|
A
mis compañeros del Taller
de Empleo Miguel Hernández
sin los cuales jamás me hubiera
atrevido a escribir este texto. En
especial, a ti, Pilar.
En este preciso momento, no pienso, no siento, no respiro,
sin embargo, tú piensas, tú sientes, tú respiras,
tú vives.
Atrapado entre el fragor del fuego perpetuo y la tristeza que la oscuridad
me sume, vivo que no vivo, bajo el cruel cetro de Plutón.
Todavía habita en mí, el recuerdo de mi tributo a Caronte,
cuando me embriagaba la ilusión
por escapar de una vida injusta y corta.
Pensé
por un instante en la eternidad y en sus falsas promesas,
recibí la fama póstuma, pero no un Homero que relatara mis
gestas,
sino buitres, que corroen mi osario en busca del tuétano de la
fortuna.
Incómodo,
oteo las afiladas y sanguinarias fauces caninas de Cancerbero que,
edificaron ante mí, ciclópeas cárceles. Vacilo, en
cambio, al pensar, la forma
de apacentar, tanta rabia, al aparentar, mi calma, al almacenar, y no
dudo, al intentar, mi envidia, al adivinar, que mi cuerpo no puedo hallar.
ME DIRIJO A TI
¿Por qué no contestas?, me dirijo a ti, sí a ti,
que nunca contestas a mis llamadas, que te burlas desde lo alto, de mis
ruegos y de mi llanto. Nunca imaginastes que tu muerte fuera motivo de
tanta polémica, de tanta infamia. Bien querrías volver y
juzgarnos por nuestras ofensas, por nuestra ignorancia, por nuestros errores.
Pero tu excelsa prisión te lo impide, mas podrías donarnos
la luz de tu ingenio, que bien refleja, tu alma y sus flaquezas.
Innumerables
golondrinas visitan estos días tu morada, y se dirigen a ti, mas
no contestas; aquellos a los que tanto combatiste te cortaron las alas,
te enterraron en vida. Mas no te burles de mis ruegos, que yo soy vivo
y no muerto. Disfrutas de la sin par ambrosía, de los placeres
del cuerno de la fortuna, del sabor de lo eterno, pero no olvides, que
yo soy vivo y no muerto.
ÍCARO EN CUERPO DE PLOMO
Laberíntico miembro, el que anida en tu pecho. Imberbe faz la que
asoma, tras la gélida oscuridad de tu honda morada. Osamenta quebrada
y desgastada, oquedad hiperbólica, materia inmaterial, poeta sin
vida.
Bien
querrías navegar a través del azulado mar celeste, conducir
la cuadriga de Helios, para aparecer cada mañana, para descansar
cada atardecer; ¡pero para, atiende y reflexiona, que tu cuerpo
es muerte y tu vida inerte¡. ¿Por qué no eres fuente
y fluyes alegremente, sin gente que te conteste y afrente?.
HERMES
ACECHA
Mensajero de los dioses, no me busques, no me encuentres, no me transportes
al reino de Hades o me convertiré en piedra antes de que tu gélida
mano se pose en mí. Llamaré a la Furia para que te encuentre
y obligue, para que duerma tus pérfidos instintos, para que mitigue
y aflija tu alma inmortal. Me lanzaré al reino de Poseidón,
al ver tu siniestro velamen, haré compañía a Egeo
y lloraré por su mala fortuna. Fustigaré a la Hidra y arrancaré
de un certero golpe, sus escalofriantes testas.
Amamántame
con el alegre vino de Baco, que en sus alegres bacanales olvide mi extinta
existencia, pues ya en su inicio comenzó su final. Alfa y Omega
soy, pues en esencia mi paso es efímero y sin complacencia en mi
experiencia, muero en herencia.
Alfonso Enrique Moya Torres
Orihuela, 5 Mayo de 2003.
Volver
|
He elegido el siguiente título por
ser una expresión espontánea utilizada hacia un personaje
entrañable por sus seguidores, y por el duende que todo lo tauromáquico
infundía en el inolvidable poeta Miguel Hernández.-Por
la admiración que le profeso-.
¡TORERO!
La
muerte azabache corniveleta viene embistiendo,
quiere arrebatarte el capote y dejarte sin tus armas
sin poderío en el ruedo, sin valor y sin tus mañas,
atravesar el pecho de tus sentimientos
y rasgarte las entrañas,
dejarte sin latido, sin ideas
para que a hombros no salgas
con tu gran filosofía por las puertas de las plazas.
Conocedor
del toro, bravura y valía,
con la de grandes maestros de la tauromaquia;
paisano Miguel Hernández, comparo tu valentía.
Tu
figura muchas veces en su burladero,
con gesto y mano firme, cara a cara desafió certero.
De
aquel astado “Miura”, seguro que barruntabas
podría arrebatar tu vida, pero no te amilanabas.
Mas
tú... poeta del pueblo, claro, honrado y coherente,
siempre fiel a tus ideas, inquebrantable
de nada y ante nadie te retractaste.
La
preocupación en tu corta e intensa vida ejemplar
no fue que el toro pudiese cogerte
sólo, hacerlo honestamente y, con la razón lidiar.
Manuel-Roberto Leonís Ruiz. Agosto 1.998.
Volver
|