EL
RAYO QUE NO CESA |
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'Sergio Macías Brevis, El Madrid de Pablo Neruda, Madrid, Tabla Rasa Ediciones, 2004'
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Se han escrito, con toda seguridad, ríos de tinta acerca de aquella generación literaria tan brillante y prolífica como fue la del 27. Un grupo de escritores que, si bien es cierto, fue de los pocos que llegó a reconocerse a sí mismo como generación literaria, mantuvo siempre las fronteras abiertas para que poetas de todo signo, clase y condición transitaran por ella con total libertad. Germinaron allí las amistades de gentes tan dispares como José Bergamín, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Jorge Guillén o el propio Miguel Hernández. Y, de entre todas ellas, siempre hubo una tercera persona, un mismo espectador mudo, un telón de fondo que ejercía también de recurrente y cómplice ‘leit motiv’: la ciudad de Madrid. Y es uno de aquellos poetas el que centrará nuestra atención durante las siguientes páginas, gracias al libro del escritor chileno Sergio Macías Brevis, quien se refiere, en El Madrid de Pablo Neruda, a la peculiar relación que mantuvo el poeta Pablo Neruda con esta ciudad. Tras una introducción preliminar en la que el autor afirma que ‘en este texto nos centraremos en una ciudad, Madrid, y en un poeta de trascendencia pocas veces vista en la literatura universal: Pablo Neruda’, nos encontraremos con quince capítulos en los cuales Macías Brevis trazará una línea por toda aquella relación que mantuvo Neruda con los lugares y las gentes de la ciudad de Madrid. Así, asistiremos a sus años de diplomático en Asia, su amistad con Carlos Morla Lynch, su gran valedor para que el chileno acabara como cónsul de Chile en España, la situación de aquel Madrid prebélico de los años 1934, 1935 y 1936 y su siempre recordado domicilio de la Casa de las Flores, de donde surgieron no solo amistades, sino noches enteras dedicadas a la poesía. Y de todas aquellas relaciones de amistad, destaca el autor, por encima de otras, tres: los “poetas de la tierra y de la sangre”. El primero de ellos no es otro que el oriolano Miguel Hernández. Mucho se ha hablado de aquella amistad que, quizás junto a la del Nobel Vicente Aleixandre, fueron las que ejercieron una influencia poética más trascendental en la trayectoria literaria de Hernández. Pero, a nivel personal, aquella relación algo fraternal si se quiere, forjada entre paseos y charlas de poesía en la ‘Casa de las Flores’, fue también muy importante para Neruda. Muestras de ello las encontramos en el hecho de que acogiese a Hernández en el seno de su Caballo Verde para la Poesía, e hizo todo lo posible por tratar de aliviar las penurias económicas que lo asaltaban en aquellos momentos tan complicados. Concluye apuntando el autor que, años más tarde, el propio Neruda evocaría aquella amistad con el oriolano en su poema ‘El pastor perdido’, de su libro Las uvas y el viento. Del gaditano Rafael Alberti, al que Neruda consideraba un intachable revolucionario de la literatura, y al que se hermanó no solo vital sino también estética y políticamente, llegó a afirmar que era ‘el poeta más apasionado de la poesía que me ha tocado conocer’. Con respecto a Federico García Lorca la relación fue un tanto más cercana e íntima, y los lazos de unión llegaron a ser tan sólidos que su pérdida, junto con la de Hernández, fue un golpe del que Neruda tardaría muchos años en recuperarse. Aún así, de aquellos días del Madrid del 34 y el 35, Neruda siempre lo recordaría como aquella ‘voz que tocaba a las multitudes como una guitarra’ y que también ‘derrochaba la imaginación, conversaba con iluminaciones, regalaba la música (...) y hacía de la travesura una obra de arte’. Madrid también significó para Neruda encontrar el amor, que en el caso del chileno se transfiguró en la argentina Delia del Carril, a la que conoció entre paseos y tertulias literarias, pero cuyo amor se prolongó durante muchos años más. Y el estallido de la guerra civil, y las funestas consecuencias que la contienda trajo, sería otro punto destacable, en este caso negro, de esa relación que mantuvo el chileno con la capital de