Miguel Hernández, Poeta

“Ningún poeta estelar contemporáneo ha sufrido el silencio como Miguel Hernández. Publicó sus obras en momentos cruciales para España, y el vendaval las dispersó. Luego fue creando, en la sombra, y sus palabras más profundas, voces de dolor y de ausencia, aún esperan la mano que las conduzca a la luz”.

Este es el inicio a Miguel Hernández, poeta, biografía que escribió el melillense Juan Guerrero Zamora y que pasa por ser una de las más polémicas de las que sobre el poeta oriolano se han publicado nunca. Prolífico y controvertido autor destaca, de entre su ingente producción literaria, que incluye tanto ensayo como poesía, distintos ensayos biográfico-críticos sobre Miguel Hernández. Éstos son, además del que aquí nos ocupa, Noticia sobre Miguel Hernández, de 1951, y del que más adelante analizaremos con profundidad, y Proceso a Miguel Hernández, 1990, en el que desvela el sumario del proceso judicial del mismo, con la publicación íntegra de algunos documentos inéditos hasta ese momento. Según Guerrero Zamora, “la obra del poeta oriolano es una obra frustrada”, y sólo así podríamos comprender cómo a un joven de tan precaria formación y con tan sólo dos docenas de poemas publicados, se le pueda situar en un primer puesto de la poesía española. Buscó siempre dar una imagen de Miguel Hernández como “hombre puro y simple”, dejando a un lado la figura de poeta y militante político. Y estos rasgos son también fácilmente aplicables a Miguel Hernández, poeta, una de las primeras biografías sobre el oriolano y, si se quiere, una de las concebidas en tiempos más difíciles. Pues ese carácter de Guerrero Zamora fue el que hizo luchar, dejando a un la do ideales y en una época en la que era ciertamente difíciles omitirlos, por la publicación de este, su homenaje a Miguel Hernández.

La obra comienza con dos prólogos, escritos en muy distintas fechas, que tratan de aportar algo de luz acerca de cuáles eran las intenciones del autor a la hora de encarar la biografía del poeta, así como de las dificultades que conllevó la edición y publicación de su obra. El “Prólogo Primero”, escrito en 1951, formaba parte de Noticia sobre Miguel Hernández, el ensayo que Guerrero Zamora escribió en 1949 y que luego se convertiría en el corpus principal que utilizó para dar forma a Miguel Hernández, poeta. En este prólogo de marcados tintes líricos, algo que será nota habitual durante el resto de la biografía, además de alabar la “silenciada figura de Miguel Hernández”, también expresa sus más sinceros agradecimientos tanto a Manuel Molina como a Vicente Ramos, que no solo lo acompañaron por Cox, Callosa, Orihuela, e incluso al Reformatorio de Adultos de Alicante, sino que además pusieron a su disposición abundante cantidad de documentos, así como la posibilidad de recabar información en un gran número de entrevistas.

Pero será precisamente en el segundo prólogo, escrito como continuación al primero, en 1954, en el que Guerrero Zamora expone cuáles son las líneas generales en torno a las que basculará su biografía. Una de ellas es la de reconocer, al margen de cualquier ideología, que la categoría de un poeta debe residir en su propia calidad lírica. Y, además, integrarlo en su país, al que pertenece, al margen del bando por el que tomara parte. Referencias todas que, a pesar de estar expuestas de un modo genérico, se refieren sin duda a la figura de Miguel Hernández.

“Ser íntegros en cuanto españoles es integrar a la historia de un poeta que le pertenece, recordándole, para ello, el valor de su obra y la honradez que personalmente tuvo, con olvido de sus creencias políticas”.

En segundo lugar, exime de algún modo al oriolano de tomar partido por el bando republicano. Nos lo perfila como un hombre entregado plenamente a la poesía, y a la vida en general, pero que, por decirlo de algún modo, se rodeó de gente no demasiado apropiada, que ejercieron una influencia que en ningún caso fue, para Guerrero Zamora, positiva:

“Miguel Hernández orientó su actividad política en el sentido que la orientó debido a la influencia que Neruda, Alberti, y otros, ejercieron sobre él.

