Con motivo del Día Internacional del Medio Ambiente, que se celebra el próximo 5 de junio, hemos querido reivindicar, en este número, a Miguel como una de las figuras que más defendió el medio ambiente.
Teniendo en cuenta el reconocimiento a la valoración individual del medio ambiente que cada uno tenemos, va a depender del lugar y las condiciones en que cada a uno de nosotros nos ha tocado nacer, crecer y desarrollarnos. Por tanto, nuestras prioridades, necesidades, sensibilidades, costumbres y determinaciones serán decisivas dentro de una vivencia plena del medio ambiente.
Con todo ello, no debemos olvidar que el ser humano es una especie más, que como toda especie, por el mero hecho de existir, ya genera cambios y modificaciones en nuestro propio medio. Cada ser humano forma parte de un entorno diferente, y con ello modela el medio ambiente, así como también él influye en nosotros.
Este artículo pretende mostrar la íntima relación que existió entre Miguel Hernández y la naturaleza. Pues lo consideramos como parte integral de ella, ya que presta su voz, a través del lápiz, para ensalzarla y dignificarla, como podemos ver a lo largo de toda su obra.
Según Leopoldo de Luis “En Miguel Hernández la naturaleza es un elemento vivo en que el ser humano respira y crece. El mismo dijo que sí que se bebía el paisaje. Los bienes puestos a la mano del hombre y que el hombre degrada: la flora, la fauna, los ríos, los lagos, el mar, el aire...Esa sombra del paraíso que la poesía hizo suya como don de los genios celeste, desde Hölderlin a Vicente Aleixandre, son materia poética elaborada en la lírica de Miguel Hernández, desde sus primeras manifestaciones, como un día lo fueron en Virgilio o en Lucrecio.”
Su vida siempre estuvo en contacto directo con la naturaleza, ya desde niño. Como sabemos, nació en Orihuela, muy cerca de la sierra, y esta influencia directa provocará que el árbol, el rayo o el pájaro se conviertan en elementos cotidianos de su poesía. Además, su infancia se desarrolló entre el monte, el río, el palmeral y los animales de establo que tenía su padre.
Miguel, desde muy niño, trabajó como pastor de ovejas, lo que le llevó a un conocimiento profundo y directo de la vida natural; y todo ello, a su vez, forma una gran fuente de inspiración para nuestro poeta-pastor. Se encuentra envuelto en un gran paisaje colorista, pleno de fragancias, lleno de contrastes y con una luminosidad típicamente levantina. De este modo, Miguel Hernández conseguirá transmitir su amor por la naturaleza, por la belleza de las cosas y por su alegría plena por vivir, llegando a constituirse en una simbiosis perfecta entre individuo y medio.
En sus primeros poemas de adolescencia ya vemos la vinculación existente entre su actividad cotidiana y su vocación poética:
“En cuclillas, ordeño
una cabrita y un sueño”.
A Miguel se le conocerá siempre como el “poeta-pastor”, calificativo que le acompañará durante toda su vida, y del cual se enorgullecía. En el poema “Canto exaltado de amor a la Naturaleza”, compuesto cuando no contaba todavía veinte años, vemos reflejado sus más puros y profundos sentimientos hacia ella:
“Con la humildísima grandeza
del santo Francisco de Asís,
amemos a la Naturaleza...
¡Amemos todo lo que es
parte de la Naturaleza!”.
Ya desde su primera etapa podemos ver constantes alusiones a temas relacionados con el campo, la flora o la fauna. Como ejemplo, bien valen los poemas “En Agosto”, “Pastoril”, “El alma de la huerta”, “La bendita tierra”, “Lluvia”, “Atardecer”, “La palmera levantina”, “Olores”, “Plenitud”, “Huerta”, “Palmeras”, “Flor de almendro”o “Naranjo”, en los cuales vemos reflejada constantemente esa presencia del paisaje levantino, tan unido a nuestro poeta.
En su primer libro de poesías, Perito en lunas, Miguel sigue escribiendo a la naturaleza. Encontramos en él un canto a la palmera, un halago a la granada, un suspiro al azahar y una evocación a la sandía, a la oveja, al gallo, la serpiente, al mar o al río. En dicho poemario, Perito en lunas, embellece esos mismos elementos naturales.
La luna es un astro que fascina y embruja a nuestro poeta, como representación de la fecundidad y exaltación de la vida. En su poesía amorosa también empleará muchos símiles con elementos de la naturaleza, suministrados por su conocimiento sobre ella. En “Pastoría” explica el milagro de la vida en el parto de una oveja, sacando similitudes entre la oveja y la mujer. En el poema amoroso “Primavera celosa”, evoca constantemente la flora primaveral, como es el caso del clavel, las azucenas, el alhelí o la rosa, para expresar la belleza y frondosidad de su amor; por otro lado, evoca al toro, al gallo, a la abeja o al ruiseñor como testigos de esa pasión amorosa:
“Si a higuera tu beso huele,
suena y sabe a ruiseñor,
y abril con amor me duele
a mayo con flor y amor”.