España. La guerra civil no sólo llegaría a truncar todas aquellas relaciones de amistad que habían germinado durante aquellos años, sino que además supuso que tanto Neruda como todos y cada uno de sus amigos se viesen abocados a un giro radical en cuanto a su concepción estilística se refiere, y también, y no por ello menos importante, a una profunda y obligada revolución dentro de sus propios fundamentos poéticos. Así, esta nueva causa política fue abrazada por Neruda con estricta devoción, entregándose a ella hasta que, una vez perdida la guerra, el cónsul de Chile se vio forzado a abandonar España y, por supuesto, la ciudad que tanto había amado, Madrid. La edición se completa con numerosas ilustraciones, facilitadas algunas de ellas por las hijas de Carlos Morla Lynch, la Fundación Federico García Lorca, la Fundación Pablo Neruda y el Archivo gráfico de la Embajada de Chile en España. Entre los documentos citados podemos encontrar incluido, por ejemplo, una postal inédita de Pablo Neruda dirigida a Carlos Morla Lynch, fechada el 14 de Marzo de 1932 (p.40), así como otros textos nerudianos igualmente inéditos. En lo referente a Miguel Hernández, el volumen recoge la inscripción consular de Roberto ‘Bobby’ Deglané, con las firmas de Ricardo Reyes (cónsul), Luis Enrique Délano y el poeta oriolano como testigos, fechado el 18 de julio de 1936 (p.76) En definitiva, una vida tan intensa como la de alguien como el chileno Pablo Neruda, tan rica en matices, en situaciones vividas y lugares visitados, resultaría harto difícil rescatar tan solo uno de aquellos momentos. Pero, a buen seguro que si el chileno pudiese observar este libro que, a modo de postal, refleja todos aquellos años de amistad y poesía, pero también de dolor y barbarie, que asaltaron, casi embargaron, al poeta de Temuco, sin lugar a dudas certificaría la huella imborrable que dejó esta ciudad en su corazón. Recordando a Luis Murguía y Arellano, aquel héroe simpar de la lucha por sobrevivir barojiana que es La sensualidad pervertida, al que el momento de despedirse de un lugar le resultaba harto doloroso, mientras sentía que dejaba allí desperdigados trozos de su alma. Cierto es que la guerra tiñó de amargura y dolor su recuerdo, pero Neruda siempre llevaría a España y a Madrid en su corazón, y esta obra de Macías Brevis, mosaico repleto de emotivas teselas nerudianas, es fiel reflejo de todo aquello.
No hay en esa ciudad, Ciudad de luto, socavada, herida, Óscar Moreno
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1.¿Podría
contarnos brevemente su trayectoria, tanto laboral como en el mundo
de la poesía? Al Club lo tachaban de comunista, porque la mayoría de los que estábamos inscritos lo éramos, pero aún así no tenía nada que ver con el Partido Comunista. El Club Thader era algo más: era un centro cultural, dábamos clase a la gente que no tenía estudios, a nosotros mismos nos daban clase de francés, montamos un equipo de rugby, otro de espeleología...Todas estas actividades las organizaban Lolo Soler, mientras que Manolo Bas era el presidente. Además, en el Club Thader había gente de toda clase social. La idea de formarlo surgió de un grupo de amigos, entre los que estábamos los ya citados Manolo Bas y Lolo Soler, pero también Dominique... Años más tarde, fui a Texas, con César Oliva para representar la obra de teatro Entre bobos anda el juego, en un festival de teatro en verso. También he estado cuatro años en el Julián Romea, el teatro estable de Murcia, y seis en la compañía nacional, en Madrid, en el Teatro María Gerrero y bajo la dirección de Yus Pascual. Estuvimos en Moscú, Leningrado y México, recorriendo casi medio mundo con Luces de Bohemia, fue una maravilla. Los críticos incluso llegaron a decir que en 25 años no se había visto nunca una cosa como ésta. Cuando todo esto se desmanteló me fui a Suiza, después estuve en París y, finalmente, regresé porque quería estudiar Arte Dramático en Murcia. Empecé allí la carrera, y la acabé en 1977. Una vez que la terminé me marché a Madrid, donde trabajé en varias películas, como Carne apaleada, Jaguar, Avise a Curro Jiménez o Crónicas del bromuro.
3.
¿Cree que hoy en día se valoran los recitales poéticos
como se debe? 4.
