EL
RAYO QUE NO CESA |
|||||||||||
| Hemos hablado con... | |||||||||||
|
|
|||||||||||
|
Publicada dentro de la “Colección Visor de Poesía”, nos llega, en este año literario 2005 en el que se dan cita tanto señalados centenarios como alguno que otro de los ya acostumbrados homenajes, una nueva antología poética de Miguel Hernández que, como otras que ya han visto la luz, plantea una serie de inevitables dudas. Pues en una antología, a diferencia de cualquier otro estudio crítico, se parte con esa teórica desventaja que otorga el operar en un campo de acción mucho más restringido, factor este que también incide directamente en sus posibles logros. Así, no podemos pretender, a la hora de enfrentarnos a ella, obtener unas novedades del calado o la trascendencia de cualquier estudio o investigación, pues la función principal de cualquier antología poética es, ante todo, divulgar la figura o tema escogido. Y en esta antología en cuestión, la manera de afrontar la figura de Miguel Hernández, de acuerdo con las poesías escogidas, así como su estudio introductorio o el público al que va orientada son aspectos sobre los que tendremos que incidir debidamente. El prólogo que preludia nuestro acercamiento a esta nueva Antología poética de Miguel Hernández ha sido preparado por Jesús García Sánchez, quien es también el encargado de seleccionar las poesías incluidas. Se trata de una introducción a la poesía del oriolano ciertamente breve, apenas once páginas en las que intenta realizar un sucinto acercamiento a la figura de Miguel Hernández tomando como base su trayectoria vital. Pero, a pesar de su brevedad, el prólogo es claro y conciso en sus exposiciones, haciendo mención a los aspectos más significativos que en vida del oriolano tuvieron lugar. Una introducción que, si bien es cierto, no llega a aportar luz sobre ningún aspecto oscuro o difuso del mundo hernandiano, tampoco es esa su premisa principal, presenta unas intenciones claramente divulgativas, orientando sus miras hacia un público joven o no demasiado versado en la vida y obra de Miguel Hernández. Si este, y no otro, es el fin que pretendía García Sánchez, los medios que utilice para ello estarán pues justificados. Es por esto que no pondremos objeción alguna a ellos, aunque nos suponga lidiar con los tópicos más al uso que sobre Miguel Hernández se han esgrimido: el de poeta pastor y autodidacta, el del mito del poeta que abandona la poesía pura o gongorina para abrazar la impura, el comprometido o el que, una vez encarcelado, se liberará de vestigios y ropajes diversos para escribir versos tan desnudos y sinceros como los del Cancionero y romancero de ausencias. En definitiva, un repaso a todas esas etapas poéticas que Miguel vivió y quemó, como sabemos, a velocidad de vértigo, y que servirán para que el lector se haga una idea de cual fue esa trayectoria vital, coincidente con los conjuntos o bloques en que los distintos poemas se agrupan. En este breve recorrido por la vida y obra de Miguel, pondrá de relevancia García Sánchez la importancia y la influencia que sobre él tuviera la figura de su amigo Ramón Sijé, quien lo apartó de su autodidactismo inicial, encauzando sus lecturas hasta abrazar el neocatolicismo del que el propio Sijé hacía gala con orgullo en su revista El Gallo Crisis, en la que Miguel colaboraría. Esta influencia de Sijé tendrá su importancia en Perito en lunas, primera obra poética, y quedará sublimada en el intento de escribir tanto el Silbo vulnerado como su auto sacramental, Quién te ha visto y quién te ve. Pero el viaje a Madrid, tan importante, del año 34, y las amistades que allí forjará Miguel, entre ellas la del chileno Pablo Neruda o la de Vicente Aleixandre, harán que las tornas se inviertan, entregándose Miguel a los brazos de esa poesía impura, pero también amorosa que conformará El rayo que no cesa. Y ese giro en la poética de Hernández, así como las circunstancias personales que también lo motivaron, son otros dos momentos fundamentales para García Sánchez. Intercala el autor, en su repaso a la vida y obra de Miguel, multitud de citas del propio Hernández, que suponen un claro intento de cara a conseguir aportar solidez a sus propias palabras. Su posterior viaje hacia la poesía comprometida y politizada, así como lo acontecido en la cruenta guerra civil y el posterior calvario de cárceles ocuparán el resto de las páginas del prólogo. Una escueta biografía que nació con Miguel Hernández y que, consecuentemente, llegará a su fin con su muerte. Y siendo Miguel uno de esos poetas en los que circunstancias vitales y motivos literarios convergen con una increíble facilidad y claridad, notamos quizás la ausencia de una mayor atención a ese entramado simbólico de Miguel, pues parece que al centrarse más en la faceta biográfica queda algo coja esa visión general que de él se intenta dar. Pero nada podemos achacar, a pesar de la ya mencionada
sencillez, a la introducción de García Sánchez,
que no la hace acreedora de aspecto alguno que pueda llegar a ser susceptible
de ser criticado; pues la exposición de los hechos está
tratada desde el rigor y el conocimiento del mundo hernandiano. Con
esa intención divulgativa desde la que parte, y con las limitaciones
críticas que ello conlleva, resulta difícil aportar nada
nuevo o significativo, pues su propio valor está en el hecho
de seguir manteniendo la vigencia de la figura y la obra del poeta todavía
hoy. De manera que la brevedad o la poca profundidad del estudio no
debe restar ni un ápice de coherencia o veracidad a unos planteamientos
que, expuestos con diáfana claridad y correcta capacidad sintética,
intentan presentar al lector poco iniciado las claves desde las que
comenzar a adentrarse en la poesía de Miguel Hernández.
