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No fueron sus versos, aunque reconoce que ha leído toda su obra.
La admiración y el cariño que Carmen Manresa siente por
Miguel Hernández se debe a su figura como amigo, cuñado
y padre. Vivió de cerca la relación entre su hermana Josefina
y el poeta. Ahora recuerda como si fuera ayer todo lo vivido en familia,
sin perder ni un momento la sonrisa.
¿Qué recuerdos tiene de la infancia con Miguel Hernández?
Fue una infancia muy buena, para nosotras Miguel era como si fuera nuestro
padre. En las cartas que le enviaba a mi hermana Josefina cuando estaba
preso en Alicante, siempre nos escribía unas letras y firmaba besos
de vuestro padre, el más joven.
Aparte de Josefina éramos tres hermanas más. Yo soy la mayor
de las tres pequeñas.
Recuerdo que cuando salíamos del colegio nos íbamos a casa
de Miguel, en la calle Arriba y por la parte de atrás le tirábamos
piedrecitas. Entonces, Miguel, que casi siempre andaba escribiendo algo,
miraba hacia arriba y nos abría la puertecica. Nos daba muchos
besos y le gustaba jugar con nosotras. También nos daba higos de
la higuera y cuando venía en agosto nos daba uva. Solíamos
estar un cuartico de hora y ya nos íbamos para mi casa. Él
nos decía “esperarse, os voy a dar unas notas para Josefina”,
y en un pedacico pequeño de papel doblado escribía una letras
para mi hermana. Luego, cuando llegábamos a mi casa, mi hermana
nos decía “¿Para qué habéis ido allí?
¡Qué estáis molestando! ¡Qué estáis
molestando!”
¿Cómo
era la relación sentimental entre Josefina y Miguel?
Josefina trabajaba en la calle Mayor enfrente de la Catedral, en una casa
donde cosían, más tarde pusieron una tienda de confecciones.
Cuando pasaba Miguel, que andaba pisando fuerte, las compañeras
de mi hermana decían “¡Ya viene el poeta!”. Pero
mi hermana se metía para dentro porque no quería verlo,
eran los primeros días, cuando todavía no eran novios, apenas
comentaba nada con las compañeras. Después la iba a recoger,
pero eso era cuando ya eran novios formales.
Miguel le pidió permiso a mi padre para subir al cuartel, le pidió
la entrada. Mi padre le dijo que no podía hacerlo ya que tenía
que molestar a sus superiores, y hacer una reunión y todo eso.
Así que le dijo que se esperase. Josefina y Miguel siguieron viéndose
y paseando. Tiempo después se despedían en la puerta del
cuartel.
¿Alguna
vez se pelearon?
Una vez se pelearon porque Miguel le dijo que la quería pero no
para casarse. Entonces, mi hermana me dió las fotografías
y las cartas que tenía para que se las devolviera a Miguel. Ese
verano Miguel se fue a Madrid y mi hermana no salió nada ese mes
de agosto, nada más que para ir a trabajar. Miguel, ya en Madrid,
le escribió una carta a mi padre para preguntarle si Josefina se
había echado novio. Mi padre le dijo que eso tenía que averiguarlo
él. Cuando Miguel volvió de Madrid fue cuando se arreglaron.
También, me acuerdo de una riña que tuvieron por culpa de
un loro. Resulta que en el cuartel un guardia civil tenía un loro
que se enseñó el silbido de Miguel, ya que cuando él
venía a recoger a Josefina se daba la vuelta por detrás
y silbaba y Josefina cuando le escuchaba bajaba. Un día, el loro
silbó y mi hermana bajó, no lo vió y se subió
disgustada, al rato llegó Miguel silbó y Josefina bajó.
Mi hermana, muy enfadada, le dijo “Que sea la última vez
que me llamas y te vas”. Después descubrieron que había
sido el loro.
Además
de Orihuela estuvieron viviendo en otros pueblos como en Cox ¿Cómo
fueron aquellos años?
Estuvimos nueve años viviendo en Orihuela, que fue la entremedia
en la que ellos se conocieron. Él quería casarse, pero mi
padre entonces le dijo que tenía pedido el traslado a Elda y que
los traslados siempre traen gastos. Nos fuimos a Elda y a los cuatro meses
fue cuando mataron a mi padre en un tiroteo y a seis guardias más.
