MONUMENTO
A MIGUEL HERNANDEZ Y JOSEFINA MANRESA
El
Patronato de la Fundación Cultural Miguel Hernández celebró
una reunión en el pueblo de Josefina Manresa, esposa del poeta,
donde Miguel encontró el amor, vivió durante varios años
y donde nació su primer hijo Manuel Ramón.
El
pasado día 19 de diciembre el Ayuntamiento de Cox, tras el acto
oficial, inauguró en la Plaza de la Glorieta el único
monumento dedicado al poeta oriolano, único porque es el primero
dedicado a la familia del poeta, obra del escultor local Ramón
Cuenca Santo. Se ofreció, en el mismo día, al pie de la
escultura, un recital de poesía de la obra universal del poeta
oriolano, amenizado con música de piano en directo, siendo el
deleite de todos los asistentes.
La
escultura de bronce representa al progenitor arropando a su esposa e
hijo. Miguel acoge a Josefina que tan amorosamente sujeta en su regazo
a su hijo tapado con un mantón. La obra expresa frescura, espontaneidad
y vanguardia. En el pedestal del monumento quedan reflejados retazos
de la literatura hernandiana: en él están consignadas
las míticas “Nanas de la cebolla”, también
hay fragmentos de las cartas que Miguel escribía a Josefina y
notas de humor que, desde Rusia, Miguel reflejaba en sus cartas a Josefina.
Dña.
Concepción Gómez Ocaña, Secretaria Autonómica
de Cultura y Política Lingüística, fue la encargada
de la inauguración y reconoció que “actos como el
de hoy, en el que se honra a un poeta como Miguel Hernández y
a la magnífica obra que nos ha dejado, hace que trabajar en el
campo de la cultura me llene totalmente de satisfacción”.
Al
acto, también acudió Carmen Manresa, hermana de Josefina
que, emocionada, dedicó unas breves palabras hacia la persona
del poeta diciendo que “Miguel era un hombre muy bueno, sencillo
y muy querido en el pueblo de Cox, y que su hermana se sentiría
muy orgullosa por este monumento”.
Tras
la inauguración, junto a dos palmeras se plantó una higuera
al lado de la escultura, siendo esta última de un ramal de la
que hay en la Casa Museo del poeta, en la ciudad de Orihuela, obsequio
de ésta.
María
Antonieta M. Lidón
Mayte Sánchez Gómez
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MIGUEL
Y LA FAMILIA
“Sé
que espejo es de la vida; sé que es ave;
cantadora;
regia nave
que nos porta a la región que nadie sabe;
turbadora
bella música suave…”.
Miguel
definió a la familia como una poesía, con más o
menos estrofas, intensa o distendida, más o menos clara, profunda,
alegre o triste como la vida misma.
“¡Poesía!
Yo querría
por un mágico conjuro
o un diabólico poder de hechicería
expresar sublimemente lo que dice a mi estro oscuro
el sonoro nombre puro:
¡Poesía!”.
La
grafología estudia la personalidad a través de la escritura
y refleja todo aquello que de nuestra “psiquis” consciente
e inconsciente desconocemos.
Sobre esto hay un estudio expuesto por compañeras en “El
Eco...”, nº 20 de esta sección, en el cual se estudia
un texto de Miguel Hernández.
Quisiera
destacar lo que se describe de él sobre la familia. Su trazado
largo denota la raíz que siente por su pasado, nostalgia y fervor
por su madre, familia y tradición.
Con
esto, y con todo lo que de él sabemos por su correspondencia,
se reafirma la convicción que Miguel fue un hombre profundamente
familiar.
Esto le llevó a formar su propia familia a pesar de las circunstancias
adversas que rodeaban su vida y su país.
“¡Poesía!
Yo querría
definirla con los versos de una estrofa cincelada
por un mágico poder de hechicería;
más la pobre lira mía
es muy poco para tanto… Menos… ¡Nada!”.
Miguel
era un hombre alegre y resuelto, con autonomía para afrontar
cualquier circunstancia adversa que se cruzara en su camino; de chico
ya había aprendido a lidiar el toro de la vida, de la pobreza
y la injusticia, que tanto defendería a lo largo de toda su obra.
Miguel acostumbraba a decir:
“Consuélate de todo, y lo importante, que no hay nada importante,
es dar una solución hermosa a la vida”.
