Félix Benito ejerce, desde hace años, como maestro en
Orihuela. En su afán por mejorar su formación, realizó
la Licenciatura en Filología Hispánica, y posteriormente
el Doctorado en Pedagogía. Se le conoce a nivel nacional por
sus trabajos sobre educación documental, para instruir a los
escolares en el acceso a la información, y por sus proyectos
para convertir las bibliotecas escolares en un elemento esencial del
aprendizaje. Ha trabajado como asesor de formación permanente
en el Centro de profesores (CEFIRE) de Elche, y en la Fundación
Miguel Hernández de Orihuela.
¿Cuándo y como empezó su relación
con la Fundación Miguel Hernández?
Comencé
a colaborar con la Fundación Miguel Hernández, en comisión
de servicios, en septiembre de 2002, llevando adelante, entre otros
proyectos, Infopoesía, con la pretensión de recoger numerosos
recursos y documentos a los docentes en Internet, para fomentar la educación
poética en las aulas de Primaria y ESO. Además me encargaba
de guiar las visitas culturales de escolares en la sala de exposiciones
de la Fundación.
¿Cómo
surgió la idea de convocar el certamen “Gotas de Poesía?
La
idea original del concurso la desarrollé con la intención
de promover el conocimiento de la obra poética de Miguel Hernández,
junto el desarrollo de hábitos medioambientales, teniendo el
agua como protagonista, en todos los centros de Educación Secundaria
de la Vega Baja. En un principio se pedía que los escolares formaran
grupos de trabajo y elaborasen murales en los que se hiciera una recreación
de los poemas de Miguel Hernández, acompañados de sus
propias creaciones artísticas. En esta segunda edición,
cambiamos el modo de participación y solicitamos que participaran
todos los alumnos de un aula y realizaran un libro de poemas, en tamaño
y formato libre, en el que cada escolar realizara una aportación
personal, escrita o plástica.
¿Cuáles han sido los criterios de selección
para elegir los trabajos premiados?
Los criterios han sido tres: la calidad de la presentación, los
dibujos, las ilustraciones y las creaciones plásticas; en segundo
lugar, la calidad de los textos, tanto libres como las recreaciones
de los poemas de Miguel Hernández, valorando su contenido, así
como el uso de técnicas de la poesía visual; y en tercer
lugar, la línea temática o sentido general que recorre
todo el libro presentado.
¿Qué destacaría de los trabajos elegidos?
No
sólo los trabajos premiados, sino la gran mayoría de los
trabajos presentados, sorprendieron gratamente a los miembros del jurado
Tras estos libros, se esconden muchas horas dedicadas a la búsqueda
de información, a la lectura y al conocimiento de la obra y vida
de Miguel Hernández; muchas horas dedicadas al diseño
y la planificación de los trabajos a realizar, y muchas horas
dedicadas a la redacción de las poesías y creación
de los dibujos e ilustraciones. Y sin duda los docentes merecen todas
nuestras felicitaciones, por haber sabido motivar, coordinar y sacar
lo mejor de cada alumno y alumna para elaborar su libro.
¿Cree que ha sido satisfactorio el recibimiento en los
centros de la Vega Baja este concurso?
Las
personas implicadas en el desarrollo del concurso, así como los
organismos patrocinadores, Aquagest Levante y la Fundación Antonio
Pedrera, expresaron en la entrega de premios su satisfacción
por la repercusión que el concurso ha tenido en toda la Vega
Baja. Se han recibido trabajos de más de 20 centros educativos,
uno de ellos totalmente en inglés. Y algunos docentes me han
manifestado personalmente que no habían podido participar debido
a que les había faltado tiempo para elaborar sus trabajos, dado
que este segundo trimestre del curso escolar, había sido bastante
corto.
¿De qué manera cree posible acercar la figura
y obra de Miguel Hernández a los escolares?
Son
muchas las maneras y medios posibles para acercar la obra y vida de
Miguel Hernández a los centros educativos, en cualquier nivel,
y en este sentido el interés y la planificación del docente
es fundamental. Conozco trabajos extraordinarios llevados adelante en
educación infantil, incluso proyectos de aprendizaje desarrollados
para alumnos de diversificación curricular en Secundaria. La
figura de Miguel Hernández puede acercarse a los escolares, desde
muchas perspectivas: histórica, literaria, sociológica,
etc. Puede tratarse desde una visión interdisciplinar, lingüístico-artística,
como proponemos en el concurso, o puede abordarse como una ruta literaria
para el conocimiento de Orihuela desde los lugares que tuvieron relevancia
en su vida.
¿Qué le parecen las actividades de la Fundación
Miguel Hernández?