” Este “Prólogo segundo” aspira a integrar, en la historia de España, a un poeta que ha intentado desvestir, en la medida de lo posible, de sus vestigios políticos, y del que resalta, además de su calidad como poeta, el valor de su obra y su honradez. Para conseguir tal fin, aminoró la carga ideológica de la obra más comprometida de Miguel, como es el caso de Viento del pueblo o El hombre acecha. E incluso llegó a afirmar que el trato que se le dispensó en las cárceles fue excepcional, pero intuimos que en esta afirmación tuvo mucho que ver la censura franquista. Y es precisamente al llegar a este punto cuando la biografía puede comenzar a zozobrar en más de un aspecto. Pues si ya hemos destacado, e incluso alabado, el mérito y la importancia de reivindicar la figura de Miguel Hernández apenas diez años después de su fallecimiento, no debemos olvidar también los obstáculos y las trabas que el régimen franquista puso para que la obra no llegara a ver la luz. Es entonces cuando toma cuerpo la incertidumbre de si las opiniones sobre Miguel son del propio Guerrero Zamora, o si bien fue el precio que tuvo que pagar para que la obra pudiese ser publicada. Aunque éstas y otras dudas, a pesar de aparecer ya en las primeras páginas del libro, no podrán ser resueltas hasta que podemos emitir, tras haber estudiado el mismo, un veredicto algo más fiable.

Guerrero Zamora divide su obra en dos partes claramente diferenciadas y delimitadas: “Vida de Miguel Hernández” y “Obra de Miguel Hernández”. Puede llegar a resultar contraproducente separar, en una biografía, algo que suele estar tan indisolublemente unido como la vida y la obra de un escritor como el oriolano, pues los sucesos de una inciden directamente en la otra, pero en este caso el autor melillense no duda un ápice en establecer, desde el comienzo, esta división tan taxativa.

En la primera de las dos partes repasa los momentos más significativos de la vida del oriolano. De su primera estancia en Orihuela, la de su juventud, destaca hechos como que su familia no pasara problemas económicos graves, los estudios de Miguel en Santo Domingo o la figura de Ramón Sijé, como guía espiritual del joven poeta (aspecto éste que resalta mucho, pues lo siguientes mentores que tuvo ya no son de su completo agrado). Además, destaca de esta primera parte, y de muchas otras de la biografía, el tono marcadamente novelesco con que están narrados multitud de pasajes. También se centra Guerrero Zamora tanto en el encuentro que mantuvo Miguel Hernández con Federico García Lorca en Murcia, como las distintas versiones, así como el proceso de gestación de El rayo que no cesa o su participación en las Misiones Pedagógicas. Es reseñable el hecho de que estamos ante una biografía ciertamente completa y documentada.

Cuando entran en escena la política y la ideología en la vida de Miguel Hernández, la biografía toma carices mucho más angostos, si se quiere. Tratando, en ocasiones, de justificar lo injustificable: “Es lástima que pasando el tiempo no viera, en los ideales de Franco, esos mismos ideales de amor, de respeto, en suma: de justicia social, que él tenía”. Aunque este comentario esté motivado, quizás, por las circunstancias políticas de la época en la que fue escrita la obra. En otras, adopta posturas difícilmente creíbles, estableciendo relaciones donde no las hay. No le duelen prendas a la hora de afirmar que fueron el “mimetismo” o la “ingenuidad” las razones que motivaron el cambio en la postura ideológica de Hernández, a raíz de haber conocido a poetas como Pablo Neruda o Rafael Alberti. Dejando entrever, de algún modo, la poca personalidad que manifestaba el oriolano, pareciendo una persona fácilmente influenciable. Y cuando estalla la guerra, y a colación de la vacilación que afirma que el oriolano sufrió cuando comenzó la contienda, alega Guerrero Zamora que Miguel “no sabe que esas trincheras que cava sólo servirán para acotar el crimen, la indisciplina, la delación y la sospecha”; reincidiendo en que Hernández era una persona falta de carácter y fácilmente influenciable, que se rodeó de la gente equivocada.

De esta sección destacaremos, en último lugar, la afirmación de que Miguel jamás perdió la fe, a pesar de enrolarse en el bando republicano, y que con su boda religiosa con Josefina Manresa, y a pesar de sus iniciales reticencias, lo que pretendía era reconciliarse con la Iglesia. Aunque esto, quizás es suponer demasiado. Todas estas apreciaciones, demasiado partidistas, en el mejor de los casos, abundan a lo largo de toda la obra. Esta sección del libro concluye, tras mostrar unas cartas que Hernández escribió a Carlos Rodríguez-Spiteri, con una reconstrucción de sus últimos años de vida en las prisiones; descripción narrada con un innecesario toque de patetismo, que se agrava en lo referido a sus postreros días de vida.

