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EL RAYO QUE NO CESA
 
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Miguel Hernández, Antología
Edición de Jesús García Sánchez

Un triángulo literario:
José María de Cossio, Miguel Hernández, Pablo Neruda

La escritura cotidiana:
Cartas de Vicente Aleixandre a José Antonio Muñoz Rojas (1937-1984)


COLECCIÓN VISOR DE POESIA

Publicada dentro de la “Colección Visor de Poesía”, nos llega, en este año literario 2005 en el que se dan cita tanto señalados centenarios como alguno que otro de los ya acostumbrados homenajes, una nueva antología poética de Miguel Hernández que, como otras que ya han visto la luz, plantea una serie de inevitables dudas. Pues en una antología, a diferencia de cualquier otro estudio crítico, se parte con esa teórica desventaja que otorga el operar en un campo de acción mucho más restringido, factor este que también incide directamente en sus posibles logros. Así, no podemos pretender, a la hora de enfrentarnos a ella, obtener unas novedades del calado o la trascendencia de cualquier estudio o investigación, pues la función principal de cualquier antología poética es, ante todo, divulgar la figura o tema escogido. Y en esta antología en cuestión, la manera de afrontar la figura de Miguel Hernández, de acuerdo con las poesías escogidas, así como su estudio introductorio o el público al que va orientada son aspectos sobre los que tendremos que incidir debidamente.

El prólogo que preludia nuestro acercamiento a esta nueva Antología poética de Miguel Hernández ha sido preparado por Jesús García Sánchez, quien es también el encargado de seleccionar las poesías incluidas. Se trata de una introducción a la poesía del oriolano ciertamente breve, apenas once páginas en las que intenta realizar un sucinto acercamiento a la figura de Miguel Hernández tomando como base su trayectoria vital. Pero, a pesar de su brevedad, el prólogo es claro y conciso en sus exposiciones, haciendo mención a los aspectos más significativos que en vida del oriolano tuvieron lugar. Una introducción que, si bien es cierto, no llega a aportar luz sobre ningún aspecto oscuro o difuso del mundo hernandiano, tampoco es esa su premisa principal, presenta unas intenciones claramente divulgativas, orientando sus miras hacia un público joven o no demasiado versado en la vida y obra de Miguel Hernández.

Si este, y no otro, es el fin que pretendía García Sánchez, los medios que utilice para ello estarán pues justificados. Es por esto que no pondremos objeción alguna a ellos, aunque nos suponga lidiar con los tópicos más al uso que sobre Miguel Hernández se han esgrimido: el de poeta pastor y autodidacta, el del mito del poeta que abandona la poesía pura o gongorina para abrazar la impura, el comprometido o el que, una vez encarcelado, se liberará de vestigios y ropajes diversos para escribir versos tan desnudos y sinceros como los del Cancionero y romancero de ausencias. En definitiva, un repaso a todas esas etapas poéticas que Miguel vivió y quemó, como sabemos, a velocidad de vértigo, y que servirán para que el lector se haga una idea de cual fue esa trayectoria vital, coincidente con los conjuntos o bloques en que los distintos poemas se agrupan.

En este breve recorrido por la vida y obra de Miguel, pondrá de relevancia García Sánchez la importancia y la influencia que sobre él tuviera la figura de su amigo Ramón Sijé, quien lo apartó de su autodidactismo inicial, encauzando sus lecturas hasta abrazar el neocatolicismo del que el propio Sijé hacía gala con orgullo en su revista El Gallo Crisis, en la que Miguel colaboraría. Esta influencia de Sijé tendrá su importancia en Perito en lunas, primera obra poética, y quedará sublimada en el intento de escribir tanto el Silbo vulnerado como su auto sacramental, Quién te ha visto y quién te ve. Pero el viaje a Madrid, tan importante, del año 34, y las amistades que allí forjará Miguel, entre ellas la del chileno Pablo Neruda o la de Vicente Aleixandre, harán que las tornas se inviertan, entregándose Miguel a los brazos de esa poesía impura, pero también amorosa que conformará El rayo que no cesa. Y ese giro en la poética de Hernández, así como las circunstancias personales que también lo motivaron, son otros dos momentos fundamentales para García Sánchez. Intercala el autor, en su repaso a la vida y obra de Miguel, multitud de citas del propio Hernández, que suponen un claro intento de cara a conseguir aportar solidez a sus propias palabras.

Su posterior viaje hacia la poesía comprometida y politizada, así como lo acontecido en la cruenta guerra civil y el posterior calvario de cárceles ocuparán el resto de las páginas del prólogo. Una escueta biografía que nació con Miguel Hernández y que, consecuentemente, llegará a su fin con su muerte. Y siendo Miguel uno de esos poetas en los que circunstancias vitales y motivos literarios convergen con una increíble facilidad y claridad, notamos quizás la ausencia de una mayor atención a ese entramado simbólico de Miguel, pues parece que al centrarse más en la faceta biográfica queda algo coja esa visión general que de él se intenta dar.

Pero nada podemos achacar, a pesar de la ya mencionada sencillez, a la introducción de García Sánchez, que no la hace acreedora de aspecto alguno que pueda llegar a ser susceptible de ser criticado; pues la exposición de los hechos está tratada desde el rigor y el conocimiento del mundo hernandiano. Con esa intención divulgativa desde la que parte, y con las limitaciones críticas que ello conlleva, resulta difícil aportar nada nuevo o significativo, pues su propio valor está en el hecho de seguir manteniendo la vigencia de la figura y la obra del poeta todavía hoy. De manera que la brevedad o la poca profundidad del estudio no debe restar ni un ápice de coherencia o veracidad a unos planteamientos que, expuestos con diáfana claridad y correcta capacidad sintética, intentan presentar al lector poco iniciado las claves desde las que comenzar a adentrarse en la poesía de Miguel Hernández. La perspectiva empleada exige, pues, un enfoque como el adoptado.

