LA CRITICA HERNANDIANA DE DOMENCHINA

Miguel Hernández merece la atención y el estímulo de los amigos de la verdad y de la belleza. Por lo que ya es Miguel Hernández y por la significación latente de su numen, me cumple escribir, sin reservas ni atenuaciones, el elogio de este singular poeta de España’. Son palabras del poeta, crítico, traductor y novelista madrileño Juan José Domenchina Moreu (1898-1959), uno de los primeros en darse cuenta del valor poético de Miguel Hernández. Domenchina se ocupó del poeta de Orihuela en tres ocasiones: las dos primeras, en el periódico La Voz, de Madrid, antes del estallido de la guerra civil; y la tercera, en su libro Antología de la poesía española contemporánea (1900-1936), editado en México a mediados de los años cuarenta.

Afirma el filólogo Aitor L. Larrabide que Domenchina permanece en el olvido, ‘porque la llamada generación del 27 se encargó de que en la nómina de sus miembros no figurara este escritor madrileño’, y añade que ‘en una época como la que vivimos, tan poco exigente con sus críticos, sin ánimo de revisión histórica y con escasez de valores dignos de mejor causa, la figura del crítico Domenchina se nos antoja modélica’. Su poco aprecio por el compadreo literario, su casi nula presencia en las revistas literarias del 27, su compromiso con los ideales republicanos -fue secretario particular de Manuel Azaña-, su fervor ‘juanramoniano’, el vacío que algunos poetas del 27 le hicieron , su duro exilio mexicano -donde murió- y los tópicos ‘han desdibujado el contorno de un poeta y crítico culto, insobornable y riguroso. Fue su independencia de criterio la causa de la inquina contra su magisterio’, finaliza Larrabide.

La primera aproximación de Domenchina a Miguel Hernández fue un artículo publicado en el citado diario el 25 de noviembre de 1935, bajo el título ‘Anunciación y elogio de un poeta’. Este trabajo está recogido en el libro Nuevas Crónicas de Gerardo Rivera (Barcelona, 1938). El crítico madrileño escribió entonces que ‘este poeta, desconocido conocedor de la poesía, se anuncia, pronuncia, revela y rebela escuetamente, acompañado de todas las soledades del espíritu, sobre la lucidez de su temperamento. ¿Quién es Miguel Hernández? Él mismo nos responde desde las revistas que inauguran el orto de sus hallazgos: desde sus mocedades. Sin propósito de aconsonantar los dones característicos de este poeta, no es inútil decir que ‘puericia’, ‘primicia’ y ‘pericia’ se acomodan en él como pasmo y conciliación de virtudes incompatibles’. Más adelante, defiende la coherencia hernandiana: ‘no por transitar publicaciones de distinto género pierde Miguel Hernández la brújula ni el espíritu de su itinerario. Ninguna de las revistas que acogen sus versos le ‘contiene’, porque su pasión sin énfasis resulta imposible de contener’.

Recuerda el crítico madrileño que el poeta ‘amanece, quebrando albores, con madrugón no intempestivo, en ‘El Gallo Crisis’, de Orihuela. Como gallo católico, logra ahuyentar las brujas del aquelarre pueblerino con sus tres irreprochables sonetos a María Santísima. Pero después, inmediatamente después, sin engallarse ni trastornarse en gallo de veleta de torre, el juvenil Miguel, perplejo de zozobras críticas, desvanece el júbilo de ‘El Gallo Crisis’ y le pica en la cresta con su nada beatífico poema ‘Silbo de afirmación en la aldea’, donde mide y descomide la eficacia del exabrupto lugareño’.

Domenchina sostiene que el poeta oriolano ‘nos hace sentir como realidad legítima el triste hecho de que la belleza regüelde. Tras la libertad católica de ‘El Gallo Crisis’, la católica clausura de ‘Cruz y Raya’. El poeta pone en ‘Cruz y Raya’ el punto redondo de un ‘pastiche’ sacramental’: los últimos sacramentos de una pauta seguida e infringida paródicamente. ‘Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras’, el auto sacramental del arcangélico Miguel, me parece un peregrino alarde de fidelidad socarrona y de pericia mimética’.

