EL
RAYO QUE NO CESA |
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Cancionero y romancero de ausencias. Distintas ediciones críticas |
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A un precio módico, y al alcance de cualquier lector, iniciado o no, que quiera vérselas, frente a frente, con esos en ocasiones temidos “clásicos”, el diario El País ha venido editando, en un número de cincuenta, las que bajo su opinión son las obras magnas de la literatura española, desde que esta existe, en edición de bolsillo, y con prólogo introductorio “para todos los públicos”. Obras que, a buen seguro, todos hemos leído, o hemos oído hablar de ellas, y que regresan ahora en esta colección; incluyendo el Poema de Mío Cid, el Burlador de Sevilla, de Tirso o El perro del hortelano, de Lope de Vega, el Lazarillo y el Buscón, Fortunata y Jacinta, El Árbol de la Ciencia o La Colmena, así como Poeta en Nueva York o incluso La arboleda perdida, de Alberti. Número redondo, cincuenta obras, que, lamentablemente, excluye obras de gran trascendencia, pero tampoco es este ni el momento ni el lugar para emitir ninguna apreciación acerca de éste u otro canon literario al uso. Lo que realmente nos atañe es que, con el número 44 de esa colección, se edite el Cancionero y romancero de ausencias de nuestro poeta Miguel Hernández. Así, y con una cebolla en la portada, uno de los símbolos inmortales de la poética de Hernández a partir precisamente de esta obra, inicia el lector sus andanzas por CRA, su obra póstuma, escrita en condiciones extremas, con la angustia y el temor a flor de piel, y con esa ausencia de los suyos que le consumía allá en las cárceles que tuvo que habitar en tan funestos momentos. La introducción, a cargo de David Monteira Arias, se inicia con una sorprendente incursión en las principales causas que propiciaron el estallido, en 1936, de la guerra civil en España. Dicho comienzo podría hacernos pensar que el autor trata de crear el contexto adecuado en el que insertará el Cancionero y romancero de ausencias, obra imposible de entender si obviamos la guerra y sus consecuencias; mas no era esta, en ningún caso, su intención, pues a pesar de hacer referencia a sucesos como la pérdida de las colonias en el 98, el agotamiento monárquico, la dictadura de Primo de Rivera o la instauración de la II República, comienza directamente con una breve biografía del oriolano, en la que, en apenas doce páginas, realiza una breve revisión a su trayectoria tanto vital como literaria, desde su nacimiento hasta la muerte. Además, no deja de resultarnos significativo que la obra que está siendo objeto del prólogo no reciba mucha más atención que otras del autor; Así, Perito en lunas, El hombre acecha o Quién te ha visto y quién te ve, por ejemplo, reciben la misma atención por parte de Monteira que la que recibe el Cancionero... Todo ello nos hace pensar que quizás la introducción podría haber sido más apropiada, quizás, para una antología poética del oriolano, y no para una obra en concreto, pues si la pretensión fue la de acercar al lector a la figura de Miguel Hernández, y la obra escogida es el Cancionero y romancero de ausencias, que tiene unas circunstancias de producción y edición tan singulares, y en la que las propias circunstancias personales de Miguel son de capital importancia, se debería haber incidido más en ella. Quizás debamos buscar la causa en las intenciones claramente divulgativas, ya no sólo de la edición de esta obra en particular, sino de toda la colección en general. Con motivo de la edición del Cancionero y romancero de ausencias, en su estudio introductorio Animal del mediodía, que Pablo Jauralde Pou y Pablo Moíño García prepararon a comienzos de este año 2005, ya dedicamos un artículo a tratar de desentrañar las partes más importantes, así como las cualidades más significativas, de CRA. Es por ello que, con motivo de la edición de la obra que se nos presenta en la colección de El País, centraremos nuestra atención en las distintas ediciones críticas que de la obra ha habido, en un intento por tratar de poner orden a la obra más caótica, en cuanto a ediciones críticas se refiere, de todas las de Miguel Hernández. El Cancionero y romancero de ausencias es una obra inacabada y desordenada, relegada forzosamente a un injusto olvido crítico; y éste es un factor que ni podemos ni debemos pasar por alto a la hora de encarar cualquier estudio crítico de la obra, y que además genera una serie de dificultades, que a continuación pasaremos a desgranar, y que logran que CRA se erija en la obra más confusa, desde el punto de vista crítico, de todas las de Miguel Hernández. En primer lugar, no se sabe con exactitud, aunque se pueda llegar a intuir algo al respecto, cuál era la intención de Miguel con respecto a los materiales que dejó escritos; al no poder ordenarlos él mismo, ha sido ésta una labor exclusiva de los editores, que se han visto en la difícil tesitura que supone dar forma y sentido unitario a unos documentos que, a pesar de que en la mente de su autor sí lo tuviesen, no fue así por escrito, por no poder llevar a cabo Miguel la revisión crítica que toda obra requiere. Además también desconocemos cuál era el punto de elaboración en el que se encontraba la obra en el momento de su muerte; pues, normalmente, un escritor no suele dar una estructura cohesionada a su obra de una sola vez, sino que va escribiendo, desechando y añadiendo poemas, hasta que por fin da con el total de poemas a incluir La siguiente pieza de este puzzle en que, en ocasiones, se torna CRA, es ese cuadernillo que Miguel entregó a Josefina, tras su primera y única salida de la cárcel (aquella libertad que disfrutó en septiembre de 1939, y que sería la última). El cuadernillo es, en palabras de José Carlos Rovira, “de tipo escolar, rayado y con tapas grisáceas”, y consta de 66 páginas; de ellas, algunas fueron arrancadas, quedando las restantes, unas cincuenta, escritas por Miguel, y cuatro más transcritas por medio de dos escrituras distintas, posiblemente de sus compañeros prisión, que se encargaron de transcribirlas una vez muerto Miguel. Estamos, pues, ante el cuadernillo original en el que escribió sus composiciones; el único que seguramente sí fuera escrito con una clara, aunque inicial y no pulida, idea de llegar a ser una obra en sí misma. El frágil soporte, el estar escrito a lápiz y repasado a tinta, con anotaciones al margen, o el presentar multitud de tachaduras, en parte ilegibles, son algunas de esas dificultades a las que antes nos referíamos, y que hacen que esta obra sea sin duda, más complicada a nivel textual que El rayo que no cesa, El hombre acecha o Viento del pueblo, por ejemplo, que sí recibieron ese “visto bueno” por parte de su autor. Todas estas vicisitudes que acabamos de nombrar han incidido directamente en las ediciones que de la obra se han realizado. Éstas, espaciadas