La perspectiva empleada exige, pues, un enfoque como el adoptado. Pero a
pesar de esto sí que percibimos, por parte del editor, un especial
interés por destacar, por ejemplo, esa primera época de
Hernández, que siempre queda en clara minoría, en cuanto
al número de poemas aportados, con el resto de obras en otras
antologías. Así, los poemas sueltos que comprenden la
época de 1933 a 1934 suman un total de dieciocho, dos más
que los que se recogen del Cancionero y romancero de ausencias;
y una obra como Perito en lunas, tan poco accesible y por tanto
fácilmente obviable, aporta aún así un total de
nueve. Si a esto le sumamos que poemas como “Alabanza del árbol”
o “Pasionaria”, no muy comunes normalmente, sí tienen
cabida en ésta, nos encontramos con una selección de poemas
realmente más compensada y coherente que otras. Y concluiremos afirmando que ese mundo editorial, tan ingrato e injusto en demasiadas ocasiones, tiene muy en cuenta a nuestro poeta, volviendo a poner sus versos al alcance de los que todavía no son sus lectores. Y es que esta, y no otra, es la auténtica meta de la poesía; llegar directa y sinceramente al lector, y es ahí, en ese “tête a tête” con él, en el fragor de la lectura, en el cónclave entre cada poesía y el corazón de cada lector, donde la poesía de Miguel no tiene parangón y logra sus mayores méritos. Esta es la razón por la que se siguen y se seguirán editando antologías, de todo tipo, sobre la poesía de uno de los más universales poetas, bien tratado por el mundo editorial, valorado y reconocido por la crítica y, sobre todo, querido casi fraternalmente por aquellos que leen sus versos. Como una vez leí en un precioso epílogo, la poesía no necesita de jueces o fiscales, si acaso de testigos; pues la poesía se defiende sola, y la de Miguel a buen seguro que lo hace. Óscar Moreno
JOSÉ MARÍA DE COSSIO, MIGUEL HERNÁNDEZ, PABLO NERUDA
El Madrid de la década de los 20 y de los 30 debió de ser un lugar realmente curioso. Un hálito especial e inigualable rodearía aquella ciudad para que, en dichos años, tan fructíferos para las artes y letras españolas, también lo fueran para las relaciones humanas que, entre la multitud de artistas y escritores que la poblaban, se desarrollaron; Lorca, Buñuel y Dalí, la prolífica relación entre los miembros de la generación del 27, los devaneos vanguardistas de Huidobro y Larrea en París, sin ir más lejos, son algunos de los muchos y variados ejemplos que podríamos encontrar con tan sólo indagar mínimamente en cualquier libro de la época. Pues bien, de entre todo ese intrincado marasmo de relaciones, que llegaban a superponerse y solaparse las unas con las otras en más de una ocasión, nos propone el autor de este ensayo, Gunther Castanedo Pfeiffer, una que, a buen seguro, llega a ser de las más insólitas que se hayan llegado a plantear últimamente en el campo de estas seudo-biografías que tienen las relaciones entre autores de la época como “leit motif” más evidente. Editada en la recién inaugurada colección “Ensayo literario”, perteneciente a la editorial santanderina Voces del Cotero, pretende presentarnos el triángulo que llegó a establecerse, con Madrid y la guerra civil como telón de fondo, entre tres escritores tan dispares en apariencia como el chileno Pablo Neruda, el santanderino José María de Cossío y el oriolano Miguel Hernández. Comienza con un primer capítulo, “Los personajes. Un poco de historia”, en el que expone cual es la razón que le ha impulsado a intentar establecer los nexos de unión entre estos tres hombres de letras. Realizará en él una breve semblanza biográfica de cada uno de los personajes, por separado, para poder obviar en adelante esta información y poder hacer referencia, únicamente, a aquellos datos que conciernen a las relaciones que entre ellos se establecieron; afirma que, gracias a este paso previo, evitará que el solapamiento de información llegue a entorpecer el normal discurrir del ensayo. El primer lado de este triángulo, de estas relaciones
de amistad, es el formado por el poeta chileno Pablo Neruda y el oriolano
Miguel Hernández. Un texto en prosa del propio Neruda, de su
libro Viajes, en el que hace referencia a Hernández (“poeta
de abundancia increíble (...) era el corazón heredero
de estos dos ríos de hierro: la tradición y la revolución”)
será el encargado de inaugurar este segundo capítulo.
