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EL RAYO QUE NO CESA
   
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'Apuntes para el retrato de una amistado'

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Ramón Fernández Palmeral

 

  • LOS LIBROS PERDIDOS

- POVEDA, Jesús, Vida, pasión y muerte de un poeta: Miguel Hernández. Memoria-testimonio, México, Ediciones Oasis, 1975.

 

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“APUNTES PARA EL RETRATO DE UNA AMISTAD”

Con motivo de las ‘I Jornadas Hernandianas’ que han tenido lugar en Moscú y San Petersburgo, nos llegan, de la mano de César Moreno, estos Apuntes para el retrato de una amistad, una revisión de la amistad entre el malagueño Manuel Altolaguirre y el oriolano Miguel Hernández, que aunque no muy duradera sí dejo huella en ambos. Pero lo que en principio parece un intento por reconstruir la relación, no olvidemos que estamos en el año del centenario del malagueño, y aportar nuevos datos sobre la figura del oriolano, en este caso de carácter editorial, el texto también se convierte en un velado y merecido homenaje a uno de los mejores impresores, así como poeta injustamente olvidado, de toda la generación del 27. Y si avanzamos en su lectura, y como si de una ‘matrioshka’ rusa se tratase, van surgiendo toda una serie de temas que conforman un amplio abanico del panorama cultural de aquella época, en el que los dos protagonistas de esta historia estaban inmersos. Así, además de la peculiar relación entre Hernández y Altolaguirre, tendremos noticia de Caballo verde para la poesía, la colección de poesía ‘Héroe’, el convulso y cultural Madrid prebélico o el panorama literario de La Habana en los años 40, entre otros.

La primera pincelada de este retrato nos remite a un calle madrileña, Viriato, y a un número de la misma, el 73. Puede que algún lector poco avezado en estas lides no encuentre significado alguno a los mencionados nombre y número, pero lo cierto es que albergan alguno de los momentos más significativos de la historia literaria española de la primera mitad del siglo XX. Pues si la bella Casa de las Flores, residencia del chileno Pablo Neruda, o el número 3 de la calle Velintonia, donde reposaba el eterno Vicente Aleixandre, eran refugio de reunión y poesía para aquellos jóvenes poetas del 27, el lugar donde todos sus sueños se plasmaban en fino papel y caracteres bodónicos era la imprenta de Manuel Altolaguirre. Caballo verde para la poesía, posiblemente la revista más bellamente impresa pero la que, paradójicamente más ha visto sobredimensionado su contenido será el primer nexo de unión entre poeta e impresor, pues a raíz de la colaboración del oriolano en dicha revista, con su poema “Vecino de la muerte”, y seguramente fascinado por la capacidad para editar de Altolaguirre, Hernández pedirá a éste que edite su nuevo poemario: El rayo que no cesa. Los Altolaguirre, que por aquel entonces habían comenzado a dar forma a su colección de poesía ‘Héroe’, con obras del calado y trascendencia de Misteriosa presencia, de Juan Gil-Albert, El joven marino, de Luis Cernuda, Phoenix, de Manuel Machado o Las islas invitadas, del propio Altolaguirre, incluyeron entre ellas El rayo que no cesa, la obra de sonetos amorosos que hizo un hueco, pequeño, modesto, pero hueco al fin y al cabo, al joven poeta oriolano entre la nómina de artistas de la época. Así, El rayo que no cesa, ese ‘libro de amor (...) pero doloroso y terrible’, como lo califica Moreno, se acabó de imprimir el 24 de enero de 1936, quedando pendiente su pago. Miguel Hernández, en carta a Carlos Fenoll, afirmaba que tenía muchas esperanzas puestas en vender todos los ejemplares para poder pagar así la edición de Altolaguirre. Una edición que, además, y de todas las que editara el malagueño, es quizás la que más parecido guarda con el Caballo Verde para la Poesía. Aún así, y a pesar de haber tenido la oportunidad de, por un instante y durante unas pocas líneas, ser testigos de excepción de algunos de esos momentos de preparación e impresión de esta obra hernandiana, la relación entre ambos, recién surgida y con visos de fraguarse, se truncaría, sin embargo, por motivos nada agradables y conocidos por todos.