Agregaba el crítico en este artículo escrito en el año 1935 que ‘con dos exquisitos sonetos retóricos se instala Miguel Hernández, al sur de España, en el aislamiento provisional de ‘Isla’, refugio y oasis andaluz de las letras. ¿Arribada forzosa?. Uno de sus sonetos -‘Tabla de salvación- harto explícito lo dice (...) Mas la veracidad del poeta no se compadece con el inflexible retórico, y así, a poco, monta a pelo ese ‘Caballo verde para la poesía’ que comanda, que hace como que comanda, pero que no frena el chileno Neruda. Y sobre los lomos del ‘Caballo verde’, Miguel Hernández va ensanchando Castilla, su Castilla poética, al galope. El soberbio y absorbente cantor vive ‘como único’ el trajín único de sus galopadas, querencioso de apropiarse ese cosechón de páramo y llanura que su apetencia de labriego columbró antaño’.

A continuación, defiende Domenchina ‘que nadie se oponga a la prosperidad de tan ardiente bravura. Que sea sólo Castilla la que gasta y desgasta sus juveniles ímpetus. Ebrio de vida y en rudas paradojas, Miguel Hernández impone su primacía sobre la piel de ‘El Caballo Verde’ (sic). Con marca de fuego. Su poema -‘Vecino de la muerte’- proclama las más augustas y firmes vecindades de vida que pueden asistir a un hombre y corroborar a un poeta. No importa que el poeta, tal cual vez, se extralimite en el vértigo de sus algaras; tampoco importa que la metáfora brutal -‘el arado y los dos bueyes’- roture con ultraje el decoro siempre intacto de nuestro origen’.

Su segundo artículo sobre la obra de Miguel Hernández apareció también en el periódico La Voz el 17 de abril de 1936 con el título ‘El rayo que no cesa’. En este artículo, que no está recogido en ningún libro, el crítico recuerda el primer libro hernandiano (Perito en lunas, 1933), ‘donde la pericia lunática y retórica del juvenil numen insistía en neogongorizar difícilmente la prestancia autónoma de sus octavas reales’. Acerca del poeta, Domenchina opina que ‘es un instintivo o intuitivo cantor de realidades enterizas y viriles, magníficamente superdotado. Cuando Miguel Hernández se extravía (...), se extravía por exceso (...); constituye un asombro de asimilación y acumulación poéticas (...); le sobran intuiciones de vate (...) y recursos retóricos (...) para realizar ponderadamente sus poesías. Este exceso se traduce por lo común en rudeza’. Más adelante, considera que ‘El rayo que no cesa’ es una ‘rúbrica de lumbre, cargada (...) de electricidad negativa’ por la vida agónica de su autor. El libro ‘constituye un cántico de angustia y una exhalación elegíaca’. La frase final del artículo resulta definitiva, al afirmar que se trata de ‘un poeta que se escribe a sí propio con mayúscula’.
Dado el enorme prestigio de que gozaba como crítico literario y sus elogiosas afirmaciones sobre el poeta, estas reseñas debieron tener gran relevancia para el poeta de Orihuela tanto por el contenido de las mismas como por su difusión y trascendencia, ya que veían la luz en un diario de la capital de España como ‘La Voz’. Este diario fue creado en 1920, era uno de los muchos diarios republicanos de izquierda existentes en la época, salía por la tarde y pertenecía a la misma empresa de El Sol’.
La tercera incursión de este crítico literario en el mundo hernandiano data de 1941, a raíz de la publicación en México de la Antología de la poesía española contemporánea, en la que Domenchina incluyó a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Unamuno, Villaespesa, Marquina, Pérez de Ayala, Valle-Inclán, Enrique de Mesa, Díez-Canedo, Tomás Morales, Moreno Villa, Antonio Espina, Bacarisse, Rafael Romero ‘Alonso Quesada’, Ramón de Basterra, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, García Lorca, Emilio Prados, Alberti, Ernestina de Champourcin, Concha Méndez, Aleixandre, Luis Cernuda, Altolaguirre, Rolán y Miguel Hernández.

