FRANCISCO PINA BROTÓNS

Este semidesconocido ensayista oriolano publicó en la revista mexicana ‘Siempre’ un trabajo sobre el cautiverio y muerte de Miguel Hernández

Los pueblos suelen desentenderse con facilidad de sus escritores y de sus artistas cuando éstos no se ajustan al esquema ideológico de la comunidad, y más todavía si se desarraigan por voluntad propia y rompen el cordón umbilical que los une a su ciudad materna. Entre tantos otros, éste es el caso del ensayista, traductor, cronista y crítico tanto literario como cinematográfico Francisco Pina Brotóns, un perfecto desconocido para la inmensa mayoría de los oriolanos, a pesar de los muchos valores positivos que ofreció, en palabras del crítico literario y profesor de Literatura José Guillén García.

Durante su exilio de posguerra, Francisco Pina publicó en la prestigiosa revista mexicana ‘Siempre’ una nota de lectura sobre el libro ‘Orihuela y Miguel Hernández’ de Claude Couffon (Buenos Aires, Editorial Losada, 1967). Después de leer esta reseña, queda claro que Francisco Pina y Miguel Hernández no se conocieron ni en Orihuela ni en Madrid. En el artículo, el ensayista oriolano afirma que “recuerdo muy vagamente a este Ramón Sijé -cuyo verdadero nombre era José Ramón Marín Gutiérrez-“ y agrega que “de José Martínez Arenas tengo un grato recuerdo por su afabilidad y gran simpatía”. Al igual que decía haber conocido a estas personas, también es lógico que hubiera afirmado lo mismo de Miguel Hernández, pero no lo hace. Al margen de ser una nota de lectura del libro de Couffon, este trabajo de Pina contiene algunos retazos autobiográficos, así como su propia opinión sobre el cautiverio y muerte del poeta de la calle de Arriba. Según Pina, el padre de Ramón Sijé “tenía una tienda de telas en la Calle Mayor, precisamente frente a la casa en que vivíamos nosotros”. En cuanto a su ciudad natal, señala que “antes de abandonar Orihuela, donde nací y pasé la infancia y algunos años de la primera juventud ...” y habla también de “la Cruz de la Muela, una alta montaña desde la que se domina el pueblo, a la que yo también he subido tantas veces en mis años de adolescencia”. Por lo que respecta a Miguel, dice Pina que “pensamos que su muerte significó verdaderamente una pérdida irreparable y creemos que él fue el poeta de más garra, el más hondo, el más intenso y sincero de su generación”, añadiendo que “Miguel amaba intensamente la vida. Pero sus verdugos -y en particular el miserable que lo delató- debían odiarla y despreciarla, todavía con más intensidad. Porque Miguel Hernández era la vida en toda su plenitud y esplendor”.

Francisco Pina Brotóns viene al mundo en Orihuela el día 15 de octubre de 1900. Estudia el bachillerato en el Colegio de Santo Domingo, regido por la Compañía de Jesús y desde muy joven muestra una extraordinaria afición a la literatura. Lee con voracidad cuantos libros caen en sus manos y pronto se inclina por el género narrativo, dentro del cual siente especial predilección por la novelística rusa, que llega a conocer casi exhaustivamente: ‘De tal modo se compenetra con ella y se identifica con sus autores más notables que la huella ideológica de esta literatura quedará marcada definitivamente en el joven espíritu de quien sufría fiebre de justicia’, en palabras del profesor Guillén García, quien añade que ‘las convicciones de Francisco Pina se decantan hacia las doctrinas del marxismo, adoptando una actitud idealista, alejada siempre de cualquier violencia que no fuera la puramente dialéctica’.

Pina tuvo una exquisita sensibilidad y máxima emoción al querer dar al arte el fin de justicia social, sin perjuicio de aumentarlo con la delicadeza poética de que toda obra de arte debe ir revestida para influenciar más directamente el sentimiento. Afirmaba Pina en 1930 que ‘la literatura tiene una misión social que cumplir (...) Aquí, mal que nos pese, tenemos todos la obligación de formar primero una conciencia ciudadana: sin ella no podrá intentarse con éxito el menor avance (...) Cuando peligran sus derechos políticos y sus derechos de hombre, el literato está obligado a esgrimir sus reservas defensivas. Si no lo hace, se suicida cobardemente, sin lucha (...) La calle, el campo, la mina, la fábrica y el taller son un buen gabinete de trabajo, porque en estos sitios está, oculto o en la superficie, el veneno inspirador para el artista de hoy (...) Hay una humanidad doliente y víctima de la nueva esclavitud económica; una humanidad que espera, para emanciparse, la ayuda generosa del arte literario, ofreciéndole, en cambio, una rica cantera de valores humanos. Es de justicia que los escritores no permanezcan sordos a esta llamada’.