En ‘Las armas y las letras’, nuestra siguiente parada, observamos como la agitación y propaganda de aquellos textos y aquellos días comenzó a trazar ya caminos totalmente distintos para ambos escritores. Mientras Miguel Hernández se vio inmerso en lo más cruento de la batalla, formando parte del mismísimo frente, Manuel Altolaguirre siguió con sus labores de impresión, pero zambullido en aquel proyecto, nacido, en las antitéticas circunstancias de bella poesía y guerra, que fue la revista Hora de España.

Tras la guerra, los caminos toman rumbos diametralmente opuestos. Los Altolaguirre, emprenden rumbo a Méjico, permaneciendo más de tres años en un ‘intermedio cubano’ motivado, inicialmente, por la enfermedad de su hija Paloma. Mientras, Miguel Hernández cae preso definitivamente en Orihuela, y da comienzo su calvario de cárceles y prisiones para acabar ya no solo con su salud, sino también con su vida. Llegados a este punto, es cuando el texto nos entrega su más valiosa aportación. Creyendo Altolaguirre que Miguel Hernández había muerto, pues así constaba en el número del 6 de agosto de 1939 de la revista cubana Carteles, se entrega a la edición de una obra homenaje a su poeta y amigo. Qué mejor manera de sublimar una amistad para un impresor que editar unos poemas en memoria del amigo ausente. Así, en la colección ‘El Ciervo Herido’, ve la luz Sino sangriento y otros poemas, una antología de poemas del oriolano de la que, según el autor del texto, existen contadísimos ejemplares. Los 13 poemas que componen la obra, rescatados según Moreno de la biblioteca de algún amigo cubano, está formado, entre otras, por las siguientes composiciones:

- “Sino sangriento”
- “Égloga”
- “Vecino de la muerte”
- “El niño yuntero”
- “Sentado sobre los muertos”
- “Recoged esta voz”

La ‘coda final’, el triste colofón a aquella relación de amistad truncada por la guerra, comienza con la definitiva muerte, en marzo de 1942, de Miguel Hernández en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Comienzan entonces toda la suerte de actos, re ediciones y homenajes que tendrán como cometido honrar al poeta muerto en tan valerosas pero tristes circunstancias. De entre las más destacadas, reconstruye Moreno la que el 20 de Enero de 1943 tuvo lugar en el Palacio Municipal de la Habana, que homenajeaba al “gran poeta español muerto en una cárcel franquista”. Organizado por el Frente Nacional Antifascista y el Comité Pro-Homenaje a Miguel Hernández, editándose un cuadernillo, con motivo de dicho acto, en el que autores de la talla de Nicolás Guillén o Juan Chabás entre otros, rendían un justo tributo al oriolano con sus textos. Aún así, sorprende que en dicho cuaderno no se incluyera texto alguno de Altolaguirre, pues afirma Moreno que por aquellas fechas todavía no había emprendido rumbo a Méjico, pero sí que escribió un poema en homenaje a su querido amigo, que se nos transcribe como punto y final.

Un cuaderno, este que, en definitiva, si bien por un lado ha servido para que obtengamos una nueva visión, otro trocito de ese gran puzzle que conforman todas aquellas relaciones humanas y literarias que el oriolano cultivó a lo largo de toda su vida, nos presenta a su vez la figura de un gran poeta a la sombra de los otros grandes del 27, pero sin el que los sueños de Cernuda, Lorca o Alberti no se hubiesen visto sublimados de tan elegante manera. Pero también una reivindicación de alguien que, además de amar tanto la poesía que no le importó dejar de escribir la suya propia con tal de editar la de otros. El cuaderno, editado imitando tanto la tipografía como el formato de Caballo verde para la poesía, hace que el homenaje de Moreno se nos revele como doble: no solo desde el bello fondo, sino también desde la preciosa forma.


Óscar M. Ferrández

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RAMÓN FERNÁNDEZ PALMERAL


¿Qué le acercó a ubicar su residencia en tierras levantinas?

Por razones laborables vine a Alicante desde Almería en el verano del año 1990, y ya me afinqué en estas tierras levantinas, porque además mis hijos se hicieron mayores y también tomaron asiento al terminar sus carreras. Alicante ha sido para mí un nuevo despertar a la literatura, al mundo hernandiano y azoriniano, donde he hecho nuevos amigos y donde me encuentro muy a gusto.