La antología en sí recoge un total de 78 poemas que, agrupados en bloques temáticos según las obras más significativas de la producción hernandiana, recogerán desde la primera obra de Miguel, Perito en lunas, hasta el Cancionero y romancero de ausencias, pasando por El rayo que no cesa, Viento del pueblo o El hombre acecha así como algunos poemas sueltos de 1933 a 1934 y de 1935 a 1936. No podemos obviar la dificultad que conlleva editar una nueva antología de Miguel Hernández en pleno siglo XXI, intentando aportar poemas algo distintos a los que normalmente suelen tener cabida, máxime cuando la antología es de carácter general como ésta; posiblemente, si se centrase en un aspecto más específico de la poesía de Hernández, sí que se podrían llegar a incluir otras poesías no tan al uso (recuerdo ahora, por ejemplo, aquella antología de Leopoldo de Luis que, incluida en la colección “Clásicos del siglo XX” que el diario El País editara en el año 2003, y titulada “Poemas de amor y de guerra”, sí que da entrada a poemas que no eran tan habituales, mostrando otro criterio seleccionador).

Pero a pesar de esto sí que percibimos, por parte del editor, un especial interés por destacar, por ejemplo, esa primera época de Hernández, que siempre queda en clara minoría, en cuanto al número de poemas aportados, con el resto de obras en otras antologías. Así, los poemas sueltos que comprenden la época de 1933 a 1934 suman un total de dieciocho, dos más que los que se recogen del Cancionero y romancero de ausencias; y una obra como Perito en lunas, tan poco accesible y por tanto fácilmente obviable, aporta aún así un total de nueve. Si a esto le sumamos que poemas como “Alabanza del árbol” o “Pasionaria”, no muy comunes normalmente, sí tienen cabida en ésta, nos encontramos con una selección de poemas realmente más compensada y coherente que otras.

Por tanto, al margen de que esta nueva antología no se estructure en torno a una rigurosa edición crítica o a una introducción con aportaciones más o menos novedosas, siempre resulta tremendamente positivo que llegue a ver la luz, pues demuestra que la poesía de Miguel Hernández sigue teniendo una vigencia suficiente como para que una editorial como Visor tenga a bien sacar una nueva antología suya, máxime cuando en 1977, y con una introducción y selección de poemas que estaba a cargo de Jesús Munárriz, ya sacara una en su misma colección, aunque no tan extensa como la que aquí presentamos al lector.

Y concluiremos afirmando que ese mundo editorial, tan ingrato e injusto en demasiadas ocasiones, tiene muy en cuenta a nuestro poeta, volviendo a poner sus versos al alcance de los que todavía no son sus lectores. Y es que esta, y no otra, es la auténtica meta de la poesía; llegar directa y sinceramente al lector, y es ahí, en ese “tête a tête” con él, en el fragor de la lectura, en el cónclave entre cada poesía y el corazón de cada lector, donde la poesía de Miguel no tiene parangón y logra sus mayores méritos. Esta es la razón por la que se siguen y se seguirán editando antologías, de todo tipo, sobre la poesía de uno de los más universales poetas, bien tratado por el mundo editorial, valorado y reconocido por la crítica y, sobre todo, querido casi fraternalmente por aquellos que leen sus versos. Como una vez leí en un precioso epílogo, la poesía no necesita de jueces o fiscales, si acaso de testigos; pues la poesía se defiende sola, y la de Miguel a buen seguro que lo hace.

Óscar Moreno

 

UN TRIÁNGULO LITERARIO:

JOSÉ MARÍA DE COSSIO, MIGUEL HERNÁNDEZ, PABLO NERUDA

El Madrid de la década de los 20 y de los 30 debió de ser un lugar realmente curioso. Un hálito especial e inigualable rodearía aquella ciudad para que, en dichos años, tan fructíferos para las artes y letras españolas, también lo fueran para las relaciones humanas que, entre la multitud de artistas y escritores que la poblaban, se desarrollaron; Lorca, Buñuel y Dalí, la prolífica relación entre los miembros de la generación del 27, los devaneos vanguardistas de Huidobro y Larrea en París, sin ir más lejos, son algunos de los muchos y variados ejemplos que podríamos encontrar con tan sólo indagar mínimamente en cualquier libro de la época.

Pues bien, de entre todo ese intrincado marasmo de relaciones, que llegaban a superponerse y solaparse las unas con las otras en más de una ocasión, nos propone el autor de este ensayo, Gunther Castanedo Pfeiffer, una que, a buen seguro, llega a ser de las más insólitas que se hayan llegado a plantear últimamente en el campo de estas seudo-biografías que tienen las relaciones entre autores de la época como “leit motif” más evidente. Editada en la recién inaugurada colección “Ensayo literario”, perteneciente a la editorial santanderina Voces del Cotero, pretende presentarnos el triángulo que llegó a establecerse, con Madrid y la guerra civil como telón de fondo, entre tres escritores tan dispares en apariencia como el chileno Pablo Neruda, el santanderino José María de Cossío y el oriolano Miguel Hernández.

Comienza con un primer capítulo, “Los personajes. Un poco de historia”, en el que expone cual es la razón que le ha impulsado a intentar establecer los nexos de unión entre estos tres hombres de letras. Realizará en él una breve semblanza biográfica de cada uno de los personajes, por separado, para poder obviar en adelante esta información y poder hacer referencia, únicamente, a aquellos datos que conciernen a las relaciones que entre ellos se establecieron; afirma que, gracias a este paso previo, evitará que el solapamiento de información llegue a entorpecer el normal discurrir del ensayo.

