Miguel Abad Miro:
Un oasis de amistad en un desierto de ausencia.

Las diferentes amistades que cosechó Miguel Hernández a lo largo de su breve pero intensa vida fueron muchas y de muy distinto calado. Orihuela y Madrid, Alicante y Jaén, Moscú o las distintas cárceles que, forzosamente, se vio obligado a habitar, fueron algunos de aquellos lugares en los que, a veces a velocidad de vértigo, otras con relativa parsimonia, fueron germinando relaciones de amistad una tras otra. A pesar de que algunas de aquellas amistades sufrieron el inevitable desgaste al que el tiempo y la distancia las someten, alguien de la pureza y la humanidad de Miguel Hernández debió llevar todas y cada una de aquellas relaciones siempre con él, hasta que el sino fatal que lo perseguía las truncó Pero una amistad no solo se mide o tasa en conceptos de duración, sino también en términos de intensidad; y a buen seguro que aquellos que tuvieron la oportunidad de gozar de su amistad llevaron siempre a Miguel en su corazón, sin importar las horas, días, semanas o meses que pasaran a su lado. Claro ejemplo de ello lo podemos encontrar en el pintor alcoyano Miguel Abad Miró, quien a pesar de mantener con él una breve relación, siempre albergaría a Miguel Hernández y su obra en algún recoveco de su corazón de pintor.

Las trayectorias de Miguel Hernández y el pintor alcoyano Miguel Abad Miró convergieron un día de 1937, con la ciudad de Alicante como telón de fondo. Pese a que él mismo definió su relación con el poeta de Orihuela como corta -‘una fugaz amistad’-, al igual que la propia vida de Miguel, el afecto que le dispensó Abad fue intenso, “transformándose con prontitud en un auténtico fervor, en emoción profunda por el hombre y por su poesía”, como bien dijo Adrián Espí, en su ponencia con motivo del I Congreso Internacional sobre Miguel Hernández.

Abad Miró fue movilizado en septiembre de 1937, declarado apto para servicios auxiliares y trasladado a la capital de la provincia. Interrumpidos por la guerra civil sus estudios de arquitectura en Madrid, su única actividad complementaria era la pintura y sus dibujos comienzan a ser conocidos en Alicante, lo que va a ser determinante para que ambos se encuentren. Aunque se ha publicado en diversos medios, el propio Abad Miró dijo en conversaciones y entrevistas que conocía a Hernández sólo de oídas. A raíz de un ofrecimiento para ilustrar con sus dibujos el libro Versos en la guerra con un sentido más bien propagandístico, el alcoyano eligió los poemas “Las manos”, de Miguel y “Canto a Méjico”, de Antonio Machado, tomando así contacto con la poesía hernandiana. Decía Abad Miró que este poema, fechado en Madrid el 15 de febrero de 1937, le impresionó mucho.

“Conocía a Miguel Hernández de oídas, pero mi primera reunión fue a raíz de que el Socorro Rojo me pidiera que ilustrara dos poemas de un libro – “Versos en la guerra” – que se iba a editar; elegí “Las manos” de Miguel y “Canto a Méjico” de Antonio Machado. Es así como tomé contacto con su poesía”.

Escribió Mario Candela en el diario Información, de Alicante, el 12 de marzo de 1992, que el primer contacto personal entre ambos se produjo en plena calle, al tropezarse con Antonio Blanca, secretario del Ateneo de Alicante y director de Nuestra Bandera -diario del Partido Comunista-, que iba acompañado por un “soldado con el cabello rapado e inequívoco aspecto de campesino”, según recordaba Abad Miró. En esta primera entrevista, el oriolano elogió el dibujo que el de Alcoy había hecho para este libro, una publicación que se acabó de imprimir el 1 de diciembre de 1938. En aquel primer encuentro, Abad se enteró de que el poeta de Orihuela tenía un hijo, pequeño y desnutrido, acompañándole al Socorro Rojo, donde Miguel consiguió leche en polvo para el niño. Fue un contacto directo y tremendamente humano.

“Recuerdo que Antonio Blanca, que entonces era el secretario del Ateneo, me dijo que Miguel era una persona tan simple que vivía con su familia de la cartilla de racionamiento, sin ningún ingreso complementario. Antonio comentó también que tenía un hijo muy enfermo – el primer Manolito, el de las “Nanas de la cebolla” -, por lo que le acompañé hasta el Socorro Rojo, donde obtuvimos leche en polvo, que era lo único que tenían para los niños”.