La
familia de Miguel Hernández estaba integrada por cuatro hermanos:
Elvira, Vicente, Miguel y Encarnación. Él adoraba a su
madre, que siempre lo arropaba; y se quejaba Miguel de lo mucho que
trabajaba ella y sus hermanas, lavando la ropa en las heladas mañanas
a horas tempranas y con una bronquitis que nunca se quitaba. Su madre
se aquejaba de esta enfermedad y padecía procesos de asma.
“Sé
que es ángel esplendente; sé que es fuente de suspiros
que en las bocas se derrama;
mariposa que en los pechos describiendo va áureos giros;
sarta hermosa de zafiros;
hada bella hecha con átomos de llama”.
Con
su padre no se llevaba muy bien. Era un hombre áspero y dictador
que siempre se opuso a los deseos de Miguel y pensaba que seguir el
oficio con las cabras junto a la exportación de ganado con su
hermano Vicente era bueno para ellos. Como hombre antiguo, quería
seguir manteniendo el clan familiar y la tradición de ganadero,
a parte de esto amaba a sus hijos sin manifestarlo, era un hombre recto
y de principios y no quería que un hijo sobresaliera más
que otro.
Vicente siempre acataba las órdenes del padre, Miguel se rebelaba:
sin duda tenía unas inquietudes diferentes a su hermano que debía
cumplir.
“Sé
que es hálito que viene cual insólito cometa
por los mundos siderales del aliento del Señor
y se prende en el espíritu luz del bíblico Profeta
y en el alma sensitiva del Poeta
soñador”.
A
Josefina la conoce en Orihuela en un taller que había en la calle
Mayor, donde trabajaba de modista. Sólo cruzaban las miradas
y paseaban con otras amigas de ella. Comenzó la relación
cuando un cierto día, a la salida del taller, Miguel le entrega
a Josefina un papel doblado por dos veces: era una poesía escrita
a máquina y con letra suya y junto a su nombre, esta frase: “Para
ti”.
“Ser
onda, oficio, niña, es de tu pelo,
nacida ya para el marero oficio;
ser graciosa y morena tu ejercicio
y tu virtud más ejemplar ser cielo.
¡Niña! Cuando tu pelo va de vuelo,
dando del viento claro un negro indicio,
enmienda de marfil y de artificio
ser de tu capilar borrasca anhelo.
No tienes más quehacer que ser hermosa,
ni tengo más festejo que mirarte,
alrededor girando de tu esfera.
Satélite de ti, no hago otra cosa,
si no es una labor de recordarte.
¡Date presa de amor, mi carcelera!”.
Josefina
vivía en el cuartel: en Orihuela le decían la Casa del
Paso. Ahí acudía Miguel en un rellano donde había
una columna, la cual Miguel nombra en sus cartas. En una de ellas dice
así a Josefina:
“Dime
si se ha caído la columna del cuartel donde hemos pasado tantas
horas disputando y queriéndonos. Si se ha caído habrá
sido de pena de no tenernos a su lado a nosotros”.
Y
así pasaron muchos y tiernos ratos juntos Josefina y Miguel con
risas, juegos y chistes. A Miguel le encantaba silbar y cantaba el lenguaje
de los pájaros con toda exactitud, a veces un loro vecino del
balcón donde vivía Josefina lo imitaba a él, en
los silbidos que daba para que bajara ella, también recitaba
poesías a Josefina, que ésta escuchaba con gusto.
En
las paleras pequeñas que tenía en su huerto escribía
Miguel el nombre de Josefina y observaba cómo al ir creciendo
la palera el nombre se hacía más grande:
estaba ilusionado, enamorado.
“Alguien
cuyo nombre quiere
decir:¡Todo!, y que se muere
por pronunciarlo mi boca”.
A Miguel le gustaban mucho los niños y las hermanas de Josefina
se encariñaron con él. A la salida del colegio las niñas
iban a verlo; la casa de Miguel estaba cerca; y ellas se asomaban por
la pared del huerto y siempre lo veían sentado en el suelo, con
la espalda pegada al tronco de la higuera, leyendo y escribiendo. Ellas
tiraban piedrecitas y él las hacía pasar, les daba higos,
recuerdos y alguna nota para Josefina; en una de ellas decía:
“Josefina,
perdóname lo que pasó anoche”.
Se
refería Miguel a un beso que le dio al aire y que después
puso en este soneto de “El rayo que no cesa”.