Pero el ambiente de la ciudad no le resultaba propicio a Pina. Su sistema pugnaba abiertamente con los ideales políticos y sociales del joven escritor, en cuyo pensamiento se agita desde el principio una postura anticlerical que lo distancia aún más del clima levítico que siempre ha ofrecido Orihuela, donde la preponderancia de la Iglesia es clara en todos los niveles.

Poco después de cumplir los veinte años, marchó a Valencia. ‘Allí se dedica, pese a no dominar los idiomas, a la traducción de obras francesas e inglesas, contratado por una editorial que, además de pagarle mal, no consignaba en los libros el nombre del traductor’, según Guillén. Pese a la distancia, publicó algunos artículos en la prensa de Murcia y Orihuela. Fue uno de los colaboradores del suplemento literario del diario ‘La Verdad’ de la capital del Segura, editado entre 1923 y 1926 bajo la dirección de José Ballester, contando con la ayuda de Guerrero Ruiz. Este suplemento fue una de las principales plataformas de la nueva literatura.

A finales de los años veinte y comienzos de los treinta también escribió Francisco Pina en los semanarios oriolanos ‘Renacer’ y ‘Actualidad’. La primera publicación era de corte liberal, dando cabida a una vertiente ideológica progresista pero moderada, y la segunda tenía un espíritu crítico, rebelde e idealista, siendo de ideología socialista y portavoz de la asociación ‘Los Amigos del Pueblo’.

En aquella época, se entusiasma con la obra de Baroja. Fruto de ese entusiasmo son los ensayos que comienza a escribir, destacando el libro titulado ‘Pío Baroja’ (Valencia, Editorial Sempere, Imprenta de Luis Burguet, 168 pp.), ensayo que se publicó en 1928. Dice Guillén que ‘su fina sensibilidad detecta con acierto las personalidades literarias más valiosas del concierto nacional. Pero entre todas hay una que llama poderosamente su atención: la del extraordinario novelista Baroja’. A este escritor dedica Pina su primer libro, cuando don Pío es todavía, a pesar de sus éxitos, ‘piedra de escándalo y tema de contradicción’. Añade Guillén que la ejecutoria rectilínea de Baroja, consecuente con unos claros principios que se basan en la inviolabilidad de la conciencia, despiertan el fervor juvenil de Francisco Pina, que se dedica con entusiasmo a exaltar la figura y la obra del escritor vasco en artículos y conferencias. Con estos datos es fácil resumir que el libro resulta una completa apología de Baroja: ‘A través de los diecisiete capítulos que componen el ensayo, debemos destacar la semblanza que en el primero hace del escritor y todos aquellos que se refieren a conceptos que hoy podemos aceptar como definitivos. Tales son los que tratan del estilo y de la técnica, los que estudian la creación de una tan viva galería de personajes y el fondo lírico de la prosa barojiana, y los que destacan algunos aspectos particulares, como la rebeldía, el humor y la ataraxia imposible. Hay que señalar, no obstante, ciertos lunares de sombra, entre los cuales cabe incluir la carencia de formación para defender con base científica algunos argumentos y el empeño en relacionar a Baroja con los escritores rusos Maksim Gorki y Nikolai Garin, relación que el propio Baroja en sus ‘Memorias’ ha rechazado terminantemente’. En el primer capítulo del libro, Pina dice sobre Baroja que ‘su obra es fustigadora y rebelde porque así debía ser (...) Es el escritor español que, con Blasco Ibáñez, más verdades sociales ha dicho en sus libros (...) Su cariño sincero hacia los humildes, hacia los vencidos, hacia todos los que sufren hambre y sed de justicia, ha hecho creer a muchos que el novelista que nos ocupa es un bohemio mugriento, un fracasado bilioso, un misántropo, en fin, amargado y sombrío. Nada de eso. Se trata, simplemente, de un hombre acogedor y efusivo, que ha practicado silenciosamente el bien en todos los momentos de su vida. Tiene, sin duda, algo de Nietzsche, pero también un poco de San Francisco’. Este libro de Pina sobre Baroja tuvo repercusión a nivel nacional. La comprometida revista ‘Post-Guerra’ publicó un artículo sobre el mismo (Madrid, año II, nº 13, pp. 18-19, 01-septiembre-1928) y calificó al oriolano Pina como ‘un escritor de extraordinarias condiciones críticas’. El propio Pío recogió también un extenso fragmento de este artículo en el primer tomo de sus ‘Memorias’ (‘Desde la última vuelta del camino. El escritor, según él y según los críticos’, O.C., p. 403).