Sin más dilación, pasará a centrarse en el momento,
julio de 1934, en el que ambos poetas se conocen, tratando de establecer
el porqué de esa incipiente amistad, o la causa que llevó
a dos personalidades tan antagónicas a converger en una misma
amistad. No sabe a ciencia cierta si se conocen de la mano de Bergamín
o por mediación de Concha de Albornoz, pero lo cierto es que
el encuentro entre, el por aquel entonces, cónsul de Chile y
el poeta de provincias se produce, y que la influencia que el primero
ejercerá sobre la mutación poética que el segunda
estaba llevando a cabo será de una capital importancia. Pero la guerra la que se encargará de separarlos, y únicamente tendrán la oportunidad de reencontrarse durante el transcurso del II Congreso de Escritores Antifascistas, que tuvo lugar en Valencia en el año 37, y del que regresarán juntos a Madrid tras la finalización del mismo. Después vendría el exilio del chileno a París, así como el posterior prendimiento del oriolano, que imposibilitaría un nuevo encuentro entre ambos. Se le ha podido llegar a achacar al chileno cierta despreocupación o falta de implicación a la hora de socorrer a su amigo, opinión esta no compartida por el autor, para quien Neruda sí que hizo todo lo que estuvo en su mano en aras de ayudarlo. Aún así, Miguel sí recurrió al chileno a la hora de pedir ayuda, tanto antes de ser encarcelado como una vez que ya se encontraba preso, pues hay constancia escrita de ello. Y es en este punto, en el de la correspondencia entre ambos, en el que encontramos la aportación más significativa de este estudio, pues adjunta una carta, fechada en 1938, hasta el momento inédita, pero cuya autenticidad ha sido ya verificada, en la que Miguel expresa al chileno su deseo de exiliarse a Chile, junto a su mujer Josefina, su hijo, Vicente Aleixandre y Antonio Aparicio. En la última carta que le escribe le pide, una vez ya se encuentra preso, en 1939, que lo ayude y haga todo lo posible por él, llegando a rogarle mediante un lacónico pero expresivo “te necesito como nunca”. A pesar de todo, Neruda nada podrá hacer más que llorar su muerte y recordarle, años después, en poemas de su Canto General (“A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”), en las Uvas del viento (“El pastor perdido”) o en su Memorial de Isla Negra. Una amistad que Castanedo califica de intensa, que provocó una influencia mutua aunque no equilibrada, pero que la guerra truncó de raíz. En cuanto a la relación entre Hernández y José María de Cossío, apunta que coinciden por primera vez en la tertulia de la revista Cruz y Raya, que se celebraba regularmente en la calle General Mitre, de Madrid, y a la que Miguel acudía por amistad con su director, José Bergamín. La importancia de Cossío en el periplo madrileño del oriolano fue importante en tanto en cuanto fue la persona que le consiguió el empleo que le permitiría quedarse definitivamente en la capital, con un trabajo satisfactorio en términos generales, y un sueldo lo suficientemente digno para poder llegar a subsistir allí. Dicho empleo consistía en formar parte de la redacción de la enciclopedia taurina Los Toros que, aunque dirigida por José Ortega y Gasset, tenía a José María de Cossío como coordinador literario. Será en un despacho de la Editorial Espasa Calpe donde Miguel desempeñe su labor de recopilador, siempre siguiendo las pautas que Cossío le marcaba. Una vez comenzada la guerra, la relación entre