Aunque nací en Piedrabuena (Ciudad Real) y soy manchego de nacimiento, soy andaluz por sangre, alicantino por adopción y español por convencimiento. He residido en nueve o diez ciudades españolas, tengo una visión global de España en la unidad y no autonómica como un puzzle, por ello no tengo una patria chica, aunque tendré que buscarme una.

¿Cómo descubrió a Miguel Hernández?

Descubrí a Miguel Hernández estudiando el BUP Nocturno en el curso 1980 a 1981 en Castellón de la Plana. ¿Cómo tan tarde?. El primer Bachiller Elemental que hice en Málaga no lo acabé, me quedé en cuarto curso con tres o cuatro asignaturas suspensas, y mi padre me puso a trabajar a los 14 años como auxiliar administrativo en un almacén de pasas y luego con una Agente de Aduanas. Por eso hice dos bachilleres: el antiguo (a medias) y el moderno, más un Acceso a la Universidad. El libro de texto en que descubrí a Miguel, fue uno de la Editorial Anaya, en la edición de Fernando Lázaro Carreter y Vicente Tusón que había sido aprobado por el Ministerio de Cultura en 1976, creo que fue la primera vez que apareció nuestro poeta en libros de texto. En este libro se decía de Miguel: «poeta militante en la España republicana». Venía la foto del dibujo de Buero Vallejo, y el análisis profundo y exhaustivo del soneto 23, «Como el toro...», de El rayo que no cesa, que la profesora de Lengua nos obligó a aprendernos de memoria, soneto que aún recito hoy en día. Luego me aprendí otros sonetos más, por simple placer.

Usted es un hernandiano de calle. ¿Qué opinión recoge de ella? ¿Cree que la figura y obra de Miguel Hernández es un tema de interés público y actual?

Más que un hernandiano de calle creo que soy hernandiano convencido de que la imagen del poeta oriolano es la de un hombre del pueblo comprometido con sus ideales, fueren los que fueren, y gusten a quienes gusten, y nos da el mensaje que cada individuo, persona intelectual, o ente político, debe defender sus ideas con claridad y hasta las últimas consecuencias. No como se ve hoy en día esos cambios de chaqueta vergonzantes y vergonzosos en la política como un medio de vida y de poder.

Yo pertenezco al Grupo Poético Literario del Instituto Miguel Hernández, de Alicante, cuya directora es Rosario Salinas, la sobrina del poeta de Callosa Francisco Salinas, que tiene muy buena acogida porque estamos siempre dando y participando en recitales, tanto en Alicante como en Elche. Nuestro fortín está en Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Y ello nos lleva a palpar constantemente el empuje que tiene la nueva poesía alicantina, y lo que se le quiere a Miguel, y se le admira y los seguidores que tiene. La Sede de la Universidad de Alicante que dirige Manuel Alcaraz organiza cada año el aniversario de la muerte de nuestro poeta, coincidiendo con la Senda, por marzo, y cada vez son más los jóvenes participantes. Y esto va a más.

En este grupo literario tenemos a un poeta de Orihuela: Manuel-Roberto Leonís. Otros hernandianos como José Antonio Charques, Maruchi Marcos, Virginia Pina, Rafaela Lax, María Dolores García, María Dolores Carretero, Luis Taza, Consuelo Franco, y más nombres que ahora no recuerdos, que se esfuerzan por mantener viva la memoria del poeta con sus trabajos y actividades.

Es usted un hernandiano comprometido. ¿Podría sintetizarnos su labor como tal?

Más que comprometido soy un admirador de la obra hernandiana, y creía que hacía falta ilustrar su obra, como los grandes poetas y escritores del Renacimiento: Dante, Cervantes o…. Entiendo que una obra ilustrada aporta otros caminos de investigación y el punto de vista de una obra, por ello empecé a trabajar con El hombre acecha, luego con Simbología secreta de El rayo que no cesa y Simbología secreta de Perito en lunas. Luego con estas tres obras hice una trilogía encuadernada en un solo volumen de lujo. Esta labor de investigación me llevó a tener la necesidad de documentarme en su muy extensa bibliografía, y acabé escribiendo artículos sueltos, que me publicó Orihuela Digital, también en El Eco Hernandiano y en El “iaio”, que terminó en otro libro Doce artículos hernandianos y uno más. Cuatro libros que he publicado en mi modesta editorial PALMERAL. Con las ilustraciones de los tres libros creé una galería de dibujos que se pueden ver en http://ramonfernandez.album.ijijiji.com/ Es un portal de gran calidad de imágenes y ampliación de detalles. Solamente hay que tener un poco de paciencia para descargar el programa.

