ARTÍCULO
DE OPINIÓN DE AITOR L. LARRABIDE
GIL-
ALBERT EN ORIHUELA
El pasado viernes 21 de enero fue inaugurada en la Sala de Exposiciones
de la Fundación Cultural Miguel Hernández, junto a la
Casa Museo del poeta en Orihuela, la exposición “Juan Gil-
Albert, fuentes de una constancia”, que podrá contemplarse
hasta el 20 de febrero. El pasado año se celebró el centenario
del nacimiento del poeta alcoyano y en este recién estrenado
2005 se conmemora el centenario del nacimiento de otro ilustre escritor
y, sobre todo, impresor: Manuel Altolaguirre. La muestra, concebida
como una tupida red entretejida de relaciones personales, literarias
e ideológicas, busca del visitante la complicidad necesaria para
asomarse a poetas y artistas como los propios Gil-Albert, Miguel Hernández,
Altolaguirre, el poeta argentino Raúl González Tuñón
y el escultor Alberto Sánchez, que unieron afanes comunes para
ofrecer lo mejor de sus respectivas producciones a la causa republicana,
durante los convulsos años de la preguerra (1935-1936). Estos
dos agitados años sirven de hilo conductor de la exposición,
en donde sobresale, por encima de las ruinas de la historia reciente
de nuestro país, la convicción serena y firme de un grupo
de intelectuales que apostaron por un caballo perdedor, pero, a la postre,
ganador.
La vigencia del legado estético y ético de Gil-Albert
está basada en un modelo actual de conducta moralista y comprometida
con el mundo que le rodea, rasgos esenciales que le acercarán
a los poetas más jóvenes (por ejemplo, Guillermo Carnero)
y otros que procedían de promociones como la de los cincuenta
(Gil de Biedma, Brines, etc.). En 1972 se inicia el lento pero imparable
reconocimiento de la obra gilalbertiana con la publicación de
“Fuentes de la constancia”. Otro rasgo que atrajo el interés
de los lectores fue su prosa memorialista, en la cual la cultura era
entendida como expresión cotidiana y reafirmación de lazos
más amplios (amistades, soledades, escritura, amores, vivencias,
etc.). El autor contaba entonces con 68 años.
Juan Gil-Albert y Miguel Hernández, aparte del paisanaje, coincidían
en otro punto más: el impresor. Manuel Altolaguirre editó
los libros “Misteriosa Presencia” y “El rayo que no
cesa”, respectivamente, en 1936. En la exposición hemos
concedido un espacio significativo al, sin duda, mejor impresor de la
época. Ambos poetas alicantinos se conocieron en la casa del
malagueño y en la muestra puede leerse un interesante texto de
Gil- Albert sobre su paisano.
Miguel Hernández, por su parte, no era ajeno a las profundas
transformaciones socio-políticas que tenían lugar en España
durante el bienio 1935-1936. En este sentido el poeta argentino Raúl
González Tuñón, autor del célebre poemario
“La rosa blindada”, ejerció una incuestionable influencia
ideológica sobre Hernández. En la muestra puede observarse
una fotografía inédita en España en la que, entre
otras personalidades del mundo de la cultura, destaca Miguel Hernández.
La foto fue realizada con motivo del banquete de despedida a González
Tuñón en Madrid, el 20 de diciembre de1935. Por otra parte,
la implicación del poeta oriolano en la llamada Escuela de Vallecas
con sus ramificaciones estéticas y políticas, tiene su
espacio también en la exposición. Una carta, inédita
en España, de Miguel Hernández al poeta argentino Miguel
Ángel Gómez, fechada en Madrid en mayo de 1936, que también
puede ser leída en la muestra, nos ofrece nuevos datos sobre
ese periodo de transformación ideológica y estética
en el poeta oriolano.
En definitiva, hemos intentado tributar un homenaje a Juan Gil-Albert,
vigente por encima de conmemoraciones puntuales, acompañado de
sus amigos Miguel Hernández y Manuel Altolaguirre, de Raúl
González Tuñón, y Alberto Sánchez, todos
ellos zaheridos por el viento del pueblo.