¿Qué le han parecido las actividades que se han realizado
con motivo del 95 aniversario del nacimiento de Miguel Hernández? Se van llevando a cabo proyectos, pero se avanza muy despacio. Mi opinión es que la cultura debería estar aquí al margen del Ayuntamiento; esto es, tener su economía independiente y dedicarse únicamente a la cultura, pero la realidad es bien distinta. El Ayuntamiento se ocupa de otras cosas que ahora están en el candelero, y parece que todo esto lo van dejando en segundo plano. De todas formas se hacen cosas, aunque no a la medida que se han hecho otras veces, con muchos menos medios económicos. El homenaje del Club Thader, por ejemplo, tuvo repercusión incluso en América. En esa ocasión, nosotros alquilamos una casa en la calle de la Corredera, tiramos todos los tabiques y dejamos solo una habitación, habilitada para ser utilizada como una biblioteca. Fuimos recogiendo lo que la gente nos daba y así amueblamos el local. Dábamos recitales y realizábamos muchas actividades. 5.
¿Qué opina de las actividades que se llevan a cabo en
la Fundación Cultural Miguel Hernández? 6.
¿Cree que la figura de Miguel Hernández está bien
valorada en su Orihuela natal? 7.
¿Podría proponer alguna sugerencia o actividad para difundir
un poco más la figura del poeta oriolano? 8.
¿Conoce la página web de la Fundación? ¿Qué
opinión le merece? 9.
En vistas al centenario del nacimiento del poeta, ¿qué
propuestas sugiere usted para que dicha conmemoración tenga el
realce que merece? Óscar
Moreno
Manuel Muñoz Hidalgo, Cómo fue Miguel Hernández, Colección Textos, Editorial Planeta, Barcelona, 1975.
Nos encontramos ante una biografía novelada sobre la figura de Miguel Hernández muy cercana, en cuanto a la manera de encarar un género tan encorsetado estilísticamente como el de la biografía, a la recientemente publicada Miguel Hernández, pasiones, cárceles y muerte de un poeta, del alicantino José Luis Ferris. Es por ello que, dentro de esta sección de ‘Los libros perdidos’, que trata siempre de recuperar aquellas biografías sobre el poeta que, por una u otra razón, han trascendido hasta nuestros días, ha sido seleccionado este Cómo fue Miguel Hernández por representar la primera muestra de una biografía novelada del poeta. Cierto es que no nos encontramos ante una obra que haya llegado hasta nuestros días con la vitola de ser una de las biografías que sentó cátedra a la hora de plasmar por escrito la intensa y azarosa vida del oriolano; incluso podríamos llegar a decir que tampoco ha sobrevivido al paso del tiempo como buena biografía, como una representación fiel de lo que le sucedió. Pero sí que es cierto que, en su día, fue la obra que más ventas tuvo dentro del mundo de Miguel Hernández, lo cual la convirtió, de algún modo, en todo un ‘best seller’ hernandiano. Manuel Muñoz Hidalgo, nacido en Alcantarilla en 1939, vertebra su acercamiento a Miguel Hernández en torno a los distintos testimonios y opiniones, tanto de familiares como de amigos y allegados, que fue él mismo recopilando. Pretende así mostrar a un Miguel Hernández más humano, más cercano si se quiere, desligándolo, siempre en la medida de lo posible, de cualquier tipo de atadura política o literaria. Un hombre llano y noble, que amaba la literatura y ansiaba triunfar en Madrid, pero que también sentía un extraordinario y profundo apego a su tierra, a pesar de que, por desgracia, nunca llegara a adaptarse plenamente. Afirma en el prólogo cuales son las intenciones que persigue a la hora de encarar una figura como la de Miguel Hernández: ‘No deseo describirle como un líder político ni tampoco desligarle de su contexto histórico. Mi tarea es ardua, porque deseo evitar cualquier prejuicio, y aportar solamente los datos que puedan dar la idea más exacta de su personalidad, bastante confusa en algunas biografías’. Divide la obra en dos claros periodos, marcados por el importante hecho que supuso para Miguel la muerte de Ramón Sijé. A diferencia de otras biografías vistas con anterioridad en esta sección, lo cierto es que Muñoz Hidalgo no establece una división tajante entre la vida y la obra del oriolano, sino que las trata como un todo uniforme. Pero, a pesar de este acierto por su parte, debemos añadir que quizás sea demasiado taxativo. Comienza, lógicamente, en 