Página Principal


ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Pedro J. de la Peña
Miguel A. Lozano

 

 

 

 

 

 

ARTÍCULO DE OPINIÓN DE PEDRO. J. DE LA PEÑA

Escritor y Profesor titular de Literatura Española Contemporánea de la Universidad de Valencia y Coordinador del Departamento de Literatura del CEU, San Pablo.

La luz humilde de Miguel Hernández

Cuando hablamos de poesía social frecuentemente entendemos que se habla de poesía colectiva, en donde el pueblo, la sociedad o el conjunto de seres al que pertenece el poeta por decisión propia, son los protagonistas fundamentales de la poesía. Pero cuando observamos la trayectoria de los más reconocidos poetas sociales, como es el caso de Pablo Neruda, de Miguel Hernández o de José Hierro, percibimos que, junto a esa exaltación de lo colectivo, existe, de manera visible y trascendente, el mundo personal.

En otras palabras, Miguel Hernández sustentó buena parte de su poesía en un yo individual que se convirtió en simbólico y pudo representar así los sufrimientos, las miserias y el dolor íntimo de la colectividad. De esta manera, poemas como “El niño yuntero” o “Nanas de la cebolla” son vínculos de la experiencia propia y del poeta social que toman el carácter de fusión indestructible entre lo privado y lo público.

En Hernández, su biografía como niño cuidador de las cabras de su padre, o como poeta padre de un niño mal alimentado, constituye la base argumental de los poemas que luego emocionan al lector por la realidad indiscutible de su vivencia. En el inicio de las “Nanas de la cebolla” la propuesta personal de su dolor es indiscutible:

“En la cuna del hambre
el niño estaba,
con sangre de cebolla
se amamantaba...”

Aquí, el argumento poético es tan real como la vida misma, y Miguel Hernández lo toma como motivo argumental con todas sus trágicas circunstancias: la cárcel, el hambre, el hijo desnutrido, la necesidad de alimentarlo y el dolor de no poder hacerlo. Todo esto consigue conmover al lector por lo terrible que es la situación del poeta y las amargas condiciones en que se mueve, como derrotado de la Guerra Civil. Dado que esas condiciones eran sufridas por buena parte de los españoles, la identificación del “dolor poeta” con el “dolor pueblo” se convierte en instantánea.

La singular vida de Miguel Hernández refleja así un sufrimiento social e histórico. La virtud de su poesía consiste en haberlo conseguido con un conjunto de poemas emotivos que se entrecruzan en sus libros más comprometidos como Viento del pueblo o El hombre acecha, junto con otros de carácter más lírico como Cancionero y romancero de ausencias.

Miguel Hernández empatiza en sus poemas el imaginario colectivo a través de su ego personal. Su figura y su persona son fundamentalmente simpáticas por humanas, y de eso extrae su fácil comunicación con todos los que se sienten representados en el mundo de los vencidos, o simplemente conmovidos por las circunstancias de su derrota.

Su calidad humana, su inteligencia y todo lo que le rodea, se convierten así en algo convincente, en algo que sirve a la vez para conmover y para denunciar, para extraer la emoción de sus sentimientos y proyectarla sobre la verdad de sus ideas. En este doble plano de acción comunicativa logra el poeta su difusión más amplia, porque llega de manera convincente a lo más hondo del lector.

Pero en Miguel Hernández, el compromiso con sus ideas y su capacidad de transmitirlas es menos importante, desde mi punto de vista, que la hondura vital y poética de su palabra.

Su poesía refleja lo que pasaba, lo que nos pasaba, lo que le pasó. Y en esa circunstancia común es donde Miguel Hernández logra empatizar con un largo proceso histórico que se llama posguerra. Su poesía es verdad desde la luz interna que la anima. Miguel Hernández es un poeta dolido y dolorido por una angustia existencial. Una angustia humana, vital, entrañablemente unida a sus pasiones y a sus fracasos en la vida literaria y en la vida social. Por eso, su mundo interior es mucho más rico que el mundo de los vencedores y necesita mucho más de una esperanza íntima que le redima de su trágica circunstancia histórica. Su poesía es un grito de desesperación tanto como un grito de esperanza.