en el tiempo y con un corpus de poemas que va variando según la edición que manejemos. La primera vez que se publican algunos poemas del Cancionero y romancero de ausencias es en la Obra escogida de la editorial Aguilar, con prólogo de Arturo del Hoyo, en 1952; poemas sueltos, sin rigor crítico alguno y con poco o ningún afán por aportar luz a la situación. Tanto ésta como la edición posterior, de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, en una compilación de 1976 de la obra poética de Miguel, seguirán el cuadernillo original, pero en un orden que se ve alterado en ocasiones, con inclusiones y exclusiones de poemas sin más motivo que el propio criterio de los editores. Es en 1958 cuando ve la luz la primera edición del Cancionero y romancero de ausencias, publicada por la editorial Lautaro de Buenos Aires, siendo el paraguayo Elvio Romero quien se encargó de su edición. En ella, encontramos la división del corpus original en dos partes, tituladas “CRA I” y “CRA II”: la primera parte contiene 103 poesías, tituladas por su número correspondiente; la segunda, incluye 16 poesías, con un título más claro y una extensión mayor (en este grupo se incluyen “Nanas”, “Ascensión de la escoba” o “Hijo de la luz y de la sombra”). Resulta reseñable el hecho de que Elvio Romero no se preocupara en absoluto por la edición crítica de la obra; pues no cotejó materiales, ni numeró las poesías, ni hizo, en ningún caso, valoraciones críticas sobre su edición en el mismo prólogo. Errores que, de todos modos, pueden resultar comprensibles, por tratarse como se trata de una primera edición, y por su lejanía de los manuscritos. Será en 1978 cuando vuelva a ver la luz el Cancionero... siguiendo ese cuadernillo original, y publicado por José Carlos Rovira en la editorial Lumen primero, pero también en 1985, y en edición facsimilar, por el Instituto de Estudios Juan Gil-Albert. Rovira incluye 79 poemas, numerados según el orden original, e incluyendo además “La lluvia” e “Hijo de la luz y de la sombra” (además de las “Nanas de la cebolla”, que el poeta enviara a su mujer desde la prisión de Torrijos). Estamos, para Rovira, ante un manuscrito inacabado, pero con un sentido unitario, pues él lo concibió como obra en sí misma, y el hecho de que pidiese a Josefina que conservase los originales que le había entregado no hace sino confirmar dicha afirmación. Otro apunte importante para acabar de encajar las piezas de este rompecabezas lo encontramos en 1979, en la edición que de las Poesías completas de Miguel llevara a cabo Agustín Sánchez Vidal, uno de los expertos con más renombre dentro del mundo del hernandismo. El profesor Sánchez Vidal incluyó, dentro del corpus original de CRA, lo que llegó a denominar “serie B2”; esto es, una serie de manuscritos, escritos entre 1937 y 1941, en cuartillas numeradas, de la uno a la veinte, y que el propio Miguel ya titulara como Cancionero de ausencias. La duda de si planeaba editar otra obra independiente a la anteriormente mencionada, o si, en cambio, su proyecto consistía en aglutinar todos esos poemas en un mismo conjunto, será algo que nunca lleguemos a conocer, por desgracia, con certeza. Aún así, y por los datos que hemos manejado hasta el momento, resulta mucho más verosímil la segunda, siendo ese Cancionero de ausencias un anexo al primer CRA, que se encontraba todavía en fase de gestación. Aunque la postura de Sánchez Vidal pueda mantener divergencias con la de Rovira, no se opone a ella, e incluso podríamos llegar a considerarlas complementarias; prueba de ello es el hecho de que trabajaran juntos en la edición de la Obra completa, de Miguel Hernández, publicada en Espasa Calpe en 1992. Y es precisamente esta edición, que engloba ambos planteamientos, la que siguieron, en rasgos generales, ediciones posteriores como la de Jauralde Pou y Moíño Sánchez, o la que aquí nos ocupa de la colección del diario El País. Pues el CRA que aparece en esas obras completas incluye el ya famoso cuadernillo original, titulado por el propio Miguel Cancionero y romancero de ausencias, pero también el Cancionero de ausencias; además, incluye un apartado para los llamados Poemas últimos, que no tienen una adscripción clara hasta el momento, y también para otros poemas del ciclo, que a pesar de que aparezcan tachados resultan legibles. En la ya mencionada edición de Jauralde y Moíño, los autores manejan, con muy pocas variaciones, el cuadernillo facsímil que editara Rovira en 1985 y, además, añaden, a la manera de esa Obra completa de 1992, el Cancionero de ausencias, al que agregan algunas poesías más (llegando a sumar treinta en total, y con una numeración, en números romanos, de los propios editores). Esta edición, con su prolijo estudio introductorio Animal del mediodía, es una de las más completas, ambiciosas y rigurosas de las ediciones que se han llevado a cabo hasta el momento, pero bien es cierto que cuenta con la base que aportan todos los estudios que previamente hicieran tanto Rovira como Sánchez Vidal; estudios que no han tenido más que ir puliendo. En último lugar, nos dedicaremos a la edición de la colección de El País, la cual, en cuanto al número de poesías incluidas, es la más completa de las aparecidas hasta el momento. Pero su problema radica, fundamentalmente, en dos cuestiones de peso. La primera, el poco rigor crítico seguido a la hora de tratar las poesías, no haciendo mención alguna, en el prólogo, a la laboriosa tarea que supuso dar forma y coherencia, sentido y unidad, si se quiere, a la obra. La segunda estriba en el hecho de que se hayan incluido todas las poesías del ciclo que se conservan, aglutinadas en distintos apéndices; y resulta ciertamente difícil llegar a incluirlas todas, pues las ediciones anteriores a ésta, y a pesar de llegar a converger en algunos puntos, no son exactamente iguales, ni el número de poemas incluidos ni en la ordenación de los mismos. Por tanto, presentar todas las poesías, de modo compacto, sin justificar qué razones se han seguido para hacerlo es, de algún modo, desmerecer el tremendo esfuerzo que supuso, para los anteriores editores, moldear las distintas series de poemas que existían. Concluyendo, hemos intentado acercar este proceso de reconstrucción de una obra que, por sus difíciles circunstancias y por la muerte, que cercenó cualquier posible proceso de correcciones por parte de Miguel, ha supuesto, para los distintos críticos que han acometido su edición, un trabajo concienzudo y costoso. Quién sabe qué hubiese sido de esta obra de haber sido finalizada por Miguel Hernández; posiblemente se hubiese convertido en la más grande y mejor de todas las que escribiera. Pero resulta un vano esfuerzo realizar preguntas de este calado, pues de otra manera cuán grande hubiese sido la figura de nuestro poeta de no haber truncado la guerra, y sus consecuencias, su siempre noble y apasionada vida.