Porque estos trabajos tan libres como los míos, no se pueden hacer a capricho o intereses de las editoriales, ellos quieren invertir sobre seguro y no sobre experimentos, que es en realidad lo que hago. El tiempo dirá si yo estaba o no en el buen camino. Porque, como sabes, el tiempo es el más veraz de los testigos. Por ahora no siento valorada mi obra porque nadie habla de ella, ni se hacen referencias ni citas, a pesar de que yo siempre estoy nombrando a los hernandianos en mis numerosos artículos. Uno sospecha que está fuera del círculo hernandiano oficial. No sé si me explico. Creo que hay un círculo de prestigiosos hernandiano: filólogos, doctores y profesores, y otro aparte para los seguidores aficionados, aunque esta palabra me horroriza.

Ahora soy el coordinador de la revista PERITO (Literario-Artístico), el título sugiere hernandismo, cuya directora es la poeta Rosario Salinas Marcos, un proyecto cultural arriesgado sin ningún tipo de ayudas institucionales ni de Fundaciones o Centros, por nuestra cuenta y riesgo, por amor al arte, una revista muy hernandiana que toma el pulso a los trabajos de investigación tanto sobre Miguel como poetas de la Vega Baja o alicantinos. Orihuela Digital nos ha ayudado a difundir en sus páginas la versión virtual de la revista, ya que esta revista se edita en papel y por versión digital en http://www.revista-perito.com/. (Desde esta página también se puede acceder a la versión digitalizada de mis artículos y libros hernandianos). Hemos entrado con buen pie, porque hasta ahora todos quieren publicar aquí, pienso que será porque tiene calidad. Hay que aprovechar las nuevas tecnologías, que para eso están.

Las actividades hernandianas son siempre altruistas te gustan o no te gustan y no hay más, has de poner tu tiempo y tu dinero en circulación sin esperar nada a cambio.

¿En qué situación cree que se encuentran actualmente los trabajos hernandianos?

Creo que muy bien, como lo demuestra las Actas de II Congreso Internacional, o la reciente visita de un grupo de trabajo a Rusia, recordando el viaje que Miguel hizo representado a la República en el V Festival de Teatro Ruso, o las traducciones en lenguas orientales o el documental de Jesucristo Riquelme. Creo que el Instituto Cervantes también se está interesando en la figura de Miguel. Porque la familia hernandiana es más grande de lo que parece, yo he tenido la suerte de cartearme y conocer a muchos de ellos, es como un círculo de amigos incondicionales y atentos. Y además la extraordinaria labor que hace la Fundación de Orihuela y el Centro Estudios Hernandianos de Elche. La Universidad de Elche lleva su nombre pero desconozco la actividad hernandiana que desarrolla.

En cambio, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, de la Universidad de Alicante, aquí en la tierra del poeta, con su poder mediático y difusor en Internet no contiene en su portal la obra de Miguel. En este IV Centenario lo ha hecho con Azorín y Cervantes, esperemos que también lo haga con nuestro poeta.

Usted ha seguido la huella de los lugares y monumentos que llevan el nombre de nuestro poeta Miguel Hernández en Alicante. Bajo su criterio, ¿dónde más evocaría su nombre?

En Alicante capital, el nombre de Miguel Hernández se lleva con pesar más que una suerte, sobre todo, creo, por cuestiones políticas. El Ayuntamiento de Alicante es del PP, y no mueve un ápice por Miguel. Lo mismo le pasa al Instituto Juan Gil-Albert, espero que la cosa cambie, y si miento que nos digan cuántas obras o trabajos sobre su figura se han publicado en esto últimos años (el último creo que es de 1998, el libro sobre el «amor cortés», de Antonio Gracia). No tiene Miguel en Alicante una avenida como en Elche (PSOE), que eleva su nombre y su figura universal. El actual monumento dedicado a Miguel en los Juzgados de Benalúa (donde estuvo la Enfermería) fue iniciativa privada del Asociación de Estudios Miguel Hernández de Alicante, que actualmente no sé qué actividades realiza, no me llegan sus noticias. La actividad hernandiana de la Diputación de Alicante y del Ayuntamiento son, actualmente, cero, cambiará cuando cambie la política. Lamentablemente, todavía existe discriminación por tener unas ideas. Aunque hace tiempo que me considero apolítico e independiente.