La segunda parte, la recogida bajo el breve pero conciso título de “Obra”, se encarga de establecer, teniendo en cuenta los parámetros que ya utilizara para la biografía, las fechas de composición de los poemarios de Miguel Hernández. Un cuadro general, dividido en doce epígrafes, que trata de marcar, con bastante exactitud por otro lado, cuál fue el desarrollo que sufrió la poesía del oriolano. El primero de estos doce epígrafes lo titula POESÍA PASTORIL, y a pesar de no marcar exactamente el inicio de esta etapa (indicado con un escueto “192?”) pone su final en 1931. El tipo de composiciones, bucólicas las llama, son para Guerrero Zamora “de iniciación”. En POESÍA NEOGONGORINA Y DE TRANSICIÓN, con algunas muestras también de prosa, se recogen Perito en lunas, algunas composiciones poéticas publicadas por Miguel en El Clamor de la Verdad o El Gallo Crisis, así como otros de clara ascendencia clásica. 1932 y 1934 son las dos fechas que limitan el inicio y el fin de este periodo.

Los dos siguientes grupos, TEATRO DE ASCENDENCIA CALDERONIANA, incluyendo el auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve, y EL SONETO Y LA ELEGÍA, en el que se recogen tanto la formación de El silbo vulnerado como El rayo que no cesa,culminación de la obra anteriormente citada, no marcan ningún giro a la ordenación de la obra hernandiana más comúnmente aceptada por la crítica. Pero sí que cabe destacar el quinto epígrafe, no tanto por el contenido, sino por el nombre tan significativo que le puso Juan Guerrero Zamora. Pues en la BREVE DESVIACIÓN BAJO LA INFLUENCIA NERUDIANA, se recoge “Vecino de la muerte”, la colaboración de Miguel en el Caballo Verde para la Poesía, o la “Oda entre sangre y arena a Pablo Neruda”, pero se indica una vez más que fue el poeta chileno uno de los causantes de ese “error político” que cometió Hernández, y que lo hizo abrazar la ideología equivocada.

Tanto la POESÍA SOCIAL y BÉLICA, como el TEATRO SOCIAL y BÉLICO, son tratadas con aparente indiferencia y distancia, tratando quizás de restar trascendencia a la época vital y literaria del oriolano que más daño podía causar ante los ojos de la otra España, la que salió vencedora en la guerra civil. Pasa a centrarse en los dos últimos grupos, el titulado POESÍA DE LA AUSENCIA Y LA CÁRCEL, donde recoge la época de Miguel Hernández tras las rejas (1937-1941), y los CUENTOS TRADUCIDOS, esto es, los Dos cuentos para Manolillo (para cuando sepa leer), adscritos al último año de su vida.

Tras encuadrar los distintos periodos que comprende esa evolución de Hernández, pasa ahora a centrarse en sus obras más significativas, tratando de esbozar sus características más reveladoras. Aún así, valga su justificación previa, en la que indica las razones por las que no realiza un estudio más exhaustivo de las obras: el tiempo y el espacio, pues la dificultad que entraña el desgajar con detalle todas y cada una de sus obras le haría extenderse en demasía. Por otro lado, es destacable el hecho de que Guerrero Zamora, gracias a la colaboración de Josefina Manresa, pudo manejar todos los originales autógrafos, lo que le lleva a hacer numerosas consideraciones relacionadas con los manuscritos que pudo cotejar. De ellas, destacaremos su afirmación de que “las repetidas tachaduras y correcciones advertidas en los originales demuestran el esfuerzo de lima y depuración, el sentido autocrítico que el autor hizo y poseía”. Pasando ya a centrase en el análisis de cada una de las obras; un estudio, como él mismo lo calificó, estilístico e intuitivo: “Para no hacer yerto este estudio me guiaré, más que por demostraciones, por intuiciones, pues – ya que aportar demostraciones requeriría un análisis cargantemente distendido – creo que la intuición es el mejor bisturí para el desentrañamiento artístico”.

Con respecto al primer poemario de Hernández, Perito en lunas, su opinión es ciertamente negativa. Lo califica de poemario vacío, con mucho “rebuscamiento cerebral” que es “una momia de buen parecer”. Opiniones que la obra no merece, pero que vienen a demostrar que tampoco estamos ante una biografía servil del poeta, dispuesta a encumbrar incluso sus peores composiciones; pues cuando Guerrero Zamora emite algún juicio negativo lo hace con la misma vehemencia lírica con que emite los positivos. De todos modos, sí destaca de la obra el hecho de que contenga ciertos despuntes vanguardistas: “asociaciones vistas por el color y la geometría, la profusión polícroma y el tecnicismo geométrico y matemático”. Además de subrayar la métrica y los hipérbaton, destaca su fino uso de las imágenes.