En la década de los años treinta, Francisco Pina escribió, aunque esporádicamente, en los periódicos madrileños y valencianos. Durante su residencia en Valencia, colaboró asiduamente en el periódico republicano ‘El Pueblo’, que dirigía Félix Azati. Pina también dictaba conferencias sobre temas literarios en algunos centros culturales. Ya le atraía el teatro y también comenzaba a interesarse por el cine. En aquel entonces, el escritor alcoyano Juan Gil-Albert, en ‘El Noticiero Regional’ de Alcoy (07-07-1928), dedicó un artículo titulado ‘Nada tan difícil como ser moderno’ al escritor oriolano, a quien califica de ‘simpático, comprensivo, culto, vibrante y moderno’. Pina y Gil-Albert se conocieron en la tertulia que el profesor griego Nicolás Percas, casado con la rusa Anna Ivanovna, mantenía en su casa valenciana, en la que se respiraba un ambiente liberal y cosmopolita. Producto de esta amistad entre ambos fue el prólogo que, con el título ‘El estilista y la Historia’, Francisco Pina escribió para el tercer libro del escritor alcoyano, publicado en 1929.

En 1930 publicó el ensayista oriolano su segundo libro, titulado ‘Escritores y pueblo’, el cual inauguró la sección de Arte y Literatura de la editorial ‘Cuadernos de Cultura’ de Valencia. En su prólogo se calificaba a Pina de ‘culto literato’. Esta publicación era un estudio sobre el aspecto social de la obra de los literatos contemporáneos comprometidos de nuestro país. Escribió Pina en la introducción que su objetivo era ‘intentar concretar un poco acerca de cómo han reaccionado nuestros más caracterizados hombres de letras ante los anhelos y las amarguras del pueblo’. En el libro se hace un repaso desde el mencionado Pío Baroja hasta los jóvenes Espina y Díaz Fernández, pasando por Blasco Ibáñez, Unamuno, Valle Inclán, Benavente, Azorín, Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Luis Araquistáin y Álvarez del Vayo.

Precisamente el 7 de junio de 1930 publicó Pina en ‘Renacer’ un artículo titulado ‘En la muerte de Gabriel Miró’. El ensayista de Orihuela escribió que ‘dejando aparte su incalculable valor literario -oro puro y lluvia de estrellas- tenemos que admirar en él (...) la vil persecución de que fue víctima -a raíz de publicar ‘El obispo leproso’- por parte de la clerigalla, del jesuitismo enfurecido. Miró, que era un espíritu cristiano, un temperamento hondamente religioso -lo demuestran todos sus libros, pero especialmente ‘Las figuras de la pasión del Señor- sufrió en silencio últimamente la saña turbia y solapada de un reaccionarismo cerril. Cuando fue atacado, con torpeza y mala fe inconcebibles, en un periodicucho que se llamaba oriolano, aunque sin tener la más leve esencia del verdadero pueblo de Orihuela, yo esgrimí mi modesta pluma y rebatí en forma contundente y adecuada el ataque malintencionado y ramplón (...) Gabriel Miró me puso entonces una carta en la que había gratitud para mi conducta y alto y noble desprecio para el burdo ataque’.