Como hernandiano, ¿qué opina de las actividades de la Fundación? ¿Tiene alguna propuesta?

Las actividades de la Fundación que dirige Juan José Sánchez Balaguer son muy elogiables, tanto del Centro de Estudios como de la Sala de Exposiciones. Sobre todo es muy positivo el Taller de Empleo y los premios anuales tanto de poesía como el de Periodismo.

Particularmente creo que la Fundación es localista, sus actividades casi no salen de Orihuela y su entorno, mucha gente, fuera de Orihuela, no saben que existe la Fundación. La Sala de Exposiciones debería tener proyección nacional. La publicidad en televisión tanto regional como nacional es necesaria porque la gente ve por la pantalla pequeña. Una revista como El Eco Hernandiano en papel de 8 páginas es insuficiente. Hay que fomentar la investigación hernandiana y las letras alicantinas con becas. Estimular a los estudiantes de bachillerato con premios, publicaciones, dibujos o recitales.

Ya sé que todo depende de los presupuestos de la Generalitat Valenciana, pero es lo que yo pienso sinceramente.

Creo que Cartas a Alicante es su próxima publicación. ¿Para cuando? ¿Podría adelantarnos algo sobre este libro?

Cartas a Alicante o Cartas alicantinas es un libro de prosa poética de creación propia en la que tomo a la ciudad de Alicante como destinataria de mis cartas, es mi amor platónico, irá ilustrado y va para largo. Creo que si deseamos esperar un buen resultado del trabajar bien hecho, hay que echar muchas horas, lleva tiempo. La labor de investigación es un complemento de la labor de creación muy a tener en cuenta. Es mi parecer que la investigación de los demás escritores eleva a quien lo hace, y es siempre una plataforma para presentar la obra propia, porque hay tanta competencia y tan buenos escritores que uno siempre queda en el anonimato.

Aprovechando el IV Centenario de la publicación de la I Parte de El Quijote, este año jubilar de 2005 he ilustrado dos libros: Encuentros en el IV Centenario y Buscando a Azorín por La Mancha, los cuales ya se pueden leer por Internet, un medio muy divulgativo, pero no sustituirá al libro, el libro es cuerpo físico, tangible, palpable y duradero. Un portal puede venir a la quiebra y todo se va al garete.

Actualmente, ¿está trabajando en algún libro?

Actualmente publico mucho para Internet (Orihuela Digital, Monóver punto com, Mundo Cultural Hispano y otras web). Creo en Internet, pero después, como ya te he comentado, hay que pasarlo a formato de libro. Llevo varios proyectos de libros a la vez, porque normalmente no se trabaja en un único proyecto; estos trabajos míos son lentos sobre todo por las ilustraciones que, por lo general, un dibujo no sale a la primera, sino que hay que romper mucho papel. La decadencia de la flauta y el reinado de los fantasmas es un libro de Ramón Sijé, que me tiene muy paralizado, es decir, que lo tomo y lo dejo, porque es uno de los libros más difíciles con los que me he encontrado, pero son siempre retos que a uno le estimulan, porque después que acabe con Ramón Sijé, creo que pocos ensayistas más lo va a tomar.

También me gustaría empezar con Viento del pueblo, y tenerlo acabado para el I Centenario del nacimiento de Miguel Hernández, siembre que alguna editorial o Fundación me anime a ello.

También tengo entre manos una novela corta de intriga, bastante avanzada, que de momento he titulado El Lápiz de Miguel, que trata sobre la aparición de un diario inédito de Miguel Hernández, vendido en una subasta de libros antiguos en Madrid, y que tras las investigaciones oportunas por la policía judicial de Alicante para averiguar la autenticidad del diario y la muerte de una persona acabará solucionando el enigma, que evidentemente no puedo revelar.

Otras de sus aficiones son las ilustraciones. ¿Cuáles son los motivos que le inspiran a dibujar? ¿Tiene algo que ver en ellas la poesía de Miguel Hernández?