Sobre El rayo que no cesa, Guerrero explica su proceso de composición; esa evolución que comienza en Imagen de tu huella, continua en El silbo vulnerado y concluye en la anteriormente citada. Encara sus poemas con minuciosidad descriptiva, llegando a la conclusión de que la depuración crítica y textual habían mejorado los resultados de los último poemas con respeto a los primeros. Además, también rastrea influencias y conexiones con otros poetas, destacando las de Aleixandre, Neruda o Francisco de Quevedo.

La poesía de guerra, Viento del pueblo y El hombre acecha, son descritas con equilibrio, indicando que, a pesar de que el tema de la mayoría de las poesías es la guerra, el andamiaje de los mismos, sus bases, es lírico. Achaca al lo que él denomina “facilismo”, esto es anteponer ideología a literatura, la baja calidad de algunos poemas, y tapando, de algún modo su posible importancia por razones obvias. Pasando ya a centrarse en el Cancionero y romancero de ausencias, del que destacará el hecho de que existan, además de varias versiones de una misma composición poética, un cuaderno en el que se incluyen todas las versiones definitivas de las poesías. Se valdrá para ello de alguna composición, que ejemplifica ese proceso de depuración de las distintas poesías.

En último lugar, dedica un capítulo, el titulado “Mundo poético”, en el que introduce algunos de los elementos capitales de la simbología hernandiana (la casa, la alcoba, la madre y el hijo, la música o el lirismo), para pasar a fijarse en su producción teatral. Y si bien es cierto que, con dificultades, Quién te ha visto y quien te ve, El labrador de más aire o Los hijos de la piedra pasan el corte, no sucede lo mismo con Pastor de la muerte y Teatro en la guerra, que reciben las más duras críticas de Guerrero Zamora, calificándolas de “obras de circunstancias, sin valor estético ni fachada dramática, que el autor tenía en el olvido”. Pero también es cierto que con respecto a estas obras, Guerrero apunta que el poeta no ataca en ellas ninguna institución social, sino su propia degeneración; hecho que le sirve para rebajar la carga ideológica de estos dramas, que lo llevan a equipararlas a aquéllas que son fieles representantes “de las más hondas esencias hispánicas”. De todos modos, concluye otorgándole el título honorífico de “poeta”, pero no el de “dramaturgo”.

La obra llega a su fin con distintas fotografías del oriolano, así como de distintas bibliografías específicas: una primaria en revistas, antologías y libros; otra en la que se recogen artículos sobre su persona; por último, una selección de poemas y prosas encomiásticas. A pesar de que el propio guerrero Zamora reconoce que la bibliografía no llega a ser completa, sí opina que, al menos, es fundamental.

En cuanto a la recepción crítica que tuvo Miguel Hernández, poeta, la primera valoración acerca de la obra nace del propio Juan Guerrero Zamora, en su Noticia sobre MH, publicado en los Cuadernos de Política y Literatura, Madrid, 1951, que más tarde comentaremos para comprobar las dificultades que conllevó la publicación de la misma. Así, Santiago Magariños, en El Correo Literario, del día 15 de febrero de 1952, valora sobre todo las viñetas, poemas y cartas manuscritas que de Miguel se aportan en el libro, que llega a calificar de homenaje “con deliberada brevedad”.

Ramón de Garcíasol, seudónimo de Manuel Alonso Calvo, apunta en Ínsula, en el número de febrero de 1952, que el anticipo de esta obra, el ya mencionado Noticia sobre Miguel Hernández, ya cumplía con el cometido que Guerrero Zamora pretendía; éste es, el de divulgar la figura del poeta oriolano. Así, tras cuestionar de algún modo, la utilidad de Miguel Hernández, poeta, critica que quizás sea algo parco en cuanto a las alusiones a la poesía más comprometida de Hernández, pues para Garciasol el abstraer las circunstancias en las que se gestó ese tipo de poesía es un craso error, por restarle algo de la fuerza que le imprimió el poeta. Pero concluye calificando la obra de “valerosa reseña, de extraordinario valor para la fecha de publicación”.