En el prólogo de la tercera edición de esta antología, aparecida en 1947, Domenchina apunta que ‘sin ceñirme estrictamente a lo cronológico, la última promoción ya lograda o consolidada de nuestra poesía de hoy la constituyen Emilio Prados, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Feliciano Rolán y Miguel Hernández (...) Son poetas de la angustia. Pero no líricos quejicosos e infecundos. En sus hondones se plañe una congoja de inadaptabilidad telúrica’. Al referirse en concreto al poeta de Orihuela, habla de la ‘agresividad abrupta y lugareña de Miguel Hernández, abigarrado proferidor de obscenos y ciclópeos exabruptos’.

De Hernández se habla a partir de la página 421 y hasta la 428. Afirma el autor que es ‘el más joven de los poetas incluidos en esta antología’, pero yerra al situar la ciudad de Orihuela en la provincia de Murcia. Tampoco sabe la fecha exacta de su muerte. Más adelante, manifiesta: ‘Miguel Hernández, que parecía ser, a despecho de sus evidentes proclividades y facultades miméticas, el último brote cronológico de la mejor poesía española, se desdibujó durante la guerra civil en el menester urgente y político de la improvisación bélica y de circunstancias (...) Ha fallecido sobre tierra española, hallándose prisionero de la ominosa dictadura franquista’. Domenchina selecciona los siguientes poemas hernandianos: ‘Égloga’, ‘Sino sangriento’, ‘Soneto’ (poema de ‘El rayo que no cesa’) y ‘Elegía’ (a Ramón Sijé). Apunta el filólogo Aitor Larrabide que ‘es una excelente selección, al tratarse de poemas de una gran calidad, quizás los mejores del periodo prebélico. Curiosamente, todos ellos fueron publicados con anterioridad en la ‘Revista de Occidente’, que pudo ser la única obra hernandiana en manos de Domenchina a la hora de elaborar la antología durante su exilio mexicano’.

Domenchina nació el 18 de mayo de 1898 en Madrid, en el seno de una familia sin precedentes literarios. Parece ser que inició sus balbuceos poéticos con una composición escrita a los nueve años. En la Escuela Normal de Toledo consiguió el título de maestro nacional, pero nunca enseñó, al considerar que no tenía vocación pedagógica. Después se matriculó en la Universidad Central de Madrid, pero sin resultado práctico. A pesar de ello, desde muy joven, tuvo facilidad para redactar y elaborar crónicas, comenzando su labor periodística. Poco después, se inició su producción literaria. En 1917, cuando contaba con 19 años, publicó su primera colección de versos (‘Del poema eterno’, Madrid). Vinculado a algunos grupos literarios de ideología izquierdista, participó en las conspiraciones republicanas anteriores a 1930. En 1921, conoció a Azaña, director de la prestigiosa revista ‘La Pluma’, que le ofrece colaborar en ella, iniciándose así una amistad profunda, formando parte después de sus proyectos políticos hasta que, al advenimiento del Gobierno presidido por el ateneísta Manuel Azaña, Domenchina fue su secretario particular y, después, secretario de la Presidencia.

Hasta 1936 continuó su copiosa labor poética con incursiones en varias revistas literarias de Madrid como El Lunes del Imparcial, La Esfera, Nuevo Mundo, La Pluma, España y Revista de Occidente, compaginándola después con la de crítico literario en los diarios El Sol y La Voz, al mismo tiempo que experimentó brevemente con el género novelístico (‘El hábito’ y ‘La túnica de Neso’) en 1920 y 1929.

Sus trabajos en prensa, de tema diverso y tono mordaz, le hicieron ganarse ‘el respeto de sus coetáneos. Fue entonces cuando Domenchina pudo disfrutar del más alto nivel de reconocimiento entre los sectores del mundo literario’. Estuvo casado con la vitoriana Ernestina de Champourcin. En 1936, el madrileño ya tenía publicadas las dos novelas citadas, una edición de la poesía completa de José de Espronceda y ocho colecciones de su propia poesía. Como apunta Catherine G. Bellver, ‘fue éste un periodo de actividad intelectual en el que trabó conocimiento y amistades con algunos de los forjadores de la República’.