“Te
me mueres de casta y de sencilla:
Estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, raptor, intrépido de un beso,
yo te libé la flor de la mejilla.
Yo te libé la flor de la mejilla,
y desde aquella gloria, aquel suceso,
tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
se te cae deshojada y amarilla.
El fantasma del beso delicuente
el pómulo te tiene perseguido,
cada vez más patente, negro y grande.
Y sin dormir estas, celosamente,
vigilando mi boca ¡con qué cuido!
para que no se vicie y se desmande”.
Miguel
tenía por costumbre bañarse al mediodía y ponerse
la ropa de los domingos. En los paseos por Orihuela con Josefina era
costumbre dar la vuelta por los puentes y los andenes; el camino de
la estación, a ambos lados habían huertos y tenían
costumbre de comer una lechuga en el trayecto del paseo.
Un
domingo, sentados los dos en un banco de la Glorieta, Miguel cogió
una rosa, la besó y se la dio a Josefina para que la llevara
puesta en el pecho toda la tarde. Le pidió que en cada carta
que le enviara a Madrid le mandara un pétalo.
Su
despedida fue en un día de monte, en San Miguel, donde se acostumbraba
a merendar los días de Pascua, día triste para Josefina.
Desde Madrid le escribía Miguel:
“Sigue
mandándome hasta el último pétalo de tu rosa y
mía, que así me creeré que el tiempo no pasa, y
que estoy en Orihuela todavía como cuando la besamos en los andenes
de la estación”.
Posteriormente,
Josefina encontró en un sobre de sus cartas enviadas a Madrid
un pétalo y ahora era ella quien lo volvía a besar y lo
guardaba con profunda nostalgia.
“¡Quién me ha visto y quién me ve!
¡Quién me vio y quien me ve ahora!”.
Al
poco tiempo de estar Miguel en Madrid, donde trabajaba en Espasa Calpe,
en la enciclopedia taurina, Miguel comenzó a cambiar su actitud
hacia Josefina, y sus relaciones se cortaron por un plazo de seis meses.
Después
de este tiempo, se plantearon su situación: por una parte para
Miguel, Josefina había sido el primer amor de su vida, aparte
de sus escarceos amorosos vividos con una libertad para él desconocida
en Madrid. Seguía pensando en ella, creía que era la mujer
de su vida, en la cual podía confiar y plantearse un futuro con
ella, y todo lo que había vivido fuera de este amor le había
servido para estar más seguro de su cariño.
Por
su parte, Josefina no había dejado de quererle y siempre pensó
en él como el hombre de su vida, no necesitaba plantearse prueba
alguna para estar segura de sus sentimientos. Y sentía mucho
que hubiera habido esa sombra en el amor de ellos dos.
Y
prosiguieron la relación con más ilusión que antes
por parte de Miguel, con unas cartas afirmativas llenas de entusiasmo,
locura, amor y querer.
“El
que no peca no pena:
el que no peca no tiene
nada de que se arrepienta
¡a hacer propias propiedades
si son propiamente ajenas!”.
Para Miguel, su amigo Ramón Sijé era su hermano del alma,
con él compartió aficiones y quehaceres. Sijé refleja
en su correspondencia el descontento sobre el cambio que hizo Miguel
espiritualmente. Aunque Miguel fue siempre el mismo, pero fuera del
ambiente de Orihuela todo lo vio más claro, y su talento lo pudo
expresar como él sentía.
Sijé
era muy católico, y en sus cartas le recordaba a Miguel su pasado,
del cual él estaba arrepentido haber escrito; así le escribía
a Juan Guerrero Ruiz, señalando su “Auto Sacramental”,
publicado en “Cruz y Raya”:
“Ha
pasado algún tiempo desde la publicación de esta obra,
y ni pienso ni siento muchas cosas de las que digo allí, ni tengo
nada que ver con la política católica y dañina
de “Cruz y Raya”, ni mucho menos con la exacerbada y triste
revista de nuestro amigo Sijé”.
“Decir
madre es decir tierra que me ha parido;
es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
sangre”.
Después
de la muerte de Ramón Sijé, Orihuela le dedica una plaza,
y allí estaba Miguel para descubrir la placa y dedicar un discurso
al que nunca dejó de ser su amigo. Decía Miguel:
“...cayó
agotado por la tremenda pelea inagotable de sus pensamientos y sus sentimientos,
sus trabajos y sus fatigas”.