El 20 de julio de 1955 aparece publicado, en la revista Juventud, de Madrid, un artículo de Jaime Capmany en el que, a pesar de achacar ciertos errores a la obra, debidos a las “circunstancias” (debe referirse a las ideológicas) en las que fue escrita, resalta la necesidad de que una obra de este calado apareciese, reivindicando, aunque implícitamente, la figura de Miguel Hernández. Destaca también el fervor que muestra Guerrero Zamora a la hora de acometer la descripción de la figura del poeta, así como ese deseo que subyace de separar todas las vicisitudes políticas que inundaron España en aquellos años tan convulsos de los momentos que tuvieron un valor cultural destacado.

Enrique Sordo, en “La vida y obra de MH”, aparecido en el número 171 de Revista, en julio de 1955, destaca, de la primera parte en que se divide la biografía, su objetividad y rigor, así como la emoción que las palabras de Guerrero Zamora destilan; la documentación aportada dice que enriquecen considerablemente la obra. De la segunda parte se centra en ese comentario de las obras, influencias y fuentes de Miguel Hernández “con una estricta ordenación cronológica y método”. En resumen, “ningún juicio apasionado enturbia la labor científica del análisis y la crítica” de su autor; monografía que, según Sordo, “cubre un triste hueco, un vacío imperdonable”. Encontramos otra reseña a la obra de Guerrero Zamora en el número 90 de Índice de Artes y Letras, en junio de 1956, firmada bajo las iniciales de E.G.L., que responden posiblemente a Eusebio García-Luengo, dicha reseña, que ensalza casi encomiásticamente la biografía, estima el libro de “magnífico (...) el mejor que he leído”, y sigue calificándolo de “libro trabajado y meditado, donde Guerrero demuestra su gran capacidad crítica”.

Aún así, no todo iban a ser críticas positivas para Miguel Hernández, poeta, pues a pesar de que gran parte del panorama crítico de la época lo acogió con agrado, también es cierto que el libro se vio envuelto, desde el momento de su aparición, en multitud de polémicas. Una de las acogidas más negativas la recibió por parte de una de las más importantes biógrafas y conocedoras del oriolano. Josefina Escolano, más conocida por su seudónimo, María de Gracia Ifach, tachó, en “MH”, aparecido en Índice de Artes y Letras, de junio de 1958, a la obra de Guerrero Zamora, de libro “muy falseado”. A raíz de las acusaciones que Josefina Manresa vertió contra él en Memorias de la viuda de Miguel Hernández, en las que llega a acusarlo de ladrón, por haberse apropiado de cosas pertenecientes al legado del poeta, el propio Guerrero Zamora se vio obligado a contestar a ellas. En “Mi libro sobre Miguel Hernández”, aparecido en ABC en junio de 1980, relata el proceso que le llevó a conocer a la viuda del poeta. Además, apunta que las “amputaciones inevitables”, así las califica, de su libro fueron el precio que tuvo que pagar la publicación del libro, en alusión clara y directa a los problemas con el Régimen que la edición de la obra conllevó, y que ya hemos comentado anteriormente. Concluye, tras esta justificación, lamentando que se le haya llegado incluso a tachar de franquista.

Las vicisitudes con las que se encontró Juan Guerrero Zamora para llegar a publicar Miguel Hernández, poeta no fueron pocas. Además, merecen un comentario especial, y debe éste servir para llegar a soltar ese lastre que parece a veces rodear a la obra, que el propio escritor melillense se ha afanado en numerosas ocasiones por desmentir, de que estamos ante una biografía de Miguel Hernández pasada por el tamiz de la dictadura, esto es, aprobada por el propio General Franco. Lo que será expuesto durante las siguientes líneas debe alejar al lector de dicha conclusión, a pesar de las muchas opiniones que, posiblemente influidas por la censura, vertió el autor a favor del General Franco. Pues si algo pretendía realmente Guerrero Zamora con su obra, por encima de todo, era dar a conocer y propagar a un poeta relegado a un injusto olvido por su militancia política. Pero los tiempos que corrían no eran quizás los más indicados para reivindicaciones de este calado; reivindicaciones nobles sí, pero echas cuando las heridas provocadas por la cruenta guerra todavía no habían cicatrizado del todo.