EL SEGUNDO "VIAJE A LA URSS" DE MIGUEL HERNÁNDEZ
Según el profesor de la Universidad Lingüística de Moscú, el español Andrés Santana Arribas, en la antigua Unión Soviética “nunca su publicó íntegramente ninguna obra de Miguel Hernández traducida al ruso. En 1970, la editorial ‘Judozhestviennaia Literatura’ editó una antología poética traducida por Vladímir Reznichenko, siendo posteriormente la poesía hernandiana parte integrante de varias antologías de poesía española, siendo la más completa de 1977, editada también por la mencionada editorial, y la más reciente de 1984, publicada por la editorial ‘Ráduga’. En la actualidad, no existe ninguna obra de Miguel Hernández en el mercado editorial de Rusia ni la C.E.I. (Comunidad de Estados Independientes), integrada por las antiguas repúblicas que formaron la Unión Soviética”. Si el poeta de Orihuela visitó en persona la antigua Unión Soviética en 1937, podríamos decir que en los años setenta hizo “un segundo viaje” a este país, a raíz de publicarse allí., por primera vez, parte de su obra en las dos antologías mencionadas. La antología de 1977 que hemos leído nos permite conocer cómo se concebía la vida y obra de Miguel Hernández en el vasto territorio de aquella nación, cuyos dirigentes utilizaban el perfil de Miguel, así como de otros escritores, políticos y artistas del mundo, para hacer proselitismo del sistema político vigente en el país, el sistema dictatorial implantado por Vladímir Ulianov ‘Lenin’. Esta
antología forma parte de la colección ‘Biblioteca
de Literatura Mundial’, editada en los años setenta
por la citada editorial ‘Judozhestviennaia Literatura’
(‘Literatura Artística’), con dirección en
Nov.-Basmanaia, 19, Moscú, B-78. Esta antología conforma
el tomo 143, titulado ‘Poetas españoles del siglo XX’
(‘Ispanskie poeti dvadtzatova vieka’). Este tomo
se publicó en el año 1977 en Moscú, está
escrito íntegramente en lengua rusa y reproduce parte de la obra
poética de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado,
Federico García Lorca, Rafael Alberti y el propio Miguel Hernández.
El redactor de la obra fue T. Blanter; la redactora artística,
L. Kalitovskaia; la redactora técnica, L. Platonova; y las correctoras,
O. Emelianova y Z. Tijonova. La antología cuenta con un total
de 719 páginas, tuvo una tirada de 303.000 ejemplares y está
encuadernada en tela. Además lleva el canto superior de sus páginas
en color grisáceo y en el lomo van escritos, en letras doradas,
los nombres de los cinco poetas
El tomo se estructura en cuatro partes. La introducción (pp. 5-25), bajo el título ‘Cinco poetas españoles’ (‘Piat ispanskij poetaf’), fue redactada por I. Terterian y L. Ospovat, que hacen un repaso por la vida y aportación literaria y social de estos autores dentro del convulso mundo que les tocó vivir. La segunda parte (pp. 27-662) está dedicada, por este orden, a la selección poética (‘Stijatvarieniya’) de la obra de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Miguel Hernández. Los poemas hernandianos se incluyen entre las páginas 585 y 662. En tercer lugar, hay un capítulo denominado ‘Notas’ (‘Primiechaniya’) (pp. 663-689), a cargo de los mencionados Terterian y Ospovat, donde se hace una breve reseña biográfica de los cinco escritores, así como una explicación aclaratoria para el ciudadano de habla rusa de la terminología usada por estos poetas en sus obras. De Miguel Hernández se habla en las páginas 687 a 689. Después hay un apartado (‘K iliustratziyam’) (pp. 689-690), firmado por K. Panas, sobre los artistas contemporáneos españoles, cuyas obras se incluyen en las páginas de esta antología, tales como Ramón Casas, Joaquín Sorolla, José Gutiérrez Solana, Ignacio Zuloaga, Juan Gris, Juan Miró, Manuel Prieto, Alberto Sánchez Pérez, Aurelio Arteta y Pablo Picasso. Se representan personajes y motivos muy variopintos de nuestro país, como toreros y picadores, mujeres ataviadas con trajes típicos, obreros, motivos de la guerra civil y obras abstractas. Por último, hay un detallado índice (pp. 691-718) y una última página que recoge los datos técnicos de la publicación (editorial, redactores, tirada ...). En la introducción, Terterian y Ospovat afirman que “la poesía española de la primera mitad del siglo XX presenta su propio grupo histórico y artístico. Históricamente los cinco poetas incluidos en este tomo sufrieron la tragedia de la nación española como consecuencia del franquismo, que trajo la destrucción. El entorno artístico siempre tuvo conciencia y se declaró reiteradamente a favor de los poetas, a pesar de cualquier conflicto personal y polémica literaria (...) Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado son considerados como los maestros de García Lorca, Alberti y Miguel Hernández (...) En momentos críticos, ayudaron a los jóvenes poetas”. Después los autores realizan un repaso por la actividad literaria y revolucionaria de cada uno de ellos. Sólo nos haremos eco aquí de las alusiones al poeta de Orihuela. En la página 6, se dice que “ ... Antonio Machado, Rafael Alberti y Miguel Hernández sirvieron a la Segunda República desinteresadamente todos los años de la guerra, vivieron y trabajaron en el frente (...) Alberti y Hernández fueron comisarios, agitadores, escribieron poemas para los periódicos del frente y piezas para el teatro itinerante de la época (...) Capturado por los franquistas, Miguel Hernández murió en 1942 en una celda después de tres años de torturas”. En la página 16, vuelven las referencias al poeta oriolano. Tras hablar sobre Jiménez y Machado, se dice que “ ... la siguiente generación de poetas incluidos en este tomo, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Miguel Hernández, entró en la literatura después de la Primera Guerra Mundial. La catástrofe de la época llegó