CABALLO VERDE PARA LA POESÍA
Ficha
técnica

A) FICHA
DESCRIPTIVA
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Cabecera
· Título: Caballo Verde para la Poesía.
· Lugar: Madrid.
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Datación:
· Cronología:1935-1936.
· Primer número: Octubre de 1935.
· Último número: Enero de 1936.
· Números editados: 4.
· Existe reedición facsimilar de Caballo Verde para
la Poesía con prólogo de Pablo Neruda y J. Lechner
en Nendeln, Liechtenstein, Kraus Reprint, 1974.
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Sede social
· Redacción: No consta en la revista..
· Administración: No consta.
· Teléfono: No consta.
· Lugar donde se imprime: Madrid.
· Impresores: Manuel Altolaquirre y su esposa Concha Méndez.
· Dirección de la imprenta: Calle Viriato, nº 73.
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Características técnicas
· Número de páginas: 9.
· Dimensiones: 29 cms. x 22’2 cms. Estaba cosida a mano.
· Número de columnas: 1.
· Secciones: No hay secciones.
· Tipografía: La tipografía utilizada en la revista
responde a la típica de los Altolaguirre, elegante, con mucho
espacio entre las estrofas de los poemas y la presencia de un tipo
de letra llamado ‘Bodoni’, introducido por él mismo.
· Suplementos o números extraordinarios: No hay.
· Libros editados: El único libro aparecido bajo el
pie editorial Caballo Verde fue El tímido
(1936), de Víctor María Cortezo.
· Ilustraciones: Contiene algunas ilustraciones, realizadas,
entre otros, por Caballero, Cabezón, Moreno y Pontones.
· Periodicidad: Mensual.
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Empresa periodística:
· Editores y administradores: Manuel Altolaguirre y Concha
Méndez.
· Director: Pablo Neruda.
· Administradores: Manuel Altolaguirre y Concha Méndez.
· Precio del ejemplar: Según consta en la contraportada
de los dos primeros números, su precio era de 2’50 pesetas,
aproximado al de otras revistas literarias de la época.
· Puntos de venta: No constan.
· Suscripción: No consta.
Colaboradores: Entre otros, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Manuel
Altolaguirre, Federico García Lorca, Jorge Guillén,
Arturo Serrano Plaja y el oriolano Miguel Hernández. Junto
a todos ellos, hay que mencionar a los autores extranjeros Délano,
González Tuñón, Molinari, Gebser y Delons.
***
Teniendo en cuenta que arranca, en este mes de Junio, el centenario
del nacimiento del poeta e impresor andaluz Manuel Altolaguirre, resultaba
ciertamente ineludible no analizar una de las revistas que, sin duda
alguna, marcó uno de los cenits de las editadas en los años
30 de aquella convulsa España prebélica. Pues a pesar
de que el nombre de Caballo Verde para la Poesía siempre
remita al chileno Pablo Neruda, a la polémica entre poesía
pura e impura o a la posible politización que la revista llevaba
implícita, tópicos que, como suele suceder con los buenos
tópicos, no llegan a ser del todo ciertos, no podemos llegar
a saber hasta qué punto esta revista hubiese sido la misma sin
la exquisita edición e impresión de Manuel Altolaguirre.
Aunque la sombra del poeta chileno es alargada, abarcando todo lo imaginado
y lo imaginable, en ningún caso se debe restar ni un ápice
de importancia a la fantástica labor del fino editor malagueño.
Los ejemplares seguían todas las pautas, tanto compositivas como
tipográficas, de Altolaguirre, que ya podían ser rastreadas
en otras revistas suyas, como Litoral. Estas características,
en palabras de Julio Neira, que dedica atención especial a la
edición de revistas poéticas en España, eran “una
gran atención a la belleza de los tipos y al juego combinatorio
de los colores de la tinta, y además era exclusivamente poética,
lo que contrastaba con lo que fue habitual durante los años republicanos”.
Únicamente
vieron la luz cuatro números de este proyecto, entre noviembre
de 1935 y febrero de 1936, con periodicidad mensual, editados en la
imprenta que Manuel Altolaguirre y Concha Méndez tenían
en la calle Viriato de Madrid. Sería la guerra civil la que,
tristemente, se encargaría de truncar este bello proyecto literario.
