| Los
ojos de Rosendo se colman de lágrimas cuando su temblorosa voz
menciona el nombre de Miguel, alegría y tristeza se confunden en
un mismo rostro. La firmeza de sus palabras, enlazadas con pequeños
silencios, delatan el conocimiento y la añoranza por el afable
poeta.
¿Qué
imagen tiene guardada en su memoria del poeta oriolano Miguel Hernández?
Miguel Hernández era cuatro años mayor que yo, pero a pesar
de la edad teníamos una buena relación de amistad, ya que
formábamos parte de un mismo equipo de fútbol. La imagen
que tengo retenida en mi memoria sobre Miguel, es la imagen de un muchacho
muy enérgico con unos ojos muy grandes con los que observaba todo
lo que ocurría a su alrededor, era muy observador. Tenía
una risa muy sonora y unos andares muy peculiares, quería que todo
el mundo estuviese atento a lo que hacía. Me acuerdo de Miguel
como si estuviéramos viéndonos ahora.
Hábleme
de ese equipo de fútbol que les unió.
Los chavales del barrio, de la calle Arriba principalmente, nos agrupamos
formando el equipo de fútbol La Repartiora. Lo llamamos
así ya que cada uno traía una cosa y la repartíamos
entre todos. La mayoría, trabajaban en el campo y venían
con naranjas, alcaciles u otros comestibles. Éramos muy amigos
todos y jugábamos contra otros equipos de otros barrios de Orihuela.
Miguel, aparte de jugar en el equipo, compuso también un himno
con música de Las Leandras, donde nos menciona, dice así:
Vencedora
surgirá
porque lo ha mandado el “Pa”
la terrible y colosal Repartiora.
Por las calles marchará
y el buen vino beberá
porque siempre victoriosa surgirá.
En la tasca habrá de ver
la ilusión con que al vencer
mostrará siempre en su cara lisonjera
todo el mundo la verá
bulliciosa y “descará”
porque siempre victoriosa surgirá.
Grande es la triunfal defensa
el Rosendo y el Manolo,
Pepe, Paco y el “Botella”
todos formidables, saben convencer.
Ya la Repartiora
vence con gran poder,
mientras que el otro llora
por no poder vencer.
Salta ya Paná
brilla el moscatel,
que el vinillo está
que parece miel.
Ya venció la Repartiora,
su canción cantando va.
Surge clara y triunfadora
con su voz sonora
ya casi “apagá”.
¿Qué
otros juegos compartían?
Pues los típicos de chiquillos, aunque éramos un poco revoltosos
y hacíamos de las nuestras. Una de las travesuras era la de ir
al patio de Santo Domingo y quitarle los aguacates a los curas. Para eso
subíamos por la pared hasta llegar al árbol, mi amigo el
Lucio era el más atrevido y también el más largo,
así que era el que siempre subía. Un día no se movía
del tronco y entonces nosotros le llamábamos para ver cuándo
iba a bajar y el nos respondía que ese tronco era muy gordo y que
no se movía. De pronto oímos un tiro, uno de los jesuitas
había pegado un tiro al aire para asustarnos y espantarnos, ya
que estaban un poco hartos de que les robáramos los aguacates.
Y sí que nos asustamos, ya lo creo. Lucio bajó todo lo deprisa
que pudo del árbol y ya no quisimos bromear más con eso.
¿Qué
otras aventuras recuerda con sus compañeros de La Repartiora?
La historia de los melones tiene mucha gracia. Resulta que por el Paseo
pasaban carros de melones que venían de Guardamar e iban en dirección
a Murcia. Y pasaban por ahí, entonces nosotros nos escondíamos
y nos subíamos por detrás y les cogíamos algún
que otro melón para comérnoslo en el molino, que era donde
nos juntábamos para compartir lo que traíamos. Pero la gracia
viene porque un día, con las prisas, un compañero cogió
la cabeza de otro pensando que era un melón. Todavía recuerdo
las carcajadas de Miguel y de los otros amigos.
¿Vió
a Miguel escribir versos en alguna ocasión?
El lugar que tenía Miguel para escribir los versos era el huerto
de su casa, tenía un montón de piedras apiladas y encima
una tabla de madera, eso le hacía de mesa. En otro montón
de piedras, al lado, se sentaba él para escribir. Pero a su padre,
que era una buena persona, aunque un hombre muy recto, no le gustaba que
su hijo Miguel escribiese. Esto lo sé yo de muy buena tinta, ya
que el propio Miguel me lo contaba. No tenía más remedio
que ir a pasturar las cabras junto con su hermano Vicente, y yo les veía
cuando volvían del Camino Viejo de Callosa. Es una pena, ya que
Miguel era un buen estudiante y no le gustaba pasturar las cabras.
Se
dice que a Miguel Hernández le gustaba mucho el agua ¿qué
hay de cierto en eso?
Sí que le gustaba el agua, sí. De hecho en su casa llenaba
marrajas de agua y se las echaba por encima. Subía a la sierra,
encima de las cuevas hay como una especie de llano, como si hubieran pasado
un cepillo, Miguel se tumbaba ahí a tomar el sol y luego bajaba
a su casa a echarse el agua.
¿Cuándo
perdió el contacto con el escritor oriolano?
Cuando se marchó a Madrid. Recuerdo el día que se fue, que
se despidió de todos hasta de la Virgen, con un saludo, con la
mano bien alta nos dijo adiós. Ya después las noticias que
tuve de Miguel fueron a través de un primo mío que vivía
en Alicante y me comentaba cómo se encontraba en la cárcel,
ya que iba a visitarlo a menudo.
¿Qué
opinión le merece la película Vientos del Pueblo?
Me invitaron al rodaje de la serie, que yo acepté, ya que yo nunca
he tenido inconveniente en hablar de Miguel y asistir a todo acto que
tenga relación con él. Me pusieron una silla y una valla
delante para que la gente no me molestara y de esta forma ver cómo
rodaban. Pero no estoy de acuerdo con algunas cosas. Lo dije en su momento
y lo vuelvo a decir. El actor que hacía de pastor no tenía
ni idea de pasturar cabras y de cómo iba vestido Miguel. Él
iba siempre vestido como un señorito. Y las cabras no se pasturan
todas juntas, ahí las tenían todas arrinconadas. No tenían
ni idea.
¿Piensa
que se ha hecho justicia con la figura de Miguel Hernández?
A Miguel no le comprendieron, eso me duele. No sabían qué
había hecho y le castigaron. Miguel ha sido muy conocido por su
poesía, ha demostrado ser un gran poeta y una persona maravillosa.
Por lo menos para mí, ya que he tenido junto a él un montón
de alegrías. Y me da igual cuáles fueran sus ideas. Era
una persona muy abierta y muy amigo de sus amigos.
Nuria
Illescas

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