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ARTÍCULO DE OPINIÓN: LEOPOLDO DE LUIS.

La vida de Miguel Hernández fue tan breve como intensa y puso en sus escritos tanto corazón que cualquier poema suyo respira emoción humana.

Se puede poner de ejemplo aquel poema escrito en la cárcel en septiembre de 1939:


Ascensión de la escoba

Coronada la escoba de laurel, mirto, rosa.
Es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
Para librar el polvo sin vuelo cada cosa
bajó, porque era palma y azul, desde la altura.

Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
azucena que barre sobre la misma fosa,
es cada vez más alta, más cálida, más pura.

Nunca: la escoba nunca será crucificada,
Porque la juventud propaga su esqueleto
Que es una sola flauta muda, pero sonora.

Es una sola lengua sublime y acordada.
Y ante su aliento rauda se ausenta el polvo quieto.
Y asciende una palmera, columna hacia la aurora.


Toda una superación de lo triste y amargo emana de estos versos que son, además, una hermosa forma de salvación de lo humilde. Lo más modesto, lo humillado y menor, pueden y deben alcanzar una mirada reivindicativa.

En ningún otro poeta alcanzó nunca la llamada Poesía Social una forma tan original. Poeta alguno logró expresión tan bella para un tema tan emotivo y humano.

Miguel, además, confiaba conmovedoramente en los jóvenes. Sabía que la juventud asumiría este fervor, este esfuerzo entusiasta. Miguel ostentó siempre la insignia de su fe en el hombre como redentor de sí mismo. Como él mismo dejó dicho, era el más corazonado y su vocación admirable le convirtió en el abanderado de una fuerza juvenil y esperanzada.

Leopoldo de Luis.

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