Pero si la contienda bélica no hubiese irrumpido con inusitada
virulencia, dos números más del Caballo Verde...
estaban ya listos para salir a la calle, a falta sólo de coser
los pliegos y añadir las cubiertas; desgraciadamente la tirada
quedó en la imprenta de los Altolaguirre, perdiéndose
para siempre. En carta fechada el 15 de Mayo de 1973, y en respuesta
a la que le dirigiera Detlev Auvermann, Neruda se congratula de la reedición
de la revista, que se llevaría a cabo en 1974; pero también
recuerda aquél número doble, el 5-6, que no llegaría
nunca a ver la luz:
“Con
respecto a CABALLO VERDE estoy, naturalmente, muy contento de su reimpresión.
Lástima grande que el número doble 5 y 6, totalmente impreso,
se quedó para siempre en la imprenta de Manuel Altolaguirre (...)
y nunca se logró rescatar un solo ejemplar. Iba a aparecer justamente
en los días que estalló la Guerra Civil. Sólo faltaba
coser los pliegos y agregar las tapas”.
Mucho se
ha hablado de aquel malogrado número doble, perdido, por desgracia
para siempre. Sobre el contenido y la nómina de escritores que
colaboraron en él, encontramos información muy esclarecedora
al respecto en un artículo del propio Neruda que, bajo el título
de “Nostalgia nerudiana. Se ha perdido un caballo verde”,
salió publicado en Manuel Altolaguirre. Los pasos perdidos,
monográfico que la revista Litoral dedicó al impresor
malagueño en 1989:
“La
casa Aguilar (...) prepara una antología de Julio Herrera y Reissig
(...) Para esto se necesita un número de mi revista “Caballo
Verde para la Poesía”. Este número estaba íntegramente
dedicado al uruguayo. Pero la revista no aparece por parte alguna (...)
Quise honrar preferencialmente a Herrera y Reissig (...) decidí
entonces publicar un doble número – 5 y 6 – de mi
revista “Caballo verde” y dedicárselo íntegramente
(...) Ramón Gómez de la Serna escribió con su estilo
egregio página y media en que destacaba la silueta del egregio
poeta. Vicente Aleixandre me entregó su homenaje: un poema de
larga cabellera. Miguel Hernández y otros sus ditirambos magníficos.
Federico lo hizo con más conocimiento que nadie(...) Yo escribí
mi poema “El hombre enterrado en la pampa”.
Ese “caballo
perdido” al que se refría el chileno era un número
homenaje al poeta uruguayo Herrera y Reissig, que contó con la
colaboración de gran parte de la plana mayor de la poesía
española de aquel momento; ¿o como podemos considerar
si no a Ramón Gómez de la Serna, Vicente Aleixandre, Federico
García Lorca o Miguel Hernández?. Todo se encontraba preparado
para que la revista volviera a salir a la calle. Los contenidos fueron
impresos en el habitual taller de impresión de Manuel Altolaguirre,
en la calle Viriato número 73, pero sería otro suceso,
no menos importante, el que impediría que hoy podamos gozar de
otros dos números de ese bello Caballo Verde, como bien nos cuenta
Neruda:
“Manuel
Altolaguirre imprimió el número doble de la revista en
esos grandes caracteres bodónicos en que la poesía parece
resplandecer. Todo se hallaba listo y se coserían los pliegos
al día siguiente cuando estalló la Guerra Civil (...)
No hubo ya tiempo para libros. Comenzaron los primeros bombardeos. Luego
el desastre”.
Tal y como
hemos podido observar en estos fragmentos, Neruda se atribuye, en todo
momento, la dirección de la revista, considerándola como
un proyecto totalmente a su cargo. Sin embargo, la compañera
de Altolaguirre durante tantos años, Concha Méndez, en
sus Memorias habladas. Memorias armadas, de 1990, contradice
en cierta manera al poeta chileno:
“Al
poco tiempo de volver, conocimos al poeta chileno Pablo Neruda, que
nos invitó a su casa (...) A tener las dos imprentas comenzamos
a editar la revista Caballo verde para la poesía. La dirección
de la revista, por una cuestión de gentileza – y de generosidad
para la poesía americana, como también apuntaría
líneas más abajo – se la dimos a él. Pero
la revista era nuestra: nosotros la costeábamos, elegíamos
el material, la imprimíamos, la encuadernábamos y la distribuíamos
en las librerías”. Concluyendo, muy taxativamente,
que: “no sé por qué todo el mundo se ha empeñado
en creer que la revista la hizo él”.