Desesperación por lo que le rodea y esperanza emocional y lírica de que ese tremendo alrededor no podrá sobrevivir durante largo tiempo. Por eso, la obra de Miguel Hernández se condensa en valores esenciales del ser humano que él recoge con enorme precisión en el poema 26 de su Cancionero...:

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas vive:
la de la vida,
la del amor
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

A través de esas heridas, Miguel Hernández abre las ventanas a su luz interior demostrando que en su alma no cabían ni el escepticismo, ni la descreencia, ni la falta de emociones profundas características del mundo contemporáneo. Para él, la poesía era humanidad en el sentido universal de esta palabra. Y de esa humanidad extraía su voz inconfundible.

Pero en Miguel Hernández el tono épico y social se presenta como la cáscara del poeta lírico e íntimo que existe relacionando la historia y la intrahistoria de su vida. Por eso, junto a esos versos llenos de energía, de riesgo y de voluntad de lucha que constituyen una poesía netamente viril y de riesgos épicos, se encuentra la otra voz, modulada por el amor a la vida, por el deseo de saltar los sentimientos más puros, y la búsqueda de la belleza en medio del horror.

De esta voz íntima es de donde Miguel Hernández sacó la parte más limpia y trascendente de su poesía, la que se sobrepone sobre las circunstancias históricas para convertirse en eterna.

Porque Miguel Hernández supo evocar la belleza desde el momento mismo en que a través de las lecturas, el estudio y el trabajo, se hizo dueño del único instrumento imprescindible de la poesía: la palabra, y así fue convocando en El rayo que no cesa y en Cancionero lo mejor de su más puro talento literario. La luz de Miguel Hernández era una luz humilde como la de un hijo del pueblo, pero tremendamente poderosa y capaz de resplandecer desde las más hondas simas de la vida y de la tragedia.

Otros poetas pueden gloriarse de haber alcanzado la perfección épica contando las hazañas gloriosas de los demás, como ha venido sucediendo desde Homero hasta hoy. Pero rara vez pueden encontrarse un poeta en donde sean los demás quienes se sientan introducidos en la tragedia colectiva a través de una experiencia propia y unipersonal.

La humilde luz de Miguel Hernández brillará por eso siempre con fuerza propia, porque era su luz, pero nos ilumina a todos.


Pedro. J. de la Peña

MC. R. H

Volver

 

 

 

ARTÍCULO DE OPINIÓN DE MIGUEL ÁNGEL LOZANO MARCO


Del color de las grandes pasiones

Hay poetas que, una vez que los hemos leído, nos acompañan toda la vida. Es un grupo pequeño, y son también unos versos determinados que se fijan con obstinación en nuestra memoria creando a su alrededor, en ámbitos que se dilatan sin perder el arraigo, el espacio que habita la verdad de nuestras convicciones. Volver a ellos, recordarlos es como volver por fin a casa. Son las fuentes del conocimiento y la emoción, A algunos de esos poetas llegamos de manera necesaria quienes estábamos destinados a pasar por los estudios de bachillerato :era inevitable que en las aulas nos encontramos con Quevedo, San Juan o Machado. Pero a Miguel llegábamos entonces por el camino de las confidencias secretas, de las citas incompletas, de las informaciones fragmentadas nos presentaba con el misterio de lo prohibido y el prestigio de lo trágico; pero además, comprendíamos que para nosotros estaba reservado el privilegio de la cercanía. El poeta había muerto hacia entonces unos veinte años en aquella prisión por cuyos alrededores pasábamos de vez en cuando; era de Orihuela y compuso unos versos que nos impresionaban por la fuerza; nos producían el vértigo de lo inusual. Aquella poesía era diferente, hablaba de otra manera, como mirando cara a cara a la vida; y es que, siendo adolescentes, intuíamos que allí, en aquellos versos se encerraban “las grandes pasiones y desgracias”.

