POVEDA, JESÚS, Vida, pasión y muerte de un poeta: Miguel Hernández. Memoria-testimonio, México, Ediciones Oasis, 1975.

Escrito durante el largo exilio que padeció en México, esta peculiar biografía de Miguel Hernández comienza, sin embargo, con las impresiones y sensaciones que asaltaron a Jesús Poveda durante su viaje de regreso a España. Pues desde que se exiliara. 36 años atrás, ni él ni su esposa, la que también fuera novia de Ramón Sijé, Josefina Fenoll, no habían tenido la oportunidad de regresar a la ciudad en la que vivieron gran parte de su vida. Es por ello que no debe extrañarnos que las primeras páginas de la novela estén inundadas por una evidente e incontenible emoción, al volver a recorrer unas calles repletas de recuerdos y sentimientos muy diversos y antagónicos. Pero aún así, a pesar de que hayan transcurrido más de treinta años desde que todo lo que nos va a narrar sucediera, afirma que el tiempo no tiene por qué empañar la veracidad de unos hechos que, en su corazón, siguen manteniendo la claridad de antaño.

“Uno tras otro día, he llevado en mi existencia de hombre alejado de su patria, todos los recuerdos que aquí evoco (...) como si hubieran sido vividos por otro ser que no fui yo (...) He aquí por qué saco a la luz del día estos recuerdos, y ojalá sirvan para algo en el curso de la historia de mis amigos de Orihuela”.

El libro está dividido en ocho partes, en cada una de las cuales, y paralelamente a la biografía de Miguel Hernández, también podemos encontrarnos con los más recónditos recuerdos de Poveda acerca de aquel tiempo pasado que, con motivo del viaje, se ha propuesto rememorar, y que van desde todo lo referente a la figura de Carlos Fenoll, su cuñado y compañero inseparable durante los años de la guerra civil, hasta su exilio en Francia y México.

En la primera de ellas, se detiene en su regreso a Orihuela, 36 años después de que se viera obligado a marcharse. La emoción inunda unas páginas que describen el emotivo regreso a la ciudad que fuera testigo de muchos años de su vida, paso previo a poner en orden sus recuerdos y comenzar por el año 1928, cuando trabó amistad con Ramón Sijé. Asistiremos a la formación del grupo literario de la Tahona, las vicisitudes en la creación de la revista Voluntad o las de El Gallo Crisis. Pero comienza ya a aparecer la figura de Miguel Hernández, quizás en un discreto segundo plano hasta ahora, pero que comienza a erigirse en el auténtico hilo conductor del texto. Y es precisamente en Voluntad donde, por mediación del panadero Carlos Fenoll, conoce Poveda de la existencia de Miguel Hernández. El poeta-cabrero deja sorprendidos a todos ellos con su poema “El Nazareno”.
Será una tarde en la que Miguel Hernández volvía de pasear a las ovejas.

“Llegaba el poeta de la huerta de Orihuela y hacía su entrada con el rebaño de cabras por las puertas de la ciudad (...) Carlos, Sijé y yo nos adelantamos a su encuentro, como si nos hubiéramos hallado con un personaje de leyenda, y estrechamos su rústica mano de pastor, y él se rió y se alborozó: ya tenía tres amigos verdaderos”.

Es en esta primera parte, la que tiene lugar en Orihuela, en la que se aportan la mayor cantidad de datos fiables de toda la obra. La razón es muy simple: las fuentes que utiliza Poveda provenían de su propia relación con Hernández, así puede evocar todo tipo de situaciones y conversaciones que mantuviera con él. Refiriéndose a la relación entre Miguel y Sijé, que de este modo pudo Poveda seguir muy de cerca, hace muy interesantes apuntes:

“De la influencia que ejerció en el poeta de Orihuela su compañero y amigo Ramón Sijé se ha hablado mucho y no siempre con la verdad. Sijé, ciertamente, trató no una, sino muchas veces, de atraerse al poeta hacia su mundo de ascética perfección cristiana (...) El asceta que había en Sijé, no lo había en Miguel Hernández. Eran dos polos muy opuestos”.

Lo define en contraposición a Ramón Sijé:

“Miguel Hernández, en cambio, era como un pedazo de la tierra de España, como un surco de su huerta: naturaleza viva todo él, todo su mundo, toda su gente”.

Para pasar a retratarlo sin tener en cuenta la siempre alargada sombra que la figura de José Marín supuso en la vida de Miguel Hernández:

“De la imagen del poeta se han hecho muchos retratos hablados (...) Él era la estampa clásica de nuestro hombre de aquella huerta oriolana (...) Era muy aseado y vestía con sencillez de pueblo (...) Su risa pecaba de ingenuidad infantil (...) Pero no se crea por esto que era extrovertido, pues más bien era todo lo contrario. Heredó de su padre una seriedad muy peculiar, que lo hacía parecer ante las gentes como retraído o misántropo”.

Los tres siguientes capítulos, aunque intermitentes, siguen teniendo la ciudad de Orihuela como telón de fondo. En el segundo de ellos se centra en su cuñado, Carlos Fenoll y en la revista Silbo. Los pliegos amarillos de esta revista, que sólo verían la luz en dos ocasiones, y que fueron ideados como una publicación en la que debían aparecer trabajos inéditos de algunos autores oriolanos, incluía también distintas monografías literarias a modo de pequeños volúmenes o anexos.

“Llegamos así al año de 1936 (...) Nuestro destino estaba escrito y nuestro mundo lo sería de elegía, solo para cantar durante casi tres años las muertes y los llantos, el luto de la España ancestral”.