Yo soy pintor desde hace muchos años, ha sido siempre mi segunda actividad, mi gran afición junto a la literatura, por ello a mí el dibujo se me ha dado siempre muy bien desde que estudié Artes y Oficios en el Colegio San José Obrero, de Málaga. Tener inspiración para ilustrar a un autor como Miguel, además de un privilegio, es una forma de expresión muy alentadora. Ilustrar es una forma de ampliar y abrir nuevas ventanas a la obra de un autor. No todos se prestan a ello.

Dibujar para mí es una forma de evasión, un medio de expresarme, todos los días dibujo algo y siempre estoy metido en proyectos. Lo último ha sido poder acabar por fin mi página web de artes plásticas cuya dirección es http://www.revista-perito.com/galeria.htm

Los poemas de Miguel Hernández me sugieren mundos cercanos a mi forma plástica de ver el mundo, del compromiso de entender la vida, de mi mundo imaginario y posible, porque todos tenemos nuestras fantasías, nuestra cosmovisión propia, nuestras ilusiones y ambiciones secretas, y no sé exactamente la razón de que cuando leo un poema hernandiano a la vez se forma en mi cabeza una imagen, me evoca una visión que luego materializo en papel, y luego me siento muy satisfecho por haber podido materializar una idea, un sueño o una fantasía.

Tengo encargos para ilustrar varios libros de amigos. Preparo exposiciones. Tengo entre mis mejores obras el cuadro al óleo titulado El lápiz de Miguel, que ilustra algunos libros míos y páginas web. Ahora para el 70 aniversario de la publicación de El rayo que no cesa (1936), estoy pintando al óleo algunos de mis dibujos, adelantando trabajo por si se hace alguna exposición y tengo la oportunidad de que cuenten con mi trabajo. Yo no creo en el golpe de suerte ni en los premios, tú tienes que tener trabajo hecho, cuantos más mejor y ya llegará la oportunidad de que te llamen, como decía mi paisano Picasso, que la inspiración me coja trabajando. Inspiración y transpiración es algo que los pintores tenemos muy en cuenta.

Cecilia Espinosa

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  • LOS LIBROS PERDIDOS
 

- POVEDA, JESÚS, Vida, pasión y muerte de un poeta: Miguel Hernández. Memoria-testimonio, México, Ediciones Oasis, 1975.

Escrito durante el largo exilio que padeció en México, esta peculiar biografía de Miguel Hernández comienza, sin embargo, con las impresiones y sensaciones que asaltaron a Jesús Poveda durante su viaje de regreso a España. Pues desde que se exiliara. 36 años atrás, ni él ni su esposa, la que también fuera novia de Ramón Sijé, Josefina Fenoll, no habían tenido la oportunidad de regresar a la ciudad en la que vivieron gran parte de su vida. Es por ello que no debe extrañarnos que las primeras páginas de la novela estén inundadas por una evidente e incontenible emoción, al volver a recorrer unas calles repletas de recuerdos y sentimientos muy diversos y antagónicos. Pero aún así, a pesar de que hayan transcurrido más de treinta años desde que todo lo que nos va a narrar sucediera, afirma que el tiempo no tiene por qué empañar la veracidad de unos hechos que, en su corazón, siguen manteniendo la claridad de antaño.

“Uno tras otro día, he llevado en mi existencia de hombre alejado de su patria, todos los recuerdos que aquí evoco (...) como si hubieran sido vividos por otro ser que no fui yo (...) He aquí por qué saco a la luz del día estos recuerdos, y ojalá sirvan para algo en el curso de la historia de mis amigos de Orihuela”.

El libro está dividido en ocho partes, en cada una de las cuales, y paralelamente a la biografía de Miguel Hernández, también podemos encontrarnos con los más recónditos recuerdos de Poveda acerca de aquel tiempo pasado que, con motivo del viaje, se ha propuesto rememorar, y que van desde todo lo referente a la figura de Carlos Fenoll, su cuñado y compañero inseparable durante los años de la guerra civil, hasta su exilio en Francia y México.

En la primera de ellas, se detiene en su regreso a Orihuela, 36 años después de que se viera obligado a marcharse. La emoción inunda unas páginas que describen el emotivo regreso a la ciudad que fuera testigo de muchos años de su vida, paso previo a poner en orden sus recuerdos y comenzar por el año 1928, cuando trabó amistad con Ramón Sijé. Asistiremos a la formación del grupo literario de la Tahona, las vicisitudes en la creación de la revista Voluntad o las de El Gallo Crisis. Pero comienza ya a aparecer la figura de Miguel Hernández, quizás en un discreto segundo plano hasta ahora, pero que comienza a erigirse en el auténtico hilo conductor del texto. Y es precisamente en Voluntad donde, por mediación del panadero Carlos Fenoll, conoce Poveda de la existencia de Miguel Hernández. El poeta-cabrero deja sorprendidos a todos ellos con su poema “El Nazareno”.
Será una tarde en la que Miguel Hernández volvía de pasear a las ovejas.