a ser evidente, la crisis nacional concienció a toda la intelectualidad sobre la descomposición del sistema capitalista mundial”. Es ya en la página 23 donde esta antología rusa entra más en detalle sobre los entresijos personales, literarios y políticos del poeta oriolano. Escriben Terterian y Ospovat que “Miguel Hernández , el amigo pequeño de García Lorca y Alberti, llegó a la poesía poco antes de la guerra civil. El muchacho campesino, autodidacta, consiguió sus conocimientos con abnegación. Es posible por eso que al principio, con entusiasmo, imite a Góngora, Quevedo, Calderón, ... al ‘estilo oscuro’ del barroco español del siglo XVII. Las complicaciones técnicas del estilo español le dan rarezas con facilidad. El primitivo Hernández es el jeroglífico poético complicado de la metáfora, de las figuras estilísticas rebuscadas, de arcaísmos y artificios verbales”. Después añaden que “el amor transformó su poesía. Incluso el ambiente de sus sonetos (el huerto, los labradores, los campos, el bosque, ...) encuentra la dificultad y aspereza del mundo real. En la amorosa lírica, se abre la personalidad auténtica del poeta, versos sobre el amor dividido, recíproco, feliz”. En otro párrafo, los autores abordan otra faceta hernandiana, señalando que “el modo tradicional de la poesía española del toro -personificación de la furia de la pasión- se revaloriza con Hernández: un toro llora su propia perdición. El poeta (¿quizá porque fue campesino pastor?) -se preguntan Terterian y Ospovat- se identifica con el toro, con el sacrificio de la corrida”. A continuación, añaden que “Miguel Hernández vive con desmesura. Así, él fue maximalista, exigente, un hombre que amó toda la vida a la misma mujer. Su desmesura buscó un cauce. El se dedicó con pasión, en su temprana juventud, a la religión, después a la poesía, al amor”. Sobre el cambio que experimentó posteriormente, agregan que “en enero del año 1936, Hernández escribió en la reseña al libro ‘Residencia en la tierra’ de Pablo Neruda que ‘la poesía no es cuestión de consonante: es cuestión de corazón (...) Estoy harto de tanto arte menor y puro. Me emociona ahora la confusión desordenada y caótica de la Biblia, en la cual veo espectáculos grandes, cataclismos, desventuras, mundos revueltos y oigo alaridos y derrumbamientos de sangre’. La tristeza por la poesía épica, en la vida y en el arte, resuena en estas palabras. En la tragedia nacional, acaecida en España, el poeta realmente se encontró así mismo. En el prólogo de ‘Teatro en la guerra’ (1937), Hernández escribe: ‘ el 18 de julio de 1936, frente al movimiento de los militares traidores, yo, poeta, y conmigo mi poesía, entramos en el trance más doloroso y trabajoso, pero al mismo tiempo más glorioso de nuestra vida. Hasta entonces no fui un poeta revolucionario en toda la extensión de la palabra y del pensamiento. Había escrito versos y dramas de exaltación al trabajo y de condena de la burguesía, pero aquel 18 de julio de 1936 me arrastró a esgrimir mi poesía como arma de combate’. En la poesía republicana de los años de guerra, los poemas de Hernández se distinguen por la impetuosidad de la juventud, con el énfasis de las canciones antiguas épicas y con un cierto descubrimiento de sinceridad”. La antología prosigue diciendo que “el héroe de los últimos libros de Hernández es él mismo, aquel miliciano que recibió en sus hombros toda la desmesurada carga de la guerra y del fascismo. Al principio, los combates; después, la prisión en las cárceles franquistas, experimentando todas las privaciones y suplicios, sufriendo por la tierra natal, por la esposa, por el hambre y la miseria del hijo (...) ‘Romancero y cancionero de ausencias’ se llama el último libro de Hernández. Es difícil medir la responsabilidad de esta denominación. Así ‘Romancero’ y ‘Cancionero’ es la colección de romances y canciones nacionales, tesoro de la cultura nacional de España”. Hay que aclarar que los autores soviéticos anteponen aquí la palabra ‘romancero’ a ‘cancionero’, mientras que en otras partes de la antología utilizan el verdadero título hernandiano de ‘Cancionero y romancero de ausencias’. Prosiguen señalando Terterian y Ospovat que “en los años de la guerra, los poetas españoles formaron la crónica de los hechos con un estilo que denominaron ‘Romancero de la guerra civil’. Hernández encuentra la verdad en tal título, porque su destino, su separación de la patria chica, del amor y del hijo es al mismo tiempo el general y personal destino español y él lo canta con una fuerza clara. El agónico libro de Hernández es terminante y definitivo, una evidencia suprema de la unidad de la poesía española (...) El verso romance, un poco monótono y ligero, como el movimiento de las olas marinas, es necesario para los poetas y para el solemne réquiem, para el recuerdo de los amigos caídos y para la tristeza amarga en el exilio. Con estos versos llega un gran soplo de sentimiento y pensamiento, un soplo de la historia del pueblo español. Y con la canción llega la suprema sabiduría y tranquilidad. En los años 50 y 60, para la literatura española llegó el momento de la replica, de las nuevas voces (...) En los años penosos de la dictadura franquista, la juventud de España buscó el conocimiento en la obra de estos cinco grandes poetas españoles (...) Uno de los primeros actos de consolidación de las fuerzas de la intelectualidad antifranquista estuvo relacionado con Antonio Machado: en 1959, el día del vigésimo aniversario de la muerte del poeta, en el cementerio de Collioure, se reunieron los emigrantes republicanos y los escritores llegados de España para tomar parte en una fiesta mitin. Los trabajos de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Miguel Hernandez han llegado a ser clásicos mundiales reconocidos (...)”.