Desde Valencia se trasladó a Madrid y Pina visitó a Miró en su casa. El escritor oriolano explica, en este artículo de ‘Renacer’, como hizo amistad con Gabriel Miró: ‘Más tarde tuve el placer de conocerle. Su mirada clara y leal reflejaba una tristeza digna, impresionante y conmovedora; de toda su figura distinguida se desprendía una intensa corriente de simpatía humana. No olvidaré jamás aquel fuerte y caliente apretón de manos y aquella voz pastosa y henchida de cordialidad que me decía: ¡Usted es Pina! ¡Pase, pase por aquí ...!’.

En la capital de España, Francisco Pina también entabló amistad con Ramón María del Valle Inclán. Él mismo escribió en 1969 de su trato con el escritor gallego: ‘este hombre singular, a cuyas tertulias tuve el privilegio de asistir, en años anteriores y posteriores, a la proclamación de la República Española, acompañado frecuentemente por el periodista portugués Joaquín Novais Teixeira, gran amigo de Valle Inclán y compañero mío, inseparable, de aquellos agitados tiempos. He dicho que asistía a las tertulias, porque en realidad eran tres los lugares donde veía asiduamente a don Ramón: el Ateneo, el Café Regina y el Café La Granja del Henar (...) El natural señorío de este hombre afable y correcto era algo que saltaba a la vista y se imponía desde el primer momento, por lo menos, a cualquier persona dotada con un elemental sentido psicológico (...) En la tertulia del Ateneo predominaba la gente joven, pero había también alguna que otra persona de edad más avanzada’. Recuerda que al Café Regina asistían, entre otros, ‘Luis Bello, Luis García Bilbao, Juan de la Encina, Sindulfo de la Fuente, Novais Teixeira y Juan José Domenchina’.

En las actividades de articulista, ensayista y traductor trabajó Pina durante los años siguientes hasta el comienzo de la guerra civil. De esta última faceta hemos obtenido algunos datos en la base de datos de la Biblioteca Nacional y en www.iberlibro.com. En 1931, tradujo ‘Las escuelas de las mujeres’, obra de André Gide (Madrid, Editorial Dédalo, 215 pp.) y ‘Malasia’ de Henri Faucconier (Madrid, Editorial Dédalo, 242 pp.). En 1932, hizo la traducción del libro ‘En las costas del marfil’ de Ethelreda Lewis (Madrid, Editorial Dédalo, Madrid, 240 pp.).

De este último año es la crítica cinematográfica sobre una película de René Clair que Pina hizo en la prestigiosa revista de documentación social ‘Orto’, publicación que se editó en Valencia entre 1932 y 1934. En la primera mitad de los años treinta, fue colaborador de ‘Nueva España’, editada en Madrid por Javier Morata entre 1930 y 1931. Fue un semanario político y social que cubría ‘toda el ala ideológica de las izquierdas’. También publicó en la revista ‘Tensor’ (1933-35), que estuvo dirigida por Ramón J. Sender. En ella, el oriolano Pina intervino en la redacción del número especial (5-6) dedicado a la ‘Historia de un día de la vida española’, redactado por un colectivo de escritores revolucionarios.

Pocos meses después de iniciada la guerra civil española, Francisco Pina Brotóns se traslada a Barcelona, donde trabaja como funcionario en el Banco de España, mientras continúa con sus traducciones y conferencias, que pronunciaba en el ‘Casal de la Cultura’. Al mismo tiempo, fue miembro de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura. Después de acabada la guerra civil, se exilia en Francia, permaneciendo veinte días en el campo de refugiados españoles de Saint-Cyprien. Después marchó exiliado a México en 1939, refugiándose ‘en el hogar de un ex ministro español de la República’, según Guillén, quien no especifica el nombre de este alto cargo político. En suelo mexicano, asiste a la tertulia que en la capital federal mantienen otros escritores exiliados, entre ellos el gran poeta León Felipe. Allí se encuentra alguna vez con el oriolano de adopción Jesús Poveda, continuando con sus traducciones. Pina escribió en 1969 que ‘en el gremio de los literatos, Valle Inclán y Baroja eran seguramente lo más sencillos, los menos pomposos y engreídos. De esta misma condición humana fue el poeta León Felipe, cuyo carácter tuvo muchos rasgos en común con el de don Ramón’.

Según el ‘Diccionario de las Vanguardias de España (1907-1939)’ de Juan Manuel Bonet (Madrid, Alianza Editorial, 1995), Francisco Pina ‘fue militante del P.C.E.’, lo que no debe extrañar a tenor de la ideología mostrada en su obra. Sin embargo, en la documentación del Archivo del Partido Comunista de España sobre la organización del partido en México no hay datos sobre Francisco Pina, ni siquiera su nombre figura entre la relación de los militantes.

