LOS LIBROS PERDIDOS
ORIHUELA Y MIGUEL HERNÁNDEZ

A la manera de aquellos libros de viaje, tan de moda en los siglos XVIII y XIX, en los que el escritor garabateaba sus trazos de bella prosa poética, sin más prisa que la que le imponía la belleza del paisaje descrito, comienza su libro el hispanista francés Claude Couffon. En el viaje al corazón de la Vega Baja que se narra en las primeras páginas de su Orihuela y Miguel Hernández, da inicio a una detallada reconstrucción de la vida del poeta, vista a través de los ojos de aquellos que lo conocieron, pero también a una reivindicación implícita de lo importante que fue Orihuela para él, tanto en su faceta literaria como en su propia vida. Couffon intenta así derrocar ese tan recurrente como manido tópico de que la partida de Miguel Hernández a Madrid la causó el hecho de no poder soportar la vida que llevaba en Orihuela, pues marchó en busca de su propia quimera, de un ambiente literario y una agitación cultural propicios para poder desarrollar todo su talento poético, sabedor de que eso no podría encontrarlo en su ciudad natal; pero ese paisaje oriolano, que tanto se ha denostado desde algunos sectores de la crítica hernandiana, fue uno de los lugares comunes al que Miguel más retornaba, con insistencia, en sus poesías, prueba de lo mucho que amaba su tierra y del gran cariño que le profesaba. Y es que resulta ciertamente difícil llegar a entender sus primeras poesías, e incluso su primera obra, Perito en lunas, sin tener en cuenta Orihuela y su naturaleza. Es por ello que Couffon se propone buscar entre su calles, sus gentes y su huerta el eco de los versos de Miguel, que todavía resonaba, y la esencia de su persona, que seguía viva e impregnada en los corazones de muchos de sus conciudadanos, amigos y, por supuesto, familiares.

El viaje por las tierras de la Vega Baja lo emprende Couffon con Antonio de Hoyos, profesor en la Universidad de Murcia. Su estancia se prolongará durante cinco días, los que transcurrieron entre el 14 y el 18 de abril de 1962. Días que sirvieron al profesor Couffon para entrevistarse con tres personas muy allegadas, cada uno desde un punto de vista distinto, a Miguel Hernández, pero también para recopilar datos y documentos, algunos desconocidos hasta aquel momento, y para llegar a transitar aquellas calles y aquellos lugares que, a buen seguro, había leído en los escritos de Miguel.

La primera de las visitas que realiza Couffon es al domicilio de Vicente Hernández, hermano de Miguel, que residía en el barrio de Monserrat. La conversación versará, esencialmente, en torno a la infancia de Miguel: la relación con sus padres, sus lecturas de juventud, sus inicios en la poesía o las amistades que germinaron en la Orihuela de aquellos años. Todo, narrado desde la aparente distancia de unos hermanos que mantuvieron una relación correcta, pero no intensa o fraternal. Visitaron la casa en la que ambos vivieron, en la calle de Arriba, hoy rebautizada con el nombre del poeta. Llegados a este punto, la entrevista da un pequeño giro y, tras remontar esas lagunas que en la relación entre ambos existieron, Vicente Hernández evoca los días de cárcel de Miguel, los últimos a los que tuvo acceso en la vida de su hermano; ya que la última vez que lo vio fue ya enfermo y preso en la cárcel.

El segundo entrevistado al que Couffon visita, por recomendación expresa del propio Vicente Hernández, que no podía aportar todos los datos que el francés necesitaba, fue el abogado José Martínez Arenas. Este hombre, de 74 años de edad, testigo directo y atento de todas las cosas que acaecieron en su ciudad en una época tan convulsa y de tantos cambios; en su libro de memorias, De mi vida: hombres y libros, que él mismo recogería, y en el que dedicó un importante capítulo a la figura de Miguel Hernández. Así, si la entrevista al hermano de Miguel fue importante en tanto en cuanto reveló información muy diversa sobre la infancia y juventud de Miguel en su ámbito familiar, la de José Martínez Arenas nos acercará, desde el prisma de la cultura local, a aquellos años en los que Miguel Hernández anhelaba ya llegar a ser poeta algún día.