España está ya en guerra, y mientras Poveda y Fenoll parten hacia Barcelona, Miguel lo hace rumbo al frente de Madrid. Tras evocar sus muchas penalidades en el frente, siempre junto a su inseparable cuñado, cuenta el episodio de aquel encuentro que tuvieron con Miguel Hernández en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, en Madrid:

“Empezábamos a gozar las delicias de una cama limpia cuando se presentó Miguel Hernández ante nosotros. Iba muy abrigado (...) Nos habló de su vida en el frente y de que quería acostarse temprano para levantarse de madrugada. Su vida de guerrero se la había tomado muy en serio y a nosotros nos dejó aquella noche con ganas de que nos hubiera contado muchas cosas”.

Ya no volverán a ver al poeta hasta principios de marzo del año 1937, cuando Poveda asistió como testigo a la boda de Miguel Hernández con Josefina Manresa. Lamentablemente para él, tuvo que regresar pronto al frente, pero no olvida a aquel hombre al que dejó en Orihuela enfermo, pues afirma que “aquella lucha le absorbía todo su ser”.

Llegados a este punto, los caminos de ambos se separan definitivamente. El texto cobra unos carices más autobiográficos que propiamente biográficos, pues narra la experiencia de Poveda en el frente del Ebro, su prendimiento y posterior estancia en el campo de concentración de Saint Cyprien, en los pirineos orientales, y su posterior liberación por parte del ‘Comité Británico para la Ayuda a los Refugiados Españoles’ (junto a otros artistas e intelectuales de la talla de Juan Gil-Albert o Ramón Gaya), iniciándose su vida de refugiado político.

Esperando a que su esposa, Josefina Fenoll, pueda reunirse con él en Francia, se traslada a Perpignan primero y a Tolouse después, donde el 14 de julio de 1939 se producirá por fin el feliz reencuentro. Esperando noticias de Miguel Hernández pasarán los meses siguientes, sumidos en la angustia por la situación de su amigo y desazón por la de su propio país. En 1940, sin embargo, llega su definitivo a exilio a América.

La séptima y penúltima parte en la que divide la obra la dedica a reivindicar la figura de Carlos Fenoll durante sus años de posguerra, aportando las cartas que el propio Fenoll enviara a Poveda durante todos aquellos años (además de una entrevista en la que Fenoll se refiere directamente a Miguel Hernández).

Una vez ya hemos visto retratada tanto su relación con el oriolano, así como su visita a su ciudad natal más de treinta años después, Poveda dedica la última parte de su obra a realizar un análisis de la obra hernandiana. Afirma que ‘escarbar en tan frondoso huerto como lo es la obra poética de Miguel Hernández no es tarea fácil, pero sí halagadora’. Así, sus temas principales, vocabulario más recurrente, colaboraciones en prensa o circunstancias en las que sus textos fueron escritos, centrarán el contedido del capítulo. Pero, además, Poveda incluye unos curiosos ‘Acertijos de Perito en lunas’, en los que adjunta las explicaciones que de los títulos de la obra hiciera Francisco Martínez Marín.

El libro concluye con una ‘Sinopsis cronológica de la obra hernandiana’, que divide en un primer, segundo y tercer periodo, más un periodo que no duda en calificar de ‘trágico’ (refiriéndose, indudablemente, a los últimos años que el oriolano vivió encarcelado). Ofrece además una biografía primaria descriptiva, otra compuesta por poemas sueltos, mezclada con ensayos y artículos sobre el poeta, así como algunas traducciones.

Y para finalizar, nada mejor que las palabras del propio Jesús Poveda refiriéndose a su relación con el oriolano. Tres textos en los que podemos comprobar que, al menos en la primera etapa de sus vidas, su relación sí fue cercana. Así, no duda en hacernos partícipes, por ejemplo, de las confesiones que Hernández le hiciera acerca de su pasión por escribir, a pesar de las dificultades que encontraba en su camino:

“(...) El poeta me confesó que se pasaba muchas horas que le robaba al sueño escribiendo sobre este viejo arcón, pues no tenía para ello ni una rústica mesa de pino (...) En este mismo mueble guardaba todos sus cuadernos y toda su producción inédita, y allí vi y comprobé por mis ojos, que ya llevaba escritos más de mil versos en todas las métricas, y muchos y variados intentos de piezas cortas de teatro, que era lo que le gustaba hacer”.

O evocar aquella sincera amistad que se profesaron durante apenas unos meses pero que él sigue guardando con evidente cariño y hasta orgullo:

“Empezaba a caminar el año 1930 (...) Desde aquel día nos hicimos íntimos amigos de Miguel. Hasta entonces (...) no comentaba con nadie de Orihuela lo que iba naciéndole de su pluma”.

En definitiva, una de las personas que mejor conoció a Miguel Hernández en aquella su primera etapa en Orihuela; una de las opiniones más autorizadas que podamos encontrar para reconstruir aquel cenáculo literario que se formó en la Tahona y que tan buenos frutos dio. Pero también una visión desengañada de la guerra, y emocionante regreso a casa, 36 años después. Aunque, las palabras de Poveda acerca de Miguel Hernández debamos buscarlas mucho antes...

“Él era maestro de sí mismo y este libro nos vino a demostrar a todos que el poeta tenía su propia personalidad. Para hacer esta poesía se requiere tener un dominio absoluto del lenguaje y mucho oficio de poeta”.

Óscar M. Ferrández
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