Miguel utiliza el término “rayo” como símbolo atormentado del amor; de hecho, lo empleó para el título de una de sus mejores obras, El rayo que no cesa, donde describe el amor como destino trágico de la vida:
“Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea”.
Durante la guerra civil, Miguel tampoco se olvida de la naturaleza, como vemos reflejado en su poema “España en ausencias”:
“Siento como si el sol se fuera distanciando,
agonizando en campos opacos y lunares
donde los lagos tiene instalado su imperio.
Y la tierra parece que se va devorando,
y se esparcen sus restos, sus postreros pilares,
y parece que vuelo sobre un cementerio.
España, España: ¿quién te ha despoblado?”.
En su obra también están muy presentes los contenidos sobre la naturaleza; e incluso podríamos agruparlos bajo distintos bloques temáticos, según Francisco Esteve: fenómenos atmosféricos, flora y fauna, el agua y la tierra, etc.
Como fenómenos atmosféricos reflejados en su obra nos encontramos los siguientes:
- El rayo (antes comentado).
- La tormenta, como podemos observar en el soneto nº 13 de El rayo que no cesa:
“Mi corazón no puede con la carga
de su amorosa y lóbrega tormenta”.
o en la “Elegía” a Ramón Sijé:
“En mis manos levanto una tormenta/ de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta”.
- La lluvia, que se identifica con la sangre:
“Llueve como una sangre transparente, hechizada(...)”
“(...)El cielo se desangra pausadamente herido”.
- El trueno, que aparece tres veces en el “Epitafio desmesurado a un poeta”, dedicado a Julio Herrera y Reissig:
“Quiso ser trueno y se quedó en sollozo...
Quiso ser trueno y se quedó en gemido...
Quiso ser trueno y se quedó en lamento”.
También emplea este término en la “Elegía primera”, en la que define a Federico García Lorca como “trueno de panales”.
- El viento, que representa la fuerza y el coraje de los defensores de la paz y la libertad:
“Vientos del pueblo me llevan,
viento del pueblo me arrastran,
me esparce el corazón
y me avientan la garganta”.
Como vemos, la obra de Miguel Hernández está repleta de alusiones constantes tanto a la fauna como a la flora, que formaba parte de su entorno en Orihuela.
- La palmera, típica de la Vega Baja del Segura, por ejemplo, se encuentra muy presente en la poesía hernandiana, y sirve incluso de identificación personal para el propio Miguel, quien reconoce en el “Silbo de afirmación en la aldea”:
“Alto soy de mirar a las palmeras”.
Según Leopoldo de Luís, “la palmera es una clave hernandiana que supone levantismo, alicantinismo”. Este magnífico árbol merece la atención de Miguel en su primer libro, Perito en lunas, aludido anteriormente. También podemos encontrarla en sus primeros poemas, como es el caso de “El palmero”, “Canto a Valencia”, “La palmera levantina” o “Palmeras”, entre otros.
También hace referencia en su obra a otros árboles de Orihuela, como el almendro, el limonero, la higuera, el naranjo o el granado. Y en cuanto a las flores predilectas de Miguel, en su obra destacan el lirio, la azucena, el clavel, la rosa, el azahar, el nardo, etc.
- La fauna también está presente en la obra de nuestro poeta. Podemos destacar, por ejemplo, la figura del toro como elemento identificador de su figura:
“Como el toro he nacido para el luto (...)
(...) como el toro me crezco en el castigo”.
Otros animales presentes en su obra son el ruiseñor, el canario, el buey, la abeja o el caballo.
- El agua, uno de los cuatro elementos de la filosofía clásica, se encuentra también presente, de una manera evidente, en la obra hernandiana. Nos habla del río Segura, que baña la huerta oriolana; y también del Manzanares (durante su estancia en Madrid), en el cual solía bañarse en época estival; también aparecerá el mar Mediterráneo, al que suele hacer diferentes evocaciones. Este elemento arquetípico tiene una especial significación en su último libro, Cancionero y romancero de ausencias.
- La tierra también es un término muy utilizado por Hernández. Vicente Ramos nos dice: “A Miguel Hernández se le puede dar con plena justicia el título de poeta de la tierra, pues, complacida acendradamente, se sintió hombre por, en y para la tierra”.