En estos últimos años, la Fundación Miguel Hernández
esta llevando adelante una labor muy destacable, que tiene incluso un
reconocimiento internacional, tanto por la investigación y difusión
de la obra de Miguel Hernández, como por la promoción
de la creación poética, a través de sus premios
y concursos. Yo destacaría sus relaciones de colaboración
con el Instituto Cervantes. Aunque como educador, me gustaría
que se impulsara su proyección en el mundo educativo no universitario,
a través de cursos de formación y premios a los educadores
sobre didáctica de la obra y vida de Miguel Hernández.
¿Cuál
es su opinión del cómic “El rincón de Miguelito”
publicado mensualmente en el “Eco Hernandiano”?
He
tenido oportunidad de ver el publicado en el número 10 y me parece
muy original, pues ofrece una visión humorística y desenfadada
de la infancia, aunque considero que no son apropiados para niños,
puesto que al igual que ocurre con los Simpsom, los escolares no deducen
el doble sentido de los textos o las ilustraciones, sino que se quedan
simplemente con la travesura.
Cecilia Espinosa
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LLUM
QUIÑONERO

Después
de realizarle a mi entrevistada Llum Quiñonero una serie de preguntas,
como buena periodista me contesto sintetizando de modo directo y clarao,
por ello, creo conveniente transcribir mi encuentro cibernético
tal cual ella me contesto a lo que le demandaba.
Soy licenciada
en Historia por la Universidad de Alicante y me dedico al periodismo
desde 1983. Viajar y escribir han sido las constantes de mi vida profesional.
En la actualidad colaboro con el diario El Mundo y publico mis artículos
en diferentes revistas. He dedicado años a la investigación
sobre la guerra civil española, especialmente al papel de las
mujeres durante la contienda y a las consecuencias de la derrota republicana.
En 1996 dirigí la exposición sobre Mujeres y guerra Civil
para el Ayuntamiento de Barcelona. En 1999, el programa La Noche Temática
de TVE y el canal ARTE produjeron el documental Mujeres del 36, del
que soy autora. En la actualidad, está pendiente de ver la luz
un título sobre el mismo tema, que será editado por Foca,
de ediciones Akal. Luces del mar, una investigación sobre la
vida en los faros alicantinos y La Soldado Quiñóá,
editado por La Esfera, son dos de mis últimos títulos.
He vivido en Madrid, Barcelona en la actualidad resido en mi ciudad,
Alicante, donde sigo escribiendo.
De Miguel Hernández supe cuando todavía estaba en el colegio,
gracias a Don Fernando Martínez, mi profesor de griego y Literatura
Entonces, hablo de los años de mi adolescencia, entre 1966 y
1970, Miguel Hernández era un nombre que se decía casi
clandestinamente. Fue él , Don Fernando, quien nos leyó
la Elegía a Ramón Sijé y a mi no se me olvidó
jamás aquel momento. En cuanto pude me compré sus libros
pero eso fue algunos años después. Don Fernando, por amor
al poeta, arriesgaba su trabajo en aquel colegio de monjas en el que
impartía sus clases. Yo, que empezaba a conocer el mundo en el
que vivía, le agradezco su pasión por la Literatura y
por Miguel.
Los poemas de Miguel Hernández acompañaron mi juventud.
No sólo por lo que dicen, no sólo porque los asociábamos
a la lucha por la Democracia, también y sobre todo por la fuerza
emocional que trasmite,, por el desnudo profundo de sus emociones cargadas
de imágenes cercanas y de figuras y aromas reconocibles; las
palmeras, los limones, las higueras, la muerte, el amor, la cebolla,
la amistad, la lucha por una vida digna, la tierra propia, el amor a
los suyos.
Escribir para mi es un oficio pero sobre todo es una forma necesaria
de expresión. Contar historias, descubrir en el otro, en la otra,
a un igual, poner de manifiesto que somos semejantes vestidos con trajes
diferentes, eso es para mi escribir y eso es lo que trato de hacer cuando
cuento historias, sea para un reportaje social o de viaje, o se trate
de una historia de vida o de ficción.
Participé de la lucha por la Democracia en este país y
me impliqué en la defensa de los derechos de las mujeres. Aún
recuerdo las carreras delante de la Guardia Civil cuando en 1976 participé
en el Homenaje a Miguel Hernández y no había forma de
llegAar hata Orihuela, cn las carreteras llenas de controles. Miguel
seguía siendo entonces un peligro. Pero esos tiempos terminaron.
Desde 1975 hasta hoy hemos pasado por un periodo de cambios y transformaciones
sin parangón en la historia reciente. Todos los cambios que fueron
frustrados tras la derrota republicana y que se aplazaron durante la
dictadura, se han alcanzado en estos 30 años. Se trata de cambios
que afectan al marco legal pero que empiezan a ser parte también
de la vida social y emocional de este país. Miguel Hernández
y toda su generación son también artífices de esta
nueva sociedad, por la que arriesgaron sus vidas. Sus poemas son patrimonio
de todos, un instrumento de libertad porque están construidos
desde la libertad por que ese es el territorio de cualquier artista.