Desde ese momento, los encuentros con Miguel se repitieron unas cuatro o cinco veces; cada vez que el poeta obtenía permiso en el frente y viajaba hasta Orihuela, se detenía en Alicante para asistir a una tertulia, generalmente en casa de Antonio Blanca. Eran reuniones reducidas, en las que se recitaban versos y se hablaba de música. En ellas, Miguel solía recitar los último versos que habían salido de su pluma, generalmente de clara temática bélica y comprometida. Visitas plagadas de prisa y urgencias, tal y como las recordaba el propio Abad Miró. Uno de esos encuentros coincidió con una jornada de apagones y bombardeos continuos, y dieron un lugar a un proyecto conjunto entre ambos:

“A veces los amigos nos reuníamos en casa de Antonio Blanca y hablábamos de todo. La velada más interesante que recuerdo ocurrió en una jornada tremenda, con todas las luces de Alicante apagadas y bombardeos continuos; ese día estábamos Rafael Rodríguez, Eusebio Oca, Antonio, Miguel y yo. Después de un largo diálogo, Miguel, que habitualmente nos recitaba lo último que había escrito, poesía de guerra, sobre todo, empezó a declamar poemas de amor, de los que estaban incluidos en ‘El rayo que no cesa’. La impresión que recibí fue notable, pues quedé prendido de aquellos poemas de amor. Recuerdo que comenté que aquellos poemas eran pura plástica, a lo que Rafael replicó que eran música”.

Blanca promovió la elaboración de una carpeta de poemas de Miguel Hernández con música de Rafael Rodríguez Albert y pinturas de Abad Miró. A Rafael Alberti, ocasionalmente en Alicante, se le expuso la idea, animándoles el gaditano a plasmar el proyecto, pero con todo lujo, al considerar que podía tener mucho éxito:

"También en la calle, coincidimos un día con Rafael Alberti, que iba a ser nombrado ministro de Propaganda (hasta entonces, cada partido hacía la propia), quién nos animó a plasmar el proyecto, pero con todo lujo, pues pensaba que podía tener mucho éxito. Al final, por la evolución de la guerra, la iniciativa no llegó a materializarse quedé con la sensación de que se había perdido la oportunidad de hacer algo muy bueno”.

Al final, esta iniciativa no llegaría a materializarse por la propia evolución de la guerra. Rafael Alberti, a los pocos días, acaso los primeros de 1939, saldría de Alicante, acompañando a Dolores Ibarruri, la “Pasionaria”.

Finalizado el conflicto, Abad Miró conoció la cárcel por dos veces, donde no coincidió con Miguel Hernández. El rayo que no cesa no paraba en absoluto de latir, de estar presente en el subconsciente de Miguel Abad. Al principio, el pintor alcoyano ingresó en el Reformatorio alicantino y allí continuó azotándolo el poemario del oriolano. Cuando fue detenido por segunda vez, en 1942, permaneciendo confinado durante 19 días con incomunicación total, dio riendo suelta a sus sentimientos y anhelos y creó un dibujo para El rayo que no cesa, recordando los poemas de amor que recitaba Miguel; dibujo que, desde entonces, se ha publicado en numerosas ocasiones. Los primitivos y pequeños bocetos a lápiz conformaron, con el paso de los días, una ilustración dinámica y simbólica a la vez. Fue quizás la hondura, y el axiomático contraste, de estos versos, “Tu corazón una naranja helada / Mi corazón una febril granada”, los que inspirarían el citado dibujo. Una alegoría que ofrece una lectura relativamente fácil, por el empleo de cinco símbolos (árbol, mujer, caballo, toro y pareja de enamorados), que mantienen una perfecta unión e interrelación entre sí. Esta alegoría pasó a formar parte, posteriormente, de varias carpetas, así como de exposiciones por toda España.

La relación con Miguel Hernández, interrumpida con el final de la contienda, se reanudó, de forma inesperada, en torno a 1941, al presentarse en su estudio una señora que se identificó como Josefina Manresa. Iba acompañada de su hijo:

“Un día, viene al estudio una señora con un niño que se identifica como Josefina Manresa, la mujer de Miguel. Me pregunta si hacía fotografías de los hijos de los presos rojos, a lo que repliqué que las hacía a mis amigos. Luego, en una carta que Miguel escribió desde la cárcel, hace referencia a esas fotografías que tomé. Desde aquella visita, Josefina pasaba por el estudio todas las semanas y Miguel le entregaba 25 pesetas, que recogía como podía (hay que tener en cuenta que, por entonces, yo ganaba 350 al mes)”.