En el poema central del libro El rayo que no cesa, Miguel Hernández elabora un retrato autobiográfico, atribuyéndose diferentes identidades, como la del barro o la del toro:
“Me llamo barro aunque Miguel me llame
barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame”.
Esta identificación con el barro, mezcla de tierra y agua, simboliza una encarnación con la madre naturaleza, que hace trascender a su profesión de poeta.
Según Sánchez Vidal “Miguel basa su cosmovisión en la naturaleza; ahora bien, la naturaleza es armónica, por ser resultado de su equilibrio; luego la cosmovisión que la refleje terminará siéndolo también”.
En “Madre España”, Miguel puntualiza que el término madre simboliza, para él, la tierra que lo ha visto nacer; y ésta le servirá de inspiración en su creación poética. Además, la misma tierra será la madre que le acogerá tras su muerte:
“Escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré”.
En lo relativo al teatro hernandiano, nos encontramos con pasajes poéticos también dedicados a la naturaleza, como por ejemplo los dedicados a las estaciones del año, que están descritos con una gran brillantez literaria, donde la vida rural viene condicionada, precisamente, por los cambios estacionales. Los elementos de la naturaleza le servirán a Miguel para conferir un aspecto poético a las continuas metáforas que aplica a la dura vida agrícola, y que se encuentran presentes en dos de sus dramas, Los hijos de la piedra y El labrador de más aire.
La proximidad de Miguel Hernández con la naturaleza, con lo sencillo y cotidiano, son rasgos que lo caracterizarán como poeta. Era tal su simbiosis con la naturaleza que, incluso lo vemos reflejado en los dos cuentos que elaboró para su hijo Manolillo, “El Potro-Obscuro” y “El Conejito”.
Para terminar, quisiéramos incluir diferentes testimonios de personas que conocieron a Miguel Hernández, y que reflejan perfectamente esa vinculación que tenía el oriolano con la naturaleza. Uno de sus amigos, el poeta chileno Pablo Neruda, es el que nos relata lo siguiente:
“Me contaba cuentos terrestres de animales y pájaros. Era ese escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Me narraba cuan impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba hasta las ubres, el rumor secreto que nadie a podido escuchar sino aquel poeta de cabras. Otras veces, me hablaba del canto de los ruiseñores. El levante español, de donde provenía, estaba cargado de naranjos en flor y de ruiseñores. Como en mi país no existe ese pájaro, ese sublime cantor, el loco de Miguel quería darme la más viva expresión plástica de su poderío. Se encaramaba a un árbol de la calle y, desde las más altas ramas, silbaba o trinaba como sus amados pájaros natales”.
Su entrañable Vicente Aleixandre realiza la más pura, y noble, evocación de su amigo poeta, de la siguiente forma:
“Algo tenía en esas horas que le hacía aparecer como si siempre llegase de bañarse en el río. Y muchos días de esos llegaba, efectivamente. “¿De dónde vienes Miguel?” “¡Del río!, contestaba con voz fresquísima. Y ahí estaba, recién emergido, riendo, con su doble fila de dientes blancos, con su cara atezada y sobria, su cabeza pelada y su mechoncillo sobre la frente”.
Otra visión sobre la figura de Miguel Hernández y esa simbiosis con la naturaleza la otorga Francisco Umbral, quien afirma: “cuando los poetas inmediatamente anteriores a él llevaban años engañándonos con rosas mentales, Miguel Hernández nos trae una brazada de rosas de rosal, de flores de almendro, de limones de limonero, de cebollas y tierra estercolada”.
Con ello, venimos a entender mejor de qué manera tiene Miguel ubicadas sus raíces en la tierra, y por qué se siente además parte integrante de la misma. Sus raíces orcelitanas, a las que se siente tan unido, llevan consigo esta ósmosis entre vida y obra.
Vicente Ramos destaca en Miguel Hernández su hilozoísmo, concepto filosófico heredado del mundo cultural griego. Con dicho término, el poeta es identificado con la tierra levantina, y sus consiguientes valores filosóficos, plásticos, etc., lo cual lo hermana con otros escritores alicantinos, como Azorín o Gabriel Miró.
Su condición de pastor, como señalan José Carlos Rovira y Carmen Alemany , ayuda al poeta, en un primer momento, a que capte la mas inmediata realidad, para pasar a convertirla en sencilla metáfora, sin sobrecargas, donde los ciclos germinadores de la naturaleza, los secretos del campo y del paisaje, junto a las primeras lecturas, de Virgilio, Lope o Garcilaso (muchas de ellas las realizaba en la cueva cercana a su casa “Canto Forat”, en su querida sierra) (Ruta del viajero hernandiano), pasan a ser protagonistas de muchos y diferentes poemas.
Trini Ruiz
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