ENTREVISTA
A HÉCTOR DANTE CINCOTTA
La liberación del alma en la poesía es la huella
sencilla del hombre que perdura
Héctor
Dante Cincotta nació en La Plata (Argentina), en el año
1943. Cursó estudios primarios y secundarios en su ciudad natal.
Obtuvo el B. A. en University of New Mexico, el M. A. en Rice University,
y el doctorado en Letras en la Universidad de La Plata. Su tesis doctoral
fue ‘El tiempo y la naturaleza en la obra de Ricardo E. Molinari’
(1992), ensayo que le hizo acreedor del Premio Nacional de Literatura
Argentina (1993). Su vasta obra poética, hasta 1990, fue reunida
bajo el título de ‘El libro de las sombras y de los horizontes’.
Está considerado uno de los principales exponentes de la lírica
contemporánea. Sus numerosas obras han sido traducidas al alemán,
portugués, francés, inglés y ruso, e ilustradas por
prestigiosos pintores argentinos. Es miembro correspondiente del Instituto
Cervantes-Bello de Caracas (Venezuela). Es amante de los cancioneros populares,
cielitos, villancicos, de la poesía cortesana del siglo XV y XVI,
y del romanticismo, sobre todo inglés.
En su visita a la Fundación Cultural Miguel Hernández, y
a la Casa Museo, nos concedió esta entrevista, en la que siempre
tiene presente la memoria de su padre. Toda su esencia, sus inquietudes
y su alma giran en torno a la poesía, que hace de su persona un
filósofo de la vida, lleno de sencillez, pureza, y de riqueza espiritual.
¿Qué impresiones le han causado esta visita a la
Casa Museo y a la Fundación Miguel Hernández?
Primero, la verdad es que ha sido un día en el que se me ha secado
la boca y hasta casi la memoria diría, todo fue muy impresionante.
Jamás me hubiera imaginado haber podido tocar los muros, haber
estado en esta casa en la que tanto quería. Había venido
en otra oportunidad y no pude entrar. Tocar esta tierra, este limonero,
esta parra, es un poco también estar con mi padre. Y la higuera.
En mi casa también había una higuera, un limonero, una parra,
un níspero (cosa que hoy los chicos no saben lo que es un níspero),
y estar acá, estar en esta casa, no digo haber estado sino estar
porque estar, estuve, estaré y seguiré estando, de manera
tal que creo que no hay palabras para decir cuál es la sensación.
Y segundo, jamás me hubiera imaginado que al lado de la casa se
hubiera podido continuar la memoria. Además, haber estado acá
también y estar (presente), haber visto lo que ví, y llevarme
lo que me llevo, es como un robo a Orihuela, inmerecido.
Respecto
a su obra, encontramos muchas similitudes con la poesía hernandiana,
¿considera a Miguel Hernández una influencia para su poesía?
Nunca lo había observado, porque no me puse crítico. Sí
lo observó Aitor Larrabide, cosa que no sabía, lo cual para
mí no deja de ser más que una alegría, una felicidad.
Pensaba que había cierta similitud con Cernuda, pero Aitor observó
eso, y yo, después que él lo dijo, a la media hora, en silencio,
me quedé pensando y dije sí, la verdad que sí, porque
en última instancia hay un gran amor por la naturaleza, por la
parra, por el agua, por el patio, etc...,y además los sentidos
de la casa del hijo. Él con el hijo y yo con mi padre. ¡Qué
cosa tan preciosa!, esa similitud. La verdad que ha sido una tarde inconmensurable,
esplendente.

¿Qué le impulsa a escribir?
Yo escribo porque cuando era muy chico había visto la revista que
se llamaba ‘Vidas ilustres’. Yo tenía 8-9 años,
y mi papá me la traía siempre, había comprado la
vida de Lord Byron. Entonces, yo le dije a mi papá que quería
ser como Byron, no sabía ni qué era la palabra poeta, ni
qué significaba, ni tampoco sabía qué significaba
Inglaterra, y entonces esa misma tarde mi mamá me puso la ropita
como para salir y me fui a inscribir al Instituto Británico, y
desde ese día nunca más abandoné la lengua inglesa.
Desde ese momento sentí que mi destino realmente iba a estar unido
a la poesía, no a la literatura, que no es lo mismo, por eso me
encantan esos sonetos de Miguel Hernández que siempre recito. Yo
quiero a Miguel Hernández a través de mi padre. En una entrevista
radial realizada en Montevideo aún recuerdo haber recitado la elegía
y un soneto que conservo en mi memoria, que es un soneto precioso. Y llamó
una persona para decir que lo recitara de nuevo. Así que, fíjese
usted que del Uruguay acá a Orihuela está siempre presente.