En 1939 realizó la traducción del libro de Jean Cassou titulado ‘Cervantes: un hombre y una época’ (México, Editorial Quetzal, 123 pp. ) y en 1944 la de ‘Afrodite’ de Pierre Louis (México, Editorial Leyenda, 248 pp.). En 1940 tradujo el libro ‘Darwin’, escrito por Marcel Prenant (México, Editorial Quetzal, 147 pp.). En tierras mexicanas, colaboró en el periódico ‘El Popular’ y en los suplementos de ‘El Nacional’, ‘Novedades’ y ‘Siempre’. En esta última revista se prodigó en su otra faceta conocida, la de crítico de cine. El semanario ‘Siempre’ apareció a la luz pública en México el 27 de junio de 1953 como revista esencialmente de información y análisis políticos, que ha dado y sigue dando cuenta del acontecer político lo mismo mexicano que latinoamericano y de otros confines del mundo con una línea editorial plural y crítica, conviviendo en sus páginas las más disímbolas plumas. Afirma Guillén que en la especialidad de crítico cinematográfico ‘alcanzó gran prestigio haciendo algunos comentarios cinematográficos para la televisión mejicana’. En esta faceta artística, la figura de Charles Chaplin, exiliado en Norteamérica por mantener su ideología marxista, ‘suscita en Francisco Pina una irremediable simpatía’, como señala este estudioso. El concurso de sus conocimientos del Séptimo Arte y esta simpatía le inspiran un nuevo libro. Se trata de un ensayo, que, con el título de ‘Charles Chaplin, genio de la desventura y la ironía’ (México D.F., Colección Aquelarre, Talleres de Impresora Juan Pablos), se publica en 1952 en la capital de México. En el mismo, Pina estudia la vida y la obra de este excepcional artista.

En el año 1953, prologó el libro ‘Pasos y sombras, Autopsia’ (México, Aquelarre), memorias del pintor valenciano Juan Renau (1913-1990), que le hizo a Pina un retrato a línea. Otra edición del libro de Charles Chaplin se hizo en 1957 (Editorial Grijalbo, 350 pp.) y también en relación con el mundo del cine escribió en 1965 otro trabajo titulado ‘El cine japonés’. Una de las últimas publicaciones del ensayista y escritor oriolano fue el libro ‘El Valle Inclán que yo conocí y otros ensayos’ (México, Editorial UNAM, 1969, 261 pp.). Como se decía en la contraportada del mismo, Pina ofrece en este libro ‘varios trabajos acerca de algunos de los principales personajes de la cultura contemporánea de España. Con todos ellos intima, en todos ellos deshuesa lo anecdótico de sus vidas y escarcea en los más mínimos sucesos de sus actitudes, de sus obras, hasta darnos el santo y seña de esos indiscutibles maestros del pensamiento y de la prosa. Valle Inclán. Pío Baroja. Gómez de la Serna, dentro de sus accidentadas apariencias, vitales. Miguel Hernández revive en la imperdonable infamia que le hicieron. Camilo J. Cela, en el dramatismo de la vida. Galdós, Miró, Espina y otros cobran vida otra vez en páginas plenas de sencillez’.

Siempre ganó poco con su trabajo, pero necesitaba menos aún, porque era vegetariano y apenas gastaba en nada. Según el profesor Guillén García, la muerte de Francisco Pina acaeció ‘muy a principios de 1972’, sin embargo Francisco Martínez Marín sitúa su muerte el día 28 de diciembre de 1971. Al morir, todavía pudo legar a su hermano José María -conocido escritor y poeta, pero dentro del ámbito estrictamente oriolano- una respetable suma de dinero.

El profesor Guillén manifiesta que ‘todos los que le conocieron están de acuerdo en que Francisco Pina era una excelente persona, un hombre honesto que había ajustado su vida, con profunda sinceridad, a unos ideales de justicia’ y concluye afirmando que ‘su estilo es fluido y correctísimo, con precisión y riqueza en el léxico y equilibrada armonía en la cadena fónica’.

Antonio Peñalver
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