Esa
plaza ya no lleva el nombre de Ramón Sijé. Hace años
que lo cambiaron por plaza del Marqués de Rafal. El nombre de
Ramón Sijé lo pusieron en una calle cercana de Santo Domingo.
Miguel Hernández, en la elocución que dedicó a
su amigo-hermano, comenzó sus palabras con este deseo suyo:
“Quisiera
que esta piedra y esta plaza llevaran siempre el nombre que le ha sido
impuesto: Ramón Sijé”.
“Yo
no quiero ver: ¡llenadme
estos dos hoyos de tierra!”.
Después
de nueve años vividos en Orihuela, la familia de Josefina se
traslada a Elda, donde destinan a su padre. Ella convence a su familia
y marcha a Cox a casa de su abuela; allí esta más cerca
de Orihuela y de Miguel.
En uno de sus encuentros, Miguel le regala una foto, donde está
leyendo un texto dedicado a Ramón Sijé al descubrir la
placa (14 de abril de 1936).
En la foto escribe una dedicatoria:
“A
la paloma mía,
de todo corazón,
para que no me olvide
y me dé siempre amor.
Por sus ojos de garza,
serenos de mirar,
por su boca que quiero
y por su alma de mar”.
Al
mes de llegar Josefina a Cox, muere su padre; y la familia viene a vivir
a este pueblo.
A Josefina le gustaba el color negro. Cuando murieron sus abuelos, fue
como una excusa para vestir de negro. El negro le persiguió durante
toda su vida.
A Miguel no le gustaba el luto y discutían por ello en varias
ocasiones. Desde Madrid, le escribía:
“Quítate
el luto, Josefina querida, para cuando yo vaya, que es un color que
no me gusta nada y me da angustia verlo encima de un cuerpo de mujer”.
“Es
preciso que resistas
un pensamiento de muerte
lo mismo que uno de vida”.
Miguel
y Josefina se casaron el nueve de marzo de 1937, la aplazaron de enero
a marzo por el comienzo de la guerra.
El convite consistió en una comida de arroz y costra cocinada
por la madre de Miguel.
Los testigos de la boda fueron Carlos Fenoll y Jesús Poveda,
estuvieron invitados Josefina Fenoll, novia en vida de Ramón
Sijé, ahora lo era de Jesús Poveda, algún familiar
de Miguel, una tía de Josefina y Bascuñana “El
arriero”, este último a los postres dio suelta a su
voz de barítono y Miguel, puesto en pie, recitó las poesías
que tenía escritas de “Viento del pueblo”.
“Abrazado
a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?”.
Marcharon
a Jaén, donde Miguel estaba destinado en el “Altavoz
del Frente”.
En el trayecto, hicieron noche en Alicante, en un hotel de la Explanada,
mirando el mar, y en Alcoy. La profesión que daba Miguel al presentarse,
decía “escritor y poeta”.
“Me viene el mundo ancho en esta cumbre,
sin ti que me lo ajustas a diario”.
Miguel
lamentaba que sus hermanas en su boda no le regalaran nada, lo decía
con cierta tristeza, como si le hubieran hecho un desprecio esas hermanas
que él quería
tanto.
A su hermano Vicente sí le regalaron en sus dos matrimonios.
Miguel sólo recibió de regalo un reloj de su buen amigo
Vicente Aleixandre, reloj que tuvo que vender en Rosal de la Frontera.
Él decía: “el único obsequio que he tenido
en mi casamiento, y lo he tenido que vender”.
“Nada
de cuanto miro y considero
mi desaliento anima”.
A
los pocos meses de su llegada a Jaén, Josefina regresa a Cox,
debido a la muerte de su madre.
Y allí nacería su primer hijo, llamado Manuel Ramón,
Manuel, por el padre de Josefina, y Ramón por Sijé.
Era un niño muy hermoso y se parecía a Miguel.
Miguel no se encontraba en su nacimiento, como era su deseo. A su llegada
le anticiparon que tenía un chico, y bajó del coche llegando
a casa corriendo, y cogiendo al niño en brazos, temblaba de alegría,
le traía mucha ropita, rosa y azul. Le habían pagado tres
mil pesetas por la edición de “Viento del pueblo”.