ambos se verá reducida a una escueta correspondencia durante
los primeros años de la contienda; recurrirá Miguel a
Cossío por cuestiones laborales, solicitando un anticipo de sueldo
o pidiéndole un empleo para un hermano de Josefina, pues los
problemas económicos de la familia de su prometida comenzaban
a ser ya acuciantes. La relación volverá a reanudarse,
tristemente, con Miguel preso en Huelva. Gracias a la mediación
de Cossío, Miguel quedará libre, aunque desoirá
los consejos de su amigo acerca de la conveniencia de exiliarse urgentemente,
y volverá a caer preso, esta vez bajo sentencia de muerte. Ante
este nuevo giro en el devenir de los acontecimientos ya nada Cossío
podrá hacer. En 1949, no sabemos si como homenaje póstumo, Cossío editaría en Espasa Calpe los sonetos del Silbo vulnerado de Miguel. Considera Castanedo injusto llegar a desmerecer, a pesar de ese distanciamiento, una amistad como la que entre ambos se forjó, pues dio Cossío pruebas más que sobradas de que hizo por Miguel todo lo que pudo. Y entramos en la que es, posiblemente, la parte que haga cojear más este ensayo, ya que al pretendido triángulo literario que afirma el autor existió entre los tres poetas le falta claramente un lado, el de la relación entre Neruda y José María de Cossío. Pues a pesar de que cada uno, por su lado y desde situaciones bien distintas, intentaran ayudar a Miguel, la relación entre ambos fue prácticamente nula, y se reduce a la coincidencia de firmas en el acto de denuncia que los intelectuales españoles firmaron como protesta a la detención injustificada de Miguel por parte de la guardia civil en 1936. La única aportación que hace a este conato de relación es la supuesta enemistad que entre ambos existía, que provocó que ambos se reprocharan la manera que el otro había tenido de ayudar a Miguel. Aún así, y a pesar de esas diferencias ideológicas que claramente los separaban y colocaban en posturas claramente irreconciliables, cabe destacar que la actitud que ambos manifestaron hacia Miguel fue siempre proclive a ayudarlo; pues a pesar de que las circunstancias históricas del momento no eran las más adecuadas para que ninguno pudiera actuar con libertad de movimientos hicieron, aún así, todo lo posible por sacarlo de la cárcel, y dieron muestras sobradas de esa amistad que ambos, cada uno a su manera y según su propia idiosincrasia, profesaron sinceramente. La obra concluye con dos apéndices; uno en el que da cuenta de la bibliografía consultada, y otro, el segundo de ellos, en el que se incluyen cuatro cartas que Miguel escribiera a Pablo Neruda, datadas en 1934, 1935, 1938 y 1939, respectivamente. En resumen, un libro de muy buenas y nobles intenciones, que saca a relucir ese afán investigador que posee sin duda su autor. Además, viene a constatar que el no haber emprendido estudios en filología no debe ser óbice ni cortapisa para no sentir ese interés por indagar, por bucear si se quiere, en el entramado literario que rodea a cada libro, a cada autor, o a cada generación literaria. El amor por la literatura debe sustentarse en sentimientos, no en titulaciones universitarias, y este libro de Gunther Castanedo es prueba fehaciente de ello.
