ACTUALIDAD
DE MIGUEL HERNÁNDEZ
Ángel L. Prieto de Paula
Espero
no escandalizar a nadie si afirmo que la actualidad de Miguel Hernández
no debe ser analizada con criterios distintos a los de cualquier otro
gran poeta de nuestra lengua, a menos que se siga primando una visión
fundamentalmente biográfica, que es la que, hasta hoy, ha contagiado
explicablemente la valoración del escritor. Y no es que pretenda
insinuar siquiera que la vida del poeta estorba en la percepción
global de su obra: detrás de cada poema hay una aventura personal,
externa o interior, que le da cuerpo y consistencia en su arranque.
La biografía, eso está fuera de dudas razonables, es importante,
pero no debe constituir el núcleo de la consideración
estética. Vistas las cosas con una cierta lejanía, la
obra de un escritor se sostiene sola, y un poema suyo debiera conmovernos
al margen del mayor o menor conoci-miento que tengamos de sus avatares
biográficos, que sólo adquieren entidad estética
si se han transmutado en literatura. El caso de Miguel Hernández
no es, pues, distinto en esencia al de Du Bellay, Heine, Bécquer
o Rilke. Otra cosa es que se utilice la vida del poeta para incentivar
o canalizar el interés de los lectores, siempre que no equivoquemos
la dirección del dardo, que es el objeto literario. Así
que preguntarse por la actualidad de Hernández consiste en inquirir
por la actualidad de la poesía, entendida ésta como la
máxima intensidad de la expresión literaria.
Situado Miguel Hernández en el lugar que, en cuanto literato,
le corresponde, cabe afirmar que el de Orihuela es uno de los nombres
mayores de la poesía española del siglo XX. Lo cual no
es poco decir, si tenemos en cuenta que su siglo es, como escribió
Pedro Sa-linas, eminentemente lírico, y que la trayectoria de
Hernández en los apenas diez años de producción
literaria es engañosamente breve. En tan corto período,
recorrió un camino que arrancaba de las cenizas del tardomodernismo,
todavía muy apegado a la poesía regionalista de fines
del XIX, pasó por la fiebre del purismo, del gongorismo, del
surrealismo, del neo-rromanticismo y de la poesía social, y fue
a desembocar en una colección de poemas, escritos durante su
período carcelario, en los que el poeta ya camina solo, sin las
apoyaturas de escue-las literarias o de cenáculos artísticos,
de los que lo alejó la cárcel, sí, pero también
una ma-duración vital y artística que no sé si
tiene parangón en otros autores de su época. Aunque, para
quienes tenemos la fortuna de observarlo todavía en una relativa
proximidad cronológi-ca, todo esto viene acompañado de
unas circunstancias biográficas que nos acercan emotiva-mente
al hombre, dentro de unos años los lectores ya no contarán
con ello. Para esos lectores del futuro, las notas sociopolíticas
que hoy lo arropan —efervescencia cultural de los años
de la República, Guerra Civil, viacrucis de prisiones que Miguel
Hernández tuvo que recorrer hasta su muerte en 1942— habrán
quedado en un segundo plano. En ese momento, sólo la obra justificará
una presencia literaria sin la que quedaría desarbolada la lírica
de la primera mitad del siglo XX.
Reducido el poeta a su literatura, Miguel Hernández compendia
las corrientes más im-portantes de la poesía de nuestro
tiempo histórico. La rapidez con que hubo de consumir eta-pas
y recorrer jornadas, como si conociera oscuramente que el tiempo de
que disponía iba a ser muy breve, acaso le impidió detenerse
suficientemente en cada una de ellas, y lograr to-dos los frutos posibles.
Pero esa misma rapidez le ahorró demorarse en circunloquios,
perder-se en lo accesorio y dilatarse, en suma, en los márgenes
de la poesía. El resultado es una obra que, si resulta asombrosa
por el tiempo en que se fraguó y por los diversos registros que
en ella aparecen, lo es más aún por la especial intensidad
que alcanza en cada uno de esos regis-tros y de los sucesivos tramos
cronológicos y estéticos.
Salvo que sean autores de obra única y concisa, como es el caso
de Fernández de An-drada y su Epístola moral, o identificados
reductivamente con un solo poema, como sucede con Manrique y sus Coplas
luctuosas, de prácticamente ningún autor puede afirmarse
que carezca de versos prescindibles. Tampoco de Miguel Hernández,
cuya brevedad biográfica no supuso, de todos modos, la brevedad
de la obra. El oriolano tiene algunos versos alimentados por contingencias
ideológicas o por la voluntad de experimentación o ensayo
estéticos. Inclu-so la poesía admite las relajaciones
y las circunstancialidades. Dicho esto, convendrá añadir
que en Miguel Hernández tales relajamientos son absolutamente
excepcionales, y que el con-junto de su poesía —dejo a
un lado el teatro, que requeriría de más espaciadas matizaciones—
está timbrado por una concentración emocional y por una
altura estética que la convierten en pura quintaesencia. Curiosamente,
su evolución poética se caracteriza por dos procesos que
se contraponen, en los que sólo la incidencia de la Guerra Civil
en la instrumentalización de su poesía —Viento del
pueblo y El hombre acecha— supone una interrupción de los
mis-mos: a medida que el escritor va haciéndose dueño
de una amplia panoplia retórica, su obra va despojándose
de esos aderezos retóricos progresivamente dominados. El resultado
sólo puede expresarse de manera paradójica: a mayor densidad
expresiva y emotiva, más acentuada ligereza formal. Unos años
antes de su muerte, poesía pura se identificaba con poesía
des-humanizada, y, en sentido contrario, poesía impura con poesía
(re)humanizada. Este doble proceso de —simultáneamente—
aprendizaje y despojamiento de lo aprendido lo lleva a ofrecer una poesía
que, en Cancionero y romancero de ausencias, es pura y humanizada a
un tiempo: una poesía cuya emoción humanísima —pero
alquitarada y filtrada— le confiere una suerte de perennidad en
que la actualidad alcanza su forma más sublime.