El primer lado de este triángulo, de estas relaciones de amistad, es el formado por el poeta chileno Pablo Neruda y el oriolano Miguel Hernández. Un texto en prosa del propio Neruda, de su libro Viajes, en el que hace referencia a Hernández (“poeta de abundancia increíble (...) era el corazón heredero de estos dos ríos de hierro: la tradición y la revolución”) será el encargado de inaugurar este segundo capítulo. Sin más dilación, pasará a centrarse en el momento, julio de 1934, en el que ambos poetas se conocen, tratando de establecer el porqué de esa incipiente amistad, o la causa que llevó a dos personalidades tan antagónicas a converger en una misma amistad. No sabe a ciencia cierta si se conocen de la mano de Bergamín o por mediación de Concha de Albornoz, pero lo cierto es que el encuentro entre, el por aquel entonces, cónsul de Chile y el poeta de provincias se produce, y que la influencia que el primero ejercerá sobre la mutación poética que el segunda estaba llevando a cabo será de una capital importancia.

Nos va mostrando el autor, página a página, algunas de las muchas postales que conforman los trazos más sobresalientes de aquella amistad, que germinó en aquellos años prebélicos, en un Madrid tan especial: la Casa de las Flores del chileno, correspondencia mutua, confidencias que trascendían lo meramente literario y llegaban a lo humano, el Caballo Verde para la Poesía, lugares de veraneo o relaciones comunes con los escritores Raúl González-Tuñón o Ricardo Molinari serán alguna de ellas.

Pero la guerra la que se encargará de separarlos, y únicamente tendrán la oportunidad de reencontrarse durante el transcurso del II Congreso de Escritores Antifascistas, que tuvo lugar en Valencia en el año 37, y del que regresarán juntos a Madrid tras la finalización del mismo. Después vendría el exilio del chileno a París, así como el posterior prendimiento del oriolano, que imposibilitaría un nuevo encuentro entre ambos.

Se le ha podido llegar a achacar al chileno cierta despreocupación o falta de implicación a la hora de socorrer a su amigo, opinión esta no compartida por el autor, para quien Neruda sí que hizo todo lo que estuvo en su mano en aras de ayudarlo. Aún así, Miguel sí recurrió al chileno a la hora de pedir ayuda, tanto antes de ser encarcelado como una vez que ya se encontraba preso, pues hay constancia escrita de ello. Y es en este punto, en el de la correspondencia entre ambos, en el que encontramos la aportación más significativa de este estudio, pues adjunta una carta, fechada en 1938, hasta el momento inédita, pero cuya autenticidad ha sido ya verificada, en la que Miguel expresa al chileno su deseo de exiliarse a Chile, junto a su mujer Josefina, su hijo, Vicente Aleixandre y Antonio Aparicio. En la última carta que le escribe le pide, una vez ya se encuentra preso, en 1939, que lo ayude y haga todo lo posible por él, llegando a rogarle mediante un lacónico pero expresivo “te necesito como nunca”.

A pesar de todo, Neruda nada podrá hacer más que llorar su muerte y recordarle, años después, en poemas de su Canto General (“A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”), en las Uvas del viento (“El pastor perdido”) o en su Memorial de Isla Negra. Una amistad que Castanedo califica de intensa, que provocó una influencia mutua aunque no equilibrada, pero que la guerra truncó de raíz.

En cuanto a la relación entre Hernández y José María de Cossío, apunta que coinciden por primera vez en la tertulia de la revista Cruz y Raya, que se celebraba regularmente en la calle General Mitre, de Madrid, y a la que Miguel acudía por amistad con su director, José Bergamín. La importancia de Cossío en el periplo madrileño del oriolano fue importante en tanto en cuanto fue la persona que le consiguió el empleo que le permitiría quedarse definitivamente en la capital, con un trabajo satisfactorio en términos generales, y un sueldo lo suficientemente digno para poder llegar a subsistir allí. Dicho empleo consistía en formar parte de la redacción de la enciclopedia taurina Los Toros que, aunque dirigida por José Ortega y Gasset, tenía a José María de Cossío como coordinador literario. Será en un despacho de la Editorial Espasa Calpe donde Miguel desempeñe su labor de recopilador, siempre siguiendo las pautas que Cossío le marcaba.

Una vez comenzada la guerra, la relación entre ambos se verá reducida a una escueta correspondencia durante los primeros años de la contienda; recurrirá Miguel a Cossío por cuestiones laborales, solicitando un anticipo de sueldo o pidiéndole un empleo para un hermano de Josefina, pues los problemas económicos de la familia de su prometida comenzaban a ser ya acuciantes. La relación volverá a reanudarse, tristemente, con Miguel preso en Huelva. Gracias a la mediación de Cossío, Miguel quedará libre, aunque desoirá los consejos de su amigo acerca de la conveniencia de exiliarse urgentemente, y volverá a caer preso, esta vez bajo sentencia de muerte. Ante este nuevo giro en el devenir de los acontecimientos ya nada Cossío podrá hacer.
Bien es cierto que lo intentó, pues se cree que, junto a otros autores de la época llegó a ofrecer a Miguel la libertad a cambio de que se retractase por escrito de su posicionamiento político anterior; pero Miguel se habría negado a volver a abrazar el régimen, y se cree que esta pudo ser la causa que provocó el distanciamiento que entre ambos tuvo lugar, aunque sea este un punto algo oscuro de la relación entre ambos. Pero lo cierto es que el cántabro siempre tuvo a Miguel en muy buena estima, y lo ayudó en todo cuanto pudo desde que lo conoció, aunque las circunstancias internas de España fueran complicadas, y las de Miguel en particular más.

En 1949, no sabemos si como homenaje póstumo, Cossío editaría en Espasa Calpe los sonetos del Silbo vulnerado de Miguel. Considera Castanedo injusto llegar a desmerecer, a pesar de ese distanciamiento, una amistad como la que entre ambos se forjó, pues dio Cossío pruebas más que sobradas de que hizo por Miguel todo lo que pudo.