A pesar
de que las palabras de Concha Méndez no puedan sustentarse en
ninguna prueba documental, tampoco sería justo considerar Caballo
verde para la poesía como un proyecto personal del chileno,
pues quién sabe qué habría sido de aquella revista
si las manos de Manuel Altolaguirre no hubiesen sido las encargadas
de dar forma a las ideas de Neruda. Lo más probable es que Neruda
tuviese en mente la idea de hacer una revista literaria ahora que había
llegado a España, pues no olvidemos que ostentaba su cargo de
Cónsul de Chile desde hacía sólo unos meses, y
pensase que una revista literaria sería la plataforma perfecta
desde la que lanzar sus nuevos y renovadores ideales poéticos.
Y para refrendar esta afirmación nos remitiremos a las memorias
del propio poeta chileno, quien en Confieso que he vivido,
y al respecto de quien ostentaba el mérito de haber sacado la
revista adelante, se muestra mucho más ecléctico y conciliador
que años atrás:
“El
poeta Manuel Altolaguirre, quien poseía una imprenta y la vocación
de impresor, vino un día a mi casa y me contó que tenía
planeado publicar una revista hermosamente impresa que debiera presentar
lo más alto y mejor de la poesía española. Solamente
hay una persona que la puede dirigir, me dijo, y ese eres tú”.
Por tanto,
y a pesar de que Caballo Verde para la Poesía haya pasado
a los anales de la historia literaria española como un proyecto
del chileno Pablo Neruda, creemos que es justo desde aquí reivindicar
la figura del impresor malagueño dentro de la revista. Pues sin
la belleza tipográfica y editorial que, desde la imprenta de
la calle Viriato 73, y a través de esas “grandes manos
elegantes siempre tiznadas como las de los impresores” de
Altolaguirre, que tan bien describiera el alcoyano Juan Gil-Albert,
no sabemos si ese proyecto del chileno hubiese alcanzado las cotas de
popularidad y trascendencia que alcanzó. Pues desde la temprana
fecha de 1923, cuando haber apenas alcanzado apenas la veintena se embarcó
en el proyecto de publicar, junto a Hinojosa y Souvirón, la revista
literaria Ambos, hasta esta última aventura en España,
dirigida por Pablo Neruda, en el umbral mismo de la guerra civil, raro
fue el periodo en el que Manuel Altolaguirre no forma parte de la nómina
de colaboradores de alguna revista poética, bien como editor,
bien como poeta, o incluso aunando ambas facetas. Siempre fundando revistas
que, como es el caso de Litoral, 1616 o la propia
Caballo Verde..., se sustentaban en un grupo de amigos poetas
con una única finalidad: la poesía.
Pero,
al margen de a quién podamos atribuir la dirección real
de la revista, lo cierto es que, bien por decisión de Neruda, bien
por decisión de Altolaguirre, ésta contó con algunas
de las mejores plumas existentes en la España de aquel momento,
así como con algún que otro colaborador de postín,
a lo largo de sus cuatro números. La lista completa de colaboradores
por números es la siguiente:
a) Número 1-Octubre 1935:
Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, el francés Robert Desnos, el
argentino Ricardo E. Molinari, Federico García Lorca, Miguel
Hernández, el también argentino Raúl González
Tuñón, Arturo Serrano Plaja y Leopoldo Panero, con dibujos
de José Caballero.
b) Número
2-Noviembre 1935:
Pablo Neruda, Luis Cernuda, el suizo Hans Gebser, Jorge Guillén,
Rafael Alberti, el chileno Luis Enrique Délano, A. Aragón
y Arturo Serrano Plaja, con una viñeta de J. Caballero y contraportada
de Ramón Pontones.
c) Número
3-Diciembre 1935:
Pablo Neruda, Emilio Prados, el francés André Bernard
Delons, Concha Méndez, José María Souvirón,
el cubano Félix Pita y Cayetano Aparicio.
d)
Número 4-Enero 1936:
Pablo Neruda, José Moreno Villa, Rafael Alberti, el argentino
González Carbalho, Eugenio Mediano Flores, Miguel Ángel
Gómez, Rosa Chacel, el chileno Ángel Cruchaga Santa María
y Manuel Altolaguirre.
