ARTÍCULO DE OPINIÓN DE JAVIER LOSTALÉ Cuando Miguel Hernández murió en la enfermería de la cárcel de Alicante, hace ahora sesenta y un años sus ojos no pudieron cerrarse. El forense que certificó su muerte fundamentó la imposibilidad de cerrarlos en un “síndrome típico de hipertiroidismo con sus fases de terror, con tríada de fijeza, insistencia y esplendor de la mirada”. Síntomas psíquicos puestos de manifiesto en su producción literaria: viveza mental y emotividad exagerada. “Este certificado que transcribe el Teniente Fiscal de la Audiencia de Alicante, Miguel Gutiérrez Carbonell, en su libro Proceso y expediente contra Miguel Hernández, ilumina, más allá de su muerte, el poder generador de la poesía del autor de Viento del Pueblo. Sus ojos permanecieron abiertos como sus versos, injertados pronto en un dolorido amanecer que fluyó íntimo y colectivo a través de una de las obras más desnudamente emocionantes de este siglo. Emoción destilada por “un corazón en el que arraiga solitariamente todo” (según leemos en uno de los poemas de Cancionero y romancero de ausencias), sin que nada se marchite en su propio calvario interior: al contrario, el pulso de cada una de sus heridas florece en el excavado vientre de Josefina, su esposa, y en el humus de los besos donde la boca se hunde en búsqueda del centro de la vida. Y la pasión no sucede nunca sola, sino que en su maleza de relámpagos ya alienta el hijo: “No te quiero a ti sola,/ te quiero en trascendencia,/ y en cuanto de tu carne descenderá mañana”, dice Miguel Hernández. Poesía fértil la del poeta de Orihuela. Escritura seminal en cada una de sus voces: la imaginativa y barroca de “Perito en lunas”, que como un juego mueve las palabras hasta hallarle el hueso a la realidad. La enajenada de El rayo que no cesa, que “llena de voltaje los modelos clásicos” –como afirma Leopoldo de Luis- y se nutre del ciclo doble de la naturaleza y la mujer. Voz nada platónica, en la que la tempestad amorosa arriba siempre en la playa de un cuerpo. La voz trasminada de pueblo, manchada de su “misma leche”, de “Viento del pueblo”. Voz dinamitada por el corazón de un esposo soldado que quiere así, en orales expresiones puras, hacerse sangre de todos. Voz oscura luego, sin oxígeno, enemiga, de El hombre acecha. Escritura seminal en cada uno de los libros de Miguel Hernández que alcanza su cima en el Cancionero y romancero de ausencia, donde el dolor acumulado, sin frontera entre lo íntimo y lo colectivo, la respiración moral del poeta, encuentra en sus raíces campesinas y en el cancionero popular murciano (como señala muy bien José Carlos Rovira) su voz más honda y transparente, la que funde vida, amor y muerte, mientras se afirma en sus “troncos de soledad” y se despeña por “barrancos de tristeza”. Voz embarazada por la ausencia de su hijo y el seco manantial del pecho materno; embarazada, pues a pesar del horizonte de tinieblas “a la luna venidera el mundo se vuelve a abrir”. Poeta de la fertilidad es Miguel Hernández, capaz de domeñar furia y emoción con un lenguaje cultivado como una planta, con sonido de cereal y celo. Poeta de la fertilidad por su cosmovisión, alimentada por la fuerza telúrica de Neruda y Aleixandre. Poeta generador de firmamentos dentro del espacio pequeño de un beso. Rayo vertical y horizontal en cruz de ser. Rayo que no cesa, Miguel Hernández, muerto por agotamiento a las cinco y media de la mañana de un veintiocho de marzo de 1942. Hora desde entonces convertida en placenta de un eterno amanecer. JAVIER
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A medida que se va conociendo más y mejor la rica personalidad de Miguel Hernández y la obra que nos ha dejado, resulta apasionante y enormemente esclarecedor desmitificar estereotipos, aclarar confusiones, evitar simplificaciones, y poner en el lugar que se merece de la literatura y de la historia, al poeta y a su poesía. Nada hay más falso que lo que tiene más probabilidad de pasar por verdadero sin serlo. En esta categoría suelen estar, en parte, las llamadas: "verdades a medias", o "medias verdades", que a base de aparecer como la representación total del todo, enmascaran e incluso ocultan la verdad de un modo especialmente eficaz. Con Miguel Hernández ha pasado en muchas ocasiones y en temas diversos, y desde luego el resultado ha sido siempre perverso, haciendo aparecer a Miguel como lo que no era, instrumentalizándole, usurpándole, poniéndole etiquetas que enmascaraban rasgos fundamentales de su personalidad, o privando a la humanidad del sentido más profundo y auténtico de su personalidad y de su obra. Y esto mismo es lo que podría ocurrir con el título de este artículo. ¿Fue periodista Miguel Hernández? Miguel escribió mucho