¡Qué curioso!.
Cuando
escribe ¿tiene presente la frase utilizada por usted, “un
libro no es un accidente, sino un destino que abre el pasado”?
Cuando escribo no pienso en nada que no sea escribir y que el poema salga
lo mejor que pueda. No tengo presente nada más que lo que estoy
tratando de elaborar. Cuando me pidieron por favor que escribiera unas
líneas, pensé que quería mascar, comerme el soneto
y dejarlo y después dije: no, voy a poner dos líneas y le
voy a mandar el soneto que escribí cuando pasé por Orihuela.
Así que, en realidad, cuando escribo, no pienso nada más
que en eso, no tengo presente ni siquiera si estoy casado, viudo, muerto,
vivo, si tengo hijos, no sé nada, ni siquiera lo que pasa a mi
alrededor.
Es
como si que se transportara y olvidase lo que pasa...
La verdad es que me olvido, me olvido de todo y de qué es lo que
quiero hacer. Y después, cuando regreso, entonces regreso a la
realidad.
Es
como evadirse...
Sí, pero es una evasión constructiva.
¿Qué
podría destacar de sus obras ‘La memoria de los arenales’
y ‘El tiempo y la naturaleza en la obra de Ricardo Molinari’?
Uno es un libro de poesía y otro es un ensayo.
Creo que tienen cosas en común.
Sí, bueno, si bien uno es un ensayo y otro es lírico, poesía,
lo que sí es real es que usted ha observado que siempre ando girando
a través de la naturaleza. Yo creo que la naturaleza es lo único
que nos ha de sobrevivir. Eso, hace poco, lo dijo un profesor casi al
cierre de mi tesis que acabo de defender en París y, yo cerré
el capítulo sexto con una frase que dice: “Nada del ser humano
podrá ser inferior a un mínimo crepúsculo de la naturaleza”.
Y es cierto, porque en realidad todo está en la naturaleza y el
mundo más hermoso es el mundo de la naturaleza. Es el mundo que
nunca te mentirá y es el mundo que en última instancia te
conmueve.
Yo cuando publiqué ese libro, ‘La memoria de los arenales’,
pensé, y ahí sí hice un acto que no fue tan poético,
porque estuve crítico. La memoria sería un poco la parte
de la intelectualidad, si es que así se puede definir, lo racional,
y los arenales la parte de la naturaleza. Jamás había visto
un arenal pero la palabra arenal me encanta. Y yo creo que las palabras
no solamente tienen una música sino también tienen una vida.
Suena muy lindo en portugués. Ese libro se publicó en portugués
en el año 77 y después, como a los 25 años, se publicó,
en español, en Inglaterra, conjuntamente con un libro que está
dedicado a mi padre. Así que el título ‘A Memoria
Dos Areais’, Lisboa Kapa Editora, 1977, suena muy lindo en portugués.
Mucha musicalidad, pero como dije recién, hay que tener mucho cuidado
con las palabras, hay que saber escogerlas.
Pueden
tener doble significado, doble filo...
Muchísimo, y por qué no triple también. Hay que tener
mucho cuidado con las palabras. A mí me gusta escogerlas, juntarlas
de a poco, y después limar.
Hasta
conseguir la forma.
Uno nunca sabrá si lo consiguió, pero estoy en ese camino,
estoy y estaré. El tiempo es el mejor crítico. El tiempo
todo lo dice y todo lo pule. Como dijo Vives, “El tiempo pule lo
falso y corrobora lo verdadero.” Y, en realidad, lo verdadero es
lo que se hace con amor. Así que para mí esta tarde es verdadera.
Lo
verdadero es lo que perdura en la memoria...
Ojalá, por eso esta tarde es verdadera.

¿Qué importancia tiene para usted la poesía
popular, el cancionero, etc...?
¡Ah!, la poesía popular, sobre todo los cancioneros. En realidad
es mal llamada ‘Poesía popular’ . La poesía
es poesía, es buena o es mala. Y perdura porque está bien
hecha. Y los cancioneros es la mejor poesía que he leído,
porque lo mejor lo hace el pueblo y no se sabe quién los hizo.