Este niño enfermó y murió a los diez meses, Miguel
volvía de Callosa con unas vitaminas para él, y ya había
muerto con gran pena decía: “ni lo he visto nacer, ni morir”.
“Bala
una oveja triste y malparida.
¡Cuánto, amor, cuanto siento en esta hora
de alicaída luz y mundo inerte
el largo desamparo de mi vida
que tu ausencia demora
y la emoción divina de la muerte!”.
Miguel, con raíces en sus costumbres; deseaba calzar sus esparteñas,
amaba a su pueblo, a su gente, la naturaleza y la luz de Orihuela.
Quería, al terminar la guerra, escribir teatro en América,
también pensaba escribir sobre los animales y la naturaleza;
por ello viajaba al extranjero, para abrirse horizontes. Le escribe
a Josefina:
“Es
muy bonito Moscú, pero no tanto como Cox”.
Miguel,
con añoranzas de sus vivencias pasadas; hablaba con pena, lo
mucho que le gustaba estudiar y su padre sólo le dejó
acudir a la escuela hasta los catorce años, él estudiaba
por la noche en la cama, su madre le apagaba la luz, temiendo que cayera
enfermo.
Y recordaba las multas que pagaba su padre por meterse las cabras en
los sembrados, mientras él se embelesaba en sus versos. Y lo
gratificante que eran esas tertulias en la tahona de los hermanos Fenoll.
“¿Qué hice para que pusieran
a mi vida tanta cárcel?”.
Miguel,
con familia y tradición, pero siempre dentro de la naturaleza.
Josefina, viviendo con Miguel en Cox, y mirando una cabra, le dijo a
Miguel:
“¡Que
lástima me da que la cabra sea cabra!”.
Y
Miguel respondió:
“A
lo mejor ella se está compadeciendo de ti porque eres persona”.
“Cuando
te hablo del muerto
se te quedan las manos
quietas sobre mi cuerpo”.
En
Cox nació su segundo hijo, Manolillo al que tanto pedía
ver, al que le hacía juguetes, al que le escribía cuentos
y poemas. Todo esto en la cárcel.
Miguel hizo un recorrido por varias cárceles de España.
En 1939, le dejaron libre, al no haber ni un solo papel que lo imputara.
A la salida vino de Madrid a Cox, y Orihuela, andando; su amor a la
familia le hizo venir, pensó que sus raíces, su pueblo
y su gente que tanto amaba, no le delatarían y se equivocó.
Comenzó
su peregrinar y acabo muriendo en Alicante.
“Aquí
estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte”.
Contrajo
varias enfermedades y se preocupó más de su gente que
de él mismo, con su humor enmascaraba su enfermedad. A su padre
le temblaba el pulso, y no le podía escribir. En 1940 le decía:
“Me
gustaría que el padre, que tú, padre, me dieras noticias
de los dos directas, con esa letra doctoral que tú escribes,
mejor dicho, escribías”.
“Todo
aquel que ciego nace
con esperanza de ver
no tiene tanta penita
como el que ha visto y no ve”.
Su
madre componía sus cartas para Miguel con la ayuda de las vecinas.
Y Miguel le contestaba:
“Madre:
¿Qué tal vas de salud? Me imagino que como siempre, flojilla
y con fiebres diarias. Cuídate mucho”.
En
dos ocasiones envió trabajos a Josefina desde la cárcel,
que ella guardaba en un baúl. Así le decía Miguel:
“Yo
trabajo algo. Guarda bien esos originales que os envío donde
están los otros. No se pierdan, que no tengo copia. Sí
tengo cinco o seis libros escritos, cuando salga de aquí tenemos
pan seguro cuando se publiquen …”.
“No
sé cómo me queda resistencia
para seguir muriendo hasta otro día”.
Cuando
lo trasladan a la prisión de Alicante, Miguel contagiaba con
su alegría, estaba más cerca de los suyos, pudo ver a
su niño y a Josefina, hermanas y sobrinos; todos los viernes.
Miguel en la cárcel con su optimismo se decía para él:
“A mejorarse Miguel”. Y seguía escribiendo además
de contestar la correspondencia, a familiares y amigos. De algunas de
ellas destacamos estos breves fragmentos desde Alicante.
“2
de agosto de 1941
Mi querida esposa: Dime en tu carta lo que no te oí ayer, Josefina.
Tampoco pude besar al niño, y si no consigues otra comunicación
extraordinaria, no será posible mientras que permanezca aquí.