CARTAS DE VICENTE ALEIXANDRE A JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS (1937-1984)
El copioso epistolario de Vicente Aleixandre reúne una faceta del Nobel que, aunque quizás no sea una de las que más reconocimiento poseen (no olvidemos que sus mayores logros han venido en el terreno de la poesía), no está exenta en ningún caso de una gran importancia dentro de su producción literaria. El día que Pere Gimferrer pronunciara su discurso de entrada en la RAE, para ocupar el sillón que Aleixandre dejaba vacante, no pudo evitar hacer mención a la faceta epistolar que tuviera su predecesor en la Academia; hizo mención a dicha faceta llegándolo a comparar con otros dos grandes representantes de tan desconocido género, posiblemente, dos de los más grandes que hayan dado las letras hispánicas: Leandro Fernández de Moratín y Juan Valera. Y no fue esta una referencia baladí en ningún caso, pues mencionar explícitamente esta faceta de Aleixandre, ciertamente desconocida para el gran público, fue todo un acierto por parte del “novísimo” catalán. Otra muestra del reconocimiento que esta faceta de la producción de Aleixandre tiene, al menos por parte de la crítica especializada, lo encontramos en la autora de la edición crítica de esta Correspondencia, la catedrática de Literatura Española Irma Emiliozzi, quien llegara a calificarlo de “prolífico corresponsal”, mostrando nuevamente hasta qué punto tenía asumida el Nobel la tarea de escribir correspondencia como algo cotidiano en su vida, tanto en la literaria como en la privada. Y es que las cartas que el Nobel escribiera a lo largo de toda su vida se cuentan por miles, pues esa vocación epistolar lo acompañaría siempre; cartas a familiares y amigos, a poetas consagrados o noveles, bien de España, bien del extranjero, para comunicarse y expresarse. La escritura cotidiana entendida como algo íntimo, rutinario y bello, cotidiano y hermoso; el tópico latino del “nulla die sine linea” como motivo literario. Así, bucear en la correspondencia de Vicente Aleixandre es adentrarse en su vida y en su obra, en el sentido más pleno, consciente y completo que podamos otorgarle. Pues cada día recibía y enviaba cartas, incluso cuando su caligrafía, por razones del inevitable paso del tiempo, llegó a tornarse temblorosa y huidiza a estos menesteres, y su vista se cansó de tanto observar el mundo, viéndose obligado a delegar aquellas tan queridas funciones para él en personas que copiaban lo que él quería transmitir. Debió de ser un magnífico privilegio poder sentirse escriba en Velintonia, ¿no lo creen? Un considerable corpus epistolar que, en esencia, nos da una clara muestra de aquellas relaciones vitales de Aleixandre, pero también nos acerca a su faceta más humana y terrenal. Ya estudiada por Emiliozzi con anterioridad en el grueso que compone esa Correspondencia a la Generación del 27 (1928-1984) de Vicente Aleixandre, la reciente aparición de la correspondencia que mantuvo con el poeta antequerano José Antonio Muñoz Rojas viene a aglutinar un poco más la dispersa, por su enorme cantidad, correspondencia del Nobel. Pero la importancia y trascendencia de estas Cartas de Vicente Aleixandre a José Antonio Muñoz Rojas, tanto en la propia obra particular de Aleixandre como en la literatura española en general, no debería verse lastrada, en ningún caso, por el mero hecho de que estemos ante un epistolario incompleto o unidireccional. Y es incompleto porque, en primer lugar, faltan todas las cartas que Aleixandre y Muñoz Rojas se escribieran desde 1929 y 1937, año de la primera carta conservada. Hay constancia escrita de que aquella correspondencia existió y fue perdida, pues en su “Carta a Vicente Aleixandre. Sobre amistad y poesía” José Antonio Muñoz Rojas recuerda así esas cartas “(...) posteriores al 36 porque a las anteriores se las llevó aquel maldito viento”. Pero es que también faltan todas las cartas que Muñoz Rojas escribiera al Nobel, pues la edición que manejamos parte de los dos sobres llenos de cartas que Muñoz Rojas guardara, pero no de las respuestas de éste a las cartas de Aleixandre, que no tenía costumbre alguna de guardar las cartas que recibía. Estamos por tanto ante una conversación en un solo sentido, sin respuesta, que, aún así y siendo incompleta como es, se erige en una de las más bellas, si no la que más, de entre las obras no literarias de Vicente Aleixandre, y recoge, según Emiliozzi, algunas