A continuación, en el apartado dedicado a la selección poética de los autores, se incluyen los siguientes poemas hernandianos: 1.-
DE LAS ‘POESÍAS DE JUVENTUD’ (traducidos
por P. Grushko): 3.-
DE LAS POESÍAS DE LOS AÑOS 1933-1934: El tercer poema citado es titulado así en la antología, cuando realmente lleva por nombre ‘Tus cartas son un vino’. Además, la dedicatoria completa es ‘A mi gran Josefina adorada’. Dentro de este periodo, los autores incluyen también las obras: ‘IMAGEN DE TU HUELLA’ (1934): ‘SILBO VULNERADO’ (1934)
(traducción de V. Reznichenko): 4.-
DEL LIBRO ‘EL RAYO QUE NO CESA’ (1934-1935). 5.-
DE LOS POEMAS DE LOS AÑOS 1935-1936 (traducción
de P. Grushko): 9.-
DE LOS ‘ÚLTIMOS POEMAS’: Por el tipo de poemas hernandianos reproducidos en esta antología, “puede decirse que los autores han escogido un número amplio y representativo de las diversas etapas poéticas de Miguel Hernández, incluida la primera, tan poco dada a ser conocida generalmente. Aparecen los poemarios más comprometidos y el último de ellos, ‘Cancionero y romancero de ausencias’, es desde luego el más numeroso de esta antología, muy bien escogida y planteada”, según Aitor Larrabide. Tras la selección poética de la obra de los cinco autores, se dan, como epílogo, unas notas biográficas de cada uno de ellos, así como un detallado índice del libro, en el que se incluye el nombre de los traductores de los poemas. En cuanto a la biografía de Miguel Hernández (p. 687) se dice textualmente que “nació el 30 de octubre de 1910 en la ciudad de Orihuela (provincia de Alicante) en una familia campesina. En la adolescencia fue pastor, vendedor ambulante de leche y estudió dos años en un colegio de jesuitas. Los versos empezó a escribirlos con quince años, en 1930 y 1931 publicó algunos poemas en revistas locales semanales. En 1933, en Murcia, salió la primera selección poética de Hernández ‘Perito en lunas’. En aquel mismo año, conoció a Josefina Manresa, a la cual de aquí en adelante dedicó toda su lírica amorosa. Cuatro años más tarde ella se convertirá en la esposa de Miguel. Tras llegar a Madrid en 1934, se encuentra con un círculo de poetas de talento, salidos en los años veinte. Lorca, Altolaguirre, Aleixandre, el chileno Pablo Neruda y el argentino González Tuñón se convirtieron en amigos suyos. En la revista ‘Cruz y Raya’ se presenta su pieza ‘Quién te ha visto y quién te ve’, escrita en el espíritu de los viejos autos eclesiásticos”. Terterian y Ospovan afirman que “en condiciones de agravamiento de las luchas sociales y bajo la influencia de nuevos amigos, Hernández reniega de su anterior religiosidad y se pasa a posiciones revolucionarias. A comienzos de 1936, sale su segunda selección poética: ‘El rayo que no cesa’. Juan Ramón Jiménez dice con entusiasmo sobre los versos de Hernández: ‘He aquí ella, una poesía actual, y he aquí quien pudiera siempre escribir con tal maestría’. Desde los primeros días de la guerra civil, Hernández se dedica enteramente a la causa de la República. Se afilia al Partido Comunista de España, se alista como voluntario en la organización del Quinto Regimiento de los comunistas, toma parte directamente en los combates de Madrid, escribe poemas agitadores y piezas para el teatro del frente. En 1937, visita la Unión Soviética como miembro de una delegación de personalidades de la cultura. En Valencia, publica su libro ‘Viento del pueblo’ con el subtítulo ‘Poesía en la guerra’ y también dos selecciones de obras dramáticas. En octubre de 1938 murió de inanición el hijo de diez meses de Hernández. En enero de 1939 nació su segundo hijo. Cuando la República sufrió la derrota, los fascistas arrestaron al poeta. La tirada de su libro de versos ‘El hombre acecha’, impreso en Valencia, fue confiscada y casi destruida por completo. Los amigos, que se encontraban en Francia, no pudieron lograr la liberación de Hernández (sobre esto habla Pablo Neruda en sus memorias). Sin embargo, al retornar a Orihuela, de nuevo se expuso al arresto y va a parar a la cárcel, de donde ya no le fue posible salir. En julio de 1940, le condenan a muerte, condena que es sustituida, como resultado de la intercesión de muchos representantes de la intelectualidad, por la de treinta años de encarcelamiento. El hambre, las privaciones, la separación de su mujer y de su hijo y la tuberculosis socavan sus fuerzas físicas, pero el poeta no pierde el ánimo. Sin embargo, acaba su obra ‘Cancionero y romancero de ausencias’ en sus vagabundeos por las cárceles. Miguel Hernández falleció el 28 de marzo del año 1942”. Aquí es preciso hacer otra aclaración. Los autores señalan el mes de julio de 1940 como la fecha de su condena a muerte, cuando realmente Miguel Hernández fue condenado en enero de ese año, siéndole conmutada la pena en el mes de junio. En los últimos apuntes biográficos, la antología soviética incluye un dato erróneo, al decir que “Miguel escribió sus últimos versos: ‘Adiós hermanos, camaradas, amigos, despedidme del sol y de los trigos’ en la pared de la enfermería de la cárcel”. En realidad, estas palabras, según posteriores investigaciones, no fueron escritas por el poeta oriolano, sino por Antonio Aparicio, amigo de Miguel Hernández. Los soviéticos hicieron en la antología esta afirmación, basándose seguramente en los datos incorrectos que publicó Elvio Romero en 1958 en su libro ‘Miguel Hernández, destino y poesía’. Los
autores de la anterior biografía, Terterian y Ospovat, añaden
que a los libros que forman la base de esta antología de 1977
“se ha añadido la más completa colección
de versos de Hernández, editada en Cuba: ‘Poesía’,
La Habana, 1964”.
Por último, reproduciremos, por
curiosas, una serie de aclaraciones que, a modo de glosario, incluye
L. Ospovat sobre los poemas hernandianos seleccionados. Estas aclaraciones
se refieren a términos relacionados con la mitología romana,
la religiosidad católica y la historia y el costumbrismo español.
El autor las hace para que el lector conocedor de la lengua rusa pueda
comprender mejor el contenido del poema hernandiano: 2.-
Del libro ‘Perito en lunas’ (1933) y de los poemas
de 1933-34: 3.-
Del libro ‘El rayo que no cesa’ (1934-35): 4.-
De los poemas de 1935-36: 5.-
Del libro ‘Viento del pueblo’ (1937): 6.-
Del libro ‘El hombre acecha’ (1937-1939): El lingüista gaditano manifiesta que el poeta de Orihuela “obtuvo un gran reconocimiento literario en Rusia y la extinta U.R.S.S., llegando a llenar estadios deportivos y salas de conciertos de espectadores ávidos de oír y repetir a coro sus versos. Pocos son los países del mundo que igualen a Rusia en cuanto a la valoración de la poesía de Miguel Hernández”. Debido a esta repercusión hernandiana en la antigua Unión Soviética, “es preocupante el hecho de que, desde hace ya veinte años, sea imposible adquirir en el mercado editorial ruso ningún libro de este autor español”, concluye Santana Arribas. Podemos avanzar que está prevista, en breve, la publicación en lengua rusa, por primera vez, de libros completos de poesía de Miguel Hernández por una editorial moscovita, en la que está contemplada la colaboración de la ‘Fundación Cultural Miguel Hernández’ de Orihuela. Este hecho va a contribuir a expandir aún más la huella hernandiana, ya que el ruso, hablado por unos 285 millones de personas, es la quinta lengua del mundo, considerando su difusión. Le preceden el chino-mandarín (por el elevado número de hablantes nativos) y el inglés (dada su amplia difusión, como lengua materna y segunda lengua), que cuentan con cerca de mil millones de hablantes cada una; el indi (lengua de la India, aunque fragmentada en dialectos) y el español. Tras el ruso, el portugués, bengalí, árabe, japonés, malayo-indonesio, alemán y francés. “Esta nueva edición de la obra poética de Hernández tiene por objetivo dar una visión más completa de la figura poética del alicantino, desterrando varios mitos políticos y biográficos del mismo que, en Rusia, lo convirtieron en un arma propagandística del poder soviético, recuperando así la originalidad que lo convirtió en un poeta irrepetible e inmortal”, según Andrés Santana. Antonio
Peñalver
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Nación en Irún (Guipúzcoa) en 1957. En Santander se Licencio en Medicina (Doctor en Odontología). Amante de la obra de Pablo Neruda lleva mas de 20 años estudiando toda la obra y vida del poeta chileno. Activo conferenciante, es autor de numerosos estudios publicados en distintas revistas en las que destacan «Relaciones Pablo Neruda- Juan Ramón Jiménez» en Ultramar (Santander), «Neruda - Huidobro: un conflicto bélico», en Fábula (Logroño). Su primer libro ha sido publicado recientemente “Un triángulo literario: José María de Cossio, Miguel Hernández, Pablo Neruda, fue presentado en el Ateneo de Madrid el pasado 22 de abril. En el se recoge la relación tanto amistosa como profesional de estos tres personajes, consecuencia de sus trabajo de investigación personal sobre este
¿Cuándo
y por qué empieza a dar conferencias sobre este tema? ¿Cómo
y cuándo conoce la figura y obra de Miguel Hernández? ¿Qué
destacaría de ella? En
pocas palabras, ¿cómo definiría la amistad entre
Miguel Hernández y Pablo Neruda? Recientemente
ha publicado su primer libro, ¿cuál ha sido su experiencia? ¿Tiene
algún proyecto en cartera? ¿Conoce
la labor de la Fundación Miguel Hernández? ¿Qué
piensa de sus actividades?