en los periódicos, y mucho más en las revistas literarias de la época, pero no podemos decir con rigor que Miguel fuera periodista, porque nadie duda a estas alturas de su condición de poeta por encima de cualquier otra consideración. Sin embargo en varias ocasiones fue tenido por periodista, e incluso en los momentos más trágicos de su enfermedad y su muerte, los apoyos internacionales y los reconocimientos más decididos le atribuyeron tal condición, de tal modo que muchos se sorprendieron al descubrir la poesía del periodista. Su relación con los medios de comunicación de la época fue extraordinaria, actuando en muchas ocasiones como un auténtico redactor habitual e incluso llegando a cumplir una de esas condiciones para llegar a la definición del periodista que se hacían antes de que existiera una licenciatura específica con ese nombre, la de aquella persona que se ganaba la vida principalmente con el periodismo. Obviamente, la mayor parte de los escritores, por no decir todos, que ejercieron a partir del siglo veinte, se ganaron la vida con el periodismo y a muy pocos se les podría calificar hoy como periodistas. El caso de nuestro poeta es algo más complejo y la verdad sobre su condición de periodista se expresa de un modo mucho más potente que en la mayor parte de los escritores de su época. Hace una década, se defendió en Madrid, en la Universidad Complutense, una tesis doctoral en la Facultad de Ciencias de la Información sobre esta cuestión, y tanto su título como sus conclusiones dejaban completamente demostrada la trayectoria profesional del periodista Miguel Hernández. Se trata de la Tesis de J. Manuel Carcasés dirigida por el profesor Francisco Esteve, persona especialmente vinculada a la figura, a la obra y a la fundación del poeta; tesis cuyo tribunal por cierto tuve el honor de presidir. Su calificación de sobresaliente "cum laude" por unanimidad avala su calidad y por lo tanto no es en absoluto pertinente seguir discutiendo sobre este particular, basta con consultar el citado trabajo. Allí se repasan sus actividades periodísticas en todos los géneros (crónicas taurina, de viajes, de guerra, reportajes, editoriales, periodismo radiofónico), y se expresa el deseo de Miguel de haber estudiado periodismo en la famosa escuela de El Debate. Ahora bien, el hecho de que se pueda calificar con rigor a Miguel Hernández como periodista, no permite identificarle exclusivamente de este modo sin cometer un grave error, por eso a medida que su figura y su obra se elevan y se clarifican, este calificativo resulta más y más confuso, porque Miguel trabajó, escribió, sintió y vivió por y para la poesía. Y para comprobarlo no tenemos más que seguir con detenimiento y rigor su biografía, incluso su parte biográfica más relacionada con sus actividades calificadas como periodísticas. La primera vez que Miguel vio aparecer su nombre en letra impresa, fue debajo de un poema. Se trataba de Pastoril, los versos iniciales que Luis Almarcha publicara en su periódico, El pueblo de Orihuela, de carácter marcadamente católico y que recogía las inquietudes y el deseo de mejora y cambio de aquella juventud de Orihuela que se reunía en la Tahona de Fenoll. Cuando se publicaron los versos con su firma debajo, Miguel sintió un especial alborozo que compartió con su amigo Carlos Fenoll cuando le trajo un ejemplar. "Somos grandes, llegaremos lejos", exclamó lleno de entusiasmo, y a partir de ese momento nunca dejó de emocionarse y sentir una profunda alegría al ver su firma impresa, uno de los síntomas de la presencia del virus periodístico. Desde entonces las publicaciones periódicas se sucedieron y se mantuvieron incluso cuando empezaron a aparecer los libros. Destellos, Voluntad, El gallo en crisis, y Silbo, marcaron su etapa inicial, y ya en Madrid, Cruz y Raya, Revista de occidente, El Sol, o sus más combativos textos en El Mono azul o la catalana Nuestra Bandera, publicaciones estas de marcado carácter político republicano. Después de todo esto podríamos concluir diciendo que efectivamente Miguel Hernández fue un periodista, pero no. Habría que intentar evitar cualquier interpretación que pueda poner en duda su auténtica identidad, su auténtica condición, la de poeta, un poeta -eso sí- que tuvo la preocupación de universalizar su poesía, de llevar su grito más allá del íntimo, recóndito repliegue del alma de cada lector y hacer de muchos de sus versos auténticos titulares de mensajes periodísticos capaces de inquietar al mundo entero. Por eso, deberíamos decir para ser rigurosos que Miguel Hernández no fue un periodista, que Miguel Hernández fue un poeta que de vez en cuando utilizaba un periodista.
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