1910, con su familia y los principales acontecimientos que en ella sucedieron, su niñez, primeros versos y amistades; su primer viaje a Madrid, así como su relación con Josefina Manresa, la publicación de Perito en lunas o las vicisitudes que conllevó la creación de la revista El Gallo Crisis junto a su compañero Ramón Sijé. Su estancia más prolongada en Madrid, así como las vicisitudes que allí acaecieron desembocarán por último en la muerte de Sijé, que marcan el final de este primer bloque de la biografía. El segundo bloque, que comienza con la antología que Miguel tenía la intención de preparar con trabajos de Ramón Sijé, algunos inéditos, y continúa con el estallido de la guerra civil y el consiguiente clavario de cárceles que pasaría el oriolano hasta encontrar la muerte en el Reformatorio de Adultos de Alicante, en 1942. Aún así, y a pesar de que las intenciones sean, por supuesto, las mejores, pues no debemos obviar el laborioso esfuerzo que supuso para Muñoz Hidalgo la recopilación de documentos y opiniones bien variadas, lo cierto es que nos encontramos ante una biografía sobre Miguel Hernández que, en líneas generales, no fue fiel a la realidad que trataba de recrear (hecho por el cual generó una agria polémica en el momento de su publicación, en el año 1975). Pues Muñoz Hidalgo se basó en multitud de testimonios de gente de Orihuela, testimonios que no fueron sino su base a la hora de vertebrar el relato. Pero lo cierto es que no llegó a mencionar sus nombres, ni a fechar alguna de las entrevistas que tuvieron lugar. En error similar incurre a la hora de reconstruir diálogos, recurso éste muy usado en el propio estilo novelesco que aporta a la biografía, pero que utiliza sin criterio alguno. Además, la falta de bibliografía al final del libro supone un importante y reseñable error, pues resta en parte cierta credibilidad a algunas de las afirmaciones del autor. Pues un biógrafo, o alguien que emprende la labor de escribir una biografía, no es sino una suerte de “albacea” de datos, que debe reconstruir según unos cánones, los de ser los más fiel posible a los hechos narrados. Y, si bien es cierto que puede imprimir a esa reconstrucción la forma que quiere, no es menos cierto que su fidelidad a dichos hechos debe ser en cualquier caso absoluta, pues de lo contrario falseará el objeto de estudio que describe. Y en este punto, así como en otros que a continuación veremos, incurre en errores Manuel Muñoz Hidalgo. - Afirma
que Azorín asistió al homenaje tributado a Gabriel Miró
el 2 de octubre de 1932. Errores éstos que, si bien algunos fueron de bulto y otros más livianos, llegan a restar algo de credibilidad a una obra adscrita a un género que, en principio, se supone tan fiel a la realidad de los hechos narrados como es el de la biografía. Al final del volumen, el autor llegará a afirmar que “me contentaría con que los hechos y testimonios expuestos fueran suficientes para disipar la falsa interpretación de un Miguel Hernández ateo cuyo único móvil fue la política”. De todos modos, y como a continuación comentaremos, la obra no estuvo en ningún caso al margen de la polémica. El libro cosechó una gran repercusión mediática y crítica. Fue el volumen hernandiano más vendido de aquel año, lo cual otorga un cierto carácter de ‘best seller’, dentro del restringido círculo en el que nos movemos. El profesor Víctor Infantes arremetió contra Muñoz Hidalgo en duros términos: “Visión deformada, incompleta, parcial y carente del rigor crítico y literario más elemental”. El autor murciano contraatacó afirmando que en la reseña de Infantes se vislumbraba una manifiesta mala intención, además de considerar insignificantes los detalles censurados por aquel. Posteriormente, Muñoz Hidalgo ha manifestado que la edición de su libro fue tergiversada y manipulada sin su consentimiento, dando lugar a incoherencias por un lado y, lo que resulta aún más apreciable, a ciertos errores de cierta relevancia por otro. Sirva este comentario para exculpar, parcialmente si se quiere, a su autor. Aún así, no podemos en ningún caso llegar a eximirlo de la totalidad de polémicas que suscitó la obra; polémicas que, por otro lado están más que justificadas. Óscar
Moreno
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