PERITO
EN LUNAS VISTO
POR PEDRO SALINAS
Aitor L. Larrabide
Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda, está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido.
(Pedro Salinas)
Pedro Salinas quiso
mucho a Miguel Hernández. Aunque coincidieron en pocas ocasiones,
el poeta madrileño mostró un especial afecto y admiración
por el cantor de las penas, las lunas y las torrenteras acaudaladas
de su paisaje íntimo.
El 2 de
octubre de 1932 se celebró el homenaje a Gabriel Miró
en la Glorieta de Orihuela, y el grupo encargado del mencionado acto
se puso en contacto con Pedro Salinas, que ni siquiera respondió
a la invitación. De hecho, en el texto que lleva por título
“Estafeta de El Clamor de la Verdad”, en la página
3 de la revista del mismo título, se hace mención a Pedro
Salinas: “A Pedro Salinas, desconocido poeta sin domicilio: ¿Qué
ha hecho, gran Salinas, de la fraternal amistad suya con el pobre Gabriel?
Ni una cortés contestación, ni una elegante excusa. Nosotros
esperábamos su natural “gozo”, su alegría.
Porque Ernesto [Giménez Caballero] desde El Escorial, “en
víspera” siempre, se apresuró a contestarnos”.
Salinas veraneaba
y pasaba cortos periodos en tierras alicantinas, en El Altet, ya que
su esposa tenía allí una preciosa hacienda familiar. El
31 de diciembre de 1932 Salinas se reencontró con García
Lorca, de visita con La Barraca, en Alicante.
Según
José Luis Ferris, el poeta y crítico Pedro Salinas se
ocupó de Perito en lunas en la revista madrileña
Índice Literario, que él mismo dirigía
desde el Centro de Estudios Históricos, con sede en los sótanos
de la actual Biblioteca Nacional. La revista, fundada en 1932, y que
no pudo sobrevivir a la guerra civil, se hacía eco de todas las
novedades literarias, poniendo especial énfasis en la poesía.
El número en el que apareció la reseña, atribuible
a Salinas, ya que no lleva firma, es el segundo, correspondiente al
año 1933, y comprende las páginas 54 y 55. Le precede
una reseña al libro Margen, de Juan José Domenchina
(uno de los mejores críticos que hemos tenido en España)
y Poesía en prosa y en verso (1902-1932), de Juan Ramón
Jiménez. No podía quejarse, desde luego, Miguel Hernández
de la compañía que había escogido Salinas para
esta su primera y única entrada en tan prestigiosa revista.
En la reseña,
que transcribimos en su integridad ya que, ni siquiera en la reciente
exposición “Hacia Perito en lunas”, tenida
lugar en Elche recientemente, se hacía mención a ella,
se afirma que “Este primer libro de un joven poeta alicantino
es una colección de 41 octavas reales. Cada una de ellas constituye
una entidad poética independiente; sin embargo, el libro ofrece
un carácter poemático, no ya sólo por la unidad
de estrofa, sino por su limitación dentro de un concepto invariable
de lo poético. Es éste, sin duda, el neogongorismo bebido
directamente en su fuente original del gran poeta cordobés y
en las versiones “a lo moderno” que de esta visión
poética dieron algunos escritores por ejemplo Rafael Alberti
–(Cal y Canto)- poco más o menos en la
época del centenario del poeta. El Sr. Hernández Giner
aplica a todo un repertorio de realidades concretas, un procedimiento
de trasmutación conceptual y de expresión metafórica
constantes, una conversión del sujeto en objeto poético,
como dice en unas breves palabras liminares Ramón Sijé.
La acumulación de recursos de esta índole carga la estrofa
de elementos sensuales, en perjuicio, acaso, de su claridad inmediata,
acercándose así, no ya por vía imitativa, sino
por una especie de afinidad temperamental, al lejano modelo Góngora”.
El evidente
interés de esta reseña, nada comparable a las escasas
y poco generosas que se publicaron en aquel entonces, cuando el incipiente
poeta necesitaba el calor de la crítica y comprensión.
Aunque el aire político que reinaba a principios de 1933 hacía
ya imposible una poesía evasiva, Perito en lunas es
el diario de un creador de vida pueblerina y sencilla metamorfoseada
en belleza, un diario de la superación cotidiana de un joven,
y nadie lo supo ver de este modo, si bien amigos como Pedro Pérez-
Clotet, Rafael de Urbano, José Ballester o Antonio Oliver Belmás
elogian el esfuerzo que representa este primer poemario.
Los nombres
de Pedro Salinas y Miguel Hernández coincidirán en dos
actos: uno de ellos el tributado a Pablo Neruda con el folleto Homenaje
a Pablo Neruda (1935); el otro, en un banquete celebrado en el
Restaurante Biarritz dedicado a Vicente Aleixandre en junio de 1935
con ocasión de la publicación de La destrucción
o el amor. La solidaridad de Salinas con el joven poeta oriolano
se mostrará de nuevo cuando el 16 de enero de 1936 El Socialista
publique un manifiesto con el título “Protesta en favor
del poeta Miguel Hernández”, con motivo de la injusta detención
que sufrió el poeta y una mujer que le acompañó,
supuestamente Maruja Mallo. En el texto, se considera a Hernández
“uno de nuestros poetas jóvenes de más valor”.
Los nombres del manifiesto nos ofrecen una pequeña idea del respeto
que despertaba nuestro poeta: García Lorca, Bergamín,
Alberti, Altolaguirre, Cernuda, César M. Arconada, Serrano Plaja
y, entre otros más, Pedro Salinas.
Y pocos
meses después de la cruel muerte del poeta en el Reformatorio
de Adultos de Alicante el 28 de marzo de 1942, Salinas escribe a su
amigo del alma., Jorge Guillén, desde Baltimore, el 12 de diciembre
de ese mismo aciago año: “¡Pobre Miguel Hernández!
Otro caso de esos en que uno ha tenido que dar por muerto y resucitar
luego a una persona, para acabar en lo peor (…) ¿Por qué
había de morir ese muchacho, noblote y generoso, en una cárcel,
cruelmente ayudado a morir, por no decir asesinado, por sus prójimos?
Te diré que si el franquismo durante la guerra se me hizo odioso
más se me está haciendo en la paz. Porque desaparecido
el consabido “calor del combate”, ahora ya la persistencia
en esa política persecutoria y vindicativa, es fría infamia,
mala entraña, nada más. Y ese mequetrefe que se titula
el general cristiano, aún anda cortejado y halagado por unos
y por otros en estos meses”.
La misma querencia
por Gabriel Miró, la luz mediterránea y, sobre todo, la
defensa de valores intemporales (amor, libertad, la vida, el hijo…)
les unió en vida, y desde estas páginas deseamos homenajear
a ambos en su amistad y poesía.