Y entramos en la que es, posiblemente, la parte que haga cojear más este ensayo, ya que al pretendido triángulo literario que afirma el autor existió entre los tres poetas le falta claramente un lado, el de la relación entre Neruda y José María de Cossío. Pues a pesar de que cada uno, por su lado y desde situaciones bien distintas, intentaran ayudar a Miguel, la relación entre ambos fue prácticamente nula, y se reduce a la coincidencia de firmas en el acto de denuncia que los intelectuales españoles firmaron como protesta a la detención injustificada de Miguel por parte de la guardia civil en 1936. La única aportación que hace a este conato de relación es la supuesta enemistad que entre ambos existía, que provocó que ambos se reprocharan la manera que el otro había tenido de ayudar a Miguel. Aún así, y a pesar de esas diferencias ideológicas que claramente los separaban y colocaban en posturas claramente irreconciliables, cabe destacar que la actitud que ambos manifestaron hacia Miguel fue siempre proclive a ayudarlo; pues a pesar de que las circunstancias históricas del momento no eran las más adecuadas para que ninguno pudiera actuar con libertad de movimientos hicieron, aún así, todo lo posible por sacarlo de la cárcel, y dieron muestras sobradas de esa amistad que ambos, cada uno a su manera y según su propia idiosincrasia, profesaron sinceramente.

La obra concluye con dos apéndices; uno en el que da cuenta de la bibliografía consultada, y otro, el segundo de ellos, en el que se incluyen cuatro cartas que Miguel escribiera a Pablo Neruda, datadas en 1934, 1935, 1938 y 1939, respectivamente. En resumen, un libro de muy buenas y nobles intenciones, que saca a relucir ese afán investigador que posee sin duda su autor. Además, viene a constatar que el no haber emprendido estudios en filología no debe ser óbice ni cortapisa para no sentir ese interés por indagar, por bucear si se quiere, en el entramado literario que rodea a cada libro, a cada autor, o a cada generación literaria. El amor por la literatura debe sustentarse en sentimientos, no en titulaciones universitarias, y este libro de Gunther Castanedo es prueba fehaciente de ello.


Óscar Moreno

LA ESCRITURA COTIDIANA:

CARTAS DE VICENTE ALEIXANDRE A JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS (1937-1984)

El copioso epistolario de Vicente Aleixandre reúne una faceta del Nobel que, aunque quizás no sea una de las que más reconocimiento poseen (no olvidemos que sus mayores logros han venido en el terreno de la poesía), no está exenta en ningún caso de una gran importancia dentro de su producción literaria. El día que Pere Gimferrer pronunciara su discurso de entrada en la RAE, para ocupar el sillón que Aleixandre dejaba vacante, no pudo evitar hacer mención a la faceta epistolar que tuviera su predecesor en la Academia; hizo mención a dicha faceta llegándolo a comparar con otros dos grandes representantes de tan desconocido género, posiblemente, dos de los más grandes que hayan dado las letras hispánicas: Leandro Fernández de Moratín y Juan Valera. Y no fue esta una referencia baladí en ningún caso, pues mencionar explícitamente esta faceta de Aleixandre, ciertamente desconocida para el gran público, fue todo un acierto por parte del “novísimo” catalán. Otra muestra del reconocimiento que esta faceta de la producción de Aleixandre tiene, al menos por parte de la crítica especializada, lo encontramos en la autora de la edición crítica de esta Correspondencia, la catedrática de Literatura Española Irma Emiliozzi, quien llegara a calificarlo de “prolífico corresponsal”, mostrando nuevamente hasta qué punto tenía asumida el Nobel la tarea de escribir correspondencia como algo cotidiano en su vida, tanto en la literaria como en la privada.

Y es que las cartas que el Nobel escribiera a lo largo de toda su vida se cuentan por miles, pues esa vocación epistolar lo acompañaría siempre; cartas a familiares y amigos, a poetas consagrados o noveles, bien de España, bien del extranjero, para comunicarse y expresarse. La escritura cotidiana entendida como algo íntimo, rutinario y bello, cotidiano y hermoso; el tópico latino del “nulla die sine linea” como motivo literario. Así, bucear en la correspondencia de Vicente Aleixandre es adentrarse en su vida y en su obra, en el sentido más pleno, consciente y completo que podamos otorgarle. Pues cada día recibía y enviaba cartas, incluso cuando su caligrafía, por razones del inevitable paso del tiempo, llegó a tornarse temblorosa y huidiza a estos menesteres, y su vista se cansó de tanto observar el mundo, viéndose obligado a delegar aquellas tan queridas funciones para él en personas que copiaban lo que él quería transmitir. Debió de ser un magnífico privilegio poder sentirse escriba en Velintonia, ¿no lo creen?

Un considerable corpus epistolar que, en esencia, nos da una clara muestra de aquellas relaciones vitales de Aleixandre, pero también nos acerca a su faceta más humana y terrenal. Ya estudiada por Emiliozzi con anterioridad en el grueso que compone esa Correspondencia a la Generación del 27 (1928-1984) de Vicente Aleixandre, la reciente aparición de la correspondencia que mantuvo con el poeta antequerano José Antonio Muñoz Rojas viene a aglutinar un poco más la dispersa, por su enorme cantidad, correspondencia del Nobel.

Pero la importancia y trascendencia de estas Cartas de Vicente Aleixandre a José Antonio Muñoz Rojas, tanto en la propia obra particular de Aleixandre como en la literatura española en general, no debería verse lastrada, en ningún caso, por el mero hecho de que estemos ante un epistolario incompleto o unidireccional. Y es incompleto porque, en primer lugar, faltan todas las cartas que Aleixandre y Muñoz Rojas se escribieran desde 1929 y 1937, año de la primera carta conservada. Hay constancia escrita de que aquella correspondencia existió y fue perdida, pues en su “Carta a Vicente Aleixandre. Sobre amistad y poesía” José Antonio Muñoz Rojas recuerda así esas cartas “(...) posteriores al 36 porque a las anteriores se las llevó aquel maldito viento”.