ORIHUELA Y MIGUEL HERNÁNDEZ
A la manera de aquellos libros de viaje, tan de moda en los siglos XVIII y XIX, en los que el escritor garabateaba sus trazos de bella prosa poética, sin más prisa que la que le imponía la belleza del paisaje descrito, comienza su libro el hispanista francés Claude Couffon. En el viaje al corazón de la Vega Baja que se narra en las primeras páginas de su Orihuela y Miguel Hernández, da inicio a una detallada reconstrucción de la vida del poeta, vista a través de los ojos de aquellos que lo conocieron, pero también a una reivindicación implícita de lo importante que fue Orihuela para él, tanto en su faceta literaria como en su propia vida. Couffon intenta así derrocar ese tan recurrente como manido tópico de que la partida de Miguel Hernández a Madrid la causó el hecho de no poder soportar la vida que llevaba en Orihuela, pues marchó en busca de su propia quimera, de un ambiente literario y una agitación cultural propicios para poder desarrollar todo su talento poético, sabedor de que eso no podría encontrarlo en su ciudad natal; pero ese paisaje oriolano, que tanto se ha denostado desde algunos sectores de la crítica hernandiana, fue uno de los lugares comunes al que Miguel más retornaba, con insistencia, en sus poesías, prueba de lo mucho que amaba su tierra y del gran cariño que le profesaba. Y es que resulta ciertamente difícil llegar a entender sus primeras poesías, e incluso su primera obra, Perito en lunas, sin tener en cuenta Orihuela y su naturaleza. Es por ello que Couffon se propone buscar entre su calles, sus gentes y su huerta el eco de los versos de Miguel, que todavía resonaba, y la esencia de su persona, que seguía viva e impregnada en los corazones de muchos de sus conciudadanos, amigos y, por supuesto, familiares. El viaje por las tierras de la Vega Baja lo emprende Couffon con Antonio de Hoyos, profesor en la Universidad de Murcia. Su estancia se prolongará durante cinco días, los que transcurrieron entre el 14 y el 18 de abril de 1962. Días que sirvieron al profesor Couffon para entrevistarse con tres personas muy allegadas, cada uno desde un punto de vista distinto, a Miguel Hernández, pero también para recopilar datos y documentos, algunos desconocidos hasta aquel momento, y para llegar a transitar aquellas calles y aquellos lugares que, a buen seguro, había leído en los escritos de Miguel. La primera de las visitas que realiza Couffon es al domicilio de Vicente Hernández, hermano de Miguel, que residía en el barrio de Monserrat. La conversación versará, esencialmente, en torno a la infancia de Miguel: la relación con sus padres, sus lecturas de juventud, sus inicios en la poesía o las amistades que germinaron en la Orihuela de aquellos años. Todo, narrado desde la aparente distancia de unos hermanos que mantuvieron una relación correcta, pero no intensa o fraternal. Visitaron la casa en la que ambos vivieron, en la calle de Arriba, hoy rebautizada con el nombre del poeta. Llegados a este punto, la entrevista da un pequeño giro y, tras remontar esas lagunas que en la relación entre ambos existieron, Vicente Hernández evoca los días de cárcel de Miguel, los últimos a los que tuvo acceso en la vida de su hermano; ya que la última vez que lo vio fue ya enfermo y preso en la cárcel. El segundo entrevistado al que Couffon visita, por recomendación expresa del propio Vicente Hernández, que no podía aportar todos los datos que el francés necesitaba, fue el abogado José Martínez Arenas. Este hombre, de 74 años de edad, testigo directo y atento de todas las cosas que acaecieron en su ciudad en una época tan convulsa y de tantos cambios; en su libro de memorias, De mi vida: hombres y libros, que él mismo recogería, y en el que dedicó un importante capítulo a la figura de Miguel Hernández. Así, si la entrevista al hermano de Miguel fue importante en tanto en cuanto reveló información muy diversa sobre la infancia y juventud de Miguel en su ámbito familiar, la de José Martínez Arenas nos acercará, desde el prisma de la cultura local, a aquellos años en los que Miguel Hernández anhelaba ya llegar a ser poeta algún día. Además, Martínez Arenas guardaba, en una gran carpeta de color negro, copiosa información relativa al poeta oriolano: el denominado “expediente Miguel Hernández”. En él, abundante información de todo tipo, así como cartas o poesías de su primera época. También evoca el abogado la relación entre Miguel y Ramón Sijé, y manifiesta la tremenda importancia que tuvo este último con respecto al primero: si bien no supo encauzarlo del todo, sí le hizo ser consciente de sus facilidades innatas para la poesía. Una merecida reivindicación de Sijé, tan olvidado en algunas otras biografías. A través de las muchas cartas conservadas, que Miguel dirigiera a Sijé, podemos comprobar las colaboraciones de Miguel en El Gallo Crisis, su creciente interés por la joven Josefina Manresa o el incidente del tren en Alcázar de San Juan, del que sin la ayuda de Sijé, y la del propio Martínez Arenas, posiblemente a Miguel le hubiese costado bastante más salir. Su cercanía a Miguel en aquella época también le permitió relatar con exactitud todas las vicisitudes que rodearon la publicación de su primera obra, Perito en lunas, así como el breve periplo madrileño de Miguel o las cartas que enviara éste a los padres de Sijé tras su muerte. Por último, aporta y transcribe el discurso que pronunció con motivo de la inauguración de la plaza que llevaba el nombre de su “amigo-hermano”, como solía llamarlo, en 1936. Lamentablemente, la guerra acabaría por separarlos, y Martínez Arenas sólo volvió a verlo en aquellos escasos días de libertad que disfrutó Miguel, en 1939, y que precedieron a su prendimiento definitivo. Luis Fabregat Terrés, o F.T. como es mencionado en el libro, será la última persona a la que Couffon visite. Su interés radica en el hecho de haber sido compañero de prisión de Miguel; tanto en la que ocupó en el 39 en Orihuela, como en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Con él, Couffon se acerca a la última parcela que le quedaba por cubrir en esa visión global que pretendía mostrar en su libro: