TRES ILUSTRES AMIGOS (UN TRIÁNGULO GENIAL)

Miguel Hernández tuvo una dilecta amistad con Vicente Aleixandre y María Zambrano

Quizá Vicente Aleixandre no tuviese una gran amistad con María Zambrano, y, aunque no se conocen datos, es muy probable que entre las muchas conversaciones mantenidas con ambos –Miguel hablase de su amistad, con el que estaba ausente, así pues aunque no se tratasen mucho, con toda seguridad se conocían a través de Miguel. La fatalidad les unió a los tres -entre otras muchas cosas-, el haber vivido acosados siempre por el sufrimiento de sus enfermedades. Miguel con sus terribles cefaleas producidas por su anemia cerebral; María Zambrano con una larga convalecencia por el colapso sufrido en su infancia, la tuberculosis que trunca –en parte- los años de actividad política y cultural y por último una larga cadena de achaques en su senectud; y Vicente Aleixandre, a causa de su tuberculosis renal en 1932, le fue extirpado un riñón, teniendo que convivir con esta deficiencia renal.

A los tres les unía sus fabulosas dotes creativo-literarias, su amabilidad, sinceridad, entrega y cariño por los demás –una inmensa humanidad-.

De un escrito de María Zambrano sobre Miguel Hernández: [“... no puedo precisar cuándo y cómo le conocí. Llegó a Madrid en el año 1934, y al llegar a mi casa de hija de familia (vivía entonces en Plaza del Conde Barajas, cercana a la Plaza Mayor) enseguida llevado por alguno de los poetas que la frecuentaban, y el conocernos, debió ser cosa de un instante”]. “Venía a casa y salíamos a pasear por aquellos lugares de la entrada de Madrid, cuesta abajo calle de Segovia para sentarnos algún rato en el puente o sobre alguna piedra a la entrada de la Casa de Campo, solos o como si estuviéramos abandonados. Por mi parte pasaba un momento difícil y creo fuera ello lo que nos unió tan diáfanamente”.

Cuando vuelve María a España -el mismo día que cae Bilbao- con su esposo, el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, secretario de la Embajada de la República en Chile, le preguntan: por qué vuelven si la guerra está perdida, y responden: ”por eso”.

Vicente Aleixandre diría de Miguel Hernández que era un joven “ciegamente generoso”. De él escribió: ”Era puntual, con puntualidad que podríamos llamar del corazón. Quien lo necesitase a la hora del sufrimiento o de la tristeza, allí le encontraría, en el minuto justo. Silencioso entonces, daba bondad con compañía, y su palabra verdadera, a veces una sola, haría el clima fraterno, el aura entendedora, sobre la que la cabeza dolorosa podría reposar, respirar. Él, rudo de cuerpo, poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma no sólo vidente, sino benevolente. Su planta en la tierra no era la del árbol que da sombra y refresca. Porque su calidad humana podía más que todo su parentesco, tan hermoso con la Naturaleza.

“Era confiado y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos”.

Miguel Hernández escribió: “...exigir y procurar con todas mis fuerzas una justicia, una alegría, una vida nueva para la mujer”.

El 21 de agosto del 37, en el Ateneo de Alicante le tributan un homenaje. En su intervención afirma:”Vivo para exaltar los valores del pueblo y, a su lado, estoy tan dispuesto a vivir como a morir”.

En su libro Viento del pueblo (escrito en 1936-1937), que dedicó a su amigo Vicente Aleixandre, afirma en el prólogo: “Nosotros venimos brotando del manantial de las guitarras acogidas por el pueblo...”.

Vicente Aleixandre y María Zambrano son dos autores destacados de la generación del 27; Miguel Hernández, conoció a muchos de sus miembros y fue, a su vez, conocido por ellos, pero no llegó a conocer a la del 36, a los que situó ante su umbral.

Vicente Aleixandre recibió varios homenajes, obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1933. Nombrado miembro de la R.A.E., en 1950, Premio Nacional de la Crítica en 1968 y premio Nobel de Literatura en 1977.

María Zambrano, la aventajada discípula de J. Ortega y Gasset con su huidiza figura, no fue capaz de zafarse de una infinidad de homenajes: Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, Premio Miguel de Cervantes en 1988, etc.

Miguel Hernández recibió sólo un premio en su vida: el del Certamen de Poesía de la Sociedad del Orfeón Ilicitano con su poema “Canto a Valencia”, en marzo de 1931: una escribanía que tuvo que empeñar por 30 pesetas, para devolver el importe gastado del cobro de la leche en el taxi que les llevó a él y a su amigo Carlos Fenoll hasta Elche, por lo que aún tuvo que agregar 4 pesetas. Mejor dicho, fueron dos: otro hecho que le llenó de felicidad -algo inusual- el 21 de agosto del 37, el Ateneo de Alicante le organiza un homenaje (algo muy apreciado por los escritores), arriba mencionado. Además tuvo muchos y buenos amigos que le entregaron su amistad y que le recordaron; él a su vez correspondió –nada existe más importante que el amor y la verdadera amistad-. Una vez fallecido tiene la Asociación de Amigos con su Boletín Hernandiano Silbos. Pero eso no es todo, tiene Miguel, la Senda del Poeta (una peregrinación de devotos seguidores por siempre jamás (ambos proyectos cuentan con un guía ilustre: el perseverante Francisco Esteve Ramírez). La Fundación Cultural (de ardua e infatigable investigación y divulgación) con su Centro de Estudios, el de Investigación, y en su web “El Eco Hernandiano” una revista digital dedicada al poeta, además de la Casa Museo y la Sala de Exposiciones, y la probabilidad de la restauración de la Casa Natal, que, al parecer, el edificio albergará un archivo audiovisual sobre la vida y obra de Miguel Hernández para los investigadores.

A título póstumo fue nombrado Doctor Honoris Causa en 1998 por la Universidad pública “Miguel Hernández”, de Elche (Alicante).

Manuel-Roberto Leonís Ruiz
Orihuela, marzo 2005.
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