De Miguel nos queda su obra, sus palabras, sus poemas, universales,
cargados de vida, de dolor, de amor y de emoción.
Que en Orihuela, su pueblo, se haya creado una fundación sobre
Miguel y su obra es un paso fundamental para recuperar la memoria de
un poeta grande. Pone de manifiesto la verdad incuestionable de que
no hubo cárcel capaz de encerrar la fuerza de sus versos. Difundir
su obra es una tarea necesaria, en la que merece la pena implicarse.
Cecilia
Espinosa
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MIGUEL
HERNÁNDEZ, POETA
“Ningún
poeta estelar contemporáneo ha sufrido el silencio como Miguel
Hernández. Publicó sus obras en momentos cruciales para
España, y el vendaval las dispersó. Luego fue creando,
en la sombra, y sus palabras más profundas, voces de dolor y
de ausencia, aún esperan la mano que las conduzca a la luz”.
Este es
el inicio a Miguel Hernández, poeta, biografía
que escribió el melillense Juan Guerrero Zamora y que pasa por
ser una de las más polémicas de las que sobre el poeta
oriolano se han publicado nunca. Prolífico y controvertido autor
destaca, de entre su ingente producción literaria, que incluye
tanto ensayo como poesía, distintos ensayos biográfico-críticos
sobre Miguel Hernández. Éstos son, además del que
aquí nos ocupa, Noticia sobre Miguel Hernández,
de 1951, y del que más adelante analizaremos con profundidad,
y Proceso a Miguel Hernández, 1990, en el que desvela
el sumario del proceso judicial del mismo, con la publicación
íntegra de algunos documentos inéditos hasta ese momento.
Según Guerrero Zamora, “la obra del poeta oriolano
es una obra frustrada”, y sólo así podríamos
comprender cómo a un joven de tan precaria formación y
con tan sólo dos docenas de poemas publicados, se le pueda situar
en un primer puesto de la poesía española. Buscó
siempre dar una imagen de Miguel Hernández como “hombre
puro y simple”, dejando a un lado la figura de poeta y militante
político. Y estos rasgos son también fácilmente
aplicables a Miguel Hernández, poeta, una de las primeras
biografías sobre el oriolano y, si se quiere, una de las concebidas
en tiempos más difíciles. Pues ese carácter de
Guerrero Zamora fue el que hizo luchar, dejando a un la do ideales y
en una época en la que era ciertamente difíciles omitirlos,
por la publicación de este, su homenaje a Miguel Hernández.
La obra
comienza con dos prólogos, escritos en muy distintas fechas,
que tratan de aportar algo de luz acerca de cuáles eran las intenciones
del autor a la hora de encarar la biografía del poeta, así
como de las dificultades que conllevó la edición y publicación
de su obra. El “Prólogo Primero”, escrito en 1951,
formaba parte de Noticia sobre Miguel Hernández, el
ensayo que Guerrero Zamora escribió en 1949 y que luego se convertiría
en el corpus principal que utilizó para dar forma a Miguel Hernández,
poeta. En este prólogo de marcados tintes líricos, algo
que será nota habitual durante el resto de la biografía,
además de alabar la “silenciada figura de Miguel Hernández”,
también expresa sus más sinceros agradecimientos tanto
a Manuel Molina como a Vicente Ramos, que no solo lo acompañaron
por Cox, Callosa, Orihuela, e incluso al Reformatorio de Adultos de
Alicante, sino que además pusieron a su disposición abundante
cantidad de documentos, así como la posibilidad de recabar información
en un gran número de entrevistas.
Pero será
precisamente en el segundo prólogo, escrito como continuación
al primero, en 1954, en el que Guerrero Zamora expone cuáles
son las líneas generales en torno a las que basculará
su biografía. Una de ellas es la de reconocer, al margen de cualquier
ideología, que la categoría de un poeta debe residir en
su propia calidad lírica. Y, además, integrarlo en su
país, al que pertenece, al margen del bando por el que tomara
parte. Referencias todas que, a pesar de estar expuestas de un modo
genérico, se refieren sin duda a la figura de Miguel Hernández.
“Ser
íntegros en cuanto españoles es integrar a la historia
de un poeta que le pertenece, recordándole, para ello, el valor
de su obra y la honradez que personalmente tuvo, con olvido de sus creencias
políticas”.