Pero es que también faltan todas las cartas que Muñoz Rojas escribiera al Nobel, pues la edición que manejamos parte de los dos sobres llenos de cartas que Muñoz Rojas guardara, pero no de las respuestas de éste a las cartas de Aleixandre, que no tenía costumbre alguna de guardar las cartas que recibía. Estamos por tanto ante una conversación en un solo sentido, sin respuesta, que, aún así y siendo incompleta como es, se erige en una de las más bellas, si no la que más, de entre las obras no literarias de Vicente Aleixandre, y recoge, según Emiliozzi, algunas de sus mejores y más bellas cartas.

Y después de lo antedicho, siendo necesario hablar tanto de esa faceta de Aleixandre como “escribidor” de cartas y de ese por qué estudiar esta correspondencia, no nos queda sino comenzar a hablar de lo realmente importante: la relación de amistad entre Vicente Aleixandre y José Antonio Muñoz Rojas. Dicha amistad comenzó pronto, en una cervecería madrileña en 1929 y se prolongó durante más de 55 años, soportando la distancia, la guerra y las enfermedades del Nobel, que obligaron a que la relación quedara circunscrita a estas cartas. Aún así, las cartas son fiel testimonio de lo intensa, continua y fiel que llegó a ser; una relación, en palabras de Emiliozzi, “perseverante y privilegiada”.

En carta fechada el 12 de septiembre de 1939, Aleixandre evoca así aquel momento:

“ (...) Te recuerdo allá en mi hoy derruida casa, y veo tantas memorias, afinidades, años, historia de una amistad nacida en tu adolescencia, en una cervecería de la calle Zorrilla, y continuada, amasada pudiera decir, a través de los años, con una claridad tan serena y hermosa, buena compensación de otras amarguras de la vida”.

Cartas que nos sirven también para obtener, de primera mano, los detalles más significativos de la peripecia vital que para el poeta supusieron aquellos 55 años, pues muchos de los datos que se nos aportan ya son conocidos, pero otros, como es el caso sin ir más lejos de lo vivido por él y su familia entre el 36 y el 39, hasta su definitivo retorno a Velintonia ya en 1940, con acusados problemas de salud, no eran de tan fácil acceso. Pero también conoceremos, de primera mano, otros como la perspectiva ideológica desde la que contempla Aleixandre la guerra, ese episodio de la cárcel que cuenta Emiliozzi, sus colaboraciones literarias o las amistades con la causa republicana o el exilio que no se produjo. Sus circunstancias más íntimas y también las más difíciles, contadas a su íntimo amigo, y que nosotros podemos tener ahora el privilegio de leer y conocer.

Pues el documento en que se erigen estas cartas aquí reunidas no deja de ser conmovedor y emotivo, para los amantes del autor de La destrucción o el amor, pero también para aquellos que aman la poesía en castellano. Pues nos permiten compartir unas horas con un Aleixandre que se nos muestra cercano y humano, tangible, desnudándose ante su cómplice amigo, pero también ahora ante nosotros, por esa tremenda virtud que la correspondencia privada posee, y de la que anteriormente hablábamos. Y contemplamos cómo, a pesar de despojarse de cualquier conciencia literaria, la poesía es inherente a él, y ni incluso su faceta más íntima puede dejar a un lado esa grandeza poética que subyace en cada palabra, en cada punto o en cada coma. Un estilo puro y sincero, no exento ni en sus momentos más íntimos de una inmensa calidad literaria.

Escritas en un periodo de tiempo comprendido entre 1937 y 1984, Muñoz Rojas las guardaba en dos sobres en los que literalmente podemos leer:

- “Correspondencia con Vicente Aleixandre. 1937-1989”.
- “Cartas agosteñas de Vicente Aleixandre. 1954-1960-1984”. Adjuntándose también al final tres postales y otra breve carta.

El primer sobre contiene 79 cartas, escritas desde Madrid y desde las distintas direcciones (Reina Victoria 31, Españoleto 16 y Velintonia 3) que el Nobel tuvo que habitar, debido a las vicisitudes que la contienda bélica conllevaba. Los cuatro años de ausencia de Velintonia, el episodio de la cárcel, sus continuos problemas de salud, el posicionamiento político de Aleixandre, la situación y posterior muerte de Miguel Hernández o la importancia que para él tenía el núcleo familiar que le rodeaba, y en el que también tenían cabida sus amistades más allegadas, serán los temas más recurrentes de esta primera serie de escritos.

El segundo sobre lo integran las llamadas “cartas agosteñas”, escritas desde Miraflores de la Sierra, donde pasaba los veranos. Cada año, incesante y puntualmente, escribía estas cartas que eran esperadas por Muñoz Rojas en su Casería del Conde de Antequera; entre 1954 y 1984, y a excepción de la de 1957, cada carta fue escrita y enviada con cariñosa constancia, cada verano, como podemos constatar en el siguiente fragmento, perteneciente a una carta fechada el 23 de agosto de 1965 en Miraflores:

“Querido José Antonio: Aquí me tienes, en mi visita anual a tu casa antequerana, y antes me faltará el alimento que faltar yo a ella (...)”

Los temas de estas “agosteñas” están, en líneas generales, tratados en las cartas que se incluyen en el primer sobre de la correspondencia, pero como bien apunta Emiliozzi, esa reiteración en los temas lleva implícito el hecho de que van cobrando, a su vez, un cariz más personal, íntimo y casi confesional en ocasiones. Así, estas cartas se caracterizarán más por su carga de reflexiones, dilucidaciones y planteamientos de orden metafísico que por las novedades que pudieran aportar al interlocutor.