Además, Martínez Arenas guardaba, en una gran carpeta de color negro, copiosa información relativa al poeta oriolano: el denominado “expediente Miguel Hernández”. En él, abundante información de todo tipo, así como cartas o poesías de su primera época. También evoca el abogado la relación entre Miguel y Ramón Sijé, y manifiesta la tremenda importancia que tuvo este último con respecto al primero: si bien no supo encauzarlo del todo, sí le hizo ser consciente de sus facilidades innatas para la poesía. Una merecida reivindicación de Sijé, tan olvidado en algunas otras biografías. A través de las muchas cartas conservadas, que Miguel dirigiera a Sijé, podemos comprobar las colaboraciones de Miguel en El Gallo Crisis, su creciente interés por la joven Josefina Manresa o el incidente del tren en Alcázar de San Juan, del que sin la ayuda de Sijé, y la del propio Martínez Arenas, posiblemente a Miguel le hubiese costado bastante más salir. Su cercanía a Miguel en aquella época también le permitió relatar con exactitud todas las vicisitudes que rodearon la publicación de su primera obra, Perito en lunas, así como el breve periplo madrileño de Miguel o las cartas que enviara éste a los padres de Sijé tras su muerte. Por último, aporta y transcribe el discurso que pronunció con motivo de la inauguración de la plaza que llevaba el nombre de su “amigo-hermano”, como solía llamarlo, en 1936. Lamentablemente, la guerra acabaría por separarlos, y Martínez Arenas sólo volvió a verlo en aquellos escasos días de libertad que disfrutó Miguel, en 1939, y que precedieron a su prendimiento definitivo.

Luis Fabregat Terrés, o F.T. como es mencionado en el libro, será la última persona a la que Couffon visite. Su interés radica en el hecho de haber sido compañero de prisión de Miguel; tanto en la que ocupó en el 39 en Orihuela, como en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Con él, Couffon se acerca a la última parcela que le quedaba por cubrir en esa visión global que pretendía mostrar en su libro: pues, si con Vicente Hernández, pudimos obtener datos suyos desde la fuente familiar, y con Martínez Arenas el prisma al que se acudía era el de una persona allegada del mundo de la cultura oriolana de la época, con Luis F.T. podremos obtener información de primera mano, la que le ofreció el mismo Miguel, de cómo fue su vida en las distintas prisiones españolas por las que pasó.

Su contacto con Miguel, tanto en la cárcel del Seminario como en el Reformatorio de Adultos, le permite reconstruir el prendimiento que sufrió en Huelva. También menciona otros datos interesantes, como la fallida gestión que el cardenal Baudrillart emprendió por su libertad, los estudios de inglés que Miguel realizaba en la cárcel o la alegría que sintió el día que recibió la visita de su hijo Manuel. La supuesta duda de si Cossío y otros intelectuales de la época ofrecieron a Miguel su libertad a cambio de que se retractara ante el Régimen de su anterior posicionamiento político, queda confirmada por medio de Luis F.T Así pues, este hombre vivió la enfermedad de Miguel, que se agravó por las malas condiciones higiénicas, y fue un testigo de excepción tanto de su muerte, como de sus últimas notas garabateadas, tomadas a lápiz, y que fueron transcritas y entregadas a Josefina por sus propios compañeros de presidio.

Una vez concluidas las entrevistas, Couffon pasa a centrarse en documentos y escritos que ha podido ir recopilando, gracias a distintas personas de Orihuela, que más adelante se mencionarán, y que pertenecen, fundamentalmente, a esa primera etapa de Miguel Hernández, la que comprende sus inicios como escritor y que llega hasta su primer viaje a Madrid. Por tanto, en la siguiente sección del libro, “Dos documentos”, incluye, gracias a la mediación de Martínez Arenas, que facilita los documentos, la certificación en extracto de las actas de nacimiento y defunción de Miguel Hernández. Aunque no sean datos nuevos, podemos comprobar de una manera, si se quiere, más oficial, que nació el 30 de octubre de 1910 y falleció el 28 de marzo de 1942, a causa de una fimia pulmonar.

En cuanto a las “Páginas halladas de Miguel Hernández”, y a pesar de que por el título podamos inferir que nos va a presentar poesías inéditas de Miguel Hernández, lo que en realidad hace Couffon es rescatar esas poesías de su primera época, que se encontraban diseminadas en las publicaciones periódicas locales en que fueron publicadas, tales como El Pueblo de Orihuela, Actualidad, Voluntad o Destellos, y que aparecen reunidas por vez primera bajo un mismo epígrafe. Los originales se los proporciona a Couffon Francisco Giménez Mateo, maestro en Orihuela y gran amante de las tradiciones de su ciudad, a quien el francés manifiesta su sincero agradecimiento no sólo por los poemas, sino también por lo mucho que le orientó en distintos aspectos de la biografía de Miguel, rodeada por un extraño y, por otro lado lógico, silencio. Entre esas poesías reunidas se encuentran, entre muchas otras, pues tenemos casi 80 páginas de textos de Miguel: “Pastoril”, “El alma de la huerta”, “Insomnio”, “Tarde de Domingo”, “Las desiertas abarcas”, “Elegía media del toro” o el famoso “Canto a Valencia”, con el que ganó un certamen literario en Elche. También se incluyen poesías dedicadas a amigos suyos, como Álvaro Botella o Juan Sansano, que están fechadas, al igual que las anteriormente citadas, entre 1930 y 1931.