En segundo
lugar, exime de algún modo al oriolano de tomar partido por el
bando republicano. Nos lo perfila como un hombre entregado plenamente
a la poesía, y a la vida en general, pero que, por decirlo de
algún modo, se rodeó de gente no demasiado apropiada,
que ejercieron una influencia que en ningún caso fue, para Guerrero
Zamora, positiva:
“Miguel
Hernández orientó su actividad política en el sentido
que la orientó debido a la influencia que Neruda, Alberti, y
otros, ejercieron sobre él.”
Este “Prólogo
segundo” aspira a integrar, en la historia de España, a
un poeta que ha intentado desvestir, en la medida de lo posible, de
sus vestigios políticos, y del que resalta, además de
su calidad como poeta, el valor de su obra y su honradez. Para conseguir
tal fin, aminoró la carga ideológica de la obra más
comprometida de Miguel, como es el caso de Viento del pueblo
o El hombre acecha. E incluso llegó a afirmar que el
trato que se le dispensó en las cárceles fue excepcional,
pero intuimos que en esta afirmación tuvo mucho que ver la censura
franquista. Y es precisamente al llegar a este punto cuando la biografía
puede comenzar a zozobrar en más de un aspecto. Pues si ya hemos
destacado, e incluso alabado, el mérito y la importancia de reivindicar
la figura de Miguel Hernández apenas diez años después
de su fallecimiento, no debemos olvidar también los obstáculos
y las trabas que el régimen franquista puso para que la obra
no llegara a ver la luz. Es entonces cuando toma cuerpo la incertidumbre
de si las opiniones sobre Miguel son del propio Guerrero Zamora, o si
bien fue el precio que tuvo que pagar para que la obra pudiese ser publicada.
Aunque éstas y otras dudas, a pesar de aparecer ya en las primeras
páginas del libro, no podrán ser resueltas hasta que podemos
emitir, tras haber estudiado el mismo, un veredicto algo más
fiable.
Guerrero
Zamora divide su obra en dos partes claramente diferenciadas y delimitadas:
“Vida de Miguel Hernández” y “Obra de Miguel
Hernández”. Puede llegar a resultar contraproducente separar,
en una biografía, algo que suele estar tan indisolublemente unido
como la vida y la obra de un escritor como el oriolano, pues los sucesos
de una inciden directamente en la otra, pero en este caso el autor melillense
no duda un ápice en establecer, desde el comienzo, esta división
tan taxativa.
En la primera
de las dos partes repasa los momentos más significativos de la
vida del oriolano. De su primera estancia en Orihuela, la de su juventud,
destaca hechos como que su familia no pasara problemas económicos
graves, los estudios de Miguel en Santo Domingo o la figura de Ramón
Sijé, como guía espiritual del joven poeta (aspecto éste
que resalta mucho, pues lo siguientes mentores que tuvo ya no son de
su completo agrado). Además, destaca de esta primera parte, y
de muchas otras de la biografía, el tono marcadamente novelesco
con que están narrados multitud de pasajes. También se
centra Guerrero Zamora tanto en el encuentro que mantuvo Miguel Hernández
con Federico García Lorca en Murcia, como las distintas versiones,
así como el proceso de gestación de El rayo que no
cesa o su participación en las Misiones Pedagógicas.
Es reseñable el hecho de que estamos ante una biografía
ciertamente completa y documentada.
Cuando
entran en escena la política y la ideología en la vida
de Miguel Hernández, la biografía toma carices mucho más
angostos, si se quiere. Tratando, en ocasiones, de justificar lo injustificable:
“Es lástima que pasando el tiempo no viera, en los
ideales de Franco, esos mismos ideales de amor, de respeto, en suma:
de justicia social, que él tenía”. Aunque este
comentario esté motivado, quizás, por las circunstancias
políticas de la época en la que fue escrita la obra. En
otras, adopta posturas difícilmente creíbles, estableciendo
relaciones donde no las hay. No le duelen prendas a la hora de afirmar
que fueron el “mimetismo” o la “ingenuidad”
las razones que motivaron el cambio en la postura ideológica
de Hernández, a raíz de haber conocido a poetas como Pablo
Neruda o Rafael Alberti. Dejando entrever, de algún modo, la
poca personalidad que manifestaba el oriolano, pareciendo una persona
fácilmente influenciable. Y cuando estalla la guerra, y a colación
de la vacilación que afirma que el oriolano sufrió cuando
comenzó la contienda, alega Guerrero Zamora que Miguel “no
sabe que esas trincheras que cava sólo servirán para acotar
el crimen, la indisciplina, la delación y la sospecha”;
reincidiendo en que Hernández era una persona falta de carácter
y fácilmente influenciable, que se rodeó de la gente equivocada.