Antes que de su vida sabíamos de su muerte; con las palabras justas lo situábamos en la historia reciente de España como uno de los protagonista y las víctimas de la tragedia cuyas consecuencias vivíamos cotidianamente, hecha ya costumbre; y pasaban de boca en boca en versos, fragmentos de poemas transmitidos de no sabíamos que fuentes ni con que variantes. Luego, El rayo que no cesa, accedimos por primera vez a un libro suyo, y allí, con vigorosa evidencia, estaba la expresión de un amor potente. Estaba ya la pasión que se elevaba desde lo primigenio(“Me llamo barro aunque Miguel me llame”)hasta la altura del “Soneto final”, el situado después de la “Elegía” que llegamos a sabernos de memoria, porque su vehemencia casa bastante bien con la emotividad juvenil. No es una reflexión, sino un estallido de sentimientos resuelto en imágenes desmesuradas y expresado con la convicción del llanto que se basta a sí mismo, que es efímero y disminuye y se remansa, sin pretender alcanzar la conformidad ni la comprensión.

Algún tiempo después -algunos años- pudimos leer Viento del pueblo, y los poemas escritos en sus últimos meses, los del Cancionero y romancero de ausencias; versos únicos en la historia literaria por unir la expresión depurada con la verdad ineludible y que llevan a su término y últimas consecuencias el itinerario de una poética del compromiso con la vida vista en su desnudez elemental, desde la indagación en las hondas raíces de la naturaleza de la que todos participamos. Hernández -como el Miro de Años y leguas- nos centra en la existencia, nos sitúa en el mundo y nos muestra, con la seguridad de quien sabe prescindir de lo superfluo, la miseria y grandeza de la condición humana. Es el poeta de lo primigenio: es barro, viento, rayo, árbol, toro; luz y sombra; hombre que siente las urgencias del amor visto en su integridad, sin disfraz, con la intensidad que la vida joven demanda como exigencia de esa intensidad, sobreviene lo efímero, porque lo intenso no puede dilatarse: se comprime para vivir en profundidad lo que otros viven o vivimos en algo que parece extensión, por lo somero.

“La vida es otra cosa” afirma en un verso que debemos recordar cuando cotidianamente nos despistamos, encandilados con los señuelos que siempre han existido, de un modo u otro para que nos conozcamos poco. Miguel Hernández fue poeta por su esfuerzo, por su decidida voluntad de trabajar sabiamente el lenguaje, conocer los mecanismos de la construcción poética y elevarse desde su origen humilde a la condición de hombre verdaderamente culto. Pocos poetas han tenido una evolución tan acelerada, tan vigente con su personal creación: fuerza de la naturaleza que se manifiesta con las formas de la cultura para dejar fijada, con valor universal, la experiencia de una vida. Su sinó fue trágico, porque su exigencia como poeta no era diferente de su exigencia como hombre que ha de participar de su circunstancia y construir día a día a la historia. En esta íntima unión de poesía -poesía de verdad- pocos textos igualan a esos breves poemas que abren y cierran a ‘El hombre acecha’: entre “ la canción primera” y “la canción última” se establece una profunda relación en la que se potencia un patetismo sin trampas, sin efectismos y que desvelan la cara y la cruz, la luz y la sombra de la condición humana:

Pintada, no vacía:
Pintada esta mi casa
Del color de las grandes
Pasiones y desgracias

En el ámbito de lo íntimo reconstruye el mundo, lo puebla con sus mejores deseos, y con la sencillez de la básica verdad de la vida:

Florecen los Besos
Sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
Elevara la sabana
Su intensa enredadera nocturna, perfumada

Nos afirma en la esperanza porque tiene un claro punto de referencia: saber donde está y en que consiste. La realidad le hace seguir otro itinerario cruel de cárceles y humillaciones. La garra no fue suave-no se tenia esa generosidad-;es la que sobre el color de las grandes pasiones puso el de las grandes desgracias.

Miguel Ángel Lozano Marco


R. Padilla


Subir
artículos de opinión