Con respecto al apartado dedicado a la correspondencia, la mayoría de las cartas incluidas sí eran inéditas en el momento en el que apareció la publicación (pues no habían sido recogidas en las Obras completas que la editorial Losada publicara en 1960). Pero existen divergencias entre la primera edición, en francés, y su traducción al castellano. Pues en la primera edición de la obra, la publicada en 1963 por el Institut d´Études Hispaniques, se incluyen una serie de cartas que no aparecen recogidas en la edición de 1967, en la editorial Losada. Éstas, son tres cartas dirigidas a Ramón Sijé fechadas en 1932, dos de 1936 dirigidas a los padres de Sijé, y otra a su familia, de 1939. El resto de correspondencia, la que sí se incluye en la edición de Losada, la conforman dos cartas dirigidas a Carlos Fenoll y una a su familia, así como otra dirigida nuevamente a la familia de Sijé. El grueso total de la correspondencia, incluidas las que ya aportara Martínez Arenas en capítulos anteriores, integran un completo corpus, en el que podemos ver perfilado, con bastante claridad y exactitud, quiénes eran los integrantes de ese círculo de amistades que frecuentaba Miguel Hernández en Orihuela.

En cuanto a la recepción crítica que tuvo la obra de Couffon, ésta fue, en líneas generales, bastante buena. Cierto es que siendo el libro como es de 1963, la mayor parte de referencias que encontramos pertenecen a aquella época. Pues el tiempo, en ocasiones, cubre con una ligera capa de polvo y olvido los libros, y éste, el que precisamente inaugura esta nueva sección de “Los libros perdidos”, no iba a ser una excepción.

En una artículo de 1964, titulado “A Claude Couffon por su libro”, el oriolano Manuel Molina destacaba, en un texto escrito a modo de agradecida carta abierta, del francés, lo perfectamente plasmado que está ese aprendizaje adolescente de Miguel Hernández en las páginas de la obra. Asimismo, en el Índice de Artes y Letras, y más concretamente en su número de julio-agosto de 1963, nos encontramos con un resumen del contenido del libro. El factor que más se destaca es el de ser una “monografía con aire de reportaje periodístico”, subrayando también que desvela paisajes poco conocidos de la vida de Miguel, a través de amigos y familiares. Además, pone de relevancia esa inclusión de poemas y cartas que suman, en total, más de cien páginas de literatura adolescente de Miguel Hernández.

Un gran estudioso hernandiano como Leopoldo de Luis también se hacía eco, como no podía ser de otro modo, de la obra de Couffon. Así, en “Miguel Hernández dentro y fuera de España”, artículo publicado en los Papeles de Son Armadans en 1963, apuntaba con gran acierto que podíamos inferir, de las páginas del libro, la existencia de un estrecho vínculo que unía al poeta con su ciudad natal. Destaca también la novedad del procedimiento efectuado por Couffon para elaborar el libro: las entrevistas. Dato que también fue de gran importancia para Dario Puccini, quien lo menciona en su “Due libri su Miguel Hernández”, de 1964.

Por otro lado Marie Laffranque, colega hispanista de Couffon, considera Orihuela y Miguel Hernández como una obra pionera en su género, por las novedades que aporta, tanto en la forma de afrontar la reconstrucción biográfica como por medio de cartas y poemas, en los que, afirma, se aprecian claramente las vacilaciones propias de la juventud.

Y destacaremos, en último lugar, el artículo que el olvidado, prolífico y siempre interesante escritor oriolano Francisco Pina dedicó, tanto al libro de Couffon como al propio Miguel Hernández, en su obra El Valle Inclán que yo conocí y otros ensayos. Así, en “Cautiverio y muerte del poeta Miguel Hernández”, Pina, a pesar de afirmar que no llegó a conocer personalmente a Hernández, sí califica su muerte de “pérdida irreparable”. Sobre el libro de Couffon, apunta que es un breve pero admirable libro; “un regalo inapreciable que nunca podremos agradecer bastante”. Evoca, a través de las páginas del libro de Couffon, la vida y muerte de Miguel Hernández.

Podemos llegar a pensar que Orihuela y Miguel Hernández marcó un auténtico hito, por razones que ya hemos explicado con anterioridad, en el terreno de las biografías del oriolano. Pero tampoco pisaba el francés un terreno virgen a la hora de acometer su biografía, pues algunas ya habían visto la luz con anterioridad a la suya. De 1955 datan dos de ellas; la de Concha Zardoya, titulada Miguel Hernández. Vida y obra. Bibliografía, Antología; y la de Juan Guerrero Zamora, Miguel Hernández, poeta. Y de 1958 es la del paraguayo Elvio Romero, titulada Miguel Hernández, destino y poesía, a la que puede considerarse el primer "best-seller" en las biografías del poeta oriolano, y en donde queda convenientemente resaltada la importancia de Raúl González Tuñón en la evolución ideológica de Miguel Hernández.