De esta
sección destacaremos, en último lugar, la afirmación
de que Miguel jamás perdió la fe, a pesar de enrolarse
en el bando republicano, y que con su boda religiosa con Josefina Manresa,
y a pesar de sus iniciales reticencias, lo que pretendía era
reconciliarse con la Iglesia. Aunque esto, quizás es suponer
demasiado. Todas estas apreciaciones, demasiado partidistas, en el mejor
de los casos, abundan a lo largo de toda la obra. Esta sección
del libro concluye, tras mostrar unas cartas que Hernández escribió
a Carlos Rodríguez-Spiteri, con una reconstrucción de
sus últimos años de vida en las prisiones; descripción
narrada con un innecesario toque de patetismo, que se agrava en lo referido
a sus postreros días de vida.
La segunda
parte, la recogida bajo el breve pero conciso título de “Obra”,
se encarga de establecer, teniendo en cuenta los parámetros que
ya utilizara para la biografía, las fechas de composición
de los poemarios de Miguel Hernández. Un cuadro general, dividido
en doce epígrafes, que trata de marcar, con bastante exactitud
por otro lado, cuál fue el desarrollo que sufrió la poesía
del oriolano. El primero de estos doce epígrafes lo titula POESÍA
PASTORIL, y a pesar de no marcar exactamente el inicio de esta etapa
(indicado con un escueto “192?”) pone su final
en 1931. El tipo de composiciones, bucólicas las llama, son para
Guerrero Zamora “de iniciación”. En POESÍA
NEOGONGORINA Y DE TRANSICIÓN, con algunas muestras también
de prosa, se recogen Perito en lunas, algunas composiciones
poéticas publicadas por Miguel en El Clamor de la Verdad
o El Gallo Crisis, así como otros de clara ascendencia
clásica. 1932 y 1934 son las dos fechas que limitan el inicio
y el fin de este periodo.
Los dos
siguientes grupos, TEATRO DE ASCENDENCIA CALDERONIANA, incluyendo el
auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve,
y EL SONETO Y LA ELEGÍA, en el que se recogen tanto la formación
de El silbo vulnerado como El rayo que no cesa,culminación
de la obra anteriormente citada, no marcan ningún giro a la ordenación
de la obra hernandiana más comúnmente aceptada por la
crítica. Pero sí que cabe destacar el quinto epígrafe,
no tanto por el contenido, sino por el nombre tan significativo que
le puso Juan Guerrero Zamora. Pues en la BREVE DESVIACIÓN BAJO
LA INFLUENCIA NERUDIANA, se recoge “Vecino de la muerte”,
la colaboración de Miguel en el Caballo Verde para la Poesía,
o la “Oda entre sangre y arena a Pablo Neruda”, pero se
indica una vez más que fue el poeta chileno uno de los causantes
de ese “error político” que cometió Hernández,
y que lo hizo abrazar la ideología equivocada.
Tanto la
POESÍA SOCIAL y BÉLICA, como el TEATRO SOCIAL y BÉLICO,
son tratadas con aparente indiferencia y distancia, tratando quizás
de restar trascendencia a la época vital y literaria del oriolano
que más daño podía causar ante los ojos de la otra
España, la que salió vencedora en la guerra civil. Pasa
a centrarse en los dos últimos grupos, el titulado POESÍA
DE LA AUSENCIA Y LA CÁRCEL, donde recoge la época de Miguel
Hernández tras las rejas (1937-1941), y los CUENTOS TRADUCIDOS,
esto es, los Dos cuentos para Manolillo (para cuando sepa leer),
adscritos al último año de su vida.
Tras encuadrar
los distintos periodos que comprende esa evolución de Hernández,
pasa ahora a centrarse en sus obras más significativas, tratando
de esbozar sus características más reveladoras. Aún
así, valga su justificación previa, en la que indica las
razones por las que no realiza un estudio más exhaustivo de las
obras: el tiempo y el espacio, pues la dificultad que entraña
el desgajar con detalle todas y cada una de sus obras le haría
extenderse en demasía. Por otro lado, es destacable el hecho
de que Guerrero Zamora, gracias a la colaboración de Josefina
Manresa, pudo manejar todos los originales autógrafos, lo que
le lleva a hacer numerosas consideraciones relacionadas con los manuscritos
que pudo cotejar. De ellas, destacaremos su afirmación de que
“las repetidas tachaduras y correcciones advertidas en los
originales demuestran el esfuerzo de lima y depuración, el sentido
autocrítico que el autor hizo y poseía”. Pasando
ya a centrase en el análisis de cada una de las obras; un estudio,
como él mismo lo calificó, estilístico e intuitivo:
“Para no hacer yerto este estudio me guiaré, más
que por demostraciones, por intuiciones, pues – ya que aportar
demostraciones requeriría un análisis cargantemente distendido
– creo que la intuición es el mejor bisturí para
el desentrañamiento artístico”.