Por lo
que se refiere a los colaboradores gráficos, las ilustraciones
se deben a José Caballero, que para el primer número remitió
3. En el segundo, aparece una viñeta del mismo y en la contraportada
un dibujo de Ramón Pontones; en el 3º hay una ilustración
sin identificar; en el último, 2 viñetas (representando
sendos caballos verdes) de José Moreno Villa.
En el primer
número hay 9 colaboraciones, con 5 tipos de letra para los titulares
y otros tantos para los textos; en el nº 2, 8 firmas con 4 tipos
para títulos y 6 para textos; en el nº 3, de nuevo, 8 colaboraciones
con 6 y 5 tipos respectivamente; finalmente, en el 4º, 9 colaboraciones
en 3 y 6 tipos de letras para títulos y textos. En definitiva,
hay una gran gama tipográfica, ya que combina una media de 5/6
tipos y tamaños por 8/9 colaboraciones. Los colores, asimismo,
demuestran una atención exquisita: se entremezclan rojo, verde,
negro y azul (en dos tonalidades, claro y oscuro), que dan al conjunto
de los cuatro números un aspecto de pulcra belleza.
No cabe
lugar a dudas de que estamos ante una extraordinaria revista, primorosamente
editada y con unos más que destacables contenidos. Pero, ¿cuáles
son las razones por las que ostenta un lugar preferencial en ese hipotético
canon de las mejores revistas españolas literarias editadas en
España? ¿por qué el Caballo Verde, con tan solo
cuatro números aparecidos, se llega a equiparar a otros grandes
“monstruos” como La Gaceta Literaria o Revista
de Occidente, con una trayectoria mucho más dilatada en
el tiempo? Máxime cuando estamos ante una revista que se debía
totalmente a la poesía, y no daba lugar a cualquier otra sección,
como las de crítica literaria o crónica de espectáculos
teatrales que sí albergaban, por ejemplo, las anteriormente citadas.
Algunas de las preguntas obtienen su respuesta en dos argumentos: la
polémica que los editoriales de Neruda generaron y esa manida
pretensión de considerar que Caballo Verde para la Poesía
fue la precursora de las revista españolas de tendencia más
politizada. Trataremos, en la medida de lo posible, de dar solución
a la mencionada cuestión en las siguientes líneas, centrándonos,
en primer lugar, en los famoso editoriales que, bajo la firma de Pablo
Neruda, encabezaron todos y cada uno de los cuatro números de
la publicación.
Fueron
las únicas colaboraciones que el chileno se brindó a prestar
a su revista, pues ningún poema suyo, por extraño que
pueda parecer, apareció impreso en las cosidas páginas
del Caballo Verde. Pero, en cada uno de ellos, plasmó
sin embargo sus ideales poéticos. En cada uno de estos cuatro
pequeños poemas en prosa, además de rezumar poesía
por todos sus costados, causaron un gran revuelo en el momento en el
momento de su publicación. En el prólogo a la reimpresión
del Caballo Verde, J. Lechner afirmaba que la inquietud que
los cuatro textos nerudianos causaron, en el panorama poético
español de la época, pudo estar provocado, quizás,
por “una lectura superficial de los mismos”. Pero lo cierto
es que, bien por desconocimiento, bien por una querencia voluntaria
a crear polémica donde no la había, estos textos fueron
los causantes de una polémica que, a modo de digno estigma, acompañaría
ya a la revista hasta nuestros días. Y profundizando en ellos,
observaremos que, al margen de los diversos giros poéticos que
los adornan, los pilares teóricos sobre los que se sustentan
ya habían sido esbozados con anterioridad.