“Llegaba el poeta de la huerta de Orihuela y hacía su entrada con el rebaño de cabras por las puertas de la ciudad (...) Carlos, Sijé y yo nos adelantamos a su encuentro, como si nos hubiéramos hallado con un personaje de leyenda, y estrechamos su rústica mano de pastor, y él se rió y se alborozó: ya tenía tres amigos verdaderos”.

Es en esta primera parte, la que tiene lugar en Orihuela, en la que se aportan la mayor cantidad de datos fiables de toda la obra. La razón es muy simple: las fuentes que utiliza Poveda provenían de su propia relación con Hernández, así puede evocar todo tipo de situaciones y conversaciones que mantuviera con él. Refiriéndose a la relación entre Miguel y Sijé, que de este modo pudo Poveda seguir muy de cerca, hace muy interesantes apuntes:

“De la influencia que ejerció en el poeta de Orihuela su compañero y amigo Ramón Sijé se ha hablado mucho y no siempre con la verdad. Sijé, ciertamente, trató no una, sino muchas veces, de atraerse al poeta hacia su mundo de ascética perfección cristiana (...) El asceta que había en Sijé, no lo había en Miguel Hernández. Eran dos polos muy opuestos”.

Lo define en contraposición a Ramón Sijé:

“Miguel Hernández, en cambio, era como un pedazo de la tierra de España, como un surco de su huerta: naturaleza viva todo él, todo su mundo, toda su gente”.

Para pasar a retratarlo sin tener en cuenta la siempre alargada sombra que la figura de José Marín supuso en la vida de Miguel Hernández:

“De la imagen del poeta se han hecho muchos retratos hablados (...) Él era la estampa clásica de nuestro hombre de aquella huerta oriolana (...) Era muy aseado y vestía con sencillez de pueblo (...) Su risa pecaba de ingenuidad infantil (...) Pero no se crea por esto que era extrovertido, pues más bien era todo lo contrario. Heredó de su padre una seriedad muy peculiar, que lo hacía parecer ante las gentes como retraído o misántropo”.

Los tres siguientes capítulos, aunque intermitentes, siguen teniendo la ciudad de Orihuela como telón de fondo. En el segundo de ellos se centra en su cuñado, Carlos Fenoll y en la revista Silbo. Los pliegos amarillos de esta revista, que sólo verían la luz en dos ocasiones, y que fueron ideados como una publicación en la que debían aparecer trabajos inéditos de algunos autores oriolanos, incluía también distintas monografías literarias a modo de pequeños volúmenes o anexos.

“Llegamos así al año de 1936 (...) Nuestro destino estaba escrito y nuestro mundo lo sería de elegía, solo para cantar durante casi tres años las muertes y los llantos, el luto de la España ancestral”.

España está ya en guerra, y mientras Poveda y Fenoll parten hacia Barcelona, Miguel lo hace rumbo al frente de Madrid. Tras evocar sus muchas penalidades en el frente, siempre junto a su inseparable cuñado, cuenta el episodio de aquel encuentro que tuvieron con Miguel Hernández en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, en Madrid:

“Empezábamos a gozar las delicias de una cama limpia cuando se presentó Miguel Hernández ante nosotros. Iba muy abrigado (...) Nos habló de su vida en el frente y de que quería acostarse temprano para levantarse de madrugada. Su vida de guerrero se la había tomado muy en serio y a nosotros nos dejó aquella noche con ganas de que nos hubiera contado muchas cosas”.

Ya no volverán a ver al poeta hasta principios de marzo del año 1937, cuando Poveda asistió como testigo a la boda de Miguel Hernández con Josefina Manresa. Lamentablemente para él, tuvo que regresar pronto al frente, pero no olvida a aquel hombre al que dejó en Orihuela enfermo, pues afirma que “aquella lucha le absorbía todo su ser”.