Con respecto
al primer poemario de Hernández, Perito en lunas, su
opinión es ciertamente negativa. Lo califica de poemario vacío,
con mucho “rebuscamiento cerebral” que es “una
momia de buen parecer”. Opiniones que la obra no merece,
pero que vienen a demostrar que tampoco estamos ante una biografía
servil del poeta, dispuesta a encumbrar incluso sus peores composiciones;
pues cuando Guerrero Zamora emite algún juicio negativo lo hace
con la misma vehemencia lírica con que emite los positivos. De
todos modos, sí destaca de la obra el hecho de que contenga ciertos
despuntes vanguardistas: “asociaciones vistas por el color
y la geometría, la profusión polícroma y el tecnicismo
geométrico y matemático”. Además de
subrayar la métrica y los hipérbaton, destaca su fino
uso de las imágenes.
Sobre El
rayo que no cesa, Guerrero explica su proceso de composición;
esa evolución que comienza en Imagen de tu huella, continua
en El silbo vulnerado y concluye en la anteriormente citada.
Encara sus poemas con minuciosidad descriptiva, llegando a la conclusión
de que la depuración crítica y textual habían mejorado
los resultados de los último poemas con respeto a los primeros.
Además, también rastrea influencias y conexiones con otros
poetas, destacando las de Aleixandre, Neruda o Francisco de Quevedo.
La poesía
de guerra, Viento del pueblo y El hombre acecha, son
descritas con equilibrio, indicando que, a pesar de que el tema de la
mayoría de las poesías es la guerra, el andamiaje de los
mismos, sus bases, es lírico. Achaca al lo que él denomina
“facilismo”, esto es anteponer ideología a literatura,
la baja calidad de algunos poemas, y tapando, de algún modo su
posible importancia por razones obvias. Pasando ya a centrarse en el
Cancionero y romancero de ausencias, del que destacará
el hecho de que existan, además de varias versiones de una misma
composición poética, un cuaderno en el que se incluyen
todas las versiones definitivas de las poesías. Se valdrá
para ello de alguna composición, que ejemplifica ese proceso
de depuración de las distintas poesías.
En último
lugar, dedica un capítulo, el titulado “Mundo poético”,
en el que introduce algunos de los elementos capitales de la simbología
hernandiana (la casa, la alcoba, la madre y el hijo, la música
o el lirismo), para pasar a fijarse en su producción teatral.
Y si bien es cierto que, con dificultades, Quién te ha visto
y quien te ve, El labrador de más aire o Los
hijos de la piedra pasan el corte, no sucede lo mismo con Pastor
de la muerte y Teatro en la guerra, que reciben las más
duras críticas de Guerrero Zamora, calificándolas de “obras
de circunstancias, sin valor estético ni fachada dramática,
que el autor tenía en el olvido”. Pero también
es cierto que con respecto a estas obras, Guerrero apunta que el poeta
no ataca en ellas ninguna institución social, sino su propia
degeneración; hecho que le sirve para rebajar la carga ideológica
de estos dramas, que lo llevan a equipararlas a aquéllas que
son fieles representantes “de las más hondas esencias
hispánicas”. De todos modos, concluye otorgándole
el título honorífico de “poeta”, pero no el
de “dramaturgo”.
La obra
llega a su fin con distintas fotografías del oriolano, así
como de distintas bibliografías específicas: una primaria
en revistas, antologías y libros; otra en la que se recogen artículos
sobre su persona; por último, una selección de poemas
y prosas encomiásticas. A pesar de que el propio guerrero Zamora
reconoce que la bibliografía no llega a ser completa, sí
opina que, al menos, es fundamental.
En cuanto
a la recepción crítica que tuvo Miguel Hernández,
poeta, la primera valoración acerca de la obra nace del
propio Juan Guerrero Zamora, en su Noticia sobre MH, publicado
en los Cuadernos de Política y Literatura, Madrid, 1951, que
más tarde comentaremos para comprobar las dificultades que conllevó
la publicación de la misma. Así, Santiago Magariños,
en El Correo Literario, del día 15 de febrero de 1952,
valora sobre todo las viñetas, poemas y cartas manuscritas que
de Miguel se aportan en el libro, que llega a calificar de homenaje
“con deliberada brevedad”.
Ramón
de Garcíasol, seudónimo de Manuel Alonso Calvo, apunta
en Ínsula, en el número de febrero de 1952, que
el anticipo de esta obra, el ya mencionado Noticia sobre Miguel
Hernández, ya cumplía con el cometido que Guerrero
Zamora pretendía; éste es, el de divulgar la figura del
poeta oriolano. Así, tras cuestionar de algún modo, la
utilidad de Miguel Hernández, poeta, critica que quizás
sea algo parco en cuanto a las alusiones a la poesía más
comprometida de Hernández, pues para Garciasol el abstraer las
circunstancias en las que se gestó ese tipo de poesía
es un craso error, por restarle algo de la fuerza que le imprimió
el poeta. Pero concluye calificando la obra de “valerosa reseña,
de extraordinario valor para la fecha de publicación”.