Desde aquella visita, Josefina pasó por el estudio todas las semanas y el artista alcoyano le entregaba 25 pesetas, que recogía como podía, gracias a ayudas de amigos y a los beneficios de la venta de sus pinturas. Abad Miró realizó también distintas fotografías, que se hacían llegar al encarcelado para que pudiera ver a su hermana Elvira o a Josefina. Un escrito firmado por “José”, pues los presos tenían limitado el número de cartas que podían enviar, agradecía a Miguel Abad esta deferencia que tanto bien le supuso:

“Alicante, 19 de septiembre de 1941. Mi querida esposa (...) A ver cuándo veo las fotos de Manolillo (...) Dad mis recuerdos a Miguel Abad y decidle que estoy muy contento por su atención (...) José”.

Abad había hecho todo lo imposible por visitar a Miguel en la cárcel, pero la verdad es que el efímero turno de visita lo consumía, como es lógico, tanto Josefina Manresa como otros familiares directos. Hasta que un día la esposa de Miguel le pidió ayuda:

“Josefina vino a verme y me pidió ayuda; contacté con el doctor Antonio Barbero, el más experto en tuberculosis de Alicante, quien accedió a ir a la cárcel porque yo se lo solicitaba, pero con la condición de que consiguiera una pantalla de Rayos X transportable. Logré encontrar a Alfonso de Miguel, radiólogo y que era el único que tenía un aparato de tales características en Alicante y accedió también a la petición. Miguel, en otra de sus cartas, cuenta que le sacaron litro y medio de pus”.

Los costes que acarrearon los servicios del radiólogo, 400 pesetas, los asumió, como buenamente pudo, Miguel Abad Miró, pero “al pedir la minuta al doctor Barbero (quien había estado preso durante la guerra) me contestó que ‘la impresión que he tenido del reformatorio no tiene usted dinero para pagarla’. Y no quiso cobrar”.

En un momento dado, se planteó trasladar a Miguel a la ciudad de Valencia al sanatorio Porta-Coeli, ante el llamamiento hecho por el propio poeta, buscando una mejora, pero, tras la petición formal “nos encontramos con que el coste de la ambulancia debería afrontarlo la familia, algo que resulta incomprensible, pues se sabía que la familia no tenía dinero ni para comer; de lo contrario, el desplazamiento a Valencia se debería efectuar por el conducto ordinario, es decir, en tren, esposado y a cargo de la Guardia Civil. El permiso de las autoridades llegó dos días antes de la muerte del poeta”. Como consecuencia, aquel necesario traslado al hospital de Valencia, quizás la única luz que podía otearse en el ennegrecido y sombrío horizonte de Hernández, jamás llegaría a producirse.

Dice Adrián Espí que la intervención del artista alcoyano fue todavía más lejos, solicitando ayuda a su vez del vicario general de la diócesis, el oriolano Almarcha, que en algún momento se había manifestado amigo de Hernández y que había sido su guía intelectual en sus inicios literarios, pagándole además la edición de su primer libro Perito en lunas. Recordaba Abad Miró que ante la afirmación del canónigo de que Miguel se moría, le respondió con un intenso silencio.

Josefina, en permanente contacto con el pintor, le comentó un día que Miguel Hernández había muerto. Fue el 28 de marzo de 1942. Curiosamente, la certificación del fallecimiento indicaba que tenía treinta años de edad, lo cual era, por otro lado, erróneo. Así evoca Abad Miró aquellos pavorosos momentos:

“Salimos y, a la hora establecida, estábamos ante la puerta del reformatorio. Antes, propusimos la posibilidad de velar el cadáver, pero Sanidad dijo que no. Mientras esperábamos en la puerta, escuchamos una marcha fúnebre, interpretada por una banda de presos; a las seis de la tarde salió una tartana, con un caballo, que llevaba el cajón y detrás, una jardinera, subimos las cinco personas que estábamos allí; Josefina Manresa, su hermana Elvira, Consuelo – una vecina -, Ricardo Fuente y yo. Llegamos al cementerio, donde había seis personas más (había mucho miedo), y, con Ricardo, sacamos la caja y decidimos abrirla para ver cómo lo habían amortajado. ¡Igual está desnudo!, pensamos. Resultó que no, que estaba vestido y tenía los ojos azules abiertos, completamente. Recuerdo que dijo ‘ni siquiera le han cerrado los ojos’. Conseguí cerrarlos y, poco después, tras llevarlo al nicho, fue encerrado”.