Insertas en un espacio temporal concreto, agosto y Miraflores, con la hermana de Vicente, Conchita, la amiga alemana de éste, Seifert, y también esas fieles amistades del Nobel, tales como Dámaso Alonso, José Luis Cano, Carlos Bousoño o Leopoldo de Luis, estas “agosteñas” llegaban cada verano, incesantemente, como las hojas del venidero otoño iban a caer. Intimidad y hondo lirismo abundan en estas cartas, pero también lamento por no poder viajar a Antequera de visita, su imposible encuentro en Madrid entre ambos o la progresiva pérdida de visión que Aleixandre sufrió; prueba fehaciente del hombre que, sobreponiéndose a sus limitaciones, se acerca al final de su vida aferrándose a la familia, la casa o el paisaje.

Pero si de entre tal cantidad de temas hay uno que se repita insistentemente por encima del resto, éste es el de la situación que estaba sufriendo el que fuera uno de los amigos más allegados de Aleixandre: Miguel Hernández. La amistad fraguada en Velintonia, en tiempos de poesía y fraternidad, pero también de guerra y sufrimiento venidero, dejaría una huella indeleble en los corazones de ambos poetas. La precaria situación del oriolano fue una carga que Aleixandre llevó no sin dificultades, y una vez muerto este, sus pocas fuerzas, menguadas por sus problemas de salud, las dedicó a conseguir una pequeña pero indispensable pensión para la viuda y el hijo del poeta oriolano.

En una primera carta, fechada el 3 de febrero de 1942 en Madrid, hace copartícipe a Muñoz Rojas del terrible calvario que está viviendo Miguel Hernández, pero también su familia, y le pide esa necesaria ayuda económica que el poeta preso tanto necesita:

Hace unos días llegó tu carta y te iba a escribir uno de éstos, cuando lo adelanto por las tristes noticias que recibo de Miguel. Hace dos meses (...) cayó enfermo con un tifus intestinal. Allá lo pasó el pobre como pudo, y salvada la vida y fuera esa enfermedad, aparece el triste cuadro de una tuberculosis pulmonar aguda, que pronto se lo llevará si Dios no lo remedia. He recibido dos cartas de Josefina, patéticas en su laconismo (...) Le han recomendado sobrealimentación, y no pueden dársela. Yo hace ocho días que le he mandado 125 pesetas (como hago casi todos los meses). Y hoy recibo otra carta pidiendo si algún amigo a quien se lo diga podría enviar dinero (...) Me he acordado de ti otra vez, José Antonio, por si tu pudieras y quisieras hacerle ahora un giro a Josefina Manresa – y tras adjuntar la dirección de la esposa añade- Si puedes mándale las 125 pesetas que acostumbras y yo te lo agradeceré (...) Lo primero sería sacarle de donde está y llevarle y fortalecerle (..) Poco humor tengo, José Antonio, de contarte nada, al lado de esta tribulación.

Muñoz Rojas enviará puntualmente el dinero, insistiendo en si puede hacer algo más en tan difícil situación, a lo que Aleixandre contesta, en carta fechada en Madrid el 26 de febrero de 1942:

“(...) tu ofrecimiento de intentar algo también, es como decirte lo bueno que es y si puedes intentar algo hazlo, que será una buena caridad”- concluyendo- “Estoy muy contento de verte acudir así como yo esperaba de ti. José Antonio, un fuerte abrazo”.

Vemos, pues, como una vez llegado el momento en que Aleixandre necesita recurrir a sus amigos más cercanos para socorrer a otro gran amigo, no duda en dirigirse sin vacilación alguna a José Antonio Muñoz Rojas. La amistad, bien tremendamente valioso para el Nobel, tema constante en sus cartas y poesías, y que requiere a buen seguro un estudio mucho más profundo y no unas escuetas líneas, fue algo fundamental para Vicente Aleixandre a lo largo de toda su vida; pues si hubo una fuerza que movió, por encima de cualquier dolencia física o anímica, a Vicente Aleixandre, esa fuerza fue la amistad. Sus actos por y para el bien de Miguel Hernández son prueba fehaciente de ello, aunque su amistad llegara a su punto y final con la esperada aparición de la ingrata muerte. En carta del 2 de abril de 1942, apenas cuatro días después del fallecimiento del oriolano, hace copartícipe a Muñoz Rojas del tremendo dolor que siente por la muerte de su querido amigo, evocando aquellos difíciles momentos, tanto para Aleixandre como para España, en los que emergió y se consolidó aquella relación.

No sé si sabrás la triste noticia: hace cuatro días murió Miguel (...) El mismo día de su fin recibí un telegrama de Josefina que decía así: “Miguel muerto” (...) No te hago comentarios sobre el dolor de una pérdida así. Para mí fue un amigo ejemplar, para el que guardo una gratitud y un recuerdo penetrante que quisiera conservar lo que me quede de vida. Generoso, noble, con un corazón leal como el que más (...) sentí en él la honradez hermosa de un afecto entrañable. Fue amigo mío de verdad en todo momento. Una de las pocas alegrías de los años de guerra era verle llegar cada cinco o seis meses a Madrid y pasarse allí unos días; yo estaba en cama (pasé dos años) y su compañía esos ocho o diez días que pasaba a mi lado aliviaban enormemente mi soledad de enfermo. Su poderosa vitalidad me contagiaba y me hacía sentirme alegre. ¡Qué bueno, bueno, bueno de verdad era! ¡Y qué dolor la pérdida de un extraordinario poeta, cuajado cada vez más en una voz robusta, honda y personalísima, llamada a dar tanta hermosura a nuestra lengua! Es un verdadero tesoro que se pierde – y se despide- Adiós José Antonio. Que nuestro amigo Miguel descanse de tanto sufrimiento.