de sus mejores y más bellas cartas. Y después de lo antedicho, siendo necesario hablar tanto de esa faceta de Aleixandre como “escribidor” de cartas y de ese por qué estudiar esta correspondencia, no nos queda sino comenzar a hablar de lo realmente importante: la relación de amistad entre Vicente Aleixandre y José Antonio Muñoz Rojas. Dicha amistad comenzó pronto, en una cervecería madrileña en 1929 y se prolongó durante más de 55 años, soportando la distancia, la guerra y las enfermedades del Nobel, que obligaron a que la relación quedara circunscrita a estas cartas. Aún así, las cartas son fiel testimonio de lo intensa, continua y fiel que llegó a ser; una relación, en palabras de Emiliozzi, “perseverante y privilegiada”. En carta fechada el 12 de septiembre de 1939, Aleixandre evoca así aquel momento: “ (...) Te recuerdo allá en mi hoy derruida casa, y veo tantas memorias, afinidades, años, historia de una amistad nacida en tu adolescencia, en una cervecería de la calle Zorrilla, y continuada, amasada pudiera decir, a través de los años, con una claridad tan serena y hermosa, buena compensación de otras amarguras de la vida”. Cartas que nos sirven también para obtener, de primera mano, los detalles más significativos de la peripecia vital que para el poeta supusieron aquellos 55 años, pues muchos de los datos que se nos aportan ya son conocidos, pero otros, como es el caso sin ir más lejos de lo vivido por él y su familia entre el 36 y el 39, hasta su definitivo retorno a Velintonia ya en 1940, con acusados problemas de salud, no eran de tan fácil acceso. Pero también conoceremos, de primera mano, otros como la perspectiva ideológica desde la que contempla Aleixandre la guerra, ese episodio de la cárcel que cuenta Emiliozzi, sus colaboraciones literarias o las amistades con la causa republicana o el exilio que no se produjo. Sus circunstancias más íntimas y también las más difíciles, contadas a su íntimo amigo, y que nosotros podemos tener ahora el privilegio de leer y conocer. Pues el documento en que se erigen estas cartas aquí reunidas no deja de ser conmovedor y emotivo, para los amantes del autor de La destrucción o el amor, pero también para aquellos que aman la poesía en castellano. Pues nos permiten compartir unas horas con un Aleixandre que se nos muestra cercano y humano, tangible, desnudándose ante su cómplice amigo, pero también ahora ante nosotros, por esa tremenda virtud que la correspondencia privada posee, y de la que anteriormente hablábamos. Y contemplamos cómo, a pesar de despojarse de cualquier conciencia literaria, la poesía es inherente a él, y ni incluso su faceta más íntima puede dejar a un lado esa grandeza poética que subyace en cada palabra, en cada punto o en cada coma. Un estilo puro y sincero, no exento ni en sus momentos más íntimos de una inmensa calidad literaria. Escritas en un periodo de tiempo comprendido entre 1937 y 1984, Muñoz Rojas las guardaba en dos sobres en los que literalmente podemos leer: - “Correspondencia con Vicente Aleixandre. 1937-1989”. El primer sobre contiene 79 cartas, escritas desde Madrid y desde las distintas direcciones (Reina Victoria 31, Españoleto 16 y Velintonia 3) que el Nobel tuvo que habitar, debido a las vicisitudes que la contienda bélica conllevaba. Los cuatro años de ausencia de Velintonia, el episodio de la cárcel, sus continuos problemas de salud, el posicionamiento político de Aleixandre, la situación y posterior muerte de Miguel Hernández o la importancia que para él tenía el núcleo familiar que le rodeaba, y en el que también tenían cabida sus amistades más allegadas, serán los temas más recurrentes de esta primera serie de escritos. El segundo sobre lo integran las llamadas “cartas agosteñas”, escritas desde Miraflores de la Sierra, donde pasaba los veranos. Cada año, incesante y puntualmente, escribía estas cartas que eran esperadas por Muñoz Rojas en su Casería del Conde de Antequera; entre 1954 y 1984, y a excepción de la de 1957, cada carta fue escrita y enviada con cariñosa constancia, cada verano, como podemos constatar en el siguiente fragmento, perteneciente a una carta fechada el 23 de agosto de 1965 en Miraflores: “Querido José Antonio: Aquí me tienes, en mi visita anual a tu casa antequerana, y antes me faltará el alimento que faltar yo a ella (...)” Los temas de estas “agosteñas” están, en líneas generales, tratados en las cartas que se incluyen en el primer