Don Alfonso Carrizo se pasó cuarenta años en el norte de
Argentina recogiendo todas las coplas, el cancionero anónimo que
yo he leído. También he leído el ‘Cancionero
español’, de Rodríguez Marín, de la Editorial
Baguel. Cuando se lo presenté a mi papá, que era muy joven,
me dijo “huy..., si te trajiste una joya”, dijo. Y me lo leí
todo. A mí me gustan mucho los cancioneros y las coplas. Por ejemplo,
recuerdo un cancionero que dice:
Cielito cielo y más cielo,
cielito siempre cantad,
que la alegría es del cielo,
del cielo es la libertad.
Preciosa. Esto lo hizo el pueblo. Y eso es lo lindo.
¿Cuál
es La razón por el cual aparecen con frecuencia en sus poemas la
sombra y el viento?
La verdad es que no lo sé. Jamás me paré a pensar
por qué hacía tal o cual cosa. Pero quizá venga de
la poesía romántica inglesa, sobre todo de Shelley, que
él siempre hablaba del viento, escribió una famosísima
obra que se llamaba ‘Ode to the West Wind’ (‘Oda al
Viento del Oeste’). Molinari también escribió ‘Oda
al viento grande del Oeste’, que curiosamente no habla sobre el
viento sino que es una oda de la pampa. Y no lo sé.
Puede
deberse a que en el romanticismo, se utiliza el juego de ver sin ver,
de decir sin decir...
Justamente esta tarde estaba pensando en eso. Creía que era una
persona que no me gustaba esa forma de escribir, y me he dado cuenta de
que utilizo esa forma de expresar. Y ahora me lo dices tú.
Siempre me gustó ese juego. Ese juego de no decir, porque no decir
es sugerencia. La poesía debe ser sugerencia, y sugerencia pura.
Es como la mujer, siempre tiene que estar vestida pero a la vez casi vestida.
Es como dice Miguel Hernández al final, me voy, me voy, me voy
pero me quedo. Bueno, ¿se va o se queda?. Las dos cosas. Y lo bello
está en justamente en no poder explicarlo.
Porque
ahí está la gracia y el mérito....
Exacto, las dos cosas. Has escogido dos lindas palabras. La gracia que
viene de la palabra ‘gratia’ y el mérito, ‘meritus’.
La gracia es un poco como el juego, y el mérito es como el logro.
Y el haberlo conseguido. Y lo importante, es que justamente el autor no
se dé cuenta de eso, y que sí se dé cuenta el lector.
Como tú acabas de hacer. Es como desvelo.

¿La poesía debe ser solamente accesible a unos pocos?
La poesía debería ser para todos, pero en realidad lo es
para una inmensa minoría. Porque hay una realidad y una realidad
real. Valga el pleonasmo. La poesía debe ser oralidad pura y hoy
hablábamos sobre el caso de Miguel Hernández, que no goza,
o gozaría de la fama que merece. Es desgraciado, pero es así.
La poesía debería ser para todos, pero en realidad no ocurre
así.
¿Puede
ser que no todo el mundo pueda entender o llegar a entender el verdadero
mensaje de la poesía?
Puede ser, sería una posibilidad, yo creo que hay tantas posibilidades
como teorías.
¿Es
un lenguaje un poco difícil de entender y de explicar?
Es muy difícil de explicar, y ojalá nunca se pueda explicar,
porque se perdería todo.
Es como más o menos por qué causa se enamoró uno,
exactamente lo mismo. Por eso es importante que ninguno sepa nada, para
que sigan pasando los siglos, para que se viva hablando sobre la poesía,
para que se viva escribiendo sobre la poesía. En lo personal, yo
no puedo vivir sino vivo para, con, de, desde, y todas las preposiciones,
la poesía. No podría concebir mi vida sin la poesía.
Y tampoco me interesaría en absoluto que nadie me conociera. Tampoco
me interesa, porque lo que me interesa es ser feliz con mi mundo.
Lo importante es lo que yo viví. Pero también me gustaría
que la poesía a través de alguien, no se quién, pueda
ser más difundida gracias a la oralidad.
¿La
poesía educa?, ¿puede cambiar el mundo?, ¿puede cambiar
al hombre?.
Claro, la poesía educa, y puede cambiar al mundo y al hombre, las
tres cosas. Si no estuviese convencido de que la poesía educa,
no podría enseñar poesía. ¿Cuántos
hombres cambiaron al mundo con la poesía, o por lo menos cambiaron
su mundo?. Además, tampoco importa cambiar al mundo, pero sí
hay que enseñarle al mundo que hay alguien que ha cantado en forma
distinta. Y yo creo que hay que rescatar dos cosas de los poetas, no solamente
su poesía, también su ética. Y yo creo que acá
están las dos cosas.