Se le ha podido llegar a achacar, injustamente por cierto, a Aleixandre cierta tibieza política o acomodamiento ideológico, pero queda claro que, en lo concerniente a Miguel Hernández y a su amistad con él, estos falsos tópicos se desmoronan sin paliativo alguno, pues demostró sobradamente hasta qué punto llevaba esa amistad dentro de su corazón; mucho más que otros autores como Neruda o Alberti, que hicieron gala de ella en repetidas ocasiones, pero que mucho menos hicieron por ayudar a Miguel cuando éste más lo necesitaba.

En resumen, un excepcional documento, que nos permitirá además de conocer datos que hasta ahora se encontraban bajo cierto velo de desconocimiento, ser testigos de excepción de esa fraternal y sólida relación de amistad que mantuvieron Vicente Aleixandre y Muñoz Rojas. Observando, escondidos, por cualquier diminuto agujero en la pared de Velintonia o de Miraflores de la Sierra, nos encontraremos con esas facetas quizás poco conocidas de la personalidad del Nobel, pero también con la misma escritura sincera, fina y preciosa que supo imprimir a sus versos. Pues la poesía, la bella poesía, era algo inherente a la personalidad de aquel poeta yaciente, como se refirió a él el también poeta Prieto de Paula, que hizo gala de su amistad mientras su delicado estado de salud se lo fue permitiendo.

Paradójicamente, la única carta de Muñoz Rojas que conservamos es aquella que, póstumamente, escribiera al Nobel, un año después de su fallecimiento. Y en esa “Última carta a Vicente Aleixandre desde un Agosto imposible en la Casería” recoge el poeta antequerano parte de la esencia de aquellas cartas, de aquellos veranos, de aquellos sentimientos cambiantes pero siempre constantes, de aquella amistad con mayúsculas:

“Entramos en la amistad aquella tarde para no salir de ella. Y aquí me tienes al cabo de esos casi cincuenta años, lleno de melancolía porque he estado releyendo cartas tuyas de entonces”.

Pues pocas cosas causan más emoción que el poder retomar, años después, las cartas que un ser querido nos escribiera, y llegar a comprobar cómo, a pesar de que el tiempo haya dejado su impronta en el papel, en forma de color amarillo, no lo ha hecho en cambio en aquellos sentimientos que, aunque algo adormecidos quizás, siguen ocupando lugar preferencial en nuestro interior.


Óscar Moreno

 

 

                       
 
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MANUEL ROBERTO LEONÍS RUIZ
Uno de los escritores más activos de Orihuela

 

La Doctora Irma Emiliozzi es catedrática de Literatura Española Moderna y Contemporánea de la Universidad Nacional de lomas de Zamora (Buenos Aires).Realizo su tesis doctoral sobre el epistolario de Vicente Aleixandre. Especialista en la Generación del 27 y de la poesía de posguerra, ha contribuido a su estudio con la publicación de numerosos artículos y ediciones críticas como la de Oda en la ceniza. Las monedas contra la losa de Carlos Bousoño, publicadas en la colección Clásica de la Editorial Castalia. También a publicado trabajos sobre otros poetas, como García Lorca. Habitual conferenciante en la Universidad Carlos III de Getafe (Madrid).


Entre sus varias aportaciones a la bibliografía de Vicente Aleixandre, destacan la coedición de “Nuevos poemas varios” y la reciente edición critica de “Nacimiento Ultimo”.y de “Historia del corazón”.


¿Qué destacaría de la obra y figura de Miguel Hernández?
La pregunta es muy amplia, pero entre tantas opciones a considerar, no es la menor destacar hasta qué punto la figura y la obra de Miguel Hernández están íntimamente vinculadas. Miguel Hernández no es uno de esos artistas que dejan una obra excelente creada al margen de su existencia, o mejor dicho, sin dar testimonio de ella: siempre, hasta me arriesgaría a decir que desde su primer libro, va dejando testimonio de su singular peripecia vital.


¿Cómo definiría la obra de Miguel Hernández? ¿Llegaría a encasillarla en alguna generación o no es posible encuadrarle en corriente alguna?

No, la obra de Miguel Hernández, tan enraizada en la tradición, es pasmosamente singular. Claro que podría comenzar por decir que, en mi opinión, la palabra “generación” no dice concretamente nada: es uno de los rótulos que necesitamos para ordenar de alguna manera el vasto panorama, en este caso, literario o poético, que nos rodea. A poco que nos acerquemos a cualquiera de las generaciones más canónicas, y pongo la del 27 por ejemplo, comprendemos hasta qué punto cada poeta es muy diferente del otro. En el caso de Miguel Hernández esto se agudiza debido a una intuición poética radical, a un genio creativo como pocos.


Como especialista de la poesía de posguerra. ¿Cree que Miguel Hernández influyó en ella? ¿En qué?
En mi opinión, los poetas muy singulares, como es el caso de Miguel Hernández, o también el de Federico García Lorca, o el Vicente Aleixandre surrealista, influyen, y mucho, pero al dejar su huella, la poesía que les continúa parece repetirlos: los textos ya no dialogan sino que uno “imita” a otro. Y desde este punto de vista, diría que poco influye Miguel Hernández. Otra cosa es pensar hasta qué punto la poesía de posguerra está contaminada de Miguel Hernández y no puede ser entendida sin su fuerte impronta, pero ésta es también la impronta de su vida, de esa simbiosis vida - poesía que en Miguel se cumple como en pocos. Es la huella de su autenticidad y entrega, como hombre y como artista, ejemplares.