Es una vergüenza que en sus peleas venza Rosita a Manolillo. Has
de enseñar a boxear al niño para que su prima salga llorando…”.
“8
de agosto de 1941
Mi querida esposa: Hoy ha venido muy alegre y simpático mi hijo
y tuyo, Josefina; a ver si el próximo viernes le oigo hablar…”.
“16
de agosto de 1941
Mi querida esposa: Tengo alegría para toda la semana con la que
nuestro niño me ha dado hoy hablándome y riéndose
tanto. Ya me conoce muy bien…”.
“23
de agosto de 1941
Mi querida esposa: Se ve que Manolillo ha aprendido bien el disco de
Papá, porque lo repetía ayer tanto que aún me estoy
riendo…”.
“30
de agosto de 1941
Mi querida esposa: Me ha parecido nuestro hijo más grande y más
hermoso ayer. Tiene una lengua muy clara y estoy deseando oírle
más…”.
El
día 24 de septiembre los reclusos tuvieron un día especial.
Miguel compartió esa jornada con su hijo y sobrinos.
“10
de octubre de 1941
Querido Carlos: Recibí casi a un tiempo tu carta y el paquete
enviado desde Toledo. Fuiste oportuno: Al día siguiente de recibir
los comestibles tuve conmigo excepcionalmente a mi hijo durante una
hora. Comió conmigo, y charló conmigo…”.
Miguel,
con la muerte: quería sobrevivir, le faltaba mucho por hacer
y notaba que se le iba la vida, ya no podía comer ni moverse,
pedía a Josefina líquidos, sustancias y ponches de huevo.
Dos días antes de su muerte fue aprobado su cambio a un hospital.
No quisieron sacarlo, estaba muy débil y hacía mucho frío.
Miguel, enérgicamente, dijo:
“Para
el viaje, inyecciones conmigo, mantas
conmigo. Si no me sacáis de aquí, me muero”.
Al
niño lo vio dos días antes de morir, la víspera
antes de su muerte pidió verlo y sólo pudo estar con Josefina
y su hermana Elvira. Murió esa madrugada.
“A
veces me digo con honda tristeza:
¿Vendrá a mí aún el hada vendita que huyó?...
Mi frente surcada, mi cana cabeza
y el fuego de mi alma que a helarse ya empieza,
responden con mudas palabras: ¡No! ¡No!”.
En
la lápida las letras están grabadas, las pintó
Miguel Abad Miró; pintó en rojo “poeta”, y
la primera letra del nombre y apellido y lo demás en negro. Ahora
están todas en negro; la fecha de nacimiento estaba equivocada
en un año de más.
Después de su muerte, Josefina tuvo que guardar fuera de su casa
todo el material inédito de Miguel.
“Por
las calles voy dejando
algo que voy recogiendo:
pedazos de vida mía
venidos desde muy lejos”.
Hubo
personas que se hallaban presas con Miguel y recogieron esos papeles
que, dicen, encargó él que destruyeran. Ellos no cumplieron
el encargo y los publicaron en revistas sin autorización. Se
aprovecharon editoriales y amigos, que no lo eran. Por esto, algunos
poemas han ido saliendo con tantas erratas y variantes.
“Ayer
se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo”.
A Miguel no le gustaba conservar todo lo que escribía, él
rompía las copias si no le parecían buenas. De pequeño
sí le hacía ilusión recopilar sus escritos, que
se encontraban en muy mal estado.
Aparte de los apuntes de su infancia, Miguel tenía material inédito
en casa de sus padres que Josefina desconocía. Efrén Fenoll
se lo dijo en Orihuela, que Elvira y él habían apartado
en un sobre algunas composiciones de Miguel publicables, entre ellas,
la Elegía a la hermana de Fenoll “la panadera”. Josefina
se lo comentó al padre de Miguel, y éste con rapidez,
sacó de su dormitorio una cantidad de paquetes que a ella le
asombro. Dice Josefina:
“Cuando
el padre de Miguel me dio lo que tenía de su hijo, con toda su
honradez, emocionado y con pena, demostrando que me correspondía
a mí, tenerlo”.
“Todo
está lleno de ti,
y todo de mí está lleno:
llenas están las ciudades,
igual que los cementerios
de ti, por todas las casas,
de mí, por todos los cuerpos”.
Antonia
Costa
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