Llegados a este punto, los caminos de ambos se separan definitivamente. El texto cobra unos carices más autobiográficos que propiamente biográficos, pues narra la experiencia de Poveda en el frente del Ebro, su prendimiento y posterior estancia en el campo de concentración de Saint Cyprien, en los pirineos orientales, y su posterior liberación por parte del ‘Comité Británico para la Ayuda a los Refugiados Españoles’ (junto a otros artistas e intelectuales de la talla de Juan Gil-Albert o Ramón Gaya), iniciándose su vida de refugiado político.

Esperando a que su esposa, Josefina Fenoll, pueda reunirse con él en Francia, se traslada a Perpignan primero y a Tolouse después, donde el 14 de julio de 1939 se producirá por fin el feliz reencuentro. Esperando noticias de Miguel Hernández pasarán los meses siguientes, sumidos en la angustia por la situación de su amigo y desazón por la de su propio país. En 1940, sin embargo, llega su definitivo a exilio a América.

La séptima y penúltima parte en la que divide la obra la dedica a reivindicar la figura de Carlos Fenoll durante sus años de posguerra, aportando las cartas que el propio Fenoll enviara a Poveda durante todos aquellos años (además de una entrevista en la que Fenoll se refiere directamente a Miguel Hernández).

Una vez ya hemos visto retratada tanto su relación con el oriolano, así como su visita a su ciudad natal más de treinta años después, Poveda dedica la última parte de su obra a realizar un análisis de la obra hernandiana. Afirma que ‘escarbar en tan frondoso huerto como lo es la obra poética de Miguel Hernández no es tarea fácil, pero sí halagadora’. Así, sus temas principales, vocabulario más recurrente, colaboraciones en prensa o circunstancias en las que sus textos fueron escritos, centrarán el contedido del capítulo. Pero, además, Poveda incluye unos curiosos ‘Acertijos de Perito en lunas’, en los que adjunta las explicaciones que de los títulos de la obra hiciera Francisco Martínez Marín.

El libro concluye con una ‘Sinopsis cronológica de la obra hernandiana’, que divide en un primer, segundo y tercer periodo, más un periodo que no duda en calificar de ‘trágico’ (refiriéndose, indudablemente, a los últimos años que el oriolano vivió encarcelado). Ofrece además una biografía primaria descriptiva, otra compuesta por poemas sueltos, mezclada con ensayos y artículos sobre el poeta, así como algunas traducciones.

Y para finalizar, nada mejor que las palabras del propio Jesús Poveda refiriéndose a su relación con el oriolano. Tres textos en los que podemos comprobar que, al menos en la primera etapa de sus vidas, su relación sí fue cercana. Así, no duda en hacernos partícipes, por ejemplo, de las confesiones que Hernández le hiciera acerca de su pasión por escribir, a pesar de las dificultades que encontraba en su camino:

“(...) El poeta me confesó que se pasaba muchas horas que le robaba al sueño escribiendo sobre este viejo arcón, pues no tenía para ello ni una rústica mesa de pino (...) En este mismo mueble guardaba todos sus cuadernos y toda su producción inédita, y allí vi y comprobé por mis ojos, que ya llevaba escritos más de mil versos en todas las métricas, y muchos y variados intentos de piezas cortas de teatro, que era lo que le gustaba hacer”.

O evocar aquella sincera amistad que se profesaron durante apenas unos meses pero que él sigue guardando con evidente cariño y hasta orgullo:

“Empezaba a caminar el año 1930 (...) Desde aquel día nos hicimos íntimos amigos de Miguel. Hasta entonces (...) no comentaba con nadie de Orihuela lo que iba naciéndole de su pluma”.

En definitiva, una de las personas que mejor conoció a Miguel Hernández en aquella su primera etapa en Orihuela; una de las opiniones más autorizadas que podamos encontrar para reconstruir aquel cenáculo literario que se formó en la Tahona y que tan buenos frutos dio. Pero también una visión desengañada de la guerra, y emocionante regreso a casa, 36 años después. Aunque, las palabras de Poveda acerca de Miguel Hernández debamos buscarlas mucho antes...

“Él era maestro de sí mismo y este libro nos vino a demostrar a todos que el poeta tenía su propia personalidad. Para hacer esta poesía se requiere tener un dominio absoluto del lenguaje y mucho oficio de poeta”.

Óscar Moreno

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