El
primero de los citados editoriales, el titulado “Sobre una poesía
sin pureza”, es quizás el que merezca un análisis
más pormenorizado, pues además de proponer y defender
una nueva concepción de la poesía, la impura, generó,
por esta misma razón, una agria polémica entre el chileno
y Juan Ramón Jiménez, auténtico pope de la tendencia
poética imperante en España durante muchos años,
la llamada “poesía pura”. El poeta moguerense lo
rebatió en un artículo publicado en El Sol, bajo
el título de “Con la inmensa minoría”, que
suscitaría opiniones enfrentadas (el inevitable alzamiento de
otras voces que se sumaron al carro de la polémica), y también
el comienzo de un turbio mito: el de la declarada enemistad entre ambos
poetas, dos de los más grandes que nuestra literatura ha tenido,
pero que flaquea por demasiados frentes. El texto de Neruda, que ha
llegado a nuestros días como auténtico manifiesto generacional,
por postularse a favor de la poesía “impura”, no
es más que la introducción en España de una tendencia
que ya se encontraba extendida por Europa desde hacía años,
y que encontramos en textos doctrinales de autores como el inglés
T.S.Elliot, el alemán Bertold Brecht o el norteamericano Ezra
Pound, e incluso en España ya habían sido al menos bosquejadas
por poetas como Rafael Alberti. Neruda demanda que se observen poéticamente
los elementos naturales, humanos y cotidianos. Estos es, que el poeta
encontrara la materia lírica a través de la cual dar forma
a sus poesías en los “objetos en descanso”, ampliando
así el material poético a cualquier experiencia humana,
sin discriminación alguna. Además, Neruda no abogaba,
a pesar de las acuciantes críticas de Juan Ramón Jiménez,
por una poesía en la que los sentimientos quedaran al margen;
y no es totalmente cierto, pues en el segundo de los manifiestos, “Los
temas”, las palabras “corazón” y “sentimientos”
son repetidas en numerosas ocasiones, abocando al chileno a un claro
neorromanticismo, ya que aboga por la melancolía y el gastado
sentimentalismo. Incluso en el último de los editoriales, el
titulado “G.A.B.”, reivindicaba la figura del poeta romántico
Gustavo Adolfo Bécquer.
Por
tanto, si bien es cierto que los textos sí podían llegar
a tener algún contenido proclive a generar polémica, que,
por otro lado, y teniendo en cuenta ese carácter siempre altivo
y singular del que hizo gala Neruda, fuese una polémica en cierto
modo buscada, no eran, en absoluto, merecedores de toda esa convulsión
literaria que crearon. Pues lo que el chileno debía pretender
no era sino evidenciar que la poesía, el poeta y todo lo que
a ambos rodeaba, saliera fuera de aquella ya anquilosada torre de marfil
en la que tanto gustaban recluirse tiempo atrás, abriendo plenamente
esa variedad de temas de los que poder valerse.
Por
otro lado, y sin alejarnos en demasía de esto, no deja de resultar
algo fútil, además de inadecuado y poco útil, el
encajonar en compartimentos generacionales a un determinado grupo de poetas,
argumentando que comparten estos o aquellos mismos rasgos estéticos.
Algo similar sucede cuando se pretende que una publicación se erija
en estandarte de determinado movimiento literario o social. Y no es que
asuntos de este calado se vean refrendados históricamente, pues
no hay más que echar la vista atrás para encontrar ejemplos
en la generación del 27 o las revistas de vanguardia parisina,
pero lo cierto es que en el caso de Caballo Verde para la Poesía
los intentos que ha habido en este sentido han sido, en el mejor de los
casos, desafortunados. Quizás por esos editoriales ya comentados,
o por ser la última revista de renombre que precedió al
estallido de la guerra civil, se ha querido ver en Caballo Verde para
la Poesía tanto el símbolo de esa poesía impura
que desde sus páginas preconizaba Neruda como el más importante
preludio a la posterior politización de la literatura. E incluso
puede ser que el propio poeta chileno alentara, de algún modo,
estas polémicas. Pero lo cierto es que son más las razones
que apuntan hacia la poca solidez de esos dos famosos tópicos que
a su vigencia o validez.