El 20 de
julio de 1955 aparece publicado, en la revista Juventud, de
Madrid, un artículo de Jaime Capmany en el que, a pesar de achacar
ciertos errores a la obra, debidos a las “circunstancias”
(debe referirse a las ideológicas) en las que fue escrita, resalta
la necesidad de que una obra de este calado apareciese, reivindicando,
aunque implícitamente, la figura de Miguel Hernández.
Destaca también el fervor que muestra Guerrero Zamora a la hora
de acometer la descripción de la figura del poeta, así
como ese deseo que subyace de separar todas las vicisitudes políticas
que inundaron España en aquellos años tan convulsos de
los momentos que tuvieron un valor cultural destacado.
Enrique
Sordo, en “La vida y obra de MH”, aparecido en el número
171 de Revista, en julio de 1955, destaca, de la primera parte
en que se divide la biografía, su objetividad y rigor, así
como la emoción que las palabras de Guerrero Zamora destilan;
la documentación aportada dice que enriquecen considerablemente
la obra. De la segunda parte se centra en ese comentario de las obras,
influencias y fuentes de Miguel Hernández “con una
estricta ordenación cronológica y método”.
En resumen, “ningún juicio apasionado enturbia la labor
científica del análisis y la crítica”
de su autor; monografía que, según Sordo, “cubre
un triste hueco, un vacío imperdonable”. Encontramos
otra reseña a la obra de Guerrero Zamora en el número
90 de Índice de Artes y Letras, en junio de 1956, firmada
bajo las iniciales de E.G.L., que responden posiblemente a Eusebio García-Luengo,
dicha reseña, que ensalza casi encomiásticamente la biografía,
estima el libro de “magnífico (...) el mejor que he
leído”, y sigue calificándolo de “libro
trabajado y meditado, donde Guerrero demuestra su gran capacidad crítica”.
Aún
así, no todo iban a ser críticas positivas para Miguel
Hernández, poeta, pues a pesar de que gran parte del panorama
crítico de la época lo acogió con agrado, también
es cierto que el libro se vio envuelto, desde el momento de su aparición,
en multitud de polémicas. Una de las acogidas más negativas
la recibió por parte de una de las más importantes biógrafas
y conocedoras del oriolano. Josefina Escolano, más conocida por
su seudónimo, María de Gracia Ifach, tachó, en
“MH”, aparecido en Índice de Artes y Letras,
de junio de 1958, a la obra de Guerrero Zamora, de libro “muy
falseado”. A raíz de las acusaciones que Josefina
Manresa vertió contra él en Memorias de la viuda de
Miguel Hernández, en las que llega a acusarlo de ladrón,
por haberse apropiado de cosas pertenecientes al legado del poeta, el
propio Guerrero Zamora se vio obligado a contestar a ellas. En “Mi
libro sobre Miguel Hernández”, aparecido en ABC
en junio de 1980, relata el proceso que le llevó a conocer a
la viuda del poeta. Además, apunta que las “amputaciones
inevitables”, así las califica, de su libro fueron el precio
que tuvo que pagar la publicación del libro, en alusión
clara y directa a los problemas con el Régimen que la edición
de la obra conllevó, y que ya hemos comentado anteriormente.
Concluye, tras esta justificación, lamentando que se le haya
llegado incluso a tachar de franquista.
Las vicisitudes
con las que se encontró Juan Guerrero Zamora para llegar a publicar
Miguel Hernández, poeta no fueron pocas. Además,
merecen un comentario especial, y debe éste servir para llegar
a soltar ese lastre que parece a veces rodear a la obra, que el propio
escritor melillense se ha afanado en numerosas ocasiones por desmentir,
de que estamos ante una biografía de Miguel Hernández
pasada por el tamiz de la dictadura, esto es, aprobada por el propio
General Franco. Lo que será expuesto durante las siguientes líneas
debe alejar al lector de dicha conclusión, a pesar de las muchas
opiniones que, posiblemente influidas por la censura, vertió
el autor a favor del General Franco. Pues si algo pretendía realmente
Guerrero Zamora con su obra, por encima de todo, era dar a conocer y
propagar a un poeta relegado a un injusto olvido por su militancia política.
Pero los tiempos que corrían no eran quizás los más
indicados para reivindicaciones de este calado; reivindicaciones nobles
sí, pero echas cuando las heridas provocadas por la cruenta guerra
todavía no habían cicatrizado del todo.
