro algo nuevo de este tortuoso sendero lleno
de versos y veo que sus huellas están allí, llamándonos
a todos y haciéndonos ver lo sencillo que es cantar una “nana”,
lo melancólico y triste que es llorar una “elegía”
y la fuerza que se desprende de ese “rayo que no cesa”.
Miguel, tus huellas han estado siempre ahí.....para tocarlas.
José
Antonio Juan García (Tony Juan)
Orihuela
a septiembre de 2006
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