En primer
lugar, Caballo Verde... no era una revista que se nutriera
exclusivamente de escritores españoles, pues ampliaba sus miras
hacia escritores allende nuestras fronteras. Además, su nómina
de colaboradores hispánicos, teniendo todos una innegable calidad
literaria, no podía sino ser tildada de heterogénea; entre
ella encontramos poesía surrealista, neogongorismo tardío,
aceptación de la tradición española más
clásica o serenas reflexiones vitales. Es por ello que el famoso
editorial en pos de una poesía impura no fuese sino una opinión,
o quizás un anhelo personal del chileno, y no atribuible, por
tanto, al resto de colaboradores, llegando a fomentar la creencia de
que cualquier poeta que propagara sus versos desde el Caballo Verde...
abogaba por este tipo de poesía. Es más, incluso desde
la propia publicación recibió Neruda veladas críticas
por la declamación de sus ideales poéticos: José
Moreno Villa, en un poema titulado “Cartas sin correo”,
publicado en el número 4, mostraba su desaprobación ante
los editoriales, pues si lo que se pretendía era ampliar el espectro
poético, resultaba ciertamente incongruente dejar fuera del mismo
a la poesía pura. Curiosa paradoja, sin duda, la de tratar de
ampliar las miras restringiendo, a su vez, el campo de actuación.
“Nuestro
Parnaso actual es suculento.
Parece un ‘cap’ de frutas y vino espumoso.
En él acusa sus sabores Juan Ramón,
Federico, Jorge, Antonio y Manuel
Pedro, Manolo, Rafael, Luis,
y algún adjunto americano.
Te aseguro que es delicioso
paladear lo que tiene de piña este vate,
(...)
Es bobo quien se cierra a tanto sabor,
quien se excluya y se contente con una guinda”.
Además,
José Manuel López de Abiada, en su artículo “Notas
sobre Caballo Verde para la Poesía”, publicado
en Cuadernos Hispanoamericanos, en abril de 1983, considera
que, atendiendo tanto a la métrica como a la temática
de sus poesías, los únicos poemas de “poesía
impura” que, según los cánones nerudianos, se recogen
en la revista, son los dos de Arturo Serrano Plaja y el de Raúl
González Tuñón. Una media un tanto pobre si se
quiere considerar esta revista como la portadora de esa tan cacareada
poesía de la impureza. Y lo cierto es que en la publicación
confluyeron poetas consagrados y poetas noveles, cada uno adscrito a
su propia cosmovisión poética y, aunque puntualmente se
puedan observar ciertas concomitancias comunes, en su conjunto representan
corrientes ideológicas muy distintas. Así, ¿se
puede seguir hablando de un “estilo común” en
Caballo Verde para la Poesía?
Por otro
lado, en lo referente a que la revista fuese la precursora de esa politización
que sufrieron las revistas literarias españolas, no tenemos más
que remitirnos a las palabras del poeta Juan Gil-Albert, en su artículo
“Palabras actuales a los poetas”, desde el número
9, en diciembre de 1935, de la revista valencia Nueva Cultura,
para refutar dicha afirmación. El alcoyano venía a declarase
a favor de la poesía impura, pero no por ello dejaba de criticar
a Neruda y sus afirmaciones de no aceptar deliberadamente nada. En este
“lo cortés no quita lo valiente”, que Gil-Albert
achacaba a Neruda, no entendía como podía dejar a un lado
los hechos sociales como materia poética; hechos que, a pesar
de ser considerados como antipoéticos, eran ciertamente necesarios,
máxime en los momentos ciertamente difíciles que se presuponía
estaban por llegar. Por tanto, resulta difícil imaginar que Caballo
Verde... encabezase cambio alguno en la tendencia política
si, desde una publicación coetánea y amiga, se le criticaba
esa tendencia al apoliticismo en unos tiempos que comenzaban ya a requerir
algo más de implicación.
Además,
como bien afirman Bartolomé Cantarellas y Emilio Gené
en su estudio “Caballo Verde para la Poesía”, publicado
en 1977 en el número 256 de la revista Papeles de Son Armadans,
las poesías aparecidas en la revista que puedan llegar a ser
tildadas de comprometidas no cuentan, ni con un amplio número
de poemas, ni son tampoco la nota distintiva de las mejores colaboraciones
de la misma. Afirman además que la orientación de la misma
dista tanto de una literatura social como de una repercusión
popular intencionada. Concluyendo que las muestras de poesía
comprometida que podamos encontrar en Caballo Verde... “no
son sino adelantos de algunos de los futuros redactores de “El
Mono Azul” y su anexo “Romancero de la Guerra Civil”.