sobre de la correspondencia, pero como bien apunta Emiliozzi, esa reiteración en los temas lleva implícito el hecho de que van cobrando, a su vez, un cariz más personal, íntimo y casi confesional en ocasiones. Así, estas cartas se caracterizarán más por su carga de reflexiones, dilucidaciones y planteamientos de orden metafísico que por las novedades que pudieran aportar al interlocutor. Insertas en un espacio temporal concreto, agosto y Miraflores, con la hermana de Vicente, Conchita, la amiga alemana de éste, Seifert, y también esas fieles amistades del Nobel, tales como Dámaso Alonso, José Luis Cano, Carlos Bousoño o Leopoldo de Luis, estas “agosteñas” llegaban cada verano, incesantemente, como las hojas del venidero otoño iban a caer. Intimidad y hondo lirismo abundan en estas cartas, pero también lamento por no poder viajar a Antequera de visita, su imposible encuentro en Madrid entre ambos o la progresiva pérdida de visión que Aleixandre sufrió; prueba fehaciente del hombre que, sobreponiéndose a sus limitaciones, se acerca al final de su vida aferrándose a la familia, la casa o el paisaje. Pero si de entre tal cantidad de temas hay uno que se repita insistentemente por encima del resto, éste es el de la situación que estaba sufriendo el que fuera uno de los amigos más allegados de Aleixandre: Miguel Hernández. La amistad fraguada en Velintonia, en tiempos de poesía y fraternidad, pero también de guerra y sufrimiento venidero, dejaría una huella indeleble en los corazones de ambos poetas. La precaria situación del oriolano fue una carga que Aleixandre llevó no sin dificultades, y una vez muerto este, sus pocas fuerzas, menguadas por sus problemas de salud, las dedicó a conseguir una pequeña pero indispensable pensión para la viuda y el hijo del poeta oriolano. En una primera carta, fechada el 3 de febrero de 1942 en Madrid, hace copartícipe a Muñoz Rojas del terrible calvario que está viviendo Miguel Hernández, pero también su familia, y le pide esa necesaria ayuda económica que el poeta preso tanto necesita: Hace unos días llegó tu carta y te iba a escribir uno de éstos, cuando lo adelanto por las tristes noticias que recibo de Miguel. Hace dos meses (...) cayó enfermo con un tifus intestinal. Allá lo pasó el pobre como pudo, y salvada la vida y fuera esa enfermedad, aparece el triste cuadro de una tuberculosis pulmonar aguda, que pronto se lo llevará si Dios no lo remedia. He recibido dos cartas de Josefina, patéticas en su laconismo (...) Le han recomendado sobrealimentación, y no pueden dársela. Yo hace ocho días que le he mandado 125 pesetas (como hago casi todos los meses). Y hoy recibo otra carta pidiendo si algún amigo a quien se lo diga podría enviar dinero (...) Me he acordado de ti otra vez, José Antonio, por si tu pudieras y quisieras hacerle ahora un giro a Josefina Manresa – y tras adjuntar la dirección de la esposa añade- Si puedes mándale las 125 pesetas que acostumbras y yo te lo agradeceré (...) Lo primero sería sacarle de donde está y llevarle y fortalecerle (..) Poco humor tengo, José Antonio, de contarte nada, al lado de esta tribulación. Muñoz Rojas enviará puntualmente el dinero, insistiendo en si puede hacer algo más en tan difícil situación, a lo que Aleixandre contesta, en carta fechada en Madrid el 26 de febrero de 1942: “(...) tu ofrecimiento de intentar algo también, es como decirte lo bueno que es y si puedes intentar algo hazlo, que será una buena caridad”- concluyendo- “Estoy muy contento de verte acudir así como yo esperaba de ti. José Antonio, un fuerte abrazo”. Vemos, pues, como una vez llegado el momento en que Aleixandre necesita recurrir a sus amigos más cercanos para socorrer a otro gran amigo, no duda en dirigirse sin vacilación alguna a José Antonio Muñoz Rojas. La amistad, bien tremendamente valioso para el Nobel, tema constante en sus cartas y poesías, y que requiere a buen seguro un estudio mucho más profundo y no unas escuetas líneas, fue algo fundamental para Vicente Aleixandre a lo largo de toda su vida; pues si hubo una fuerza que movió, por encima de cualquier dolencia física o anímica, a Vicente Aleixandre, esa fuerza fue la amistad. Sus actos por y para el bien de Miguel Hernández son prueba fehaciente de ello, aunque su amistad llegara a su punto y final con la esperada aparición de la ingrata muerte. En carta del 2 de abril de 1942, apenas cuatro días después del fallecimiento del oriolano, hace