pues, si con Vicente Hernández, pudimos obtener datos suyos desde la fuente familiar, y con Martínez Arenas el prisma al que se acudía era el de una persona allegada del mundo de la cultura oriolana de la época, con Luis F.T. podremos obtener información de primera mano, la que le ofreció el mismo Miguel, de cómo fue su vida en las distintas prisiones españolas por las que pasó. Su contacto con Miguel, tanto en la cárcel del Seminario como en el Reformatorio de Adultos, le permite reconstruir el prendimiento que sufrió en Huelva. También menciona otros datos interesantes, como la fallida gestión que el cardenal Braudillart emprendió por su libertad, los estudios de inglés que Miguel realizaba en la cárcel o la alegría que sintió el día que recibió la visita de su hijo Manuel. La supuesta duda de si Cossío y otros intelectuales de la época ofrecieron a Miguel su libertad a cambio de que se retractara ante el Régimen de su anterior posicionamiento político, queda confirmada por medio de Luis F.T Así pues, este hombre vivió la enfermedad de Miguel, que se agravó por las malas condiciones higiénicas, y fue un testigo de excepción tanto de su muerte, como de sus últimas notas garabateadas, tomadas a lápiz, y que fueron transcritas y entregadas a Josefina por sus propios compañeros de presidio. Una vez concluidas las entrevistas, Couffon pasa a centrarse en documentos y escritos que ha podido ir recopilando, gracias a distintas personas de Orihuela, que más adelante se mencionarán, y que pertenecen, fundamentalmente, a esa primera etapa de Miguel Hernández, la que comprende sus inicios como escritor y que llega hasta su primer viaje a Madrid. Por tanto, en la siguiente sección del libro, “Dos documentos”, incluye, gracias a la mediación de Martínez Arenas, que facilita los documentos, la certificación en extracto de las actas de nacimiento y defunción de Miguel Hernández. Aunque no sean datos nuevos, podemos comprobar de una manera, si se quiere, más oficial, que nació el 30 de octubre de 1910 y falleció el 28 de marzo de 1942, a causa de una fimia pulmonar. En cuanto a las “Páginas halladas de Miguel Hernández”, y a pesar de que por el título podamos inferir que nos va a presentar poesías inéditas de Miguel Hernández, lo que en realidad hace Couffon es rescatar esas poesías de su primera época, que se encontraban diseminadas en las publicaciones periódicas locales en que fueron publicadas, tales como El Pueblo de Orihuela, Actualidad, Voluntad o Destellos, y que aparecen reunidas por vez primera bajo un mismo epígrafe. Los originales se los proporciona a Couffon Francisco Giménez Mateo, maestro en Orihuela y gran amante de las tradiciones de su ciudad, a quien el francés manifiesta su sincero agradecimiento no sólo por los poemas, sino también por lo mucho que le orientó en distintos aspectos de la biografía de Miguel, rodeada por un extraño y, por otro lado lógico, silencio. Entre esas poesías reunidas se encuentran, entre muchas otras, pues tenemos casi 80 páginas de textos de Miguel: “Pastoril”, “El alma de la huerta”, “Insomnio”, “Tarde de Domingo”, “Las desiertas abarcas”, “Elegía media del toro” o el famoso “Canto a Valencia”, con el que ganó un certamen literario en Elche. También se incluyen poesías dedicadas a amigos suyos, como Álvaro Botella o Juan Sansano, que están fechadas, al igual que las anteriormente citadas, entre 1930 y 1931. Con respecto al apartado dedicado a la correspondencia, la mayoría de las cartas incluidas sí eran inéditas en el momento en el que apareció la publicación (pues no habían sido recogidas en las Obras completas que la editorial Losada publicara en 1960). Pero existen divergencias entre la primera edición, en francés, y su traducción al castellano. Pues en la primera edición de la obra, la publicada en 1963 por el Institut d´Études Hispaniques, se incluyen una serie de cartas que no aparecen recogidas en la edición de 1967, en la editorial Losada. Éstas, son tres cartas dirigidas a Ramón Sijé fechadas en 1932, dos de 1936 dirigidas a los padres de Sijé, y otra a su familia, de 1939. El resto de correspondencia, la que sí se incluye en la edición de Losada, la conforman dos cartas dirigidas a Carlos Fenoll y una a su familia, así como otra dirigida nuevamente a la familia de Sijé. El grueso total de la correspondencia, incluidas las que ya aportara Martínez Arenas en capítulos anteriores, integran un completo corpus, en el que podemos ver perfilado, con bastante claridad y exactitud, quiénes eran los integrantes de ese círculo de amistades que frecuentaba Miguel Hernández en Orihuela. En cuanto a la recepción crítica que tuvo la obra de Couffon, ésta fue, en líneas generales, bastante buena. Cierto es que siendo el libro como es de 1963, la mayor parte de referencias que encontramos pertenecen a aquella época. Pues el tiempo, en ocasiones, cubre con una ligera capa de polvo y olvido los libros, y éste, el que precisamente inaugura esta nueva sección de “Los libros perdidos”, no iba a ser una excepción. En una artículo de 1964, titulado “A Claude Couffon por su libro”, el oriolano Manuel Molina destacaba, en un texto escrito a modo de agradecida carta abierta, del francés, lo perfectamente plasmado que está ese aprendizaje adolescente de Miguel Hernández en las páginas de la obra. Asimismo, en el Índice de Artes y Letras, y más concretamente en su número de julio-agosto de 1963, nos encontramos con un resumen del contenido del libro. El factor que más se destaca es el de ser una “monografía con aire de reportaje periodístico”, subrayando también que desvela paisajes poco conocidos de la vida de Miguel, a través de amigos y familiares. Además, pone de relevancia esa inclusión de poemas y cartas que suman, en total, más de cien páginas de literatura adolescente de Miguel Hernández. Un gran
estudioso hernandiano como Leopoldo de Luis también se hacía
eco, como no podía ser de otro modo, de la obra de Couffon. Así,
en “Miguel Hernández dentro y fuera de España”,
artículo publicado en los Papeles de Son Armadans en
1963, apuntaba con gran acierto que podíamos inferir, de las
páginas del libro, la existencia de un estrecho vínculo