Con el estallido de la guerra, trasladó su residencia a Valencia y después a Barcelona casi hasta el final del conflicto. Tras pasar brevemente por Francia, en junio de 1939 llegó a México. Allí tradujo enciclopedias y obras literarias para varias editoriales, al tiempo que publicó antologías poéticas de diversa índole y otra antología de narraciones cortas. Además, continuó su colaboración periodística en revistas como ‘Hoy’, ‘Mañana’, ‘Romance’ y ‘Tiempo’. Simultáneamente a su labor de traductor y periodista, siguió escribiendo poesía intensamente hasta el punto de que, antes de su muerte, ocurrida el 27 de octubre de 1959, había publicado en México diez colecciones de sus poemas. Descansa en el cementerio español de México D.F. Dice Bellver que ‘la realidad del exilio acalló casi por completo la voz independiente y aguda que se había hecho conocer a través de sus artículos periodísticos de los años veinte y privó al público español del acceso a la mayor parte de su lírica. Aunque el destierro desgajó su producción poética y le dio nuevas directrices, nunca pudo aniquilar el impulso creativo, ni el aliento de expresión que la motivaban’.

Profundizando en su faceta de crítico, dado que nos hemos hecho eco aquí de sus trabajos sobre Miguel Hernández, puede decirse que Domenchina tenía un fino olfato. Publicó unos cuatrocientos artículos en la prensa de Madrid de los años treinta, según su estudiosa Amelia de Paz. Firmaba con el seudónimo de ‘Gerardo Rivera’ y se tiraron tres ediciones de una antología de sus trabajos: Crónicas de Gerardo Rivera (1935), Nuevas Crónicas de Gerardo Rivera (1938) y Crónicas de Gerardo Rivera (1946). Ya que hablamos de crítica literaria, podemos afirmar que Domenchina tuvo amistad con el intuitivo crítico oriolano Francisco Pina Brotóns. Ambos coincidieron durante un tiempo en la tertulia del Café Regina de la madrileña calle de Alcalá, a la que también asistían Ramón del Valle-Inclán, Manuel Azaña, Cipriano de Rivas, Araquistáin, Martín Luis Guzmán, Melchor Fernández Almagro, Juan de la Encina, Álvarez del Vayo, Luis Bello, Luis G. Bilbao, Sindulfo de la Fuente y Juan Chabás, entre otros.

Aunque quizás en un momento fuera conocido como crítico, ‘fue con la poesía como mejor supo expresar su sensibilidad humana, sus talentos artísticos y su credo estético. El suyo constituye un drama de sobrecogedor vuelo hacia las alturas de liberación poética y espiritual dinamismo para caer en su hundimiento en las dolorosas profundidades de la confusión y el abatimiento’, agrega Catherine G. Bellver. En cualquier caso, concluye esta autora que ‘la característica más relevante al constatar a Domenchina con su época es tal vez la autonomía de su poesía dentro de los movimientos literarios de aquel tiempo, lo que provocó la incomprensión que sus contemporáneos mostraron ante la realidad que representa’. ‘El extrañado’ (1958) ha sido considerado por la crítica como la culminación de la obra de Domenchina:

‘Te busco desde siempre. No te he visto
nunca. ¿Voy tras tus huellas? Las rastreo
con ansia, con angustia, y no las veo.
Sé que no sé buscarte, y no desisto’.

Gerardo Diego escribió en 1969 que ‘los sonetos de los años del destierro son en Domenchina sus obras más perfectas para mi gusto. Y también las más intensas de emoción humana. Él mismo confiesa que el soneto es su forma predilecta’. Dijo Azorín en abril de 1936 que ‘ningún poeta español de hoy llega como Domenchina a tal intensidad en lo vario’. Juan Ramón Jiménez vió en él ‘algo así como un aguafuerte del ser entero español’, y Enrique Díez Canedo ‘el buceo implacable de las honduras de la razón y del instinto’.

Antonio Peñalver
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