copartícipe a Muñoz Rojas del tremendo dolor que siente por la muerte de su querido amigo, evocando aquellos difíciles momentos, tanto para Aleixandre como para España, en los que emergió y se consolidó aquella relación. No sé si sabrás la triste noticia: hace cuatro días murió Miguel (...) El mismo día de su fin recibí un telegrama de Josefina que decía así: “Miguel muerto” (...) No te hago comentarios sobre el dolor de una pérdida así. Para mí fue un amigo ejemplar, para el que guardo una gratitud y un recuerdo penetrante que quisiera conservar lo que me quede de vida. Generoso, noble, con un corazón leal como el que más (...) sentí en él la honradez hermosa de un afecto entrañable. Fue amigo mío de verdad en todo momento. Una de las pocas alegrías de los años de guerra era verle llegar cada cinco o seis meses a Madrid y pasarse allí unos días; yo estaba en cama (pasé dos años) y su compañía esos ocho o diez días que pasaba a mi lado aliviaban enormemente mi soledad de enfermo. Su poderosa vitalidad me contagiaba y me hacía sentirme alegre. ¡Qué bueno, bueno, bueno de verdad era! ¡Y qué dolor la pérdida de un extraordinario poeta, cuajado cada vez más en una voz robusta, honda y personalísima, llamada a dar tanta hermosura a nuestra lengua! Es un verdadero tesoro que se pierde – y se despide- Adiós José Antonio. Que nuestro amigo Miguel descanse de tanto sufrimiento. Se le ha podido llegar a achacar, injustamente por cierto, a Aleixandre cierta tibieza política o acomodamiento ideológico, pero queda claro que, en lo concerniente a Miguel Hernández y a su amistad con él, estos falsos tópicos se desmoronan sin paliativo alguno, pues demostró sobradamente hasta qué punto llevaba esa amistad dentro de su corazón; mucho más que otros autores como Neruda o Alberti, que hicieron gala de ella en repetidas ocasiones, pero que mucho menos hicieron por ayudar a Miguel cuando éste más lo necesitaba. En resumen, un excepcional documento, que nos permitirá además de conocer datos que hasta ahora se encontraban bajo cierto velo de desconocimiento, ser testigos de excepción de esa fraternal y sólida relación de amistad que mantuvieron Vicente Aleixandre y Muñoz Rojas. Observando, escondidos, por cualquier diminuto agujero en la pared de Velintonia o de Miraflores de la Sierra, nos encontraremos con esas facetas quizás poco conocidas de la personalidad del Nobel, pero también con la misma escritura sincera, fina y preciosa que supo imprimir a sus versos. Pues la poesía, la bella poesía, era algo inherente a la personalidad de aquel poeta yaciente, como se refirió a él el también poeta Prieto de Paula, que hizo gala de su amistad mientras su delicado estado de salud se lo fue permitiendo. Paradójicamente, la única carta de Muñoz Rojas que conservamos es aquella que, póstumamente, escribiera al Nobel, un año después de su fallecimiento. Y en esa “Última carta a Vicente Aleixandre desde un Agosto imposible en la Casería” recoge el poeta antequerano parte de la esencia de aquellas cartas, de aquellos veranos, de aquellos sentimientos cambiantes pero siempre constantes, de aquella amistad con mayúsculas: “Entramos en la amistad aquella tarde para no salir de ella. Y aquí me tienes al cabo de esos casi cincuenta años, lleno de melancolía porque he estado releyendo cartas tuyas de entonces”. Pues pocas cosas causan más emoción que el poder retomar, años después, las cartas que un ser querido nos escribiera, y llegar a comprobar cómo, a pesar de que el tiempo haya dejado su impronta en el papel, en forma de color amarillo, no lo ha hecho en cambio en aquellos sentimientos que, aunque algo adormecidos quizás, siguen ocupando lugar preferencial en nuestro interior.
|
|||||||||||
|
MANUEL
ROBERTO LEONÍS RUIZ |
|||||||||||
La Doctora Irma Emiliozzi es catedrática de Literatura Española Moderna y Contemporánea de la Universidad Nacional de lomas de Zamora (Buenos Aires).Realizo su tesis doctoral sobre el epistolario de Vicente Aleixandre. Especialista en la Generación del 27 y de la poesía de posguerra, ha contribuido a su estudio con la publicación de numerosos artículos y ediciones críticas como la de Oda en la ceniza. Las monedas contra la losa de Carlos Bousoño, publicadas en la colección Clásica de la Editorial Castalia. También a publicado trabajos sobre otros poetas, como García Lorca. Habitual conferenciante en la Universidad Carlos III de Getafe (Madrid).
|
|||||||||||