que unía al poeta con su ciudad natal. Destaca también
la novedad del procedimiento efectuado por Couffon para elaborar el
libro: las entrevistas. Dato que también fue de gran importancia
para Dario Puccini, quien lo menciona en su “Due libri su Miguel
Hernández”, de 1964, aparecido en Y destacaremos, en último lugar, el artículo que el olvidado, prolífico y siempre interesante escritor oriolano Francisco Pina dedicó, tanto al libro de Couffon como al propio Miguel Hernández, en su obra El Valle Inclán que yo conocí y otros ensayos. Así, en “Cautiverio y muerte del poeta Miguel Hernández”, Pina, a pesar de afirmar que no llegó a conocer personalmente a Hernández, sí califica su muerte de “pérdida irreparable”. Sobre el libro de Couffon, apunta que es un breve pero admirable libro; “un regalo inapreciable que nunca podremos agradecer bastante”. Evoca, a través de las páginas del libro de Couffon, la vida y muerte de Miguel Hernández. Podemos llegar a pensar que Orihuela y Miguel Hernández marcó un auténtico hito, por razones que ya hemos explicado con anterioridad, en el terreno de las biografías del oriolano. Pero tampoco pisaba el francés un terreno virgen a la hora de acometer su biografía, pues algunas ya habían visto la luz con anterioridad a la suya. De 1955 datan dos de ellas; la de Concha Zardoya, titulada Miguel Hernández. Vida y obra. Bibliografía, Antología; y la de Juan Guerrero Zamora, Miguel Hernández, poeta. Y de 1958 es la del paraguayo Elvio Romero, titulada Miguel Hernández, destino y poesía, cargada de un claro simbolismo ideológico y muy politizada, si se quiere. Llegar a averiguar en qué pudieron influir estas tres obras en la de Couffon no deja de ser una labor ciertamente complicada, máxime moviéndonos en terrenos como el de las biografías, en el que las fuentes suelen tener un afluente principal y común, y depende en la mayoría de los casos del enfoque que el biógrafo otorgue a dicha fuente de información. Aún así, Orihuela y Miguel Hernández se sitúa un escalón por encima de todas ellas, al menos en un aspecto: la manera en la que construye la obra. Pues refleja, por medio de entrevistas, todas sus pesquisas, otorgando una importancia tan grande a las propias cartas y poesías de Miguel. Es como si, de algún modo, él fuera un mero testigo imparcial de los hechos, que pone ante los ojos del lector tanto las opiniones que tres personas allegadas al poeta tenían de él, así como los propios escritos que datan de aquella época. De esta manera, es el propio lector el que, tras procesar los datos que ha puesto el autor a su disposición, se formara su imagen de Hernández y emitirá su propio veredicto. En cuanto a esto, la obra de Couffon destaca por encima de las biografías que le precedieron. Con respecto a las biografías que fueron publicadas con posterioridad a Orihuela y Miguel Hernández, cabe destacar, en primer lugar, la que, en 1972, publicara Francisco Martínez Marín. Pues Yo, Miguel, o el germen de esta obra, están de algún modo presentes en la obra de Couffon, ya que si hubo una persona que facilitó las cosas al francés durante su estancia de cuatro días en Orihuela, ese fue Francisco Martínez Marín. Por otro lado, y no de una importancia menor, es la obra de María de Gracia Ifach, titulada Miguel Hernández, rayo que no cesa, publicada en 1975, estamos posiblemente ante la biografía más densa de las escritas hasta ese momento sobre el poeta, en la que, además de ofrecer numerosos datos a través de las distintas etapas de su vida, incluye multitud de comentarios impresionistas, opiniones “visionarias”, así como la novelización de pasajes biográficos y una extraña divinización de la actividad artística. Las dos últimas biografías a las que haremos mención son, posiblemente, las más conocidas de todas; una por ser considerada, casi por unanimidad, la más completa y mejor documentada de todas las que se han escrito sobre él; la otra por ser, además de la más reciente, la que aporta al texto unos rasgos más de novela que de biografía propiamente dicha. La primera, titulada Miguel Hernández, desamordazado y regresado, publicada en 1992, fue escrita por el prestigioso estudioso Agustín Sánchez Vidal; la segunda, publicada en 2002, y escrita por José Luis Ferris: Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta. Pero si algo tiene de innovador, y enriquecedor, esta biografía, con respecto al resto, es el ofrecernos una visión de Miguel Hernández desde tres prismas bien distintos: desde el prisma familiar, el de la vida cultural de la época y desde el de alguien que, como el preso Fabregat Terrés, convivió con él en dos de las múltiples cárceles por las Miguel “peregrinó” durante los últimos años de su vida. Porque Orihuela y Miguel Hernández es, ante todo y sobre todo, una oportunidad, en primer lugar, de volver a revivir aquella Orihuela de los años 50, que se encuentra como perfecto y silencioso personaje secundario durante toda la obra. Pues a cada paso que da Couffon, a cada persona que entrevista, cada documento que encuentra, tiene a la ciudad de Orihuela como testigo mudo de esos acontecimientos. Reivindicando así, de alguna manera, la importancia que su ciudad natal tuvo en el poeta, y restando algo de protagonismo, si se quiere, a Madrid, que siempre tiende a eclipsar a la primera. Pero no
sólo estamos ante un velado homenaje a la ciudad de Orihuela,
sino también ante un completo documento, que aporta información
hasta entonces desconocida, así como gran abundancia de textos,
poemas, cartas y fotos, que ayudan a tener una visión mucho más
global de la figura del poeta. Pero un libro que es novedoso, sobre
todo, desde su misma concepción. Pues Couffon investiga, principalmente,
en aquel lugar en el que mejor se podía conocer a Hernández:
su ciudad natal. Y nos ofrece una reconstrucción de su vida hecha
por sus mismos familiares, ciudadanos y amigos; con el perfume de la
huerta oriolana, que, incluso, parece que quedó impregnado, de
algún mágico modo, en las páginas del libro, igual
que también lo está en tantas y tantas poesías
de Miguel Hernández.
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