ARTÍCULOS DE OPINIÓN:
|
||||||||||||||||||||||||
|
De ninguna manera voy a tratar aquí de esta larga tortura física y psíquica que sufrió Miguel Hernández Gilabert, uno de los más grandes y puros poetas de los últimos siglos de la Poesía española. Sí intentaré hacerlo de la función crepuscular y sentimental del presentimiento funesto que, probablemente, le acompañó a manera de sentimiento angustioso y agüero doloroso durante la mayor parte de su escritura. Y digo escritura, puesto que en ella se realiza el verdadero acontecimiento sensible e intuitivo del ser-poeta, en tanto que en vida activa el mozo de Orihuela fue siempre hombre de vitalidad positiva, rica en manifestaciones y actuaciones de carácter primario. Manifestaciones que no ocultaron con su fogosidad el pathos sensible y meditabundo que lo conformaba, sino que ofrecían la verdadera riqueza espiritual, lúcida e inteligente de su conocimiento. Y aquella pasión con la que todo es recibido en su sensibilidad y su corazón y que entrega, desbordado y pleno, al devenir de su ida. Y el emocionante delirio que le producen las cosas, las personas, el mundo. Y el renacimiento luminoso de la realidad en las auroras de su espléndido dominio del lenguaje... Así, de pronto, viene hasta mi memoria el asombro que causaba a Vicente Aleixandre aquel joven poeta, de zapatillas blancas, que gateaba a los árboles y saltaba de alegría ante la luz generosa del día y el ardor esplendente de la primavera...
Sin embargo, el Miguel Hernández que escribe se tizna
de un sentimiento agónico que perturba la energía positiva
de su manifestarse. Siempre que leo, recito o pienso en la textualización
argumental de una parte importante de la poesía de este poeta
español, me impresiona profundamente el autoconvencimiento de
la fatalidad amarga y desolada que lo llena, el presentimiento de catástrofe
que define sus argumentos, y los augurios de penalidades que lo deslumbran
y lo cercan sin solución ni salvación posible:
Esta intuición de tragedia, de suceso existencial profundo y trágico que le acompañó en el proceso de su literatura, este sino sangriento que convocan sus poemas capitales, le perseguirá siempre, a manera de intuición personal futurible, forzándole a un desarrollo poético de carácter agónico que fraterniza, en las raíces de la intimidad, con la angustia desolada del ser frente a la soledad de su destino:
Sino sangriento que le acompañará en la argumentación de sus poemas y en las más expresionistas y líricas metáforas de sus versos. La intuida realidad de un funesto acontecimiento, de un doloroso devenir que le espía , que le acecha creándole presagios oscuros en las horas que le florece y ronda la pena, tan hernandiana, como un ala siniestra sobre la planificación de sus escritos. Suceso que sabe inevitable, que siente inevitable, que le marca y edifica en el tiempo ineludible de su inspiración, que no se le revela, sino que se le insinúa vulnerándole las puertas de niebla que abren su futuro. Ante esto (y ahora, especialmente, que conocemos la tremenda desdicha que convocó su vida) cómo no estremecernos cuando en el “Silbo de la llaga perfecta”, dice:
Yo encuentro en este Amor mío, religioso, un primer anticipo (aunque esté referido a otras significaciones de culpabilidad ) del dolor oscuro que llevaba clavado a la manera de Juan de la Cruz: qué bien sé yo la fonte que mana y corre. ¿Meditó seria y conscientemente alguna vez Miguel Hernández en el origen de esta pena que le poblaba y le describía? ¿Tal vez pensaba en esto cuando escribe :
o era una
mera suposición de retórica argumental poética?
Naturalmente es una hipérbole fatalista, pero su concienciación está expresa en la realidad de Miguel como ser herido, como sometimiento al oscuro destino que le persigue y que le ha hecho, por naturaleza, posteriormente, y por los acontecimientos que pasó, perder la comprensión en el hombre, que ahora es un ser de características peligrosas (este cambio se expresará posteriormente en el título mismo de alguna de sus obras, así El hombre acecha). Sin embargo, nadie tan inocente en la actitud política, tan entregado a sus propias ideas ni con tanta fe en la bondad natural del hombre. Y por ello no renunciará de su ideología, aunque sabe ya que su constancia, su fe y su fidelidad va a costarle la propia vida. En estas consecuencias, y ante el requerimiento que por las directrices políticas de Franco se le hace ofreciéndole el perdón, él preferirá la inseguridad y el encarcelamiento en una posición de dignidad, connatural en él, que le honra. Ya lo escribió:
Estos fatalismos, más o menos literariamente expresados en sus escritos, se activan en sus enfrentamientos con la realidad, hasta terminar convirtiéndose en el desarrollo funesto de su destino:
El sino
que canta se señala desde sus poesía iniciales, lo enmarca
en la fatalidad y lo persigue en su propia vida: la oposición
de su padre a seguir estudiando ( suceso que no he terminado nunca de
comprender muy bien ), el segundo y definitivo traslado a Madrid luego
de su primer fracaso... Y en la Guerra incivil española del 36,
¿por qué no escapa con Neruda cuando así debiera
haberlo hecho? Y la vuelta a Orihuela, donde sabía el encono
de la derechona oriolana y la iglesia local, iglesia a la que tanto
debía su vocación y cultura iniciales, contra él
ahora, y la huida a Portugal... Y su nuevo retorno a los brazos de Josefina,
cuando no ignora la peligrosa hazaña que supone Orihuela... Y
los traslados a diversas cárceles donde conoció a escritores
que posteriormente el régimen franquista perdonó la vida...
Y la oposición a su libertad solicitada por tantas figuras relevantes,
una y otra vez, de la cultura europea... Y su enfermedad y el retraso
del permiso oficial para su ingreso en el sanatorio valenciano... ¿Quién,
quién verdaderamente estaba detrás de todo esto? ¿
Qué ocurría “entre bastidores”? ¿Por
qué razones no se le fusiló como a tantos miles y miles
de republicanos que paseaban en los amaneceres córvidos
de aquellos años y aún bastante tiempo después?
No lo olvidemos: él había sido secretario del pueblo y
estuvo, casi siempre, en primera línea de fuego Personalmente siempre me he emocionado con la ingenuidad personal, como individuo, de Miguel y sobre ello, aquel constante presentimiento de muerte próxima que le circunda:
Jesús Hilario Tundidor
|
||||||||||||||||||||||||