Después, tras llevarlo al nicho, fue enterrado. Abad Miró, tras surgir divergencias en cuanto al pago de la lápida, decidió pagarla él mismo por un importe de 700 pesetas, cantidad equivalente al sueldo de dos meses que tenía el pintor:

“Se propuso que la pagáramos entre todos los amigos, ya que costaba 700 pesetas (dos meses de sueldo), pero hubo quien dijo que aquello era muy peligroso por lo que, al final, la pagué yo. Para hacerse una idea de lo que era la época, sirve como muestra que al día siguiente del entierro el director del reformatorio mandó llamar a Ricardo Fuente, pues le había llegado el comentario que yo hice sobre los ojos abiertos de Miguel Hernández, aunque no sabía exactamente de quién había salido; una vez allí, le leyó un informe del forense en el que, textualmente, se decía que Miguel dormía siempre con los ojos abiertos porque estaba muy flaco”.

La lápida para el nicho también la dibujó, con inmenso dolor, el artista alcoyano. Es sencilla, como sencillo fue el poeta, y humilde y tremendamente humano. De mármol blanco, adornado con una línea negra, clavada al ladrillo y cemento. Una cruz latina la encabeza y bajo ella, en mayúsculas, se lee: ‘Miguel Hernández’, siendo las iniciales del nombre y apellido, la M y la H, de un tamaño ligeramente mayor. En el centro, y debajo, la condición del allí enterrado: ‘poeta’. A ambos extremos de la lauda, dos fechas en enumeración romana: ‘MCMX-MCMXLII’, de treinta y dos años de edad, pues, y no treinta.

El 22 de julio de 1942 es requerido por parte del Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo, posiblemente, y entre otras cosas, por toda la serie de desinteresadas ayudas que proporcionara a su amigo oriolano, y que, lógicamente, no fueron acogidas con agrado en el seno del régimen imperante. Será su última estancia en el Reformatorio de Adultos de Alicante, donde pasará unos meses confinado, pasando luego a peregrinar por las cárceles de Albacete y Porlier (Madrid), donde por fin consiguió la tan ansiada y ya definitiva libertad. A partir de aquí, y tras un breve espacio de tiempo, volverá a sumergirse en cualquier actividad que pretendiese recordar la figura del poeta ya ausente. Así, diseñará viñetas para revistas literarias como Verbo o Sigüenza, realizará una alegoría de El rayo que no cesa, con motivo de la I Exposición Provincial de Bellas Artes y, en 1951, y siguiendo la iniciativa de Vicente Ramos y Manuel Molina, participará en el diseño de la portada de Seis poemas inéditos y nueve más, poemario póstumo en honor a Miguel Hernández.

Posteriormente, marchará a trabajar como arquitecto a Sevilla, donde pasará bastantes años de su vida. Aunque este cambio de ciudad no implicó, en absoluto, que no tuviese presente a Miguel Hernández en su memoria. Prueba de ello fue su participación en la biografía de María de Gracia Ifach, Miguel Hernández, rayo que no cesa, de 1975. En ella, Miguel Abad Miró escribiría parte de las vivencias que recordaba haber pasado, tanto en la cárcel como los amargos días que siguieron a su muerte, junto al oriolano.

La relación de Miguel Abad Miró con la viuda del poeta, una vez muerto éste, y pasados ya aquellos días de fotografías y cárceles de tan triste desenlace, fue cordial, sincera y frecuente, a pesar de que estuvo a pesar de ceñida al campo epistolar. Aún así, se enturbiaría algo en 1974, cuando Josefina Manresa escribió al alcoyano, con motivo de pedirle que evocara algunos recuerdos de su relación con Miguel, con objeto de recopilar datos para una biografía que del oriolano estaba realizando María de Gracia Ifach, que un año más tarde se convertiría en la ya citada Miguel Hernández, rayo que no cesa. Miguel Abad Miró, en respuesta a esta carta de Josefina Manresa, menciona, casi casualmente, dos cartas que él tenía en su poder, porque la viuda se las confinó años atrás, y que ésta al parecer tenía totalmente olvidadas:

“Respecto a lo que me dices sobre mis recuerdos creo que poco nuevo queda por decir, aunque, me parece, la colección de cartas quedaría más completa con una de las dos que yo conservo como auténticas reliquias. No sé si tú recordarás los detalles. La primera me la entregaste porque en ella me citaba Miguel en relación con las fotos que os hice y que le mandamos a la cárcel (...) La otra me la diste para que la viera Barbero y sirvió de pretexto para la entrevista que tuve con él y que (...) motivó la última visita de Barbero a Miguel. Por si no las recuerdas te mando unas fotos que preparado. Yo las conservo bajo un cristal y las dos juntas como aparecen en la foto”.