Y éstos eran Rafael Alberti, Arturo Serrano Plaja, Emilio Prados
o el argentino González Tuñón.
Pero quedémonos
con la afirmación, mucho más ecléctica y comedida,
de Julio Neira, quien en La edición de textos: Poesía
española contemporánea, en 2002, afirmaba al respecto
que “en ese sentido podemos considerar que esta fue la última
revista del 27. Aunque (...) en ella late el ritmo de su tiempo, no
es una revista de expresa intencionalidad política – lo
que fue reprochado desde la izquierda - si bien cada poema tiene su
propio significado a este respecto”.
El poeta
Miguel Hernández colaboró en el primer número de
la revista, editado el 1 de octubre de 1935, con ‘Vecino de
la muerte’, que aparece entre las páginas 13 y 16.
Se trata de un poema gran hondura. De él son las estrofas siguientes:
‘..Haré
un hoyo en el campo y esperaré a que venga
la muerte en dirección a mi garganta
con un cuerno, un tintero, un monaguillo
y un collar de cencerros castrados en la lengua,
para echarme puñados de mi especie’.
En
el epistolario hernandiano queda claro el enorme interés de Miguel
por publicar en una revista que tenía en mente realizar Pablo
Neruda cuando corría 1935, pero tampoco hay seguridad de que
el proyecto del chileno fuera Caballo Verde para la Poesía,
porque en aquella época Manuel Altolaguirre y su esposa, que
fueron quienes la editaron, vivían en Londres y no regresaron
a Madrid hasta junio de 1935. En una carta dirigida al chileno desde
Orihuela en diciembre de 1934, Hernández afirmaba que “...
desde Orihuela me despido de usted. Una carta desesperada o mi bolsillo
casi acabado me hizo precipitar mi viaje (...) Aquí espero que
me diga, lo antes posible, qué hay de aquello que me dijo en
aquella noche (...) ¿Hará la revista? ¿Me llamará
generosamente a su lado? ...”. Al mes siguiente, en una segunda
carta, Miguel le pregunta a Neruda: “...¿puedo marchar
a su lado a mantenerse al amparo suyo y de su revista, o eso aún
tardará? No entiendo bien, querido Pablo. Yo no puedo viajar
a Madrid por ahora: habré de esperar un mes al menos, a tener
para el talón del viaje y así quedarme. ¿Estará
para entonces decidido ya lo de la revista y podré andar por
ahí sin dificultades económicas? No quiero que mi estómago
haga el ridículo como esta vez pasada, porque soy honrado y no
sé pedir. Por tanto aquí me quedo cultivando la pobreza,
la tierra de mi huerto y la poesía hasta que me diga en concreto
lo que hay”.
Como se
dice en la introducción de la edición facsímil,
“dentro de la nómina de poetas españoles también
se hace patente bastante variedad. Hay surrealismo, en mayor o menor
grado, en los poemas de Aleixandre y de Lorca; la trágica premonición
de la muerte dentro del marco de un texto unas veces casi coloquial
y otras traspasado de ráfagas oníricas, de Miguel Hernández;
la pena y gozosa aceptación de la vida, dentro de una forma clásicamente
tersa y compacta, de Guillén; la serena reflexión de Serrano
Plaja sobre los días y los trabajos del hombre, en versos de
solemne y amplio aliento, y, dentro de las colaboraciones de Alberti,
la dolorosa, pero artificiosa y ‘gongorina’ elegía
a la muerte de Sánchez Mejías, acaecida en el verano de
1934, por un lado, y la angustia y el agobio del poeta políticamente
comprometido que sabe que la tortura reduce al ser humano a las últimas
ascuas de su dignidad, por otro”.
En palabras
de María de Gracia Ifach, en ‘Caballo Verde para la
Poesía’, “Miguel publica su poema ‘Vecino
de la muerte’, ya en el camino nerudiano como contraste de los
que venía publicando en ‘El Gallo Crisis’, la revista
oriolana dirigida por Ramón Sijé, desde 1934. Su sentido
neocatólico es rechazado por Neruda, que la encuentra ‘ahogada
en incienso’. Así se lo dice a Miguel en su carta del 4
de enero enviada a Orihuela, animándole después ... ‘ya
haremos revista aquí, querido pastor, y grandes cosas’.
