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Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Murcia, periodista y Doctor en Sociología por la Universidad de Alicante, compagina su labor de escritor con la dirección de los informativos de la Cadena COPE, la corresponsalía de la Agencia EFE, y la docencia como profesor de periodismo en la Universidad Cardenal Herrera CEU.
Cuando hablo con algunos compañeros sobre la poesía de Miguel, siempre surge ¡cómo no! la comparación con otros poetas de la época, Lorca, Alberti, Neruda...... Cada uno de nosotros da su versión sobre la capacidad de transmitir sensaciones y emociones, pero, al final, siempre terminamos hablando de Miguel, de lo que yo llamo “la poesía de las entrañas”, la poesía desgarrada, la que se hace desde la esencia del hombre. Miguel centró gran parte de su producción poética en torno a tres ejes, la muerte, la vida y el amor (“llegó con tres heridas, la del amor, la de la muerte la de la vida....”), pero no deseo hablarles de la muerte, sino de la pasión por vivir las cosas sencillas. La
profundidad de la poesía hernandiana nos enseña el valor
de esas pequeñas cosas que son la esencia de la vida, las que en
definitiva merecen la pena. Y ello lo vemos, no sólo en sus escritos,
también en sus palabras, las que dirigía a sus amigos y
conocidos precisamente a la hora de compartir esos momentos cotidianos. Miguel quería vivir, sacar jugo a la vida, por eso desgranaba la esencia del ser humano como se pela una granada. Pero para él vivir era sobre todo ser, no tener, era la espiritualidad del ser humano, no su materialidad. Y ello lo vemos continuamente en su poesía, incluso en la escrita en los momentos más críticos de agonía en la cárcel de Alicante: “El
hombre no reposa, quien reposa es su traje, |