¿Qué podría destacar de la relación entre Miguel Hernández y la generación del 27? ¿Y concretamente con Vicente Aleixandre?
Podría decir que fue muy intensa, pero la más intensa de todas, si no me equivoco, fue la que mantuvo justamente con Vicente Aleixandre, quien abrió de par en par la puerta de Velintonia, que es una manera de decir las puertas de Madrid, al joven de provincias. Podría sintetizar el fuerte lazo de amistad que los unía recordando casi una obviedad: que Vientos del pueblo está dedicado a Vicente Aleixandre, más allá de otras menciones.
A la recíproca, para el poeta del 27, Miguel fue uno de sus más entrañables amigos, y lo fue para siempre, antes y después de su lamentada muerte. Lo llegó a llamar “hermano”. Siempre lo recordó y lo lloró, en páginas privadas y públicas. Las públicas son muy importantes: Vicente Aleixandre dedicó tres semblanzas o "encuentros" – para usar su terminología- a Miguel Hernández: "Evocación de Miguel Hernández" y "Una visita" – que es la penosa visita a la tumba de Miguel en Alicante-, incluidos en su libro Los encuentros, de 1958, y "Miguel Hernández: nombre y voz", ya en Nuevos encuentros, aparecido junto a sus Obras completas en 1968. Y quiero remarcar que sólo a Miguel le dedicó tres de estas evocaciones. También escribió Aleixandre un importante poema, "En la muerte de Miguel Hernández", que se publicó en Cuadernos de las Horas Situadas, de Zaragoza, en febrero 1948, y que pasó a formar parte de Nacimiento último, de 1953, bajo el título "Elegía", por obvias razones de censura, aunque en las últimas ediciones ha recuperado su título original, como había expresamente pedido el poeta.


¿Conoce la labor de la Fundación Miguel Hernández?
La conozco sobre todo a través de la labor de uno de sus integrantes, mi colega Aitor Larrabide. Sé de la labor de homenaje, estudio y difusión con la que esta Fundación honra a su poeta. Y también desde Buenos Aires, aunque creo que aún infructuosamente, he intentado localizar, siempre por petición de Aitor Larrabide, alguna huella de documentación de Miguel Hernández que se encuentra en la capital argentina.


Su ultimo trabajo es el epistolario de Aleixandre con José Antonio Muñoz Rojas, con importantes cartas que recogen alusiones a Miguel Hernández. ¿Qué puede comentarnos al respecto?
Estas cartas ratifican lo que he dicho: la constancia en la amistad de Vicente Aleixandre por Miguel Hernández. Y ratifican con datos muy puntuales, que se suman a la bibliografía sobre la vida y la obra del poeta oriolano en la que ya había suficiente documentación al respecto, el rol que le cupo a Vicente Aleixandre y a un grupo de sus amigos, entre los que se encontraba José Antonio Muñoz Rojas, en la ayuda a Miguel Hernández y a su familia, antes y después de su trágica muerte. Esta correspondencia suma muchos datos al respecto. Ya en la carta del 28 de abril de 1940 aparece por primera vez la mención del pedido de ayuda económica para Josefina Manresa, que reiterará Aleixandre siempre con la meticulosidad - hasta obsesiva, podríamos decir- con la que solía y sabía oficiar de buen mediador. En esta ayuda, como ya lo ha revisado la crítica hernandiana, colaboraban, junto a Vicente Aleixandre, dos de sus más jóvenes amigo, el destinatario de estas cartas, José Antonio Muñoz Rojas, y Carlos Rodríguez Spiteri. La carta del 26 febrero de 1942 constata la ayuda del diplomático chileno Germán Vergara Donoso, otro de los consecuentes colaboradores en estas trágicas circunstancias. Otra carta, fechada casi diez años después, el 16 de enero de 1952, sigue ampliando la nómina del entorno que contribuyó, con su colaboración monetaria y hasta en las circunstancias más sórdidas, en el cuidado de la memoria de Miguel Hernández.
Y quiero destacar que algunas de las personas que colaboraban y ayudaban a Miguel antes de morir y luego velaron por su familia, estuvieron ubicadas en diferentes bandos durante la guerra y después de ella, lo que muestra hasta qué punto los hombres, los mismos hombres, pueden estar por encima de sus circunstancias, por encima de la locura de la guerra, si lo que los mueve es el amor o la caridad, que es lo mismo.
También fue Vicente Aleixandre, y por mucho tiempo, quien veló por la obra de su amigo, ya que Josefina Manresa lo consultaba y depositaba en él las decisiones finales en relación a la edición y difusión de su poesía, y también estas cartas documentan la labor de Aleixandre al respecto.


¿Cuáles son sus próximos proyectos editoriales?

Está por publicarse mi edición de otra correspondencia de Vicente Aleixandre, ahora las Cartas de Vicente Aleixandre a Jaime Siles (1969-1984), verdaderamente interesantes, y por partida doble, porque no sólo nos brinda ahora Aleixandre el perfil de su joven destinatario, el “benjamín” de los novísimos como llamaba a Jaime Siles, con datos y apreciaciones sobre sus primeros libros, sino que se documenta hasta qué punto toda la joven generación visitaba al maestro en Velintonia. Como en las mejores correspondencias de Aleixandre, están aquí la historia y la intrahistoria de los inicios de la generación a la que pertenece Jaime Siles.
También voy a publicar otra edición de correspondencia, interesantísima, que he trabajado en Buenos Aires: son las cartas que María Teresa León escribió a dos de sus más queridos amigos porteños, Perla y Enrique Rotzait, entre 1960 y 1971.
Exhumar estas cartas no sólo me ha abierto el horizonte del largo exilio de María Teresa León y Rafael Alberti en Argentina, sino que me ha puesto en contacto con la importantísima documentación que hay en Buenos Aires no sólo sobre los Alberti, sino también sobre otros poetas del 27, exiliados o no, pero que allí dejaron testimonio de su paso. Y a estos temas estoy ahora abocada, con la intención de escribir un ensayo general sobre el tema.


Cecilia Espinosa

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