‘Caballo Verde para la Poesía’ aparecería
diez meses después”. Añade Ifach que “la
poesía impura que proclama el chileno desde su tribuna es aceptada
por muchos y también por el oriolano que la utiliza en su creación
de esa época, exaltada y vital, desposeídas de sujeciones
clásicas. Sin embargo, los temas siguen siendo, en general, los
mismos: el amor, con cuanto contiene de sexual y sensorial, la vida
y la muerte. También, claro es, el aspecto social, sentido y
tratado por Miguel desde mucho antes de conocer a Neruda –y a
Alberti-. El chileno pudo influirle –y lo hizo- ante las nuevas
formas poéticas adquiridas; en cuanto a su ideología,
no hizo sino marcar con el ejemplo de su incipiente apostolado el propio
pensamiento y la postura del joven poeta, congénitos y demostrados
desde siempre en su obra y en su reconocida hombría”.
Por otra
parte, traemos aquí la opinión de Jacinto-Luis Guereña:
“en Madrid, le aguardaban múltiples tareas y relaciones,
además de la ocupación constante por la poesía.
Octubre de 1935. El grito valiente de una revista, editada en la imprenta
de Manuel Altolaguirre y de Concha Méndez, en su propio piso
de la calle Viriato 73, ve la luz el primer número de ‘Caballo
Verde para la Poesía’. Neruda lleva las riendas. En el
sumario figura Miguel y su colaboración poética lleva
por título ‘Vecino de la muerte’. También
colaboraba García Lorca con ‘Nocturno del hueco’.
Miguel ya se ha ido despegando de formas demasiado tradicionales, su
voz suena a algo personal, áspero y recio, con acento de rico
arraigo”.
Por último,
añadimos lo que afirmaba Dario Puccini en 1987: “entre
las poesías que quedaron fuera de ‘El rayo (...)’
y de los libros sucesivos, y compuestas en 1936, las más próximas
a una línea surrealista, o más impregnadas del hermetismo
barroco de uno u otro de aquellos dos poetas (Neruda y Aleixandre),
son: ‘Vecino de la muerte’; ‘El ahogado del Tajo’,
dedicada al poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer; ‘Oda
entre arena y piedra’ a Vicente Aleixandre; ‘Oda entre sangre
y vino’ a Pablo Neruda; ‘Relación que dedico a mi
amiga Delia’ (es decir, a Delia del Carril, esposa de Neruda),
y ‘Sonreídme’ (...) Ninguna composición del
referido grupo puede considerarse poéticamente lograda y muchos
menos ‘Vecino de la muerte’ y ‘Sonreídme’.
Sin embargo, estas poesías son las más interesantes: la
primera -con su hórrida y descompuesta visión de los cementerios-,
porque nos hace comprender la fascinación que ejercitaban en
el lacerado fatalismo de Hernández al tremendismo y la ‘visión
desintegrada’ del poeta de la primera y segunda ‘Residencia’
(nótese el simbolismo nerudiano de las herencias de notarios)”.
Así
pues, una publicación que, aunque algo sobredimensionada, ¿acaso
su nómina de integrantes no se presta a ello?, disfrutó
de tal variedad de nombres y estilos que incluso alguien llegó
a calificarla de “bol de frutas”. Por ello, es necesario desvestirla,
en la medida de lo posible, de ese aura de grandiosidad que la envuelve,
para colocarla así en el lugar que justamente merece. Y a pesar
de que carezca de estilo o tendencia estética común, y que
comparta, únicamente, la gran calidad lírica de las poesías
que la integran, alberga entre sus cosidos pliegos un más que exquisito
cuidado editorial. Caballo Verde para la Poesía es el
bello canto del cisne de aquella quimera de una España, republicana
por muchos años, con gran preponderancia de las artes y las letras,
pero que por desgracia tuvo que extinguirse tan abruptamente como la propia
revista.
Antonio Peñalver
Oscar Moreno
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