El 20 de
noviembre de 1951 se publica Noticia sobre Miguel Hernández,
un curioso opúsculo que un desconocido estudiante de Filosofía
y Letras llamado Juan Guerrero Zamora escribe como “revelación
de un poeta tan anhelado como desconocido” (no debemos olvidar
el manto de abandono con el que la dictadura cubrió a todos aquellos
escritores que defendieron la causa republicana). Pero aquel trabajo
no era sino el anticipo de una obra en la que el joven melillense llevaba
trabajando ya varios años, y que se encontraba en lo que él
creía era la definitiva fase de impresión, que preludiaría
a su inminente publicación. Pero el anticipo a este libro no
tuvo la acogida que él esperaba, y levantó ampollas entre
las más altas esferas del culturales del Régimen, por
incluir palabras como éstas:
“Con
los ojos abiertos vivió, cara a cara, como miran los hombres
honrados y así, con los ojos abiertos, deslumbrados por la gloria,
murió, besó la tierra en su energía de aire, flor,
luto, desde donde ahora sigue cantando”.
A pesar
de estar revestidas con sutil lenguaje lírico, la frase en sí,
como muchas otras del texto, rendían un manifiesto homenaje a
un honrado poeta fallecido cuando todavía tenía que alcanzar
sus más bellas cotas de calidad poética. Pero un poeta
que, al fin y al cabo, había combatido desde el mismo frente
por la causa republicana y que había fallecido en las cárceles
franquistas como purga a sus males. Y ponía también en
evidencia que, sin importar cuál de los dos bandos hubiese ganado,
los españoles convergían a una radicalidad que ni la guerra
ni otros espantos habían logrado erradicar, siendo el oriolano
la prueba fehaciente de ello. Y de este envite salió Guerrero
Zamora, en lo personal, completamente indemne, pero no corrió
la misma suerte su Miguel Hernández, poeta, cuya publicación
se detuvo de manera inexorable y hasta nueva orden.
Tres años
después se le propone la edición por fin de su obra, que
se encontraba en permanente letargo desde entonces. Eduardo Aunós,
desde su recién fundada editorial, es quien se lo propone. Pero
el texto no volverá a pasar la censura, pues tres años
era un margen de tiempo quizás demasiado exiguo para que ciertas
mentalidades hubiesen cambiado, y Guerrero Zamora se ve en la difícil
tesitura de tener que pactar ciertas condiciones del contenido de la
obra si quiere que ésta vea por fin la luz. Condiciones que aceptó
pactar, en palabras del propio autor, “bajo el escrupuloso
principio de que no afectarían ni circunstancial ni menos aún
sustancialmente la imagen verídica de Miguel Hernández”.
Pero sabedor, al mismo tiempo, de que estas concesiones suyas lo enemistarían
también con el otro bando, el republicano, que hasta ahora no
había atacado su obra con la dureza del franquista, al que para
nada había agradado el hecho de que Guerrero Zamora exaltara
a un militante del bando vencido. Pero este hecho no frenó en
modo alguno sus ansias por ver publicada su obra, pues lo que realmente
pretendía, lo que le llevaba a defender contra todo y contra
todos su trabajo, no era sino difundir la imagen del poeta Miguel Hernández,
como poeta, desvistiéndolo de cualquier ropaje ideológico
que pudiese enturbiar su completa visión, la de ser humano:
“Mi
propósito era (...) deshacer la leyenda hernandiana, descifrar
lo cierto de sus relaciones personales y convicciones (...), probar
su dimensión y también limitaciones humanas, revelarle
en su firmeza y debilidad”.
El 20 de
mayo de 1955, cuatro años después de lo previsto, aparecía
al fin Miguel Hernández, poeta. Como hemos podido comprobar,
largo y duro fue el camino que tuvo que afrontar Guerrero Zamora hasta
ver culminados sus anhelos. Pero, quizás, el daño ya estaba
hecho, y todos esos sucesivos problemas y retrasos hicieron que la obra
fuese ya observada, según la óptica, bien como biografía
falseada y franquista de Miguel Hernández, bien como homenaje
inmerecido a uno de los adalides de la causa republicana. Cuarenta años
después, con la capacidad de discernir que otorga la a veces
necesaria distancia, podemos entender plenamente una obra que, si algo
tuvo por encima de cualquier otra cosa, fue la valentía de intentar
reivindicar, en momentos nada propicios para ello, a un poeta; reivindicación
desde el cariño y la admiración, desde la poesía,
sin armas de por medio. Pues, como bien dice el autor de esta biografía,
“poco es cuanto se haga por popularizar un nombre que debe
ser pronunciado con emoción y respeto”. Y Juan Guerrero
Zamora dio muestras más que sobradas no sólo de respetarlo
y admirarlo, sino de ser, pese a que las condiciones fuesen las que
eran, pese a quien pese, uno de los primeros hernandianos de verdad.
Óscar Moreno
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