El
mensaje que conlleva va implícito.
Sí, no se puede atender a dos patrones a la vez, o se está
con la libertad o se está en contra de ella. Yo creo que esta tarde
hemos aprendido una lección.
¿Cree
que, en un mundo tan insensible como el actual, la poesía puede
hacer que nos encontremos con nuestro instinto humano?
Sí, a tal punto que cada vez que uno habla sobre la poesía...
Tú sabes que la poesía viene del griego ‘poiesis’,
que significa hacer algo de la nada, crear. La poesía es como si
hicieras un jarrón de la nada. Lo hace el alfarero con sus manos
de la nada, porque la saca del barro. La poesía, se podría
decir, es como una artesanía, en el sentido que es creación
de la nada. ¿Quién no se conmueve ante un jarro, un jarrón,
ante dos o tres líneas de un romancero o ante dos líneas
de Federico o de Miguel Hernández?. Ese famosísimo final:
“Compañero del alma, compañero”. Eso me lo recitaba
mi padre y me hacía llorar. Además, Miguel Hernández
no supo nunca, por su grado de incultura, porque no sabía latín,
que la palabra compañero viene del término ‘De compaña’
compañius, de cum y panis, pan y significa -con el que comparte
el pan-, y alma viene de “ánima”, que es lo más
elevado del hombre. Así que, fíjate tú, el final
de este verso : “compañero del alma, compañero.”
Y fíjate que si uno desmembra ese verso, se encuentra con que el
principio del verso es igual que el final, y a la mitad hay un sandwich,
un emparedado. En castellano entre pan y pan, y él no supo eso.
Lo bello está en que él no lo sabía. Lo que decíamos
antes, fíjate que dijo sin decir.
¿Podemos
decir entonces, que la poesía es el alimento del alma?
Claro que sí, y la palabra alma es preciosa, es como la palabra
amor.
Inmensa
Inmensa y fíjate que tiene dos vocales que las dos son suaves y
las dos cerradas, y la ‘l’ que se eleva y la ‘m’
que baja. Es como llegar a la cumbre y morir, como es la vida. La palabra
amor que al revés significa Roma, como dijo Quevedo: “Busco
a Roma, en Roma no la hallo”, y sería precioso que no la
halle, para seguir buscando.
Quevedo dijo otra cosa preciosa referida al tiempo: ... “es ese
maldito que nos mata huyendo”. Es precioso, está todo, te
mata y huye, y es como si fuera algo inasible, porque no lo puedes coger,
agarrar, pero sabes que está y sabes que te mata y sabes que huye.
Es preciosa esa definición.
¿Cuál
es su último proyecto?
Me gustaría editar mi tesis doctoral, que acabo de defender en
París. Son dos tomos que se llama ‘Le ferveur dans le temps
et la poesie de Ricardo Molinari’ ‘El fervor en el tiempo
y la poesía de Ricardo Molinari’. Me encanta la palabra fervor,
significado de fuerza, cosa ígnea en el tiempo porque fue a lo
largo de 72 años que él escribió poesía, casi
nada de prosa. Me gustaría editar ese trabajo. Tengo un proyecto
para hacerlo en el Fondo de Cultura Económica, de México.
Y hay un segundo tomo, inédito, que son 89 cartas de Molinari donde
se ve la gran relación con España. También cartas
de Gerardo Diego, José Mª de Cossío, Cernuda, Manuel
Altolaguirre, etc..
Voy a tratar de editar ese libro y de hacer dos libros que tengo, no en
mente, sino acá, prensados en ‘plaquettes’, más
lo que escribí en este viaje.
¿Por
qué Molinari?
Fue un poeta que conocí de niño, que me conmovió,
y no podría escribir sobre nadie que no me conmueva. Quizá
pequé de no ser tan objetivo y crítico, aunque trato de
retirarme, y con el tiempo también uno va aprendiendo que debe
separarse de la montaña para estar con ella. Se aprende sobre todo
de mirar y de escuchar.
No quiero irme de acá sin recitar una estrofa que me gusta mucho
de Fernández de Andrade:
“Una
vida mediana yo posea
un estilo común y moderado
que no lo note nadie que no lo vea”.
Ángeles Martínez Sainz
Manuel Ramón Vera Abadía
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