Pocos días después, la viuda del poeta, sabedora ya de la existencia de aquellas cartas, respondió al alcoyano exhortándole, casi, a que procediera a su devolución inmediata :

“Comprendo con el cariño que conservas estos originales, pero para nosotros además del valor sentimental estamos en el deber de recoger cada original para nuestro archivo. Siento mucho tenértelas que pedir y espero que comprendas que solo nosotros tenemos ese derecho”.

Miguel Abad Miró respondió, lógicamente, con algo de resentimiento. Eran unas palabras demasiado duras para alguien que siempre había prestado los servicios más desinteresados con tal de ayudar a Miguel Hernández. Las cartas, desde entonces, se encuentran en poder de los herederos del poeta, pues Abad Miró, como no podía ser de otra manera, envió sin más dilación.

“Josefina: A mi regreso de Alcoy (...) encuentro tu carta que – francamente – creo no merecer. Los autógrafos de Miguel han pasado tanto tiempo en mi poder porque tú me los diste, no por que yo haya intentado robártelos. Lo prueba el que partiera de mí el darte noticia de ellos. Respecto a su conservación (...) tan seguros estaban en tu poder como en el mío. Tú me los entregaste y ahora me los pides: Ahí van, en el mismo estado en que han permanecido y presidido mi casa durante 34 años”.

Un suceso que, a pesar de todo, no debería empañar una relación que siempre fue correcta y amistosa. De todos modos, con este gesto, el de devolver los dos originales a la familia con presteza y celeridad, Miguel Abad Miró volvió a constatar, una vez más, que su amistad con Miguel Hernández trascendía lo puramente material, pues el altruismo del que, en lo referente a la figura del oriolano siempre hizo gala, estaba muy por encima de vicisitudes de este tipo. Él, como bien afirmó en la mesa redonda en la que tuvo el gusto de participar, en 1992, con motivo del I Congreso Internacional sobre Miguel Hernández, fue un pintor, aunque incluso por encima de ello, “mi postura (...) va a ser eliminar mi posición como pintor y hablar simplemente de mi contacto con Miguel (...) Yo siempre estoy dispuesto a hablar de Miguel Hernández”.

Inevitablemente, y como necesario epílogo a este pretendido retrato de una amistad que, como bien indicamos en su título, significó un auténtico oasis en pleno desierto de cárceles, enfermedades e injusticias, subyace la inevitable pregunta de si alguna vez llegó a retratar Miguel Abad Miró a Miguel Hernández. Pues bien, Abad Miró, que en la década de los años 30 ya realizara diversos retratos a amistades cercanas, no tuvo la oportunidad, aunque sí albergaba el deseo, de retratar a Miguel Hernández. Cuarenta años después de su muerte, como si el recuerdo de aquel amigo yaciente lo persiguiera, con su vida ya consumida, sin color, ni aliento, pero con unos enormes ojos azules observándolo, emprendió la empresa de retratar a su amigo muerto. Aquello que se inició quizás como mero bosquejo de un recuerdo ya pasado, de una ausencia muy presente, se erigió en “Boceto para un recuerdo de Miguel Hernández”. Cuadro que, en palabras de Adrián Espí Valdés, es una visión apocalíptica, enormemente expresionista y casi tétrica del oriolano.

Un proyecto que se dilató en el tiempo, pues esa lentitud en la elaboración de la obra fue también muestra de la angustia contenida en el corazón de Abad Miró, así como de la emoción por recordar a su amigo muerto. Pero también prueba fehaciente de la casi tangible realidad de una amistad que a pesar de su brevedad, fue quizás tan intensa como la mirada de ese Miguel Hernández muerto, que nos mira desde el cuadro de Miguel Abad Miró.

Óscar Moreno
Antonio Peñalver

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