“APUNTES PARA EL RETRATO DE UNA AMISTAD”

Con motivo de las ‘I Jornadas Hernandianas’ que han tenido lugar en Moscú y San Petersburgo, nos llegan, de la mano de César Moreno, estos Apuntes para el retrato de una amistad, una revisión de la amistad entre el malagueño Manuel Altolaguirre y el oriolano Miguel Hernández, que aunque no muy duradera sí dejo huella en ambos. Pero lo que en principio parece un intento por reconstruir la relación, no olvidemos que estamos en el año del centenario del malagueño, y aportar nuevos datos sobre la figura del oriolano, en este caso de carácter editorial, el texto también se convierte en un velado y merecido homenaje a uno de los mejores impresores, así como poeta injustamente olvidado, de toda la generación del 27. Y si avanzamos en su lectura, y como si de una ‘matrioshka’ rusa se tratase, van surgiendo toda una serie de temas que conforman un amplio abanico del panorama cultural de aquella época, en el que los dos protagonistas de esta historia estaban inmersos. Así, además de la peculiar relación entre Hernández y Altolaguirre, tendremos noticia de Caballo verde para la poesía, la colección de poesía ‘Héroe’, el convulso y cultural Madrid prebélico o el panorama literario de La Habana en los años 40, entre otros.

La primera pincelada de este retrato nos remite a un calle madrileña, Viriato, y a un número de la misma, el 73. Puede que algún lector poco avezado en estas lides no encuentre significado alguno a los mencionados nombre y número, pero lo cierto es que albergan alguno de los momentos más significativos de la historia literaria española de la primera mitad del siglo XX. Pues si la bella Casa de las Flores, residencia del chileno Pablo Neruda, o el número 3 de la calle Velintonia, donde reposaba el eterno Vicente Aleixandre, eran refugio de reunión y poesía para aquellos jóvenes poetas del 27, el lugar donde todos sus sueños se plasmaban en fino papel y caracteres bodónicos era la imprenta de Manuel Altolaguirre. Caballo verde para la poesía, posiblemente la revista más bellamente impresa pero la que, paradójicamente más ha visto sobredimensionado su contenido será el primer nexo de unión entre poeta e impresor, pues a raíz de la colaboración del oriolano en dicha revista, con su poema “Vecino de la muerte”, y seguramente fascinado por la capacidad para editar de Altolaguirre, Hernández pedirá a éste que edite su nuevo poemario: El rayo que no cesa. Los Altolaguirre, que por aquel entonces habían comenzado a dar forma a su colección de poesía ‘Héroe’, con obras del calado y trascendencia de Misteriosa presencia, de Juan Gil-Albert, El joven marino, de Luis Cernuda, Phoenix, de Manuel Machado o Las islas invitadas, del propio Altolaguirre, incluyeron entre ellas El rayo que no cesa, la obra de sonetos amorosos que hizo un hueco, pequeño, modesto, pero hueco al fin y al cabo, al joven poeta oriolano entre la nómina de artistas de la época. Así, El rayo que no cesa, ese ‘libro de amor (...) pero doloroso y terrible’, como lo califica Moreno, se acabó de imprimir el 24 de enero de 1936, quedando pendiente su pago. Miguel Hernández, en carta a Carlos Fenoll, afirmaba que tenía muchas esperanzas puestas en vender todos los ejemplares para poder pagar así la edición de Altolaguirre. Una edición que, además, y de todas las que editara el malagueño, es quizás la que más parecido guarda con el Caballo Verde para la Poesía. Aún así, y a pesar de haber tenido la oportunidad de, por un instante y durante unas pocas líneas, ser testigos de excepción de algunos de esos momentos de preparación e impresión de esta obra hernandiana, la relación entre ambos, recién surgida y con visos de fraguarse, se truncaría, sin embargo, por motivos nada agradables y conocidos por todos.

En ‘Las armas y las letras’, nuestra siguiente parada, observamos como la agitación y propaganda de aquellos textos y aquellos días comenzó a trazar ya caminos totalmente distintos para ambos escritores. Mientras Miguel Hernández se vio inmerso en lo más cruento de la batalla, formando parte del mismísimo frente, Manuel Altolaguirre siguió con sus labores de impresión, pero zambullido en aquel proyecto, nacido, en las antitéticas circunstancias de bella poesía y guerra, que fue la revista Hora de España.

Tras la guerra, los caminos toman rumbos diametralmente opuestos. Los Altolaguirre, emprenden rumbo a Méjico, permaneciendo más de tres años en un ‘intermedio cubano’ motivado, inicialmente, por la enfermedad de su hija Paloma. Mientras, Miguel Hernández cae preso definitivamente en Orihuela, y da comienzo su calvario de cárceles y prisiones para acabar ya no solo con su salud, sino también con su vida. Llegados a este punto, es cuando el texto nos entrega su más valiosa aportación. Creyendo Altolaguirre que Miguel Hernández había muerto, pues así constaba en el número del 6 de agosto de 1939 de la revista cubana Carteles, se entrega a la edición de una obra homenaje a su poeta y amigo. Qué mejor manera de sublimar una amistad para un impresor que editar unos poemas en memoria del amigo ausente. Así, en la colección ‘El Ciervo Herido’, ve la luz Sino sangriento y otros poemas, una antología de poemas del oriolano de la que, según el autor del texto, existen contadísimos ejemplares. Los 13 poemas que componen la obra, rescatados según Moreno de la biblioteca de algún amigo cubano, está formado, entre otras, por las siguientes composiciones:

“Sino sangriento”
“Égloga”
“Vecino de la muerte”
“El niño yuntero”
“Sentado sobre los muertos”
“Recoged esta voz”

La ‘coda final’, el triste colofón a aquella relación de amistad truncada por la guerra, comienza con la definitiva muerte, en marzo de 1942, de Miguel Hernández en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Comienzan entonces toda la suerte de actos, re ediciones y homenajes que tendrán como cometido honrar al poeta muerto en tan valerosas pero tristes circunstancias. De entre las más destacadas, reconstruye Moreno la que el 20 de Enero de 1943 tuvo lugar en el Palacio Municipal de la Habana, que homenajeaba al “gran poeta español muerto en una cárcel franquista”. Organizado por el Frente Nacional Antifascista y el Comité Pro-Homenaje a Miguel Hernández, editándose un cuadernillo, con motivo de dicho acto, en el que autores de la talla de Nicolás Guillén o Juan Chabás entre otros, rendían un justo tributo al oriolano con sus textos. Aún así, sorprende que en dicho cuaderno no se incluyera texto alguno de Altolaguirre, pues afirma Moreno que por aquellas fechas todavía no había emprendido rumbo a Méjico, pero sí que escribió un poema en homenaje a su querido amigo, que se nos transcribe como punto y final.

Un cuaderno, este que, en definitiva, si bien por un lado ha servido para que obtengamos una nueva visión, otro trocito de ese gran puzzle que conforman todas aquellas relaciones humanas y literarias que el oriolano cultivó a lo largo de toda su vida, nos presenta a su vez la figura de un gran poeta a la sombra de los otros grandes del 27, pero sin el que los sueños de Cernuda, Lorca o Alberti no se hubiesen visto sublimados de tan elegante manera. Pero también una reivindicación de alguien que, además de amar tanto la poesía que no le importó dejar de escribir la suya propia con tal de editar la de otros. El cuaderno, editado imitando tanto la tipografía como el formato de Caballo verde para la poesía, hace que el homenaje de Moreno se nos revele como doble: no solo desde el bello fondo, sino también desde la preciosa forma.

Óscar M. Ferrández
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