Llegar a averiguar en qué pudieron influir estas tres obras en la de Couffon no deja de ser una labor ciertamente complicada, máxime moviéndonos en terrenos como el de las biografías, en el que las fuentes suelen tener un afluente principal y común, y depende en la mayoría de los casos del enfoque que el biógrafo otorgue a dicha fuente de información. Aún así, Orihuela y Miguel Hernández se sitúa un escalón por encima de todas ellas, al menos en un aspecto: la manera en la que construye la obra. Pues refleja, por medio de entrevistas, todas sus pesquisas, otorgando una importancia tan grande a las propias cartas y poesías de Miguel. Es como si, de algún modo, él fuera un mero testigo imparcial de los hechos, que pone ante los ojos del lector tanto las opiniones que tres personas allegadas al poeta tenían de él, así como los propios escritos que datan de aquella época. De esta manera, es el propio lector el que, tras procesar los datos que ha puesto el autor a su disposición, se formara su imagen de Hernández y emitirá su propio veredicto. En cuanto a esto, la obra de Couffon destaca por encima de las biografías que le precedieron.

Con respecto a las biografías que fueron publicadas con posterioridad a Orihuela y Miguel Hernández, cabe destacar, en primer lugar, la que, en 1972, publicara Francisco Martínez Marín. Pues Yo, Miguel, o el germen de esta obra, están de algún modo presentes en la obra de Couffon, ya que si hubo una persona que facilitó las cosas al francés durante su estancia de cuatro días en Orihuela, ese fue Francisco Martínez Marín. Por otro lado, y no de una importancia menor, es la obra de María de Gracia Ifach, titulada Miguel Hernández, rayo que no cesa, publicada en 1975, estamos posiblemente ante la biografía más densa de las escritas hasta ese momento sobre el poeta, en la que, además de ofrecer numerosos datos a través de las distintas etapas de su vida, incluye multitud de comentarios impresionistas, opiniones “visionarias”, así como la novelización de pasajes biográficos y una extraña divinización de la actividad artística.

Las dos últimas biografías a las que haremos mención son, posiblemente, las más conocidas de todas; una por ser considerada, casi por unanimidad, la más completa y mejor documentada de todas las que se han escrito sobre él; la otra por ser, además de la más reciente, la que aporta al texto unos rasgos más de novela que de biografía propiamente dicha. La primera, titulada Miguel Hernández, desamordazado y regresado, publicada en 1992, fue escrita por el prestigioso estudioso Agustín Sánchez Vidal; la segunda, publicada en 2002, y escrita por José Luis Ferris: Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta.

Pero si algo tiene de innovador, y enriquecedor, esta biografía, con respecto al resto, es el ofrecernos una visión de Miguel Hernández desde tres prismas bien distintos: desde el prisma familiar, el de la vida cultural de la época y desde el de alguien que, como el preso Fabregat Terrés, convivió con él en dos de las múltiples cárceles por las Miguel “peregrinó” durante los últimos años de su vida. Porque Orihuela y Miguel Hernández es, ante todo y sobre todo, una oportunidad, en primer lugar, de volver a revivir aquella Orihuela de los años 50, que se encuentra como perfecto y silencioso personaje secundario durante toda la obra. Pues a cada paso que da Couffon, a cada persona que entrevista, cada documento que encuentra, tiene a la ciudad de Orihuela como testigo mudo de esos acontecimientos. Reivindicando así, de alguna manera, la importancia que su ciudad natal tuvo en el poeta, y restando algo de protagonismo, si se quiere, a Madrid, que siempre tiende a eclipsar a la primera.

Pero no sólo estamos ante un velado homenaje a la ciudad de Orihuela, sino también ante un completo documento, que aporta información hasta entonces desconocida, así como gran abundancia de textos, poemas, cartas y fotos, que ayudan a tener una visión mucho más global de la figura del poeta. Pero un libro que es novedoso, sobre todo, desde su misma concepción. Pues Couffon investiga, principalmente, en aquel lugar en el que mejor se podía conocer a Hernández: su ciudad natal. Y nos ofrece una reconstrucción de su vida hecha por sus mismos familiares, ciudadanos y amigos; con el perfume de la huerta oriolana, que, incluso, parece que quedó impregnado, de algún mágico modo, en las páginas del libro, igual que también lo está en tantas y tantas poesías de Miguel Hernández.

Un libro que marcó una época en su momento, erigiéndose en auténtico referente en cuanto a las biografías que de Miguel Hernández se han hecho, y que, en definitiva, no debería faltar en la biblioteca privada de cualquiera que se considere hernandiano a todos sus efectos.


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