|
TESTIMONIO DE ANTONIO GAMBÍN SOBRE MIGUEL
HERNÁNDEZ
Antonio
Gambín, compañero de prisión de Miguel Hernández
“Entre
varios presos lo sacamos a hombros del recinto, mientras sonaba, por primera
vez, la marcha fúnebre”

Dos
años entre rejas por quemar santos, delito que dice no haber cometido,
pasó Antonio Gambín por el Reformatorio de Adultos de Alicante.
Años que le marcaron y que compartió con Miguel Hernández,
al cual tuvo la oportunidad de conocer en los últimos momentos
de su vida. Unidos por una justicia mal impartida, que fecunda heridas
que no cicatrizan y sólo se cierran al son de la despedida.
¿Qué
recuerdos tiene del Reformatorio de Adultos de Alicante?
No fueron los mejores años de mi vida, a mí me metieron
en el Reformatorio por algo que no había hecho. He estado en la
cárcel dos años y un día por quemar santos y yo en
la vida he quemado un santo. Fue en Guadalajara donde me detuvieron y
me mandaron para Alicante. Fueron años amargos donde el único
consuelo lo encontré en los compañeros, que como Miguel
Hernández, me entretenían con sus charlas y me comentaban
las cosas que ellos habían pasado durante la guerra.
¿Cómo
se enteró de la presencia de Miguel en la cárcel?
Yo a Miguel Hernández no lo conocía de antes ni de ná.
Pero como soy de Cox, igual que lo era Josefina Manresa, tenía
mucha amistad con ella y con su familia. Así que un día,
en una visita a los presos había venido mi madre con Josefina,
mi madre me saludó a mí y mientras Josefina se acercó
a hablar con Miguel. Después, mi madre fue a él y Josefina
vino a mí. Fue cuando me contó que había venido a
ver a su marido que estaba también allí. Y desde ese día
comencé a entablar conversación con el poeta casi a diario.
Me hablaba de su familia, sobretodo, se acordaba mucho de su mujer y su
hijo. En una ocasión, recuerdo, que me comentó cómo
lo habían detenido en Rosal de la Frontera, en Portugal, y que
un paisano de Callosa, un tal Salinas que estaba en la Guardia Civil,
cuando detuvieron a Miguel y le preguntaron a éste si le conocía,
respondió que no lo conocía para nada bueno.
¿Qué
cosas pudo aprender de este universal poeta?
De Miguel no conocí sus versos ni su poesía, sino su talante
humano que era muy grande. Me enseñó que a las personas
no se las puede juzgar de antemano, sino que tienes que tratarlas y así
puedes llegar a conocerlas. No se conocen a las personas enseguida. Miguel
buscaba siempre que la ley fuera igual para el grande que para el pequeño.
Me habló de su viaje a Rusia, le gustaba la justicia que allí
se impartía, ya que el que hacía algo lo pagaba y el que
no, no. Me habló muy bien de allí, claro que no había
las mafias que hay ahora.
¿Tiene
constancia de cuando Miguel escribía versos entre las rejas?
Entonces, había mucha dificultad para escribir. Había gente,
supuestos compañeros de prisión, que se chivaban e iban
al oficial con el cuento, por lo que tenías que llevar mucho cuidado
de lo que decías o hacías y de quién tenías
cerca. Era una dictadura muy fuerte, donde revisaban a menudo las celdas,
y cuidado de que no te pillaran nada.
¿Cree
que se hubiera podido salvar la vida de Miguel Hernández?
Para contestarte a esta pregunta te voy a contar lo que pasó en
las fiestas de la Merced. Resulta que ese día vino un obispo de
Madrid y llamaron a Miguel a que fuera al despacho a hablar con él.
Claro, los demás presos estábamos intrigados y queríamos
saber qué le habían dicho, así que cuando salió
le preguntamos a Miguel. Él decía que le recomendaron que
dijera lo contrario de lo que había dicho en la guerra. Pero Miguel
se negó a hacerlo ya que él consideró que no había
hecho daño a nadie con sus palabras y lo único que hacía
era dar consejos y animar a sus compañeros. También le preguntaron
por qué no había preparado nada para la fiesta, a lo que
él contestó que estaba enfermo y no tenía ánimos
de ninguna cosa. De hecho, esa misma tarde fue cuando lo ingresaron en
la Enfermería.
Estaba muy deteriorado y pálido, venía así ya a Alicante
después de lo vivido en las otras cárceles, había
sufrido muchos malos tratos.
Aunque yo creo que a pesar de su empeoramiento físico, si se hubiera
retractado de sus palabras, lo hubieran sacado y llevado a un hospital
para curarlo.
¿Cómo
fue su despedida con el escritor oriolano?
Yo iba a verlo todos los días cuando estaba en la Enfermería,
incluso en una ocasión recuerdo encontrarme con Josefina que había
ido a verle. Murió días después y unos compañeros
lo dibujaron cuando el oficial no estaba allí. Después,
entre varios presos, lo sacamos a hombros del recinto mientras sonaba,
por primera vez, la marcha fúnebre.
Nuria
Illescas
Subir
|
|