El 20 de noviembre de 1951 se publica Noticia sobre Miguel Hernández, un curioso opúsculo que un desconocido estudiante de Filosofía y Letras llamado Juan Guerrero Zamora escribe como “revelación de un poeta tan anhelado como desconocido” (no debemos olvidar el manto de abandono con el que la dictadura cubrió a todos aquellos escritores que defendieron la causa republicana). Pero aquel trabajo no era sino el anticipo de una obra en la que el joven melillense llevaba trabajando ya varios años, y que se encontraba en lo que él creía era la definitiva fase de impresión, que preludiaría a su inminente publicación. Pero el anticipo a este libro no tuvo la acogida que él esperaba, y levantó ampollas entre las más altas esferas del culturales del Régimen, por incluir palabras como éstas:

“Con los ojos abiertos vivió, cara a cara, como miran los hombres honrados y así, con los ojos abiertos, deslumbrados por la gloria, murió, besó la tierra en su energía de aire, flor, luto, desde donde ahora sigue cantando”.

A pesar de estar revestidas con sutil lenguaje lírico, la frase en sí, como muchas otras del texto, rendían un manifiesto homenaje a un honrado poeta fallecido cuando todavía tenía que alcanzar sus más bellas cotas de calidad poética. Pero un poeta que, al fin y al cabo, había combatido desde el mismo frente por la causa republicana y que había fallecido en las cárceles franquistas como purga a sus males. Y ponía también en evidencia que, sin importar cuál de los dos bandos hubiese ganado, los españoles convergían a una radicalidad que ni la guerra ni otros espantos habían logrado erradicar, siendo el oriolano la prueba fehaciente de ello. Y de este envite salió Guerrero Zamora, en lo personal, completamente indemne, pero no corrió la misma suerte su Miguel Hernández, poeta, cuya publicación se detuvo de manera inexorable y hasta nueva orden.

Tres años después se le propone la edición por fin de su obra, que se encontraba en permanente letargo desde entonces. Eduardo Aunós, desde su recién fundada editorial, es quien se lo propone. Pero el texto no volverá a pasar la censura, pues tres años era un margen de tiempo quizás demasiado exiguo para que ciertas mentalidades hubiesen cambiado, y Guerrero Zamora se ve en la difícil tesitura de tener que pactar ciertas condiciones del contenido de la obra si quiere que ésta vea por fin la luz. Condiciones que aceptó pactar, en palabras del propio autor, “bajo el escrupuloso principio de que no afectarían ni circunstancial ni menos aún sustancialmente la imagen verídica de Miguel Hernández”. Pero sabedor, al mismo tiempo, de que estas concesiones suyas lo enemistarían también con el otro bando, el republicano, que hasta ahora no había atacado su obra con la dureza del franquista, al que para nada había agradado el hecho de que Guerrero Zamora exaltara a un militante del bando vencido. Pero este hecho no frenó en modo alguno sus ansias por ver publicada su obra, pues lo que realmente pretendía, lo que le llevaba a defender contra todo y contra todos su trabajo, no era sino difundir la imagen del poeta Miguel Hernández, como poeta, desvistiéndolo de cualquier ropaje ideológico que pudiese enturbiar su completa visión, la de ser humano:

“Mi propósito era (...) deshacer la leyenda hernandiana, descifrar lo cierto de sus relaciones personales y convicciones (...), probar su dimensión y también limitaciones humanas, revelarle en su firmeza y debilidad”.

El 20 de mayo de 1955, cuatro años después de lo previsto, aparecía al fin Miguel Hernández, poeta. Como hemos podido comprobar, largo y duro fue el camino que tuvo que afrontar Guerrero Zamora hasta ver culminados sus anhelos. Pero, quizás, el daño ya estaba hecho, y todos esos sucesivos problemas y retrasos hicieron que la obra fuese ya observada, según la óptica, bien como biografía falseada y franquista de Miguel Hernández, bien como homenaje inmerecido a uno de los adalides de la causa republicana. Cuarenta años después, con la capacidad de discernir que otorga la a veces necesaria distancia, podemos entender plenamente una obra que, si algo tuvo por encima de cualquier otra cosa, fue la valentía de intentar reivindicar, en momentos nada propicios para ello, a un poeta; reivindicación desde el cariño y la admiración, desde la poesía, sin armas de por medio. Pues, como bien dice el autor de esta biografía, “poco es cuanto se haga por popularizar un nombre que debe ser pronunciado con emoción y respeto”. Y Juan Guerrero Zamora dio muestras más que sobradas no sólo de respetarlo y admirarlo, sino de ser, pese a que las condiciones fuesen las que eran, pese a quien pese, uno de los primeros hernandianos de verdad.

Óscar Moren
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