Eso sucedió en agosto y como era verano nosotras estábamos
en Cox, en casa de mi abuela. Miguel venía desde Orihuela a ver
a mi hermana a veces andando, otras en bicicleta. Nos íbamos por
la sierra, ya que a Miguel, le gustaba mucho andar por allí, con
sus alpargatas con cintas. Él iba a Orihuela atravesando la sierra,
iba y venía, le gustaba mucho andar. Teníamos una cabrita
que le puso el nombre de Josefina como mi hermana -dice Carmen entre carcajadas-.
Esa cabra se la llevaba todas las mañanas un cabrero con su ganado.
Y un día que estaba Miguel me dijo “Carmen, te voy a enseñar
a ordeñar para que puedas tomarte un vaso de leche cuando quieras.
Aprieta de aquí abajo, ¡tienes que apretar más!”,
y yo llena de alegría gritaba ¡Ay, ay, ay!

Miguel
Hernández en la sierra de Cox, agosto del 36.
Josefina
Manresa y su hermana Carmen
¿Pudo
asistir a la boda de su hermana con Miguel Hernández?
Se casaron en marzo del año 37 por los juzgados, ya que no había
iglesias. Solamente fue mi tía, porque mi madre estaba ya enferma
y nosotros estábamos de luto por mi padre, que había muerto
el verano anterior. Nos contó mi tía que la madre de Miguel
hizo arroz y costra para comer. Y luego se vinieron por la tarde a Cox
a ver a mi madre. Al día siguiente se fueron a Jaén, donde
estaba destinado Miguel. En abril de ese año murió mi madre,
Josefina se quedó aquí con nosotras, y Miguel iba y venía.
¿Cómo
se las arreglaron para vivir en esos momentos?
Miguel y Josefina tenían una casa pequeña alquilada en Cox,
sólo disponía de una cama de matrimonio y una cuna. Allí
me quedaba yo con Josefina y mis hermanas pequeñas dormían
en casa de mi abuela en la misma calle.
Entonces, por la noche, cuando llegaba Miguel que venía de Madrid,
mi hermana me decía “Carmen, levántate que está
aquí Miguel y vete a casa de la abuela”. Pero Miguel le replicaba
“Angelico, déjala que hace mucho frío, ponte tú
en medio, yo en una punta y ella en otra”. Y ya por la mañana
me acompañaba él a casa de mi abuela. Eran tiempos difíciles,
ya que no había mucho para comer. Cuando el primer hijo de ellos,
me iba de Cox a La Murada todas las mañanas andando para traerme
un litro de leche de vaca, para el chiguito. Pero se murió porque
no había medicinas.
Hablando
de muertes, ¿cómo se enteró de que había fallecido
Miguel Hernández?
Cuando Miguel murió estábamos nosotros en Valdemoros en
un colegio que tenían para huérfanos. Mi hermana envió
una carta al colegio y una monja enviada por la Madre Superiora nos llamó
por el apellido, que era como se llamaba allí, “Las Manresas,
que la Madre Superiora quiere hablar con ellas. ¿Ustedes tienen
un familiar enfermo?” Nosotras contestamos que no, ya que no pensamos
que era él. La Madre Superiora nos dijo “Rezad por Miguel
Hernández, que ha ido al cielo”. No teníamos consuelo
cuando nos enteramos de que había muerto. Nos vinimos para acá,
y ya no volvimos. Nos metimos en Elche a servir, ya que no teníamos
para comer.
En los años 50, Josefina se fue a Elche con su hijo Manolo a vivir.
Ella estaba todo el día cosiendo y yo le ayudaba en todo, hacía
la comida y las cosas de la casa. Hasta que me casé, entonces iba
a verla todos los domingos, ya que para mí era como si fuera mi
madre.
¿Qué
le parece la labor que está desempeñando la Fundación
por mantener viva la figura de este insigne poeta?
Estuve en la inauguración de la Fundación y estoy muy contenta
de todo lo que se está haciendo por él. Pero también
tengo que decirte que nunca le darán lo que él se merecía.
Miguel era una persona risueña, sencilla y buena con todo el mundo.
Ha sido como un segundo padre para mí y mis hermanas, sólo
tengo palabras buenas para él.

Inauguración de la Fundación Cultural
Miguel, junio 2002.
Nuria
Illescas
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